La guerra como herramienta: ¿es la estrategia de las élites estadounidenses para reconfigurar el comercio mundial?
Por Román Alberto Uez, abogado, magíster en Derecho Administrativo, magíster en Tecnología, Políticas y Culturas, y Diplomado Experto en Derecho de la Inteligencia Artificial (Universidad Católica de Murcia e INEAF)

Introducción: más allá del error y la extorsión
La hipótesis de que la guerra con Irán podría responder a una estrategia premeditada de las élites económicas y geopolíticas de Estados Unidos —y no a un mero error de cálculo de Donald Trump ni a una presión extorsiva de Israel— encuentra sólidos fundamentos en el análisis histórico y en la coyuntura actual. Para comprender esta hipótesis, es preciso examinar primero el patrón histórico de cómo Estados Unidos ha capitalizado los grandes conflictos para reconfigurar el comercio global en su beneficio.
El patrón histórico: guerra y reconfiguración comercial
Si algo caracteriza la política exterior estadounidense, no es su capacidad para evitar guerras sino su notable habilidad para salir de ellas con una arquitectura económica más favorable que la anterior.
La Primera Guerra Mundial (1914–1918) marcó un punto de inflexión decisivo. Antes del conflicto, Estados Unidos era una nación deudora; al finalizar, se había transformado en el principal acreedor del mundo. Mientras Europa se desangraba —literal y financieramente—, las exportaciones estadounidenses se dispararon de aproximadamente 2.4 mil millones de dólares en 1913 a más de 6 mil millones en 1917, impulsadas por la demanda bélica. El resultado no fue simplemente crecimiento económico, fue un reposicionamiento estructural del poder financiero global. Europa perdió capital; Estados Unidos compró influencia.
La Segunda Guerra Mundial (1939–1945) no hizo más que profundizar ese patrón, esta vez con mayor sofisticación institucional. Con Europa devastada, Washington lideró la creación del sistema de Bretton Woods en 1944, estableciendo un orden monetario internacional centrado en el dólar y respaldado por el oro. Lejos de ser un gesto altruista de reconstrucción global, el sistema consolidó lo que se denominó “privilegio exorbitante”, que es la capacidad de Estados Unidos de financiar déficits externos en su propia moneda sin enfrentar las restricciones típicas de otras economías. Traducido a lenguaje menos diplomático, el resto del mundo produce; Estados Unidos imprime moneda y financia.
Ese privilegio no sólo sostuvo su consumo, sino también su proyección militar global. Como explica Barry Eichengreen, el rol del dólar permitió a Estados Unidos sostener compromisos internacionales —incluidos conflictos armados— con costos macroeconómicos significativamente menores que los de cualquier otra potencia.
La Guerra del Golfo (1990–1991) ofrece una versión más contemporánea —y menos decorada— de este mecanismo. Si bien la intervención fue formalmente presentada como una respuesta a la invasión de Kuwait por parte de Saddam Hussein, múltiples análisis coinciden en que el control de la estabilidad del suministro petrolero del Golfo Pérsico fue un factor central4. La rápida restauración del flujo de petróleo y la reafirmación del sistema de comercialización en dólares consolidaron el esquema del petrodólar, pilar silencioso —pero decisivo— del orden financiero internacional contemporáneo. Porque, en definitiva, no se trata sólo de quién extrae el petróleo, sino de en qué moneda se paga.
El patrón, entonces, no es que Estados Unidos provoque cada conflicto —sería una simplificación ingenua—, sino algo bastante más sofisticado, posee la capacidad sistémica de convertir crisis globales en ventajas estructurales. A veces interviene directamente; otras veces simplemente capitaliza el caos con una eficacia que debería estudiarse menos en teorías conspirativas y más en manuales de economía política internacional.
Los objetivos estratégicos de la guerra con Irán
La eventual guerra con Irán no constituiría una anomalía dentro del comportamiento estratégico de Estados Unidos, sino su versión más contemporánea y funcional.
