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La revisión
crítica de la década pasada está cargada de objeciones.
Hay sin embargo un beneficio que no debe ser subestimado. Durante mucho
tiempo la economía argentina convivió con el fantasma de
la indexación. El gran legado de los años "90 es que
contribuyó a desarraigar esa noción. Hemos tenido devaluación
y la temible indexación no apareció y el nivel de la inflación
es realmente moderado.
Del mismo modo, la mayoría de los economistas sostenía que
el país no podía tener política monetaria sin embargo
es lo que hemos tenido durante los últimos tres años, gusten
o no sus resultados. El debate se ha trasladado de la imposibilidad de
política monetaria a cuáles son los términos más
convenientes.
Los dos grandes interrogantes para este año son el nivel de inflación
y el comportamiento del sector externo. Hay temor de un rebrote inflacionario,
y por otro lado, se observa un aumento en el nivel de las importaciones.
Si éstas -aún cuando fueran necesarias- crecen demasiado,
peligra el superávit de la cuenta corriente. La respuesta simple
es que hay que acometer con decisión el crecimiento de las exportaciones
para generar divisas genuinas.
Inexorablemente, a medida que aumenten las ventas externas -especialmente
a Brasil- el precio interno de los alimentos se alineará con el
precio de exportación, provocando creciente presión inflacionaria.
Puede resultar paradójico, pero para el equipo económico
la mejor resolución del default y la normalización de la
deuda externa, no sería un altísimo porcentaje de adhesión.
A mayor éxito, corresponderá mayor llegada de capitales
extranjeros. En esa hipótesis no habrá mecanismo de esterilización
suficientemente eficiente como para impedir que se aprecie el tipo de
cambio.
Las tres herramientas que utiliza hoy el gobierno para mantener elevado
el tipo de cambio son: la regulación de ingreso de capitales de
corto plazo; la compra de reservas en divisas por el Banco Central (que
podrían recalentar la economía); y la existencia de un importante
superávit fiscal. El Estado podrá comprar más dólares
con sus ahorros. Pero en un año electoral, es probable que el superávit
no sea tan importante como en los últimos tiempos.
El núcleo duro de la política económica de Roberto
Lavagna requiere un tipo de cambio alto para asegurar el nivel del superávit
fiscal. Del mismo modo, ese superávit garantiza que el tipo de
cambio seguirá alto. Si logra un significativo crecimiento de las
exportaciones, gana. Si no, se entra en zona de riesgo conocida.
¿Es
posible un
colapso del dólar?
Como decía
Ferns: "Que una dívisa se deprecie es bueno hasta cierto punto.
Más allá, puede ser un desastre". Varios expertos temen
que el límite esté peligrosamente cerca: el dólar
se ha deteriorado 16% ante las monedas de sus mayores socios.
H. S. Ferns era un economista inglés, experto en el patrón
oro británico y sus vaivenes durante el siglo XIX, hasta la Gran
Guerra. Su tratado sobre los nexos entre el sistema y la Argentina -como
abastecedora clave de alimentos al Reino Unido y prestamista clave para
su banca desde 1821- sigue tan vigente que algunas universidades norteamericanas
lo tienen como libro de texto. En verdad, varios de los problemas que
vulneraban al patrón áureo hasta los acuerdos de Bretton
Woods (1944) afectan hoy al "patrón dólar".
En realidad, el dólar ha pasado ya por dos crisis "clásicas"
(1968/9, 1992). La primera ocasionó el colapso del sistema de Bretton
Woods (1971) y de la convertibilidad oro/dólar. Dado que en BW
había dos patromes (oro entre los grandes bancos centrales, dólar
para el resto del mundo), la desaparición del primero le restó
al esquema su pata más sólida.
Muy bien, y ahora, ¿qué ocurre? Que, como sucede en toda
fase inestable, algunas teorías fallan. Para el caso, la que prescribe
que, al correr el tiempo, un dólar barato les permitirá
competir a los bienes y servicios que exporta Estados Unidos. Ello no
está pasando. Por otra parte, la combinación de déficit
comercial, fiscal y de pagos externos puede llevar a una baja ulterior
y un auge incontrolable de tasas. Vale decir, los ingredientes de una
intensa recesión en la segunda economía del mundo.
Precedentes abundan. En los últimos quince años, crisis
en economías desde México hasta Tailandia, pasando por Gran
Bretaña -el ataque de 1992 contra la libra, montado por fuertes
especuladores y fondos buitres-, hicieron que pasaran rápidamente
del crecimiento a la recesión. En este momento, Estados Unidos
sigue atado a un crecimiento lento, basado en la deuda pública
y privada.
"Somos cada día más vulnerables a un freno súbito
en flujos de capital financiero y cede la inversión externa directa",
señala Barry Eichengreen, historiador económico de Berkeley.
"Ésa fue la ruina de mercados emergentes y periféricos
a través de los años. Podría suceder en EE.UU."
No ocurre, todavía.
