sábado, 4 de abril de 2026

    Revalorización de la política industrial

    La ilusión, en su momento, fue que la política de sustitución de importaciones aumentaría la capacidad tecnológica y estimularía el crecimiento económico. Como los logros en esa dirección fueron modestos, muchos economistas se sintieron inclinados a un rechazo frontal de la idea.
    Los nuevos argumentos sostenían que el sesgo antiexportador y anticompetitivo de esas políticas desalentaba la innovación, conspiraba contra la reducción de costos, perjudicaba la capacidad tecnológica y no generaba crecimiento.

    Como conclusión, se prefirió la apertura comercial externa sin política industrial. Se argumentó — equivocadamente— que ése había sido el camino recorrido por países del sudeste asiático. El rechazo al modelo anterior fue tan fuerte que aún hoy ése es el clima intelectual que predomina en la Argentina cuando se aborda esta materia.
    “Y sin embargo…” como diría Galileo, esta visión está equivocada. Las experiencias históricas exitosas de industrialización competitiva tardía reflejan otros elementos indispensables en el análisis.
    • Japón, por ejemplo, solamente suprimió el grueso de las restricciones cuantitativas formales en la década de los ‘60 y mantuvo otras restricciones informales por más tiempo.
    • La tasa promedio de protección efectiva de Corea aumentó de 30% en 1963 a 38% en 1980, después de haber descendido a 24% en 1970. La mayor parte de las restricciones cuantitativas se mantuvieron hasta mediados los años ‘80.
    • La misma trayectoria siguieron Taiwán y Malasia, con el agregado de que apelaron a fuertes incentivos tributarios a la industrialización. Corea y Singapur apelaron también a subsidios crediticios selectivos y discrecionales para contar con ganadores nacionales en la competencia internacional.
    En síntesis, para resumir la experiencia exitosa de estos casos del sudeste asiático, puede decirse que hubo una estrategia de industrialización, basada en objetivos exportadores explícitos. Las empresas acordaban contratos con el Estado que, a cambio del cumplimiento de ciertas metas perfectamente cuantificables, otorgaba facilidades de diversa naturaleza.
    El mayor conocimiento de estas experiencias, la comprensión de las intrincadas situaciones de los países industrializados y una visión fresca y desprejuiciada sobre el tema han producido una revalorización del concepto de política industrial entre los principales economistas locales.
    Nadie discute ya la necesidad de una estrategia comercial que apoye a las empresas nacionales con posibilidades en el mercado internacional, o a las que sólo accederán a la escala de producción adecuada si consiguen exportar, o a la necesidad de estimular el aprendizaje tecnológico de los industriales para reducir costos.
    Como telón de fondo, un entorno de estabilidad, con control sobre las cuentas fiscales y precios relativos sostenibles. Así fue en los casos del sudeste asiático, y su ausencia explica los fracasos de políticas industriales en la Argentina, como también
    de los experimentos de liberalización extrema sin política industrial.
    Desde que rige la convertibilidad, se han operado sutiles modificaciones de criterio en el elenco económico. Entre 1991 y 1992 primó la idea de que el mercado podía resolver todos los problemas. Los cambios se introdujeron desde finales de 1992 pero con acciones insuficientes, cuando no erráticas o tardías.
    Hasta ahora, lo que se ve como instrumentos de política industrial (régimen automotriz, medidas antidumping, cuotas) son más bien respuestas al desequilibrio de precios relativos en que está inmerso el programa de estabilidad.
    Por otra parte, cuando finalice el actual proceso de reforma del Estado se verá con claridad si lo que surge es un Estado con altas dosis de autonomía, independiente de los poderes sectoriales, y capaz de firmar contratos con metas precisas con las empresas industriales, y garantizar su fiscalización y cumplimiento.
    En la 2ª Conferencia Industrial Argentina realizada en Mar del Plata entre el 10 y el 11 de agosto pasado, y más allá de la anécdota del enfrentamiento entre el ministro Domingo Cavallo y el gobernador Eduardo Duhalde, se dijeron cosas importantes.
    Roberto Rocca, timonel del grupo Techint y una figura arquetípica del industrial argentino, dijo en su exposición:
    • La industrialización es un problema de largo plazo que nunca tuvo real prioridad en nuestra cultura nacional.
    • Es un componente esencial para asegurar el crecimiento de la riqueza del país y su estabilización ocupacional a largo
    plazo. Por eso no es postergable.
    • La industria no puede prosperar sin una línea de expansión económica de largo plazo.
    • La política económica coyuntural, dominada por prioridades de corto plazo, no debe entrar en conflicto con las
    perspectivas de largo plazo.
    • Los tres factores vinculados para el desarrollo industrial son el mercado, una política activa, y el consenso nacional. En el
    mundo anglosajón, al principio, dominó el mercado. En Alemania, Francia y Japón la idea de una política activa. Italia
    ofrece, modernamente, un modelo de consenso.
    • En la Argentina, lejos de una dinámica industrial autosostenida, dista mucho de haber consenso. Es todavía un problema
    dialéctico de enfrentamiento.