1. Control del flujo energético global:
El primer objetivo es, previsiblemente, el más evidente: el control de los chokepoints energéticos críticos. El Estrecho de Ormuz constituye uno de los nodos más sensibles del sistema energético mundial. Según la U.S. Energy Information Administration, por este estrecho transita aproximadamente el 20% del consumo mundial de petróleo líquido, además de una proporción significativa del gas natural licuado5.
La capacidad de Irán para interrumpir ese flujo no es una hipótesis teórica. Ha sido reconocida reiteradamente por organismos internacionales como un factor de riesgo sistémico para los mercados energéticos y el comercio global6. En ese contexto, la política estadounidense no busca únicamente “estabilidad regional”: busca garantizar que ese flujo permanezca bajo un esquema previsible y alineado con sus intereses estratégicos. Porque cuando el cuello de botella del petróleo está en disputa, lo que se negocia no es sólo energía, sino poder de fijación de precios, rutas comerciales y dependencia global.
2. Consolidación del complejo militar-industrial:
El segundo objetivo es menos declarado, pero bastante más constante: la retroalimentación entre conflicto y gasto militar. El propio Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI) señala que Estados Unidos concentra una porción dominante del mercado global de armamento. En sus informes más recientes, destaca que las empresas estadounidenses representan la mayor cantidad dentro del ranking de las principales productoras de armas del mundo, consolidando su posición estructural dentro de la industria militar global.
Más directo aún resulta el análisis de las propias fuentes oficiales estadounidenses. Los registros de la Defense Security Cooperation Agency (DSCA), organismo encargado de supervisar las ventas militares al exterior, muestran un flujo constante y creciente de transferencias de armamento a gobiernos extranjeros, evidenciando la expansión sostenida del sector en el marco de un contexto internacional crecientemente conflictivo.
Es decir, mientras la retórica política se articula en términos de seguridad internacional, los datos revelan una dinámica económica subyacente: el fortalecimiento sostenido de la industria de defensa.
El propio Dwight D. Eisenhower ya había advertido sobre esta dinámica en 1961, al señalar que “en los consejos de gobierno debemos cuidarnos de la adquisición de una influencia injustificada por parte del complejo militar-industrial”.
La diferencia es que hoy no se trata de una advertencia preventiva, sino de un esquema plenamente consolidado, en el que la guerra no solo responde a intereses estratégicos, sino también a incentivos económicos claramente identificables.
3. Aislamiento geoeconómico de rivales estratégicos:
El tercer objetivo es, quizás, el más estructural: la contención del avance de potencias competidoras dentro del sistema internacional. La creciente articulación entre China, Rusia e Irán —visible en materia energética, financiera y estratégica— representa un desafío directo al orden internacional liderado por Estados Unidos. El Council on Foreign Relations ha señalado, por ejemplo, que Rusia, Irán y China ya cuentan con infraestructura financiera no dolarizada y que el avance de mecanismos alternativos en energía y comercio no debe ser descartado como una hipótesis marginal, sino entendido como parte de una transformación más amplia del sistema.
En paralelo, el Fondo Monetario Internacional ha advertido tanto sobre la fragmentación geoeconómica como sobre la erosión gradual —aunque todavía limitada— de la participación del dólar en las reservas globales. En junio de 2024, el propio FMI señaló que el dólar “continúa cediendo terreno” frente a monedas no tradicionales, aun cuando sigue siendo la principal moneda de reserva del sistema internacional. No se trata, entonces, de un reemplazo inminente, pero sí de una tendencia de diversificación monetaria que erosiona, lentamente, uno de los pilares del poder estructural estadounidense.
En ese escenario, un conflicto con Irán no solo produce efectos regionales. También interrumpe cadenas de suministro, eleva el costo de la energía para economías competidoras y tensiona alianzas emergentes que buscan reducir su exposición al sistema financiero dominado por Estados Unidos. El propio CFR advirtió recientemente que la guerra con Irán está generando un “firestorm” geoeconómico: inflación, disrupciones en mercados energéticos y una ventaja relativa para China, mejor posicionada para absorber parte del shock.
