viernes, 3 de abril de 2026

    Las cajas del tesoro

    La industria del envase representa uno de los mayores negocios del
    mundo. El año pasado movió $ 3.500 millones en la
    Argentina y nada menos que US$ 450.000 en todo el planeta. De la mano
    de la globalización, la apertura económica y el auge
    del supermercadismo, viene registrando un crecimiento extraordinario
    que no se detuvo ni en los recesivos tiempos del tequila.

     

    Los 80 años de edad no han mellado la motivación
    de Enrique Schcolnik, titular del Instituto Argentino del Envase
    (IAE) y presidente honorario de la World Packaging Organization. “El
    packaging es la industria de mayor volumen en el mundo”, se jacta.
    Argumentos no le faltan, si se considera que todo producto -desde el
    petróleo hasta los caramelos- precisa de algo que lo contenga
    y, sobre todo, si se contempla la inapelable realidad de los
    números: en 1996 el mercado mundial del packaging rondó
    los US$ 450.000 millones y sólo en la Argentina se
    aproximó a $ 3.500 millones. Vale aclarar que esas cifras
    involucran a los tres sectores básicos de la actividad:
    productores de materias primas, proveedores de maquinarias y equipos
    y fabricantes de envases (convertidores).

    Aunque la misión esencial de un envase sigue siendo
    proteger el producto, es evidente que se está viviendo una
    suerte de revolución del packaging, que se inició
    -primero en el mundo desarrollado, poco después en la
    Argentina- de la mano de la globalización, la apertura
    económica y el boom del supermercadismo.

    El auge de la modalidad de comercialización minorista
    self-service -se calcula que en el área metropolitana los
    supermercados y autoservicios concentran cerca de 70% de las compras
    de productos masivos- convirtió al envase en una importante
    herramienta de venta, tan importante como el propio producto, el
    precio, la plaza y la promoción.

    La globalización y la apertura económica, por su
    parte, obligaron a fabricantes y convertidores a asimilarse
    rápidamente a los estándares internacionales de
    calidad.

    Se trata, en suma, de un sector gigantesco que, por la
    diversidad de industrias a las que provee, configura en verdad un
    conjunto absolutamente heterogéneo de procesos de manufactura,
    materiales, hábitos y mercados.

     

    Laminados y latas de aluminio

    Sin tener en cuenta las latas para bebidas, en 1995 el consumo
    de aluminio destinado a envases fue de 7.360 toneladas y
    representó 12 % del total del mercado del packaging. En 1996,
    esa cifra creció a 8.800 toneladas: 5.200 (60 %) fueron
    producidas por Aluar, 3.100 (35 %) fueron importadas y 500 (5 %)
    correspondieron a Impa, otro proveedor local.

    Tanto Aluar como algunas importadoras, además de proveer
    foil puro (2.800 toneladas la fábrica local y 2.100 las
    importadoras) a convertidores como Tetra Pack o Dinan, fueron, ellas
    mismas, convertidoras (2.400 y 1.000 toneladas respectivamente). “En
    algunos productos jugamos el papel de proveedores y competidores al
    mismo tiempo”, cuenta Néstor García, gerente de
    Negocios de la División Elaborados de Aluar.

    “En los últimos tres años hemos crecido en esos
    rubros a una tasa cercana a 10%”, dice García. En ese
    crecimiento también tuvo que ver la adquisición de
    otras compañías, como CyK Aluminios, que desde octubre
    del año pasado pertenece 100% a Aluar y aportó una
    facturación anual de $ 116 millones.

    “La apertura y la globalización fueron condiciones casi
    necesarias para que las empresas del sector avanzaran hacia las
    tecnologías más modernas”, sostiene el ejecutivo.

    En general, el foil de aluminio se utiliza en packaging junto a
    otros materiales -como el papel y el plástico- para hacer
    laminados, que se destinan a los sectores de alimentos y golosinas
    (60 %), farmacéutico y de cosmética (10 %) y tabacalero
    (10 %), entre otros. Al involucrar más de un material, el
    reciclado de esos compuestos se torna bastante complejo. Por eso,
    Aluar está desarrollando un proyecto para encolar en caliente
    los restos de esos envases y formar una especie de paneles
    aglomerados.

