A partir de esta edición MERCADO ofrece, en exclusividad
para sus lectores, las columnas de opinión de Alvin y Heidi
Toffler, los futurólogos más célebres del mundo,
autores, entre otras obras, de un clásico
contemporáneo: La tercera ola.
En 1997 hubo tres acontecimientos históricos que, juntos,
nos dan la clave del futuro de la humanidad:
1 El primer clon de mamífero de la historia.
2 La victoria de la computadora de IBM frente al
campeón mundial de ajedrez (absolutamente humano) Garry
Kasparov.
3 El aterrizaje del Sojourner, el simpático
robotito de 12 kilos, sobre la superficie de Marte.
Cada uno de ellos es un imponente logro tecnológico
y pasará a los libros de historia. Pero su significado
sólo aparece con claridad cuando los conectamos entre
sí.
Esta es la idea que nos rondaba cuando asistimos no hace
mucho a la centésima conferencia de la Sociedad de
Ingeniería Mecánica en Tokio, donde 700 personas
escucharon un debate sobre el futuro entre los principales
fabricantes de robots y expertos en inteligencia artificial, entre
ellos Marvin Minsky, del MIT (Massachusetts Institute of Technology).
También estaba allí Shinsuke Sakakibara, de
Fanuc, la compañía cuyos 1.000 obreros y 800 robots
fabrican 500 robots industriales por mes, el primer caso importante
de utilización de robots para fabricar más robots.
Lo que nos sorprendió fue la casi total ausencia de jerga
técnica en las discusiones. El intenso debate que se
extendió durante dos jornadas se ocupó de la moral y
los temas filosóficos y religiosos que plantean los avances
combinados en computación y robótica.
Esos progresos están llevándonos de las
máquinas controladas a distancia por humanos hacia
máquinas que son cada vez más autónomas;
máquinas que, en principio, pueden tomar decisiones y actuar
con arreglo a esas decisiones, que pueden aprender y volverse cada
vez más inteligentes.
Máquinas que hasta pueden reconfigurarse si lo
necesitan. Ya hay en los tableros de diseño -y hasta en la
etapa de prototipo- equipos que, como las hormigas, pueden
organizarse en equipos y elegir a un líder.
En la práctica, la difusión del robot ha sido
lenta. Japón es el país más avanzado en la
aplicación industrial de robots, con más de 100.000 en
uso según algunos cálculos. En Estados Unidos hay
75.000, y éste promete ser el año de las grandes
ventas.
Por lo general los robots hacen tareas repetitivas, como
soldar chasis de autos o trasladar materiales en las fábricas.
Otros distribuyen correo, lavan pasillos, trasladan materiales en
hospitales, cortan el césped. Los robots militares han hecho
excelentes tareas de reconocimiento para Estados Unidos en la guerra
del Golfo. Debido a ello, cada vez son más los pedidos de
aviones a control remoto que llegan a las fábricas de Estados
Unidos e Israel. Hay otros robots que se emplean para realizar
tareas peligrosas en plantas nucleares, para reparación
ambiental, para cirugía de precisión, entretenimiento,
búsqueda subacuática y operaciones en el espacio.
La reunión de Tokio, sin embargo, se ocupó de
aplicaciones menos prosaicas. La preocupación de muchos de los
presentes era que, a menos que los humanos fijen límites
legales y de otro tipo sobre el grado de libertad y capacidad que se
transfiere a los robots, nosotros, como especie, podríamos
lamentarlo más adelante.
Según el brillante y ácido Minsky, en lo
inmediato no hay mucho peligro de que vayamos a crear una raza de
robots capaz de superar a los humanos en pensamiento y obra. Pero a
más largo plazo, dice, los muy limitados robots de hoy se
convertirán en versiones paleolíticas de lo que pronto
será posible.
¿Como la oveja Dolly?
Pero eso es sólo una parte de lo que nos espera. Y
aquí volvemos a los tres acontecimientos de 1997. Si se los
observa en conjunto, señalan una convergencia que
cambiará toda la evolución de la especie humana.
Imaginemos un futuro -tal vez a sólo unas pocas
décadas del presente- en el que los robots, mil veces
más inteligentes que Kasparov, ya no estén hechos de
piezas metálicas, alambres, cilindros y otros componentes
mecánicos sino que tengan, en realidad, forma
biológica: robots húmedos, como los llaman los
científicos.
En algún punto se vuelven clonables ¿como la
oveja Dolly? Y si así ocurre, ¿habrá llegado el
robot a un estado más alto de evolución, para dar el
salto a clobot?
¿Dónde termina esto?
Y aquí es donde el tercer acontecimiento de 1997
proporciona la clave esencial. Porque, además de los enormes
avances en robótica, inteligencia artificial y
tecnología clonal, hemos vuelto a lanzar -después de
una generación de sosiego- el programa espacial con la
espectacular expedición a Marte.
Los científicos espaciales, que luchan por conseguir
fondos y la atención del público, están
divididos en dos bandos: los que creen en los viajes con
tripulación humana y los que piensan que se debería
gastar menos dinero y arriesgar menos vidas enviando al espacio
robots en lugar de humanos.
Lo que los avances de este año indican es que, en
alguna década o siglo distante, podríamos enviar no
simplemente robots o humanos, sino clobots.
Puede que sean robots clonados -creados por su habilidad para
actuar, pensar y tomar decisiones inteligentes- los que pueblen la
remota vastedad del espacio donde parece estar el futuro humano –o
posthumano.
© Alvin and Heidi Toffler. Distribución de Los
Angeles Times Syndicate.