En conjunto, estos tres objetivos configuran una estrategia coherente con el comportamiento histórico de Estados Unidos. No hace falta postular una conspiración centralizada para entenderla; alcanza con observar la convergencia de incentivos políticos, económicos y estratégicos que empujan en la misma dirección.
El objetivo financiero: licuar la deuda mediante la inflación
Si la dimensión geopolítica organiza el conflicto, la dimensión financiera explica por qué podría resultar —al menos en teoría— funcional. Y en ese plano, la situación fiscal de Estados Unidos no es precisamente un detalle menor.
La deuda federal estadounidense se mantiene en niveles históricamente elevados, superando el 120% del PIB, con déficits fiscales persistentes y un costo de intereses en fuerte expansión, tal como proyecta el Congressional Budget Office, el problema ya no es sólo cuánto se debe, sino cuánto cuesta sostener esa deuda en un contexto de tasas más altas. Y cuando los intereses empiezan a competir con el resto del presupuesto, la creatividad macroeconómica deja de ser opcional.
En este escenario, la inflación aparece como una variable incómoda pero potencialmente útil. El mecanismo es conocido —y bastante menos sofisticado de lo que suele presentarse—: una suba sostenida del nivel de precios reduce el valor real de la deuda nominal. Es decir, el Estado paga lo mismo en términos nominales, pero menos en términos reales. Una forma elegante de ajuste, siempre que uno no se detenga demasiado en quién absorbe la diferencia.
La literatura económica respalda esta posibilidad, pero con bastante menos entusiasmo del que algunos discursos sugieren. Un estudio del National Bureau of Economic Research concluye que la inflación puede contribuir a reducir el peso real de la deuda pública, aunque su impacto es limitado en ausencia de tasas de interés reales negativas o mecanismos de represión financiera.
Es decir, la inflación por sí sola no hace milagros. Para que funcione como herramienta de licuación, es necesario que los rendimientos de la deuda no se ajusten plenamente. Y ahí aparece el problema estructural: los inversores no suelen aceptar pasivamente que les licúen el capital.
De hecho, la evidencia empírica muestra que, en la mayoría de los casos, cualquier alivio derivado de la inflación tiende a verse compensado por aumentos en las tasas de interés exigidas por el mercado.
Sin embargo, el caso estadounidense introduce una variable diferencial difícil de ignorar: la estructura internacional del dólar. Como señala el International Monetary Fund, el dólar sigue siendo la moneda de reserva dominante a nivel global, lo que permite a Estados Unidos financiarse en su propia moneda con una demanda externa sostenida.
Dicho de forma menos diplomática: no todos los países pueden trasladar parte de sus desequilibrios al resto del mundo sin consecuencias inmediatas; Estados Unidos todavía conserva ese privilegio.
A esto se suma un dato clave: una porción significativa de la deuda estadounidense está en manos de inversores extranjeros, según datos oficiales del U.S. Department of the Treasury.
Esto implica que, en un escenario inflacionario, parte del ajuste real puede recaer sobre tenedores externos. No porque exista un plan explícito para ello, sino porque la estructura misma del sistema financiero internacional lo permite.
En consecuencia, la idea de que un shock inflacionario —por ejemplo, derivado de una disrupción energética— pueda contribuir a aliviar el peso real de la deuda no es una fantasía económica. Es una posibilidad teórica respaldada por evidencia.
El efecto sobre China: debilitar al principal rival
Si la guerra reordena el comercio global, China es el actor al que ese reordenamiento más incomoda. No por razones ideológicas —eso queda para los discursos— sino por una cuestión bastante más concreta: es el principal competidor sistémico de Estados Unidos en términos industriales, comerciales y financieros. En ese contexto, una disrupción energética en Medio Oriente está lejos de ser neutral: impacta directamente sobre la estructura económica china.
China es hoy uno de los mayores importadores de petróleo del mundo, con una dependencia externa superior al 70% de su consumo de crudo, según la U.S. Energy Information Administration.
