Los hijos como proyecto de inversión
Cómo la lógica del mercado está colonizando la crianza moderna Por Norberto Luongo para Revista MERCADO.

Hubo una época en la cual los padres les preguntaban a sus hijos qué querían ser cuando fueran grandes. Hoy, cada vez más, esa pregunta parece haber mutado silenciosamente en otra, que los padres se hacen a sí mismos: ¿qué tan competitivos podrán llegar a ser nuestros hijos?
La transformación, claro está, no ocurrió de golpe. No hubo un decreto cultural ni una revolución explícita. Sin embargo, allí está: visible en los calendarios de los niños, saturados de actividades extracurriculares, en los cursos de estimulación temprana para bebés que ni siquiera alcanzan a decir sus primeras palabras, en las clases de programación para niños en edad pre-escolar, en el entrenador privado de tenis para adolescentes que no tienen tiempo de aburrirse. O en el padre que observa un dibujo extraordinario hecho por su hijo de seis años pero que, antes de sentir puro orgullo, experimenta otra emoción. La ansiedad que lo lleva a preguntarse: ¿estoy haciendo lo suficiente?
La pregunta, que atraviesa un reciente ensayo de Bloomberg sobre la “economía emocional de la crianza”, probablemente resuma una de las mutaciones culturales más profundas —y menos debatidas— de las sociedades modernas.
Porque detrás de la aparente obsesión contemporánea por “desarrollar el potencial” de los hijos, se esconde algo más profundo: la lenta invasión de la lógica financiera sobre la vida familiar.
Los hijos ya no son solo hijos. También son, de alguna manera incómoda y casi nunca admitida en voz alta, proyectos de capital humano.
El niño como activo
La idea nos habría causado espanto hace solo unas pocas décadas. Hoy, en cambio, aparece naturalizada, gracias a un disfraz de responsabilidad, cuidado y previsión.
El fenómeno tiene raíces profundas. Durante buena parte de la historia, los hijos eran vistos, en términos económicos, como contribuyentes naturales a la supervivencia y funcionamiento familiar: ayudaban en el trabajo agrícola, doméstico o comercial. Pero a medida que avanzó el siglo XX, el niño dejó de ser un productor inmediato de valor nuclear y pasó a convertirse en otra cosa: una fuente de significado emocional y una promesa de futuro.
En su libro “Overinvested. The Emotional Economy of Modern Parenting”, la socióloga Nina Bandelj sostiene que estamos entrando en una nueva fase, todavía más sofisticada: los niños son concebidos crecientemente como “activos de futuro”, cuyo valor (sí, su “valor”) dependerá de las habilidades, credenciales y ventajas competitivas que logren acumular.
Es un dato muy revelador que es nuestro propio vocabulario cotidiano el que pone en evidencia esta transformación. Ya no se habla simplemente de educar, acompañar o criar; se habla de “invertir” en los hijos. Invertir tiempo; invertir energía; invertir dinero. Maximizar oportunidades; potenciar talentos; construir perfiles.
Esta lógica es profundamente contemporánea: en una economía donde las clases medias sienten que la movilidad social se vuelve más difícil, donde la competencia profesional comienza cada vez más temprano y donde el miedo al descenso en la pirámide económica se expande incluso entre sectores acomodados, muchos padres sienten que no pueden darse el lujo de improvisar.
La infancia dejó de ser percibida como un territorio de descubrimiento espontáneo y lúdico, para transformarse en una etapa crítica de posicionamiento estratégico.
Una nueva meritocracia entra al living
La paradoja es casi alucinante. Nunca hubo tantos libros sobre crianza consciente, bienestar emocional y salud mental infantil como ahora. Al mismo tiempo, nunca tantos padres parecieron vivir la crianza como una especie de consultoría permanente de recursos humanos.
La cultura de la optimización —esa misma que colonizó el mundo corporativo, el fitness, las finanzas personales y la productividad— finalmente desembarcó en la familia.
El fenómeno es particularmente visible entre las clases profesionales urbanas. Allí, las infancias deben desarrollar habilidades, diferenciarse, adquirir herramientas, aprender idiomas, practicar deportes en umbrales profesionales, construir resiliencia emocional y, preferentemente, descubrir cuanto antes algún talento distintivo que sea, sobre todo, redituable.
Todo eso, naturalmente, acompañado de una gestión intensiva de calendarios, estímulos, tutorías y disciplinas varias.
El mismo ensayo de Bloomberg nos recuerda que Daniel Markovits, profesor de la Facultad de Derecho de Yale, y autor de “The Meritocracy Trap”, lleva años advirtiendo que la meritocracia —otrora un indiscutido mecanismo de movilidad social— en su versión moderna se ha convertido también en un sistema de reproducción de privilegios. Las familias con más recursos invierten cifras crecientes en educación, experiencias, redes y capital cultural para asegurar ventajas competitivas a sus hijos desde edades cada vez más tempranas.
La consecuencia es inquietante: la desigualdad ya no se hereda solamente en términos de posesiones materiales, sino que también se transmite mediante exposición temprana, entrenamiento emocional, sofisticación educativa y tiempo parental hiperintensivo. En otras palabras: la ventaja comienza mucho antes de la universidad.
Curiosamente, esta situación colisiona con uno de los postulados básicos de la teoría capitalista, que el propio Banco Mundial explica con estas palabras: “El enfoque de Igualdad de Oportunidades busca nivelar las oportunidades para que el género, la raza o etnicidad, el lugar de nacimiento, el entorno familiar y otras características que están fuera del control del individuo, no influyan en los resultados de una persona. El éxito en la vida debe depender de decisiones de los individuos, el esfuerzo y talento, no en sus circunstancias al nacer.”