Pero, ¿podría pasar?… En una crisis local, los inversores
externos se deshacen de bonos y acciones, temiendo una depreciación
ulterior. No obstante, tasas de interés a largo plazo y títulos
federales -se mueven en sentido opuesto- casi no se han movido en todo
2004. Es más: repasando crisis mundiales, parece que EE.UU. tuviera
bastantes factores en su favor para eludir la crisis. Al mismo tiempo,
empero, la magnitud de los desequilibrios que afectan al dólar
carece de antedecentes en la historia del capitalismo, por lo cual una
crisis no debiera ser descartada.
Existen contrates en principio favorables con la última crisis
cambiaria que involucró al dólar, la 1977/9. En quince meses,
la divisa referencial cedió 16%, ante una canasta selecta de monedas,
en un trasfondo de escaso crecimiento y auge de precios petroleros. La
potencia saltó de superávit a déficit comercial,
pese a un dólar tan barato, cuya debilidad -de paso- llevó
de 6 a 8,2% la inflación anual a precios minoristas.
Desvelado por la caída del dólar, el gobierno de James Carter
lanzó en noviembre de 1978 un paquete de apoyo a la moneda. Tesorería
apelaría a ventas de oro, emisión de deuda externa y al
Fondo Monetario Internacional -cuando todavía era un agente activo-
para parapetar al dólar. La Reserva Federal aumentó un punto
la tasa básica.
El dólar se estabilizó, pero continuó débil
y, hacia fines de 1979, la inflación alcanzaba 10%. Seis meses
después, Clinton nombraba a Paul Volcker -un republicano- al frente
de la RF. Éste decidió que hacían falta medidas drásticas
para acabar con la inflación. Desde octubre, empezó a sofrenar
la oferta monetaria, o sea promovió un fuerte aumento de tasas.
Esta estrategia redujo la inflación, pero el país sufrió
la recesión más pronunciada desde los años ´30.
A partir esa crisis y la que, en 1992, azotó a algunas monedas
europeas, quedaron en claro ciertos factores, descriptos por los econometristas
Nouriel Rubini y Braddock Seltzer (universidad de Nueva York). Catorce
crisis en mercados emergentes y periféricos -de la mexicana, 1994,
a la brasileña, 2002- mostraron el papel detonante de los altos
déficit en cuenta corriente y/o presupuesto, su financiamiento
vía capitales especulativos externos e incertidumbre política.
Eso permitió esquemas tan ruinosos como el de Nicholas Brady, que
enriquecería a las bancas para las cuales operaba ese funcionario.
¿Por qué? Porque el FMI ya no servía como prestamista
externo de última instancia. Tampoco existe un prestamista externo
de última instancia.
Naturalmente, EE.UU. es la segunda economía del mundo y la primera
potencia militar. Por ende, pesa demasiado como para que las restantes
potencias la dejen caer fácilmente. Pero eso es, en todo caso,
un consuelo político. Como muestra de su relatividad, basta recordar
al ex Imperio Británico: 44 crisis del patrón oro-libra
y los costos de vastas conquistas territoriales terminaron con el imperio,
la libra, la hegemonía política y militar. ¿Cuál
fue su tumba en aquel entonces? Pues el actual Irak.
El sector
privado y las decisiones estratégicas
Hay decisiones
de desarrollo económico que en países ricos son tomadas
por los gobiernos. En países donde eso no ocurre, las decisiones
estratégicas se deberían tomar a nivel empresa.
El aluvión de importaciones baratas siempre causa pánico
entre empresas locales, que reclaman protecciones a sus gobiernos. A veces
las consiguen, a veces no. El planteo de un ensayo publicado por Diana
Farrell, Antonio Puron y Jaana K. Remes en The McKinsey Quarterly dice
que si los gobiernos no hacen planeamiento estratégico para encontrar
un segmento que los beneficie, deberán hacerlo los mismos empresarios.
De paso, les recuerda dos cosas: la primera, que siempre hay maneras de
competir; la segunda, que ningún país retiene por siempre
su condición de productor de bajo costo.
En lugar de tratar de imitar a China y pagar sueldos bajos a trabajadores
poco calificados, el gerente de una empresa ubicada en un país
secundario debería acometer tres tareas para contribuir a su propio
crecimiento y, de paso, al desarrollo económico nacional:
a) alentar la transición hacia actividades de mayor valor agregado.
b) identificar y aprovechar su ventaja competitiva
c) reclamar del gobierno reformas que generen más competencia,
más flexibilidad y más emprendimientos.
La experiencia de los países desarrollados sugiere que la expansión
hacia actividades de valor agregado no provienen de un giro hacia actividades
totalmente nuevas -como alta tecnología, biotecnología o
nanotecnología- sino de una evolución natural de las empresas
dentro de negocios existentes.
Los datos a la vista demuestran que en el punto inicial de desarrollo
de un país, las empresas comienzan en los sectores más simples
de la industria; luego, con el tiempo, van puliendo y refinando sus habilidades
para competir en áreas más rentables
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