A ello se suma un dato clave: una porción sustancial de ese petróleo proviene de Medio Oriente y transita por el Estrecho de Ormuz, uno de los principales chokepoints energéticos del mundo. La propia EIA señala que una interrupción en esa vía tendría consecuencias inmediatas sobre el suministro global de crudo.
En este contexto, la exposición de China no es marginal sino estructural: su seguridad energética depende, en buena medida, de una región geopolíticamente volátil. Dicho sin dramatismo —aunque lo amerite—: el motor industrial del mundo depende de una ruta que puede bloquearse en cuestión de días.
El impacto no se limita al abastecimiento físico. El precio del petróleo funciona, en términos económicos, como un impuesto externo sobre la economía china.
La evidencia empírica es consistente en este punto. Un estudio del International Monetary Fund demuestra que los shocks en los precios del petróleo —especialmente aquellos derivados de interrupciones en la oferta— generan caídas en la actividad económica global, afectando de manera particular a economías importadoras netas de energía como China.
En términos simples: cuando sube el petróleo, China no sólo paga más por energía, sino que enfrenta menor crecimiento, mayores costos productivos y presiones inflacionarias.
El encarecimiento del petróleo no sólo afecta el crecimiento, sino también la posición externa de China. Como importador neto de energía, el país debe destinar una mayor cantidad de divisas a sostener su abastecimiento, lo que reduce su margen para otras inversiones estratégicas.
El World Bank ha señalado que los shocks en los precios de commodities energéticos tienden a deteriorar las cuentas externas de economías importadoras, incrementando la presión sobre reservas y tipos de cambio.
El efecto final —y probablemente el más sensible— recae sobre el núcleo del modelo económico chino: su capacidad industrial exportadora.
Como principal potencia manufacturera global, China depende de costos energéticos relativamente bajos para sostener su competitividad. Un aumento significativo del petróleo se traduce inevitablemente en mayores costos logísticos, encarecimiento de insumos energéticos y presión sobre cadenas de suministro.
Esto adquiere especial relevancia si se considera que China mantiene uno de los mayores superávits comerciales del mundo frente a Estados Unidos. Según la U.S. Census Bureau, el déficit comercial de bienes de EE.UU. con China supera los 300.000 millones de dólares anuales.
Esto no implica que una guerra tenga como objetivo exclusivo afectarla —sería una simplificación analítica—, pero sí que sus efectos colaterales operan, en los hechos, como un mecanismo de presión sobre su principal rival económico.
Porque si algo queda claro en este punto es que, en la economía global contemporánea, la energía no sólo mueve industrias: también redefine jerarquías.
El papel de las élites: ¿quién decide realmente?
Si el análisis se detiene en la figura presidencial, el problema no es que esté incompleto, es que está mal enfocado. La literatura en ciencia política y economía política lleva años señalando que la formulación de políticas en Estados Unidos responde menos a impulsos individuales y más a estructuras de poder relativamente estables.
Uno de los trabajos más citados en este campo —y difícil de descartar con ligereza— es el de Martin Gilens y Benjamín I. Page, quienes concluyen que: “las élites económicas y los grupos organizados de intereses empresariales tienen impactos sustanciales e independientes en la política del gobierno estadounidense, mientras que los ciudadanos promedio tienen poca o ninguna influencia independiente”
Es decir, el problema no es que los ciudadanos no participen, sino que su capacidad de incidencia es marginal cuando entra en juego el poder económico organizado.
Este tipo de evidencia se inscribe dentro de marcos teóricos como el del “pluralismo sesgado”, que sostiene que, si bien múltiples actores participan en el proceso político, no todos lo hacen con el mismo peso. En la práctica, el acceso a recursos económicos, redes institucionales y espacios de formulación de políticas genera una asimetría estructural difícil de ignorar.
En esa línea, el concepto clásico de C. Wright Mills sobre la “élite del poder” mantiene una vigencia incómoda. En The Power Elite, Mills describe la interconexión entre líderes políticos, militares y económicos como parte de una estructura integrada de toma de decisiones, señalando que estas élites “no son conspirativas, pero sí están estructuralmente coordinadas por sus posiciones comunes dentro de las instituciones clave”.
