El último tabú que quedaba en la economía argentina ha desaparecido (devaluación: “de eso no se habla”). Dos impulsores del actual modelo como Jorge Born y Alvaro Alsogaray han puesto en duda la conveniencia de mantener la actual paridad cambiaria, y el presidente Menem y el ministro Roque Fernández se vieron obligados a reafirmar su fe en la convertibilidad. Este nuevo clima es especialmente apto para abordar sin prejuicios ni dogmas otras grandes variables de la macroeconomía que se han convertido en fetiches durante los últimos años. Hay, por lo menos, cuatro elementos que vale la pena analizar con amplitud de miras: el déficit fiscal, el sector externo y la competitividad, el nivel de desempleo y la desigual distribución del ingreso. Veamos cada uno de ellos en detalle:¿Es el déficit fiscal un problema?Lo es, pero es conveniente y razonable precisar su magnitud. Cuando termine este año, el déficit fiscal de 1996 puede totalizar -según las mejores estimaciones disponibles hoy- $ 5. 600 millones. En relación con un producto bruto interno de 290. 000 millones (también estimado), el déficit sería de 1,9% del PBI. Si este porcentaje se compara con el que exhiben otras economías del pelotón de vanguardia, obtiene una de las mejores marcas. Es bajo en relación con Estados Unidos y otros países europeos. El problema es que nuestra economía es -también- muy diferente de la de esos países. Ese porcentaje de 1,9% sobre el PBI, ¿es alto, es bajo o está bien? La respuesta se conecta, por una parte, con el nivel de crecimiento económico esperado. Hay una leve salida de la recesión, este año el crecimiento puede situarse en 2,5%, pero, lo que es más importante, durante 1997 podría estimarse en torno de 4%. Por otra parte, importa el nivel total de la deuda del país, que a fines de 1996 se puede fijar en US$ 96 mil millones. Entonces la pregunta más pertinente es: ¿cuál es el porcentaje de déficit fiscal que mantiene la deuda constante, siempre con la hipótesis de crecimiento anual de 4%?Un simple ejercicio matemático sitúa ese punto en 1,4% sobre el PBI. Es decir que, si además se quiere reducir la deuda real, el déficit permitido debe estar necesariamente por debajo de 1,4% sobre el PBI. Ese porcentaje significa asumir un déficit fiscal de $ 4. 300 millones para 1997, lo cual no sería imposible. El razonamiento sirve para extraer una conclusión: no es necesario que el déficit fiscal sea cero para que la deuda total se mantenga constante. Puede haber algo de déficit y aún lograrse ese objetivo. Hay sin embargo una complicación: asciende la tasa de interés sobre la deuda y, por ende, el porcentaje del presupuesto nacional destinado a absorber la deuda. Este aumento no ocurre porque exista un incremento en el nivel de las tasas internacionales. Se debe simplemente al proceso de reemplazo de deuda vieja (contraída bajo mejores condiciones) por deuda nueva, que resulta más cara. Si aumenta la porción de los recursos que se debe destinar a cancelar deuda, no queda más remedio -si se quiere reducir e incluso mantener el déficit fiscal en su actual nivel- que achicar otros componentes del gasto. Los últimos acontecimientos (apagón, paro general, actividad opositora) demuestran que no hay margen de maniobra. ¿Qué se puede bajar si la mayoría del gasto se destina a salarios? Todo el ajuste se hizo sobre la inversión pública (que hoy es menos de 2% del PBI). Una economía como la de Chile, que se suele tomar como modelo en muchos aspectos por los defensores del programa económico, mantiene un nivel superior a 5%. Por su parte, el sector privado sabe que no es posible el crecimiento sin un adecuado desarrollo de la infraestructura pública. Es cierto que, en muchos casos, la iniciativa privada se ha hecho cargo de obras públicas por el sistema de concesión retribuida con peaje. Pero también lo es que la esencia de la empresa privada es la ganancia y no el fomento. Por tanto solamente se llevan adelante las obras que tienen retorno asegurado, como la autopista a La Plata, el acceso Norte o la ruta a Mar del Plata. Realidad que obligará a un replanteo urgente y necesario sobre el papel del Estado para los próximos años. Finalmente, ¿dónde se origina el déficit fiscal? Sin duda, una de las causas ha sido, desde el año pasado, la recesión. Otra es la transferencia de los aportes jubilatorios que antes engrosaban las arcas estatales al sistema de AFJP (que suma ya una masa de US$ 2 mil millones, que sigue siendo una reserva financiera para el país). Hay una tercera: la disminución de varios impuestos para mejorar la competitividad de la economía.
Situación en el sector externo.
