viernes, 3 de abril de 2026

    Las secuelas del downsizing

    Desde 1979, más de 43 millones de trabajadores fueron despedidos en Estados Unidos, y en ese período sólo se crearon 27 millones de empleos. El cálculo lo hizo el New York Times basándose en datos suministrados por la Secretaría de Trabajo y en encuestas propias. Una de las revelaciones del estudio del NYT es que la mayoría de los hombres y mujeres que perdieron sus puestos de trabajo pertenecía a la llamada clase white-collar, muchos de ellos bien pagos, con puestos en grandes compañías, y la mayoría en el pico de sus carreras. Estas son algunas de las conclusiones más sobresalientes del estudio: Cerca de 75% de las familias en las que trabajan dos personas tuvieron un encuentro cercano con la cesantía desde 1980. En 33% de esos hogares al menos un miembro de la familia perdió el empleo, y 40% tiene un familiar, amigo o vecino que también fue despedido. Uno de cada 10 adultos (casi 19 millones de personas) reconoce que la pérdida del empleo por parte de alguno/s de los miembros de la familia precipitó una profunda crisis. A pesar de que los despidos masivos han sido históricamente un síntoma de recesión económica, ahora siguen ocurriendo a la misma escala aun durante períodos de recuperación económica -como la de los últimos cinco años- o en las compañías que obtienen rentabilidad. Al contrario de lo que sucedía hasta principios de la década de los ´80, los trabajadores con educación secundaria o terciaria han sido los más perjudicados por la ola de despidos. Sólo 35% de los trabajadores despedidos consiguen un nuevo empleo ganando lo mismo o más que antes. Para empeorar aún más el panorama, el salario promedio, ajustado por la inflación, está 3% por debajo del nivel de 1979. Aunque los ingresos promedio en un hogar aumentaron 10% entre 1979 y 1994, la mejora sólo se refleja en la quinta parte de la población más rica del país.

    El estado de inseguridad

    Pese a que el presidente Bill Clinton proclamó que la actual situación económica es la más saludable de los últimos 30 años, la sensación real del ciudadano estadounidense es que está viviendo un estado de aguda inseguridad laboral, como no se conocía desde la Gran Depresión de 1930. En una nación donde se suele dar a los hijos todo lo que sus padres no pudieron tener, la sensación de inseguridad es una fuente de crisis. Una encuesta realizada por el NYT entre los egresados de 1970 de la Universidad de Bucknell, un prestigioso centro académico de exitosos ingenieros y administradores de empresas mostró que dos tercios de ellos dudan acerca del bienestar futuro de sus hijos. Los trabajadores en actividad, por su parte, se muestran preocupados e inusualmente atentos a la evolución de la situación. La mayoría de estos trabajadores, según la encuesta realizada por el NYT, estaría dispuesto a trabajar más horas, tomar menos días de vacaciones o aceptar menos beneficios para mantenerse en sus empleos. El estudio también muestra que sólo 29% de los encuestados dicen estar tan bien como lo habían imaginado para este momento de sus vidas. La gran mayoría siente que el país está yendo en la dirección equivocada y son pesimistas acerca de la economía.

    Detrás de las palabras

    El verbo downsize ingresó al léxico de los norteamericanos a principios de 1970, gestado entonces dentro de la industria automotriz para referirse a la reducción en la producción de vehículos. En 1982 fue por primera vez aplicado a seres humanos y entró en el diccionario. Bajo esta consigna, AT&T anunció el despido de 40. 000 trabajadores este año (y 123. 000 en lo que va de los ´90), Eastman Kodak se desprendió de 16. 800 y Delta Airlines de 18. 800, entre otros memorables casos de despidos masivos en el transcurso de esta década. Según la mayoría de los ejecutivos y economistas estadounidenses, las reducciones de personal son necesarias para competir en la economía global. El recorte de costos, en forma de despidos masivos, es parte de la respuesta que las compañías dan a los desafíos actuales de la economía. El argumento, en pocas palabras, es que algunos trabajadores deben ser sacrificados para salvar a la organización. El progreso tecnológico, la eficiencia de competidores instalados fuera y dentro de Estados Unidos y la flexibilidad laboral han terminado por convertirse en fuentes permanentes de riesgo para la estabilidad de los empleos. Claro que la inseguridad laboral va más allá de las empresas. El gobierno también aporta lo suyo, aunque no en la escala en que lo hace el sector privado. Casi medio millón de empleos públicos desaparecieron entre 1979 y 1993. La encuesta revela que la ira causada por el desempleo se dirige hacia objetivos tan diversos como los inmigrantes, la población negra, las mujeres, el gobierno, las grandes compañías, los núcleos poblacionales prósperos y las computadoras.

    El caso alemán

    La existencia -según cifras oficiales- de 4,2 millones de desocupados muestra la dimensión de la crisis de la más rica y poderosa economía de Europa. El índice de desempleo es el más alto desde que terminó la Segunda Guerra: 11,1% de la población económicamente activa. Los alemanes, tradicionalmente confiados en su poderío económico, comienzan a replantearse si la receta que les deparó prosperidad desde la posguerra no es obsoleta a las puertas del tercer milenio. “¿Falló el modelo alemán?”, se preguntaba un titular del diario Frankfurter Allgemeine Zeitung semanas atrás. Sobre la respuesta a ese interrogante se asienta, en buena medida, el futuro de la economía europea. Pero si falló o no el llamado Wirtschaftswunder (milagro económico) no es lo que más le preocupa al gobierno de Helmut Köhl. El país necesita un cambio de rumbo. Los despidos de Bremen Vulkan y Dasa, entre otros, el sistema de seguridad social alemán, el gasto público y la unión monetaria son las cuatro piezas que el gobierno alemán no logra hacer encajar. Desde 1990, el costo laboral se incrementó 22%. El PBI se contrajo 5% en el último trimestre de 1995 y el déficit presupuestario, ya en 3,6% del PBI, es un problema para el cumplimiento del Tratado de Maastricht. Los alemanes se oponen a la idea de desregular el mercado laboral al estilo estadounidense para crear empleos con bajos salarios. Es una forma de esconder el desempleo, opinan. Tampoco los convence la idea de trasladar los desempleados de la industria a los servicios. Contrariamente a lo que sucede en Estados Unidos, los alemanes en general se mantienen confiados en su economía y en su gobierno. El 25 de marzo, Helmut Köhl recibió un sólido voto de confianza. Pero los economistas europeos sostienen que Alemania debe desregular su mercado laboral y recortar su presupuesto. El ministro de economía Theo Waigel ha hecho algunos anuncios al respecto: comenzará por recortar presupuestos destinados a proyectos en el sector público. Mientras el gobierno actúa, empresarios y sindicatos buscan sus propias soluciones sin esperar que Bonn les indique el camino. El piso de flexibilidad con el que se manejan empresarios y sindicatos, combinado con salarios contenidos en algunos sectores y la gran cantidad de mano de obra altamente calificada, permite que Alemania continúe siendo tan competitiva como siempre. Los alemanes creen que, aunque no será fácil, tendrán su segundo milagro económico.