    México-Argentina: Virtud Monetaria vs. Devaluación

    Los argentinos tienen motivos de sobra para estar contentos con la convertibilidad (“un peso igual a un dólar”) y con algunos de los efectos que ha tenido sobre la marcha de la economía. Pero, más recientemente, se empiezan a advertir otras consecuencias no deseadas.
    Las preguntas son: ¿la convertibilidad es para siempre?; ¿habrá un momento en que será conveniente modificarla?, y en ese caso, ¿cómo se hará?
    Idénticas preguntas se formula Paul Krugman, el conocido profesor de la Universidad de Stanford, en un reciente artículo publicado por el Financial Times. Por la extraordinaria vigencia e importancia que tiene para el caso argentino, se reproduce aquí ese texto.

    Por Ahora Gana la Virtud Monetaria

    ¿Qué es mejor, una tasa de cambio fija o una flexible? No hay tema en economía que se haya discutido con más fiereza o de manera menos concluyente. La razón es que ningún sistema carece de defectos, y nadie ha podido cuantificar las ventajas de uno y otro.
    Tampoco la historia sirve de guía, porque uno nunca ve un experimento controlado: si la economía mundial fue más estable durante la era de tasa fija de intercambio entre 1950 y 1973 que durante la era de la tasas flotantes que vino después, ¿quién puede decir que la inestabilidad no se originó en la economía real y se expandió a las tasas de cambio, y no al revés?
    En los últimos seis meses, sin embargo, hemos presenciado lo que parece una nítida y poco común contienda entre tasas fijas y flotantes en América latina. A primera vista, el rígido compromiso con una tasa fija ganó fácilmente. Pero la pelea no ha terminado; todavía sigue siendo posible que gane la tasa flotante.
    A fines del año pasado, México y la Argentina fueron frecuente tema de discusión entre los analistas económicos internacionales. Luego de siete duros años de crisis de la deuda externa, ambos países resurgieron mediante una combinación de reformas relacionadas con el mercado y un abrupto retorno a la popularidad en los mercados de capitales internacionales.
    Ambos redujeron el índice de inflación, fundamentalmente a través de un peso fuerte como señal de su compromiso con la estabilidad de precios, y reanudaron su crecimiento después de años de estancamiento.
    La diferencia entre la política económica de ambas naciones parecía ser una mera cuestión de detalle. México había seguido una política de peso fuerte, pero sin comprometerse con una tasa fija de intercambio. La Argentina, por su parte, se había atado al mástil con una política que tomó prestada del pasado colonial: no sólo se comprometía el gobierno legalmente a la política “un peso un dólar”, sino que cada peso en circulación estaba respaldado por un dólar en las arcas de reservas.
    Luego vino la crisis. En diciembre, bajo la presión de la fuga de capitales especulativos, México tambaleó; en lugar de defender el peso con cualquier otro medio, el país devaluó su moneda. Luego resultó que la devaluación fue suficiente para aniquilar la credibilidad del gobierno pero no suficiente para satisfacer a los especuladores, y las medidas tomadas a medias rápidamente provocaron una conmoción que llevó al peso mexicano a la mitad de su anterior valor. Finalmente la moneda se estabilizó, pero sólo después de que las tasas de interés aumentaran a 60%.
    El shock se sintió rápidamente en la Argentina, pero el país se negó a considerar cualquier modificación en su tasa de cambio. Al principio pareció que el drenaje de pesos que salían del sistema bancario provocaría un colapso financiero. Pero, con mucha ayuda de sus amigos, la Argentina parece haber superado la crisis.
    Para los que creen que nada bueno puede venir de una devaluación, esto parece una gran lección. México cedió a la presión por devaluar; la Argentina no; y hasta ahora los argentinos han llevado la mejor parte. Pero la historia no ha terminado.
    Las presiones que provocaron la devaluación en México no fueron, en última instancia, financieras. Más bien provinieron de la economía real. La política mexicana de peso fuerte redujo la inflación, pero no toda de golpe. Para cuando la inflación había llegado casi a los niveles de Estados Unidos, muchas de las exportaciones mexicanas habían dejado de ser competitivas en el mercado norteamericano. Mientras tanto, la combinación de peso fuerte con liberalización del comercio había generado una ola importadora.
    El resultado fue que el ingreso masivo de capitales durante los buenos años produjo, curiosamente, poco crecimiento en la economía nacional, y ningún crecimiento en el empleo. Fue el aumento de la presión por hacer algo para mejorar esta situación —complementado por cierta inquietud en la política interna— lo que finalmente hizo que los mercados financieros se preguntaran si el peso se mantendría fuerte, y entonces se produjo la crisis monetaria.
    El caso es que, con el peso devaluado, ésos se han convertido en problemas del pasado. La economía interna mexicana puede estar debilitada, pero ya está acumulando un excedente comercial y las exportaciones están aumentando. En dos o tres años, tal vez nos maravillemos de ver cómo México ha logrado, por fin, una economía exportadora de rápido crecimiento.
    Mientras tanto, la Argentina ha superado la tormenta inmediata; pero los problemas de un peso severamente sobrevaluado, que convierten a Buenos Aires en una de las ciudades más caras del mundo y traban los intentos de desarrollar nuevas exportaciones, siguen sin resolverse. Y no podrán ser resueltos mientras la credibilidad del gobierno siga atada a “un peso- un dólar”.
    De modo que el primer round ha terminado, y la vieja virtud monetaria va ganando por puntos. Pero yo, sin embargo, apostaría que para el final del próximo asalto veremos, otra vez, que las cosas no son tan simples.