    En el segmento de las latas, el rápido crecimiento en la
    demanda de bebidas gaseosas y cerveza desencadenó una
    expansión notable. De 20 millones de unidades en 1989 se
    pasó a 950 millones en 1994, cuando se comenzaron a fabricar
    latas en la Argentina. Actualmente, dos empresas cumplen con esa
    tarea: Reynolds y Aluplata, que importan el material de Brasil y
    Estados Unidos. En 1996 esas dos compañías facturaron,
    respectivamente, $ 56 millones y $ 60 millones, y exportaron por US$
    18 millones y US$ 11 millones.

    Por otra parte, existe una alta tasa de reciclado (25 % en
    1995), similar a la de los países desarrollados. En eso tienen
    mucho que ver programas masivos como el que lleva adelante Reynolds,
    que permiten significativos ahorros de tiempo y, fundamentalmente, de
    energía.

     

    Papel, cartón y cartulina

    Para el presidente del IAE, el cartón corrugado
    representa 50% de la industria mundial del packaging, sencillamente
    porque se usa para embalajes o empaques, es decir, cajas que
    contienen, directa o indirectamente, al producto principal.

    El gerente de la Cámara Argentina de Fabricantes de
    Cartón Corrugado, Manuel Díaz Moreno, estima que la
    producción nacional es de unos 75 millones de metros cuadrados
    por mes y que el mercado está muy concentrado: “Hay unas pocas
    grandes empresas que representan 80% de la producción y que,
    además, fabrican su propio papel”, explica.

    El líder local es Cartocor, una compañía
    del grupo Arcor que recientemente invirtió $ 35 millones para
    levantar su cuarta planta, en la localidad bonaerense de
    Luján, lo que le permitió incrementar 60% su capacidad.
    La firma vuelca el grueso de su producción al mercado
    doméstico, pero también exporta: en 1996 lo hizo por
    valor de US$ 6,2 millones.

    Las otras grandes empresas locales son Inland, Zucamor, Smurfit
    y Stone Containers. Inland se quedó hace unos meses con la
    totalidad de Massuh e Inland Massuh, cuyas ventas netas, que incluyen
    papel, llegaron respectivamente a $ 89 millones y $ 26,7 millones el
    año pasado.

    Zucamor compró en diciembre la planta de Puntapel, en
    San Luis, y, junto a la estadounidense Union Comp -que tiene 30% de
    su capital- aspira a ganar la privatización de Papel
    Misionero. En 1996 la compañía facturó $ 60,8
    millones.

    Para Díaz Moreno, “el mercado está respondiendo
    bien” pese a que “hay una guerra terrible de precios” y a que “las
    cobranzas están durísimas”. No se agotan allí
    las dificultades: el gerente de la cámara se queja de la
    competencia externa, “sobre todo de empresas brasileñas”, y
    cita como ejemplo a Celucat, “una empresa monstruo de Brasil que se
    instaló recientemente en Pilar, en principio para producir
    bolsas industriales de papel, pero que importa sus productos, en
    algunos casos a precios inferiores a los del mercado”.

    En general, el papel utilizado para la fabricación de
    cajas de cartón corrugado es reciclado y, por lo tanto, de
    calidad levemente inferior al de fibra larga con que se hacen las
    bolsas industriales de papel. Sin embargo, se está utilizando
    cada vez más papel de primera mano, debido principalmente al
    aumento del uso de cajas de cartón para las exportaciones,
    sobre todo las de pescado congelado y con hielo.

    En envases de cartulina, una de las empresas más
    importantes es Interpack, que en 1996 registró ventas totales
    por $ 97,3 millones y exportaciones -principalmente a Brasil y Chile-
    por US$ 2,5 millones. Interpack es la firma más importante del
    Grupo Herman Zupan, verdadero peso pesado del packaging no
    sólo en el país sino también en la
    región, que produce por año 42.000 toneladas (40% del
    mercado).