La industria del miedo parental
Como ocurre con toda ansiedad contemporánea, el mercado encontró rápidamente la manera de monetizar también esta en particular.
La crianza moderna se convirtió en una industria gigantesca. Plataformas educativas, coaches infantiles, programas de estimulación, aplicaciones de seguimiento emocional, consultores académicos, especialistas en desarrollo cognitivo, campamentos “transformacionales”, academias deportivas, talleres artísticos, tutores privados, nutricionistas infantiles para alta performance, psicólogos especializados y expertos en “alto rendimiento juvenil” forman hoy parte de un ecosistema económico multimillonario.
Las redes sociales funcionan como amplificador perfecto de ese fenómeno. Cada video de un niño prodigio transformado en Mozart al piano a los cinco años o resolviendo ecuaciones complejas a los ocho actúa, silenciosamente, como una forma de presión social.
Porque la comparación permanente genera una sensación corrosiva: la idea de que siempre existe algo más que, como padres, podríamos hacer por nuestros propios hijos. Y por supuesto, siempre habrá alguien dispuesto a ofrecernos esos servicios adicionales.
Más actividades, más estímulos, más preparación, y, sobre todo, más más consumo y más gasto.
La consecuencia económica es pesada, y la psicológica, devastadora. Especialmente para las madres, sobre quienes continúa recayendo gran parte del peso invisible de la organización emocional y logística de la crianza moderna.
No sorprende entonces que, en Estados Unidos, el propio Surgeon General (equivalente al Ministerio de Salud) emitiera recientemente advertencias públicas sobre el “burnout (agotamiento) parental”, describiéndolo como un problema creciente de la salud pública.
El agotamiento de los hijos premium
Otra ironía de este modelo es que muchas veces produce exactamente aquello que intenta evitar.
Mientras más sofisticado se vuelve el ecosistema de crianza intensiva, más aparecen señales de agotamiento y aislamiento emocional en niños y adolescentes de sectores acomodados: ansiedad, depresión, stress por hipercompetencia, insomnio, autoestima atada la validación externa y, especialmente, una creciente incapacidad para tolerar el fracaso.
Las cifras son difíciles de ignorar. Diversos estudios en Estados Unidos muestran incrementos importantes en trastornos de ansiedad y presión académica entre adolescentes de alto rendimiento. La explicación no es lineal ni única, pero el contexto competitivo parece jugar un papel evidente.
La infancia empieza a parecerse peligrosamente a una carrera profesional excesivamente temprana y, como toda carrera corporativa hipercompetitiva, termina produciendo efectos colaterales dañinos.
En cambio, sí existen evidencias claras sobre la importancia y beneficios que el juego libre, el descanso, la autonomía emocional y las relaciones sociales espontáneas aportan a las infancias.
Dicho más abiertamente: un niño puede aprender mandarín, programación y violín antes de los diez años, pero ser completamente incapaz de lidiar con la frustración, la soledad o una simple discusión con amigos.
Cuando el mercado laboral empieza, más o menos, en el jardín de infantes
Hay otra razón menos visible detrás de esta transformación: el miedo económico de fondo de los propios padres.
Durante décadas, las clases medias occidentales operaron bajo una promesa implícita relativamente estable: educación accesible a niveles razonablemente buenos, trabajo garantizado, progreso gradual, y ascenso social predecible. Hoy esa sensación de previsibilidad está profundamente erosionada, cuestionada, amenazada de raíz.
La automatización, la inteligencia artificial, la precarización profesional y la creciente polarización entre trabajadores altamente calificados y el resto del colectivo laboral han modificado radicalmente la percepción del futuro.
Muchos padres no sienten que estén sobre-exigiendo a sus hijos. Sienten que están preparándolos para sobrevivir.
En cierto sentido, el jardín de infantes comenzó a conectarse psicológicamente con el mercado laboral.
Es allí cuando aparece el verdadero núcleo del problema: cuando el futuro se percibe como incierto y hostil en el imaginario de los propios padres, entonces la crianza deja de ser solamente una experiencia emocional para convertirse, también, en una estrategia defensiva.
Volver a criar
Tal vez el aspecto más revelador del ensayo de Bloomberg sea justamente el final.
Después de todo el discurso sobre talentos, potencialidades y responsabilidades parentales, la autora cuenta una anécdota personal: le preguntó a su hijo de seis años cómo podría ayudarlo más a desarrollar sus evidentes inclinaciones artísticas.
La respuesta del niño la descolocó por completo: “¿Me puedes comprar más telas para pintar?”
La escena parece mínima, casi banal. Pero en realidad encierra toda la tensión de la problemática explicada en el texto.
Mientras la madre ya había comenzado —casi sin darse cuenta— a pensar en términos de desarrollo, proyección, estímulo, oportunidades y eventual “cultivación” del talento, el niño seguía viviendo el dibujo exactamente como los niños suelen vivir las cosas que tiene auténtica significación para ellos: como juego, fascinación, y presente puro.
Allí aparece quizás la verdadera advertencia.
El problema no es solamente “cuánto” invertimos emocional o económicamente en nuestros hijos. El verdadero problema comienza cuando dejamos de mirar a la infancia desde la lógica de la experiencia y empezamos a observarla desde la lógica del rendimiento. En ese contexto, incluso el talento deja de ser descubrimiento para convertirse en presión.
Y si hay algo que todavía necesitamos preservar en la infancia contemporánea es precisamente eso: la posibilidad de hacer cosas extraordinarias, sin sentir que deban necesariamente transformarse en estrategias de futuro.
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