martes, 24 de febrero de 2026

    Hora de los grandes bloques comerciales

    En la primera semana de julio una noticia apareció fugazmente en los diarios locales. Comenzaban negociaciones en serio entre Estados Unidos y Europa para firmar un acuerdo comercial transatlántico. Un dato de singular relevancia que, con la avalancha de denuncias, discusiones y escandaletes al ritmo de la campaña electoral local, perdió significación en 24 horas y fue condenado al olvido.
    Un grave error. Más vale que los argentinos observemos lo que pasa en el mundo y más aún, que entendamos lo que pasa. De lo contrario un día podemos encontrarnos irremediablemente aislados y condenados a la irrelevancia.
    Lo primero que hay que tener en cuenta es que la idea de un acuerdo global sobre comercio se desvanece tras el rotundo fracaso de las rondas de Doha). En su lugar, avanza el concepto de grandes bloques comerciales.
    Atrás quedan 12 años de negociaciones trabadas y sin esperanza en Doha con el respaldo de la Organización Mundial de Comercio. Todo acuerdo fue frustrado por el rechazo estadounidense a eliminar sus subsidios agrícolas. Una pieza clave, ya que 70% de los que viven en el mundo en desarrollo dependen, directa o indirectamente, de la agricultura.
    Ahora, Estados Unidos pivotea en ambos océanos. En el Atlántico, busca un tratado de libre comercio con la Unión Europea. Es difícil, pero si lo logra puede forzar la adhesión de Canadá. No hay certeza de cómo quedará la situación de México y Chile, ya con acuerdos preferenciales con Estados Unidos. Pero seguro mejor que el resto de la región y que el pobre Mercosur (aunque Brasil no abandona la idea de firmar un acuerdo con la Unión Europea).
    En el Pacífico, ya desde el año pasado en pleno avance, Estados Unidos quiere a todos adentro de un acuerdo –menos a China–. Chile, Perú y Colombia ya adhirieron, igual que Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Japón parece que quiere entrar. Igual Corea y algunos otros países asiáticos.
    China busca una manera de no quedar del todo afuera y por su peso específico algo logrará. Además resucita la idea de “La ruta de la seda”, con países como India, Rusia, todo Levante, países del Golfo, algunos de África y Turkestán y otros ex integrantes de la disuelta URSS.

    El gran juego
    Todo indica que ha llegado la hora de los grandes acuerdos regionales. Mientras Doha agoniza, las nuevas negociaciones regionales pretenden reemplazar al modelo de la negociación global. Estados Unidos tiene una posición privilegiada ya que es actor de excepción en las dos grandes iniciativas, la del Atlántico (con toda la Unión Europea detrás) y la del Pacífico (con el respaldo de 11 países de América y Asia).
    EE.UU es el único actor que participa de ambas iniciativas lo que le da un enorme margen de maniobra. Este nuevo emprendimiento puede tener éxito y lograr un mecanismo comercial global. En tanto las dos organizaciones sean equilibradas y permitan la adhesión de terceros países. Si ello no ocurriera, habrá desequilibrios globales y una gran fragmentación del comercio mundial.
    Por cierto, tampoco EE.UU es el único que mueve las piezas en este tablero de ajedrez. Europa negocia un acuerdo integral con Canadá, que puede dar la pauta de lo que sería el tratado del Atlántico. Y ahora insinúa conversar en serio con Japón. El ahora activo gobierno de Tokio quiere jugar un rol importante en el pacto del Pacífico, y por el volumen de su economía –solo superada por EE.UU– es actor principal (con un PBI superior al de los otros países miembros sumados).
    La percepción es que Europa está en un momento especial de debilidad. Pero lo cierto es que en materia comercial no parece ser ese el caso. Con 7% de la población mundial. Mantiene una participación del 20% del comercio mundial, a pesar del ascenso de China.
    Los grandes pactos regionales que se discuten no son tanto en pos del libre comercio, sino un esfuerzo por mantener un sistema comercial gerenciado, manejado, y que responda a la orientación básica que dominó desde siempre el accionar de las grandes naciones occidentales. Lo que implica que ningún interés comercial será puesto por delante de intereses nacionales concretos. En cuanto a la liberalización y desregulación del sector financiero, después de la crisis de 2008, tiene menos y poco entusiastas abogados.
    Entre tanto el alicaído Mercosur busca lograr un entendimiento comercial con la Unión Europea antes que este bloque acuerde con Estados Unidos. No es fácil, y ante cierta renuencia argentina, se insinuó que Brasil podría firmar solo. Lo que fue desmentido enfáticamente por el gobierno de nuestro vecino.
    Pero en todo caso, hay ponerse las pilas y actuar con celeridad. No se trata de ser una hoja en la tormenta.