    Interpack está organizada en tres divisiones: Papelera
    del Sur, que produce 60% de la cartulina para envases del
    país; Herman Zupan, que elabora e imprime los estuches, e
    Index, que se encarga del reciclado. Entre sus principales clientes
    figuran Unilever, Arcor, Nabisco, Danone y McDonald´s. “A corto
    plazo, debido a la creciente globalización de los mercados, y
    para servir mejor a nuestros clientes, que en su mayoría son
    multinacionales, vamos a instalarnos físicamente en Brasil”,
    anuncia Hernán Zupan, vicepresidente de la
    compañía.

    El año pasado, el consumo local de cartulina
    promedió las 8.500 toneladas mensuales. Celulosa Argentina
    -que anunció que se retirará de ese mercado- produjo
    unas 1.000. Del resto, una parte provino del exterior y Papelera del
    Sur produjo 5.500. De este volumen, la compañía
    destinó 3.500 toneladas a la división de envases de
    Interpack y vendió el excedente.

    A diferencia de lo que sucede con el cartón, la
    producción de envases no está tan concentrada.
    Interpack quintuplica el tamaño de Farmográfica, la
    segunda empresa del sector, y el resto, muy atomizado, se abastece
    básicamente de la cartulina que vende Koch, la principal
    distribuidora de Papelera del Sur.

    Por otro lado, el Grupo Herman Zupan mantiene una joint-venture
    con la norteamericana Mead Packaging, principal convertidora mundial
    de cartulina resistente al agua. Ese material es utilizado para
    sistemas multiempaque, cuya principal característica es su
    buena performance en ambientes refrigerados.

     

    Vidrio y hojalata

    El fuerte avance de materiales alternativos sobre sectores que
    tradicionalmente recurrían a los envases de vidrio y hojalata
    obliga a las empresas del segmento a encarar importantes planes de
    renovación e innovación.

    Leandro Caamaño, gerente de la Cámara Argentina
    de Fabricantes de Envases Metálicos y Afines, reconoce que la
    hojalata perdió posiciones en importantes mercados, como los
    de tomate y pintura, y que, en gran parte, esto se debe a una
    deficiente adaptación a las actuales exigencias del marketing.

    Sin embargo, la producción actual, de 120.000 toneladas
    anuales, no es mucho menor a las 140.000 toneladas que se elaboraban
    hace unos años, ya que, más allá de la
    caída en algunos sectores, tuvo lugar una fuerte
    expansión del mercado. Al mismo tiempo, las tecnologías
    actuales permitieron importantes avances en el tratamiento de la
    materia prima, el diseño y la impresión.

    En el segmento de los envases de vidrio existe una gran
    concentración: cuatro empresas acaparan casi 90%. Cattorini
    Hnos., que produce un promedio de dos millones de envases por
    día, es actualmente la número uno y, en sus tres
    plantas -en Quilmes, Berazategui y San Juan-, fabrica aproximadamente
    45 % de los envases del mercado. Le siguen en importancia Rigolleau y
    Rayen Cura, que el año pasado facturaron respectivamente $
    66,8 millones y $ 16,6 millones, aunque esos ingresos incluyen otros
    rubros en los que también participan.

    “Es casi imposible cuantificarlo, pero la caída en
    envases de vidrio para gaseosas y vinos comunes de mesa
    rondaría 85%”, estima Néstor Vitali, del Departamento
    de Ventas de Cattorini. Sin embargo, en 1996 se destinaron 470.000
    toneladas de vidrio para la fabricación de unos 850 millones
    de envases. Eso representa un leve crecimiento con respecto a
    años anteriores. “Lo que pasa es que otros materiales avanzan
    sobre ciertos sectores, pero aparecen nuevos mercados y hay otros que
    se recuperan”, explica Rafael Carabeta, gerente de la Cámara
    Argentina de Fabricantes de Vidrio, quien agrega que “también,
    básicamente en botellas de cerveza, está
    incrementándose la exportación a Brasil”.