La competitividad
Las grandes cifras son éstas: durante 1997, el país debe amortizar una porción de su deuda externa por valor de US$ 11. 000 millones. Además está el servicio de esa deuda que, también para el año próximo, totaliza US$ 6. 000 millones. Para simplificar, olvidemos los US$ 11. 000 millones, y asumamos que se refinanciarán en su totalidad. Ese problema ya no existe. Todavía quedan los US$ 6. 000 millones de intereses, que representan aproximadamente 2% del PBI. Con una leve reactivación económica como la que es segura, aumentarán las importaciones. No hay duda de que durante el próximo año veremos retornar el déficit en la balanza comercial. ¿De cuánto será ese déficit? La primera respuesta es que, si de verdad aumentó la competitividad de la economía argentina, habrá de ser menor al de 1994. Con la misma hipótesis de un crecimiento anual de 4% en el PBI, podría asumirse que el déficit de la balanza comercial (la diferencia entre importaciones y exportaciones) se situará en torno de US$ 3. 000 millones. Con este dato el problema luce diferente. A los US$ 6. 000 millones de intereses hay que sumarles estos US$ 3. 000 millones que es preciso financiar. Ahora estamos hablando de US$ 9. 000 millones, o sea 3% del PBI. El gran interrogante es -aun si no aumentan las tasas de interés internacionales- si los mercados financieros globales están dispuestos a financiar 3% o algo más, de déficit sobre el PBI en el caso argentino. Para ello habrán de tener en cuenta la capacidad de generar dólares del país, que es otra manera de decir la capacidad de repagar nuestra deuda. Lo cierto es que los intereses de la deuda absorberán la cuarta parte de lo que produzcan las exportaciones. Una relación bastante alta.
El desempleo y otros mitos
Este se ha convertido en un debate lleno de hojarasca. Que si la tecnología, que si la globalidad, que si la flexibilidad, que si el downsizing y otras teorías empresariales en boga. La explicación es obviamente muy compleja y es seguro que existen múltiples causas. Pero hay algunos datos insoslayables como punto de partida. La desocupación, según cifras oficiales, es en la Argentina de 17% (ni entrar en otros análisis sobre subocupación, desocupación disimulada, etc. ). Para que la tasa de desempleo baje un punto -apenas en 1%- es necesario que la economía genere 330. 000 puestos nuevos de trabajo por año. Entre 1991 y 1993, en el boom provocado por la convertibilidad, con una economía que crecía a una tasa anual de 7,5% acumulado, se crearon 254. 000 posiciones laborales. Ahora se sabe que buena parte de ese empleo corresponde a subocupados horarios (gente que trabaja menos de 35 horas semanales y en verdad querrían trabajar más). Con supuestos optimistas, ¿cuál sería la tasa de crecimiento que permitiría reducir el desempleo en 1% anual? Respuesta: no menos de 6,5% de incremento del PBI en el año. Pero la hipótesis aquí considerada desde el inicio del artículo es de 4% anual. ¿No es ésta una estimación muy baja? En verdad sería retornar a los índices de crecimiento de la economía argentina durante la década de los años ´60, que fueron de los mejores. En definitiva, ¿esto quiere decir que no hay posibilidad de que se reduzca el nivel de desempleo? Sí, puede reducirse pero únicamente como fenómeno estadístico. Cada vez que el Indec hace la encuesta pregunta si se está buscando empleo. Se asume que quien no busca es porque está empleado. Y la asunción es errónea. Hay mucha gente desalentada que ya no hace cola ni visita lugares a la búsqueda de un trabajo.
Distribución de los ingresos
Desde 1993 empeora en la Argentina la distribución del ingreso y la línea de pobreza comprende a más gente. Según la definición convencionalmente aceptada de pobreza, hay hoy 18% de hogares pobres, contra 13% en 1993. También el debate sobre la desigualdad en los ingresos se da en todo el mundo. En las últimas décadas se acentuó el proceso según el cual la parte más pequeña de la población de un país se enriquece cada vez más, mientras que las grandes mayorías se empobrecen todavía más. En ningún caso la discusión es tan interesante y ejemplificadora como en Estados Unidos, la primera economía del planeta, la más rica y la que siempre exhibió tendencias igualitarias. Hay algo que angustia más a los estadounidenses que la presunta pérdida de competitividad o el riesgo de perder el liderazgo en tecnología de punta, o incluso que la hegemonía económica o política mundial. Lo que de verdad preocupa es la notoria desigualdad del ingreso entre los habitantes, y las enormes consecuencias sociales y de toda índole que esta situación puede provocar. Todas las cifras disponibles confirman que durante la década pasada los ricos se hicieron más ricos y los pobres más pobres. Aunque la familia estadounidense tipo tuvo en 1992 más o menos el mismo salario real que en 1980, no ocurrió lo mismo con las familias atípicas (que son la mayoría): los ricos y los pobres. El crecimiento de la desigualdad es pavoroso. Mientras el ingreso de 1% de las familias de arriba de la pirámide de riqueza se duplicó, el de la quinta parte de las familias de abajo cayó 10 %. Pero ni siquiera estas cifras logran captar cabalmente todo lo que ocurrió, porque se les escapan los extremos. Los cambios producidos en la distribución del ingreso durante los años ´80 tuvieron en la gente un efecto mucho más importante que cualquier acción deliberada del gobierno. Porque ni siquiera una equivocación desastrosa en la política del gobierno es capaz de reducir el ingreso real de 50 millones de habitantes en 10%. Y sin embargo eso es lo que ocurrió con la quinta parte más pobre de la población de Estados Unidos. Este crecimiento de la riqueza y de la pobreza refleja cambios en la distribución del ingreso, más que modificaciones en el nivel general del ingreso. A la larga, la distribución del ingreso no es un factor tan determinante del bienestar económico como el crecimiento de la productividad, pero la creciente desigualdad de los ´80 en distribución del ingreso, más que en crecimiento de la productividad, fue la principal fuente del aumento en el nivel de vida del 10% de los estadounidenses ubicados en la cima. Y la pasada fue la primera década desde la de los ´30 en que un número muy grande de estadounidenses sufrió una declinación importante en su nivel de vida.