Los think tanks cumplen un rol clave en este entramado. Instituciones como el Council on Foreign Relations, la RAND Corporation o el Committee for Economic Development funcionan como espacios de producción de ideas, formación de consensos y circulación de élites entre el sector público y privado. Estos organismos no sólo analizan políticas, contribuyen activamente a definirlas.
En este contexto, la política exterior no puede entenderse como el resultado de decisiones individuales aisladas. Más bien, emerge de una red de actores con acceso desigual a recursos, información y capacidad de influencia. La élite del poder está esencialmente compuesta por una clase alta cuyos miembros “tienen una gran participación en algunas de las corporaciones más grandes del país”.
¿Puede tener éxito esta estrategia?
El éxito de esta estrategia es, como mínimo, incierto. Por un lado, la evidencia económica muestra que un episodio inflacionario inesperado puede erosionar de manera persistente el valor real de la deuda pública, aliviando transitoriamente su peso siempre que el aumento de precios no sea acompañado por una suba equivalente e inmediata del costo de financiamiento. Un working paper del FMI señala expresamente que una aceleración inesperada de la inflación “erosionará parte del valor real de la deuda pública de manera persistente”, justamente por ese mecanismo de licuación. Por otro lado, un shock petrolero severo opera en sentido contrario: eleva la sensibilidad de los mercados a la inflación futura y encarece el financiamiento de largo plazo, porque los inversores exigen una prima adicional por ese riesgo. La propia Reserva Federal estudia ese componente bajo la categoría de inflation risk premia en los bonos del Tesoro.
En este contexto, distintos análisis recientes sobre la guerra con Irán coinciden en que sus efectos económicos exceden ampliamente el plano militar. Fortune advirtió el 10 de abril de 2026 que el conflicto ya estaba alterando el orden económico global, y destacó que economistas como Steve Hanke entendían que la guerra favorecía a potencias rivales y a exportadores de energía, mientras dejaba a Estados Unidos más expuesto. Esa misma línea editorial reaparece en la cobertura posterior de Fortune sobre crecimiento global, precios energéticos y vulnerabilidad de los mercados frente a la guerra en Medio Oriente.
El cuadro se vuelve todavía más delicado cuando se observa la lógica estratégica del conflicto. Brookings viene advirtiendo desde hace años que los escenarios de confrontación con Irán se caracterizan por un margen de error decreciente y una elevada propensión a la escalada por mala calibración estratégica. En la misma línea, el Council on Foreign Relations sostuvo hace pocos días que la guerra confirmó varios de los riesgos que los analistas habían anticipado y, al mismo tiempo, dejó expuesto cuán poco de ese análisis había moldeado efectivamente la toma de decisiones que condujo a la campaña militar. En otras palabras: la hipótesis de una guerra breve y controlable aparece, una vez más, menos como una estrategia seria que como un fracaso de planificación.
Desde una perspectiva más estructural, numerosos análisis recientes sostienen que este conflicto no puede leerse como un episodio aislado, sino como parte de una reconfiguración más amplia del orden internacional y de los límites de la hegemonía estadounidense. Project Syndicate sostuvo en marzo de 2026 que la red de alianzas que durante décadas sostuvo el poder global de Estados Unidos estaba comenzando a resquebrajarse bajo el impacto de la guerra. En paralelo, el European Council on Foreign Relations observó que el conflicto expuso una deriva más nítida hacia un orden multipolar, con Rusia y China explotando la crisis en función de sus propios intereses y con los actores regionales alejándose de la dependencia exclusiva respecto de Occidente. Así, la superioridad militar no aparece como garantía de control político estable, ni mucho menos como garantía de restauración hegemónica.