    “Las nuevas tecnologías permiten hacer envases
    descartables cada vez más livianos y resistentes”, comenta
    Vitali. Sin embargo, añade, “hay productos que todavía
    hoy se envasan casi exclusivamente en vidrio”, lo cual, a su juicio,
    “tiene que ver con una cuestión de imagen”, pero advierte que
    ello sucede sólo “en determinadas bebidas alcohólicas,
    como vinos finos y cerveza, y ciertos productos farmacéuticos,
    como las ampollas para inyecciones, en los que inciden factores
    técnicos”. También en este mercado la proporción
    de reciclado es muy alta: 60%.

     

    Plástico

    En 1996 la producción argentina de plástico
    superó las 660.000 toneladas, de las cuales 40% se
    destinó a la fabricación de envases. Con presencia en
    el país desde 1995, la brasileña Dixie Toga -la mayor
    productora de envases de América latina, con ingresos anuales
    por US$ 350 millones- domina el mercado.

    En diciembre del ´95 Dixie Toga adquirió, por $ 22,7
    millones, 63% de la hasta entonces totalmente argentina American
    Plast. Esta firma fabrica productos de poliestireno -envases para
    postres, quesos, yogures y margarinas-, controla 50% del mercado y el
    año pasado cosechó ventas por $ 38,2 millones. Otra
    compañía importante en el segmento es Ipesa: más
    de 70% de sus ventas totales, que el año pasado se acercaron a
    $ 40 millones, corresponde al envasado automático para la
    industria de alimentos y bebidas.

    El avance del plástico dentro de la industria del packaging
    es arrollador. Sin embargo, aunque la tendencia se aceleró en
    los últimos años, no es tan nueva: fue a principios de
    la presente década cuando las botellas descartables de PET -un
    plástico mucho más liviano y flexible, pero muy
    resistente- comenzaron a reemplazar a las de vidrio y a las de PVC,
    sobre todo en la industria de las bebidas sin alcohol.

    Claro que así como en 1991 se vendieron 1.500 toneladas, en
    1995 la producción creció a 70.000 (unos 1.200 millones
    de unidades que generaron $ 250 millones). Hoy, no sólo las
    gaseosas y aguas minerales se envasan en PET: también los
    aceites, muchos vinagres y la mayoría de los jugos de frutas.

    “No todo ese crecimiento pudo ser aprovechado por los
    fabricantes”, lamenta Genaro Castro Feijóo, gerente de
    Comercialización de Solari-Sorlyl, que lidera ese mercado con
    Igomin y Corplast. “Gran parte de los envases son producidos por las
    mismas empresas embotelladoras”, dice. Son los casos de Cipet
    (Coca-Cola), Baesa (Pepsi) y Molinos Río de la Plata. El
    precio del flete tiene bastante que ver con ese fenómeno, pero
    la causa principal está relacionada con la necesidad de un
    abastecimiento rápido y eficaz, sobre todo en épocas de
    alto consumo.

    Simko, que importa y comercializa máquinas sopladoras y
    preformas de PET, facturó $ 16,2 millones el año pasado
    (las preformas son algo así como bollos de plástico que
    luego son soplados para que adopten la forma definitiva del envase).
    En la actualidad, afortunadamente para los convertidores,
    están surgiendo nuevas variantes. “Mientras algunos clientes
    fabrican sus envases, otros directamente los compran y, entre ellos,
    existe una variada gama de tendencias intermedias”, dice Castro
    Feijoó y, a modo de ejemplo, dice que una de ellas es elaborar
    los envases en la propia planta del cliente. “La política es
    ser flexibles ante sus necesidades para poder mantenerlo satisfecho”,
    se sincera.

     

    Envases flexibles y tetra pak

    Envase flexible es todo aquello que está construido a
    partir de películas plásticas, papel, aluminio o la
    combinación de ellos y que, generalmente, no tiene forma
    propia sino que adopta la del contenido. En este segmento, en 1995 el
    plástico constituía 43% de la materia prima utilizada
    en flexibles, el papel 39% y el aluminio el 18% restante.

