jueves, 2 de abril de 2026

    Legado de familia

    ESTRATEGIA | Portada

    Por Florencia Álvarez


    Miriam Testorelli

    Los bienes de lujo se definen por la exclusividad. “Ninguna marca de lujo piensa en lo masivo. Tiene que haber un sentido de pertenencia, como si fuera un club privado en el que se dice: ‘Soy el único que tengo esto entre unos pocos’”, dice Fabián Testorelli, presidente de la empresa que desde hace 120 años se dedica a la fabricación de joyas y comercializa más de 26 marcas de relojes de lujo entre las que se encuentran Longines, Emporio Armani, Vanceur, Rolex, Cartier, Bulgari y Damiani, entre otras.
    Testorelli es la primera marca de la categoría joyerías en la cuarta versión de la encuesta “Las marcas del lujo”.
    Difícilmente un producto de lujo pueda ser masivo. “Justamente se apunta a la diferenciación, a la innovación”, acota Miriam Testorelli, gerente general de la compañía y diseñadora de joyas, a lo que su hermano añade: “Por supuesto esto tiene que estar acompañado de la calidad. La gente no admite que un producto de lujo, que es costoso, tenga defectos o no tenga una duración en el tiempo”.
    En cuanto a por qué una persona adquiere un bien de lujo, ambos coinciden en que todos quienes los poseen quieren ser reconocidos por ello y mostrarlo. “No por exhibicionismo, sino para que aquél que es un entendido sepa apreciarlo y capte que la persona que lo luce tiene algo que es de verdadero valor”.
    La empresa nació en San Isidro, dedicada a los relojes, a la joyería, pero básicamente cubría todo la gama de lo que fuera precisión y exactitud. Con el tiempo, fue creciendo y especializándose en la joyería y en los relojes de lujo, un mercado en el que hubo muchas transiciones debido a que los años 80, Suiza, que era el mercado relojero por excelencia, sufrió mucho con la incorporación del cuarzo como materia prima.

    El gran cambio
    Los suizos, amantes de la tradición y la mecánica se negaban a incorporar el cuarzo a sus mecanismos y fueron superados por los japoneses en exactitud, en facilidad de acceso y también en precio. La asociación de ideas fue que un circuito de cuarzo carecía de valor y entonces se retornó a lo preciado que eran las máquinas de precisión. Ahí fue cuando volvió a posicionarse el mercado suizo.
    En esto, los Testorelli tienen una gran ventaja ya que Norberto, el padre de Miriam y Fabián, se dedica a la parte artesanal de la confección de joyas y relojes en un taller donde trabaja con otras siete personas.
    Con respecto a cómo se posiciona una empresa para que sea considerada en la franja del lujo, el presidente de Testorelli explica que es una sumatoria de factores: acciones de prensa, marketing, comunicación y campañas publicitarias.
    “Además, el hecho de estar en los principales shoppings es un punto primordial. Y a eso hay que sumarle que contamos con productos únicos, terminados con la última tecnología, con la mayor novedad”.
    Pero ¿cómo se está comportando el mercado frente a la crisis financiera y la recesión que se avecina? Según el empresario, el mercado del lujo está creciendo porque nunca tuvo un gran desarrollo, por lo tanto, no le queda más que despegar: “Hoy, puntualmente, está en una situación particular pero al consumidor de lujo no lo afecta en lo económico, lo afecta en lo emocional y piensa: ‘Perdí tanta plata en esto, me voy a comprar otro reloj o una joya’. O invierte en oro porque cree que es más seguro que guardar la plata en un banco y además, mientras tanto, lo hace feliz´”.
    Sin embargo, y a pesar de las grandes posibilidades que podría ofrecer la industria de la joyería, no existen políticas que estén orientadas a desarrollarla como actividad comercial. “Es una actividad que está muriendo porque no hay estrategias desde la educación ni en fomentar el uso de joyas.
    Por otro lado, la implementación del impuesto suntuario que afecta a todos los artículos que contengan metales preciosos, sumado al IVA, es mucho. “Es un impuesto mal aplicado porque un artículo que vale US$ 1.000 ó US$ 2.000 puede ser suntuario y quien lo compra no tiene una necesidad real de hacerlo, pero que afecte de la misma manera a una crucecita de plata que vale $50, no tiene lógica. Quizás a un Rolex de acero no lo alcanza porque no es un metal precioso, pero su precio es de US$ 4.000”, concluye Fabián Testorelli.