Finalmente, en el plano energético, la advertencia también es convergente. Fortune publicó el 10 de abril de 2026 una declaración de Kate Gordon, ex asesora principal del Departamento de Energía de Estados Unidos y especialista en política energética, según la cual “es ingenuo pensar que esto es solo un conflicto aislado y que el estrecho se abrirá y todo volverá a ser como antes”, porque los ataques ya estaban alcanzando infraestructura real cuya reconstrucción demandaría tiempo. La observación es consistente con análisis recientes del CSIS, que subrayan que la guerra no solo afecta el mercado de hidrocarburos en el corto plazo, sino que también incrementa los riesgos sobre infraestructura energética crítica y prolonga la inestabilidad económica más allá del episodio militar inmediato.
El costo para la humanidad
Independientemente del éxito o fracaso de la estrategia, el costo para la humanidad sería devastador. La FAO ha advertido que una disrupción prolongada en el Estrecho de Ormuz puede convertirse en una “catástrofe agroalimentaria global”, porque por ese corredor circula una porción decisiva del comercio mundial de insumos críticos: petróleo, gas y fertilizantes. Se trata de un cuello de botella con capacidad real para disparar los costos de producción, transporte y alimentos en cadena, con especial dureza sobre los países importadores y más vulnerables.
En la misma línea, el economista jefe de la FAO, Máximo Torero, advirtió que “el reloj está corriendo” y que, si no se restablece rápidamente el tránsito de insumos agrícolas críticos, el mundo podría enfrentar una combinación particularmente nociva: menores rindes, mayores precios de los commodities y más inflación alimentaria. La FAO precisó, además, que los agricultores ya están sufriendo un “doble shock de costos”, con fertilizantes más caros y combustibles más costosos a lo largo de toda la cadena de valor agrícola, desde el riego hasta el transporte.
El Programa Mundial de Alimentos denunció que la crisis ya está golpeando de lleno a su capacidad operativa. Según informó Corinne Fleischer, directora de cadena de suministro del PMA, el organismo tiene 70.000 toneladas métricas de alimentos afectadas por la guerra en Medio Oriente; aproximadamente la mitad viaja en buques fletados y la otra mitad se encuentra en contenedores demorados, en tránsito o directamente inmovilizados en puertos. Fleischer fue terminante: lo que hoy aparece como una crisis logística es, en realidad, el anticipo de la crisis de hambre de mañana.
Y allí reside el punto decisivo. Cuando las rutas marítimas críticas se traban, los barcos dejan de entrar, los contenedores quedan fuera de posición, los tiempos de tránsito se alargan y las tarifas suben, la consecuencia no es abstracta ni técnica: la ayuda tarda, los costos se disparan y la comida no llega. El PMA advirtió que esta es la mayor disrupción de cadenas de suministro humanitarias desde la pandemia y el inicio de la guerra en Ucrania. La guerra, en ese escenario, deja de ser una disputa geopolítica y se convierte en un mecanismo de propagación del hambre.
Hipótesis final
La guerra con Irán no es un error de Trump ni una presión extorsiva de Israel: es la expresión más reciente de un patrón histórico en el que Estados Unidos utiliza los conflictos para reconfigurar el comercio mundial en su beneficio. Las élites económicas estadounidenses, a través de think tanks como el CFR y la RAND Corporation, y de mecanismos como el “policy-planning network”, buscan con esta guerra objetivos claros: restaurar el control sobre las rutas energéticas, fortalecer el complejo militar-industrial, aislar a sus rivales geoeconómicos, licuar la deuda mediante la inflación y debilitar la economía china.
Sin embargo, las probabilidades de éxito de esta estrategia son extremadamente bajas o inciertas. Como señala el análisis de Fortune, el resultado podría ser “bueno para Rusia, bueno para China, malo para Estados Unidos”. La guerra ya está socavando la credibilidad de la hegemonía estadounidense y podría terminar fortaleciendo a sus rivales en lugar de debilitarlos. Lo que es seguro es que el costo para la humanidad —en forma de crisis alimentaria, aumento de la pobreza y destrucción de empleos— será desastroso, independientemente de quién gane o pierda en este tablero geopolítico.
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