    Mitos, Verdades y Estadísticas sobre Desempleo

    La Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha producido un reciente informe donde sostiene que el pleno empleo debe volver a ocupar el lugar que le corresponde en la agenda de los políticos del mundo. Este es el dictamen del último informe de la OIT, World Employment 1995*.
    Las tendencias de más de tres décadas muestran que la actual crisis de empleo contrasta notablemente con un pasado no tan distante. En las décadas de los ‘50 y ‘60, las economías industrializadas gozaban a la vez de pleno empleo y de crecimiento sostenido en productividad e ingresos. Los beneficios de este crecimiento se desparramaron también hacia los países en
    desarrollo, y América latina experimentó una virtual revolución industrial. Los shocks petroleros de los ‘70 pusieron fin a esa era. Aunque los salarios reales han caído desde entonces a los niveles anteriores a 1973, las tasas de crecimiento económico nunca se recuperaron. El desempleo subió.
    El perdido secreto del crecimiento demostró ser irrecuperable, porque desaparecieron o se debilitaron piezas claves del sistema económico internacional, específicamente políticas activas de empleo, un consenso social sobre salarios y productividad, y estabilidad macroeconómica internacional. Los tres elementos deben ser revividos, aunque tendrán que tomar en cuenta los desafíos y oportunidades que trae la globalización.
    Acerca de la mentada inflexibilidad laboral, la OIT advierte que “sería erróneo suponer que la reglamentación del mercado de trabajo es el principal obstáculo al cambio”. Lo que aseguró el éxito de las economías del sudeste asiático fue aplicar eficaces estrategias de industrialización para la exportación, y no la falta de reglamentación del mercado de trabajo.
    Una recomendación final de la OIT: las políticas para los países en desarrollo deben tener en cuenta la carga que suponen la pobreza y el subempleo, y tratar de potenciar el capital humano mediante inversiones en programas de educación, atención de salud primaria, nutrición y población.

    * (El empleo en el mundo. 1995. Publicaciones de la OIT, CH 1211 Ginebra 22, Suiza. Fax: 41 22 798-6358.)