El siglo XX agoniza y su final está muy lejos del brillo que supo mostrar en algunas de sus décadas, y también del honor
que marcaron muchos de sus años. El siglo se muere intrascendente, a igual distancia de sus picos de gloria.
El hombre aportó tanta tecnología a la comunicación en este siglo como nunca antes. Hoy somos capaces de mandar
mensajes a larga distancia en forma instantánea, de realizar reuniones simultáneas con alguien tomando un café en Japón y
otro en México. Basta apretar un botón y el mundo entra a nuestro living gratis, en colores, vuelo directo y sin demoras ni
trámite en los aeropuertos. No hace falta más que pulsar estratégicamente una docena de teclas para hablar con Nueva York
desde un taxi parado en el semáforo de Cerrito y Santa Fe, bajo la mirada primero incrédula y después burlona del taxista
que sigue guardando algunos cospeles de Entel, por las dudas.
El hombre puso tanta energía en el cómo tecnológico que se le diluyó el qué comunicacional.
Los comunicólogos estadounidenses tienen tiempo para todo, incluso para pelearse con los arqueólogos. De Fleur y Ball-
Rakeach, expertos en comunicación de masas, desarrollan una propuesta a los científicos para que, sin abandonar la
tradicional división en edades de la evolución de la humanidad tomando como base el material usado para fabricar sus
armas: piedra, bronce, hierro, se permitan estudiar la misma evolución humana tomando como base el dominio paulatino
que el hombre fue ejerciendo sobre el sistema de comunicación en los distintos estadios. Podría hablarse entonces de la era
de signos y señales, millones de años después la era del habla y el lenguaje; hace apenas cinco mil años se produjo la era de
la escritura, después la de la imprenta, luego la era de los medios de comunicación de masas que arrancó a fines del siglo
XIX y se desarrolló velozmente con la adopción generalizada del cine, la radio y la televisión en los últimos 80 años. Y
ahora transitamos la era de las computadoras, que todos sabemos dónde empezó, y nadie cómo y dónde terminará.
Uno de los productos básicos de la comunicación empresarial es la publicidad institucional, que no logra escapar a este
anodino fin de siglo comunicacional. Sus avisos parecen rescatados del anacrónico Simulcop son todos iguales: hablan
de ética, eficiencia, excelencia, calidez y servicio; todos caminan hacia el mismo lado, no llega nadie. Los receptores
reaccionan sabiamente, como siempre: a propuestas uniformes, respuestas uniformales. A lo hueco se le responde con
escepticismo. Fueron más impactantes y modificatorios los mensajes encontrados en las cavernas que los que hoy se
transmiten a través de la robótica.
Tal vez, resignando algo de tecnología podamos humanizar el mensaje, adecuar los canales, quitarle protagonismo
excluyente al emisor, pensar más en el receptor y disfrutar un proceso de comunicación cálido y personalizado. A la medida
del hombre, lejos del homo-sapiens.