    Hombres, a pensar más como mujeres

    Un libro escrito en base a una encuesta sobre cómo se maneja el poder en el mundo sugiere que los rasgos tradicionalmente percibidos como femeninos –como cooperación y empatía– definirán a los líderes del siglo 21, cualquiera sea su sexo.
    Las 64.000 personas entrevistadas por John Gerzema y Michael D´Antonio manifestaron sentir una profunda insatisfacción con la forma en que se concentra el poder, se asignan los recursos y se toman las decisiones en sus respectivos países.
    El descontento se manifiesta contra el gobierno, la economía y también contra los hombres. “Una clara mayoría de personas en todo el mundo está descontenta con la conducta de los hombres”, dicen el consultor de marcas Gerzema y el periodista D´Antonio. Esa mayoría incluye 79% de personas en Japón y Corea del sur y dos tercios de la población en Estados Unidos, Indonesia y México. La tasa de insatisfacción fue casi igual entre hombres y mujeres.
    Según la encuesta, los hombres deberían actuar como mujeres. 66% de los respondentes cree que “el mundo sería mucho mejor si los hombres pensaran más como mujeres”. Esta visión fue expresada por una mayoría de hombres, y los mayores niveles de convicción (79%) se mostraron en Japón. Además, 65% de las personas provenientes de los 13 países cree que si hubiera más líderes mujeres en el gobierno habría más confianza y justicia y menos escándalos y guerras.
    Como esto de “pensar como mujeres” es un concepto bastante abstracto, los encuestadores pidieron a la mitad de la muestra global que identificaran 125 rasgos de conducta como masculinos, femeninos o neutrales. Las percepciones resultaron ser bastante consistentes en todos los países y culturas. Los respondentes atribuyeron rasgos como dominación, agresión, firmeza, ambición y orientación analítica como masculinos, y rasgos como intuición, cooperación, empatía, paciencia, sociabilidad u orientación hacia la comunidad como femeninos.
    A la otra mitad de la muestra le pidieron que hiciera la correlación entre esos rasgos y conceptos como liderazgo, éxito, rectitud y felicidad. En los cuatro campos, los rasgos femeninos tuvieron más correlación que los masculinos. Rectitud y felicidad mostraron la relación más fuerte.
    Todo esto muestra que han pasado muchas cosas desde 1982, cuando el libro de Carol Gilligan –In a Different Voice: Psychological Theory and Women´s Development– mostró que años y años de investigación académica defectuosa habían resultado en la percepción generalizada de que las mujeres, además de carecer de habilidades de liderazgo, eran deficientes en rectitud y ética comparadas con los hombres. A partir de ese libro se dio comienzo a una profunda investigación sobre el tema que, junto con los cambios en la naturaleza de la tecnología, la economía y la demografía, parece haber dado al menos una ventaja teórica a los ideales de liderazgo de colaboración sobre el enfoque jerárquico asociado a los tradicionales modelos de liderazgo masculino.
    La naturaleza de este cambio la documentan Gerzema y D´Antonio en The Athena Doctrine, un libro donde comienzan asociando métodos inclusivos y cooperativos de liderazgo con Atenea, la diosa griega de la sabiduría. Esos valores contrastan con los del hermano de Atenea, Ares, el dominante y agresivo dios de la guerra.

    Se viene un cambio
    Los autores afirman en el libro que se está gestando un cambio en todo el mundo hacia características que tradicionalmente eran percibidas como femeninas. Eso no equivale a decir que los hombres no tengan esas características; es, simplemente, decir que los humanos perciben esas características como femeninas.
    El estudio que dio origen al libro mostró que las organizaciones y países que apoyan esas características han tenido más “éxito” o han logrado un nivel mayor de “felicidad”.
    “El libro no habla del fin de los hombres”, dice Gerzema. “En realidad, en nuestra investigación, 81% de la gente de todo el mundo dijo que hacen falta rasgos masculinos y femeninos para prosperar en el mundo de hoy. El nuestro es un libro sobre la próxima forma de liderazgo, donde hombres y mujeres no son definidos ni restringidos por las convenciones de estructuras masculinas en los negocios y en la sociedad. No digo que esta idea sea ya parte de la corriente principal, pero creo que lo será. En realidad, creo que los valores femeninos serán el sistema operativo del siglo 21.”