Con una población calculada en 37,4 millones para el 2001, de los cuales casi 16 millones forman el sector económicamente activo incluidos los desocupados, la Argentina está lejos de ofrecer oportunidades parejas para sus habitantes. Con cifras provenientes de hace diez años, pues todavía no hay censo oficial que actualice los indicadores, las estimaciones vigentes muestran un país con brechas evidentes si se compara la distribución geográfica de la población. La región rioplatense, con algo más de 17 millones de habitantes si se suman la Provincia de Buenos Aires y la Ciudad Autónoma Buenos Aires, sigue siendo la más poblada, muy lejos, por cierto, de la vasta Santa Cruz, con 212.200 habitantes estimados para el 2001.
Las estadísticas oficiales señalan que la situación en el interior argentino mantiene una tendencia al deterioro, con varias provincias que continúan descendiendo en el índice de desarrollo humano.
En un estudio titulado La Argentina que desaparece, Marcela Benítez, geógrafa y socióloga, despliega las herramientas de ambas disciplinas para concluir que actualmente son 430 los núcleos de población que se encuentran atravesando el proceso de desaparición. Para arribar a este resultado, la investigadora comparó la evolución que manifestaron las localidades rurales con menos de 2.000 habitantes entre 1980 y 1991, años en los que se realizaron los últimos dos censos nacionales de población. Y sostiene que si se hubiera efectuado el censo en el 2000, la cantidad de pueblos fantasmas rondaría los 650.
Las causas no están lejos de la comprensión inmediata: la falta de trabajo en las pequeñas poblaciones, como consecuencia de los cambios en los modos de producción, sumada a la pérdida de la actividad principal, dan como resultado un inexorable destierro interno. A la falta de trabajo se le agregó el cierre de los ramales ferroviarios durante la década del ´90, para convertir al éxodo en el último recurso que encuentran los habitantes de los hoy desolados parajes de tierra adentro.
Para completar el panorama, la declinación de la actividad económica principal de una población conlleva, lógicamente, la pérdida de los servicios públicos que, junto con el sistema financiero y la infraestructura, son los primeros sectores que deben migrar como consecuencia de la falta de demanda.
Siguiendo esta línea es comprensible, entonces, que la población rural de la Argentina disminuyera de 4,2 millones de habitantes en 1991, a 3,8 millones, según estimaciones del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (Indec), para el 2001. Este desplazamiento de alrededor de medio millón de personas hacia las ciudades, sumado al crecimiento de la población de las propias urbes, hace una diferencia de más de 5 millones de pobladores en los últimos nueve años, si se comparan los 28,7 millones de 1991 con los 33,2 millones que habitan ahora las ciudades.
La urbanización es la tendencia a largo plazo, y se estima que para el 2020, con una población total de algo más de 45 millones, la Argentina concentrará en sus ciudades a unos 42 millones de residentes, casi 9 millones más que hoy; en tanto que permanecerán en el campo unos 3,4 millones de habitantes.
Sin embargo, el ascenso en las cifras de la población urbana no indica un desplazamiento masivo del campo hacia las ciudades, sino un leve descenso poblacional de las zonas rurales, donde la disminución estimada en cantidad de habitantes ronda los 800.000 si se comparan los datos previstos para el 2020 con los actuales.
Por cierto que, cuando se habla de ciudades en la Argentina, se habla, sobre todo, de Capital Federal y Gran Buenos Aires donde, el año pasado, 5,2% de los hogares con una sola habitación servía de residencia para más de cinco personas. Y 6,1% del mismo tipo de viviendas alojaba a seis personas o más.
La Argentina no es muy distinta, en este sentido, de los principales países de América latina. Los cuatro principales conglomerados urbanos de la región (México, San Pablo, Río de Janeiro y Santiago de Chile) también albergan a buena parte de la población de sus respectivos países, lo que determina una distribución del consumo fuertemente concentrada.
Pero la Argentina y Uruguay se diferencian del resto de los países de la región por su alto nivel de educación, un factor que incide en el poder y la forma de compra ya que, combinado con una baja tasa de crecimiento de la población, suele apuntar a un mayor ingreso per cápita. De hecho, la Argentina tiene el PBI por habitante más alto del continente.
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