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El
retorno de la democracia a la Argentina en 1983, casi coincidió
con la crisis de la deuda externa latinoamericana (desatada por México
en 1982). El margen de maniobra de cualquier gobierno se estrechó
peligrosamente en lo que terminó llamándose “la década
perdida”.
El inicio del primer período de Carlos Menem tuvo un signo distinto:
inversiones extranjeras masivas en la región, auge de los postulados
del Consenso de Washington, apertura de las economías y la ilusión
–con el “uno a uno”– de insertarnos en la economía
global en términos ventajosos.
El mandato de Fernando de la Rúa tuvo otro marco: recesión
generalizada, fin del ingreso de capitales externos, los precios de las
materias primas en uno de sus peores momentos.
La etapa de Néstor Kirchner tuvo un excelente comienzo: bajas tasas
de interés internacionales, altos precios de los productos básicos
–en especial, de la soja–, reactivación en la economía
global, altas tasas de crecimiento regional.
¿Es sólo la suerte lo que define el éxito o el fracaso?
El debate es antiguo: ¿por qué la Argentina no siguió
el destino de Australia, por ejemplo?
Pocos días antes de su visita a Buenos Aires, para participar de
las Jornadas Monetarias organizadas por el Banco Central, uno de los economistas
más influyentes y prestigiosos del momento, Nouriel Roubini, reintrodujo
la discusión.
Hay tres posiciones en esta polémica, advierte Roubini.
La primera sostiene que hay un cambio sustancial en las economías
regionales que parece conducir a un nuevo paradigma de crecimiento. Dos
hechos relevantes deben ser considerados: 1) la mejora en la cuenta corriente
de la región tiene lugar con crecimiento alto e inflación
baja (es decir, las tradicionales limitaciones parecen haber desaparecido);
2) Latinoamérica no está tomando fondos externos y, por
el contrario, acumula reservas.
La segunda posición admite que se han concretado reformas importantes
pero que todavía falta un largo trecho por recorrer; no habría
todavía un cambio de modelo y la gravitación de las condiciones
externas fue y es importante.
Finalmente, la tercera posición –la pesimista– afirma
que todo es cuestión de suerte y que el viento a favor deviene
exclusivamente de circunstancias externas favorables, que pueden variar
en cualquier momento.
Lo evidente es que faltan aportes críticos rigurosos sobre cuál
es la incidencia de los factores locales y de los externos en las tasas
de crecimiento que se están registrando.
Durante 2004, el crecimiento latinoamericano fue de 5,8% –el más
alto en décadas– y este año será parecido.
“Como el crecimiento latinoamericano estuvo estancado durante décadas
por debajo del de otras regiones emergentes (especialmente Asia) y fue
exiguo en 2001-2003, los datos correspondientes a 2004 y 2005 obligan
a una pregunta importante: ¿ha habido algún cambio fundamental
en América latina –en cuanto a políticas, reformas
en productividad– que pueda conducir a mayor crecimiento en forma
permanente? ¿O es la experiencia reciente un fenómeno cíclico
impulsado por principios externos positivos-fortuitos que podrían
ser temporarios (alto crecimiento a nivel global, bajas tasas referenciales
y productos primarios a precios provisoriamente altos)?”, pregunta
Roubini.
Para los más optimistas, el buen desempeño de los indicadores
macroeconómicos, las reformas acometidas durante una década,
gobernantes razonables –aunque exterioricen cierto “populismo”–
y, sobre todo, buen clima externo, están creando las bases para
un proceso de crecimiento permanente. Un nuevo paradigma, que recibirá
cada vez mayores inversiones externas.
Los que adhieren a la segunda postura –Roubini entre ellos–
creen que las perspectivas regionales dependen tanto de factores internos
como externos: “En lo que concierne a los factores internos, hay
algunos desarrollos positivos, pero también hay factores negativos
y vulnerabilidades que motivan cierta preocupación”.
La mayoría de los países de la zona tiene superávit
de cuenta corriente; aumentaron las reservas de divisas, y las necesidades
de financiamiento externo parecen manejables, con lo cual se minimiza
el riesgo de crisis financieras. Las tasas de inflación son todavía
relativamente bajas y las reformas estructurales continúan aunque
no al ritmo ideal. Por otra parte, las condiciones externas (crecimiento
en Estados Unidos y en China, que necesitan las materias primas producidas
por la región) soportarán, al menos durante un tiempo, este
círculo virtuoso de desarrollo sostenido.
Esa es la parte buena del análisis. Hay que reparar en que, si
bien los déficit fiscales se redujeron y los balances primarios
muestran superávit, muchos de estos países todavía
viven una peligrosa dinámica deudora. Los grandes excedentes primarios
–incluso de más de 4% del PBI– apenas alcanzan para
estabilizar la relación entre la deuda y el PBI. Las vulnerabilidades
financieras todavía siguen siendo importantes. En algunos países,
el sistema bancario es frágil y muestra importantes debilidades
en los balances. No se pueden descartar nuevos tipos de crisis provocadas
por deuda pública interna de corta duración combinada con
fragilidad bancaria y empresarial.
El ritmo de las reformas estructurales ha sido bastante lento. Para asegurar
el permanente aumento del crecimiento potencial a largo plazo hace falta
invertir mucho, pero las tasas de inversión son relativamente bajas
en la región. Por último, los procesos políticos
y las limitaciones sugieren cautela.
En la visión de Roubini, “las significativas diferencias
entre los países latinoamericanos sugieren que es mejor no pensar
en el subcontinente como una región uniforme sino más bien
en uno donde la calidad de las políticas y el desempeño
económico son muy diferentes. Algunos países tal vez hayan
entrado en un nuevo paradigma, otros están introduciendo cambios
importantes pero a un ritmo demasiado lento, y otros más, se ven
inestables y vulnerables a resbalones en política y desempeño”.
En la tercera perspectiva, cobran importancia los factores externos y
su contribución al alto crecimiento latinoamericano, lo que exigiría
la sustentabilidad de tales circunstancias favorables externas. Si hay
un pronunciado descenso en los precios de productos básicos, si
la locomotora de Estados Unidos –o de China– aminora la marcha,
si aumentan más las tasas de interés, es evidente que habrá
problemas.
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