    “No quiero pecar de soberbio pero nuestro sector debe haber
    sido de los que más avanzaron en los últimos
    años: hubo un desarrollo natural del mercado y, además,
    un crecimiento a expensas de otros envases”, argumenta Eduardo
    Zaslavsky, gerente de la Cámara Argentina de Productores de
    Envases Flexibles. En 1995, el año del efecto tequila, el
    consumo interno creció 17,7%, con ventas por $ 405 millones.
    De ese total, 70% correspondió a envases laminados (que
    contienen dos o más elementos).

    “Pasaron dos cosas: por un lado, hubo una muy fuerte
    inversión en bienes de capital y capacitación del
    personal y, por otro, a consecuencia de lo anterior, la productividad
    creció por arriba de 10 % anual”, explica Zaslavsky.

    Según el directivo, las empresas agrupadas en la
    Cámara están manejando entre 70% y 80% de los envases
    flexibles con alto valor agregado, en los que hay un gran porcentaje
    de laminación. De todos modos, cuatro firmas se destacan
    claramente del resto.

    El primer puesto corresponde a Envases Alver, del grupo Dinan,
    que facturó $ 44,8 millones en 1996. Luego se sitúan
    Fleximat, Vitopel y Aluflex, del grupo chileno Alusa. Fleximat
    nació hace casi dos años como un joint-venture entre
    Flexibles Argentinos, del Grupo Herman Zupan, y Celomat, de la
    familia Matarazzo; produce anualmente 6.000 toneladas y el año
    pasado facturó unos $ 40 millones. Vitopel, de Arcor, ya no
    vende en el mercado interno sino que produce para el grupo y para la
    exportación, rubro que el año pasado le aportó
    US$ 21 millones.

    En 1995 el valor de las exportaciones del sector creció
    134% con respecto al año anterior. Los mercados, en orden de
    importancia, son Brasil, el resto del Mercosur, el resto de
    América latina y el resto del mundo.

    Aunque el tetra pak es un laminado similar a los del resto de
    los envases flexibles, está considerado por la cámara
    que agrupa a sus productores como un semirrígido. Tetra Pak
    Argentina, un emprendimiento conjunto del Tetra Laval Group y el
    grupo Herman Zupan, tiene desde 1985 una planta en La Rioja. La
    industria lechera es el principal cliente en un mercado que
    facturó casi $ 220 millones el año pasado, seguida por
    los vinos de mesa, los yogures, los jugos de frutas y las salsas y
    purés de tomates.

     

    Guardar y mostrar

    Al mejor estilo del interrogante casi metafísico acerca
    del orden de prelación original entre el huevo y la gallina,
    años atrás se planteó la discusión acerca
    de cuál es la función primordial del envase:
    ¿preservar al producto o vestirlo?

    En un rincón, las industrias, los fabricantes y los
    convertidores de envases, para quienes las condiciones estructurales
    del envase ofrecen, al margen del vestido, elementos para la
    decisión de compra, a través de variables como
    durabilidad, maniobrabilidad y facilidad para el transporte o la
    distribución. En el otro, los especialistas en marketing y
    publicidad, sosteniendo el argumento de que en el supermercado ya no
    está Don Manolo, por lo que el producto debe defenderse solo,
    y en poco tiempo, de sus competidores.

    Con el tiempo, sin embargo, ambos bandos encontraron puntos de
    equilibrio. Por un lado, ni unos ni otros anticiparon el fenomenal
    avance del self-service en la comercialización minorista. En
    este sentido, está claro que marketineros y publicitarios
    interpretaron la necesidad de que el producto atrajera desde la
    góndola, y que los fabricantes de envases supieron ponerse
    rápidamente a la altura de los tiempos.

    Por otra parte, una de las tendencias actuales más
    fuertes en el marketing reivindica el valor de la fidelidad del
    cliente hacia la marca o el producto, con lo cual marketineros y
    publicitarios reconocen que no basta con parecer, sino que hay que
    ser. Del otro lado, la industria -que gracias a las nuevas
    modalidades vio crecer su producción aun en los tiempos
    recesivos del efecto tequila- invirtió en tecnología y
    ya no espera las órdenes, sino que hace desarrollos propios y
    sale a venderlos. Algo así como un moderno matrimonio por
    conveniencia.

     

     

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