Recelos, sospechas y malentendidos enturbian la relación
de los doce socios comunitarios y hacen tambalear -o al menos
demorar- el gran proyecto. Todos temen a los alemanes y éstos
empiezan a cansarse de demostrar que no son peligrosos.
Hasta hace poco más de un año, el proyecto federal
europeo se veía con certeza. Los Estados Unidos de Europa
y los Estados Unidos de América serían los dos grandes
protagonistas del escenario mundial. Pero después vino
la derrota del sí en Dinamarca, el triunfo agónico
en Francia y el severo cuestionamiento británico. Hacer
un Estado federal de viejas naciones-estado es más difícil
que agrupar regiones con evidentes intereses en común.
Lo curioso es que quienes estaban a favor de aprobar las cláusulas
del Tratado de Maastricht coincidían en un argumento central
con los que propiciaban rechazarlo: el caso alemán. Los
defensores de la federación argumentaban que era la única
manera de mantener a la nueva Alemania fuertemente anclada dentro
de Europa. Los opositores rechazaban una unión que -decían-
estaba
condenada a ser dominada por la hegemonía de la Alemania
unificada.
También los propios alemanes sienten que está cambiando
el humor nacional, en parte por el resurgimiento que promete la
unidad territorial, en parte por el nuevo papel que le toca cumplir
con los países del centro europeo, como Austria, Eslovenia,
Croacia, la República Checa, Eslovaquia, e incluso Polonia
y Ucrania; y finalmente como reacción ante la desconfianza
que perciben en las
demás naciones europeas occidentales.
Estos recelos, sospechas, malentendidos y creciente hostilidad
pueden aumentar notoriamente en los próximos tres años.
Se avecina la conmemoración del cincuentenario de las grandes
derrotas alemanas a partir de 1943, la capitulación y la
partición del país, el juzgamiento de los crímenes
de guerra y el reconocimiento del Holocausto.
¿Cómo reaccionará esta nación hasta
ahora volcada a favorecer un eje europeo junto con Francia, y
con vocación atlantista, aliada de Estados Unidos? El país
unificado es la primera potencia económica europea y la
tercera del mundo. El vacío dejado por la desintegración
soviética en el este clama por alguien que ocupe el espacio.
Las nuevas generaciones alemanas, que han aceptado la culpa nacional
por los crímenes y desastres perpetrados por sus antecesores,
creen que, cuando termine el ciclo conmemorativo que se avecina,
la deuda estará saldada. Si después de 1995 no se
deja en paz a la historia, hasta los alemanes más
racionales y responsables sentirán que son víctimas
de actos injustos e inmerecidos y, por ende, reaccionarán
con hostilidad.
En pocos años, la naturaleza de la relación entre
alemanes y franceses, o británicos, o estadounidenses,
habrá cambiado significativamente. Alemania -al igual que
Japón- bregará para que cese toda diferencia entre
vencedores y vencidos durante la segunda gran contienda. Su política
exterior será -como ya se empieza a vislumbrar- más
independiente, más asertiva y más desafiante.
Alemania reclamará un puesto en el Consejo de Seguridad
de las Naciones Unidas; reafirmará su papel en la Comunidad
Económica Europea, pero perderá todo interés
en el proyecto federal. En cuanto a su compromiso con lo que se
llama "Occidente", convivirá con la idea de que
es una gran potencia del centro europeo con vastos y estratégicos
intereses en el este.
Francia, a quien se consideraba la gran responsable de la contención
alemana y de proveer liderazgo político al proyecto federalista
de la Comunidad, es la gran perdedora. Como reacción es
probable que se oriente hacia una mayor vinculación y cierto
tipo de alianza militar con Estados Unidos.
