Por Marcos Caruso

La Rioja tiene una particularidad: es una provincia más conocida por los personajes nacidos allí que por lo que su tierra, su naturaleza, ofrece. Lejos de cuestiones políticas o futbolísticas, lo permanente, inalterable, enriquecedor y subyugante es su historia, sus paisajes, la invitación constante a recorrerla, a descubrirla, a disfrutarla.
Desde la capital se abren y entremezclan cuatro circuitos turísticos con características particulares: la Ruta de los Caudillos, hacia el sur de la provincia; el Valle del Bermejo, hacia el oeste; el área cordillerana, en el límite con Chile, hacia el noroeste, y los valles y montañas, al norte.
Este último circuito resume, acaso, gran parte de las bellezas naturales, patrimoniales, tradicionales y también productivas de la provincia. Sin un orden lógico, por caprichos de la memoria, el viajero volverá a paladear el sabor de las aceitunas presentadas de diversas maneras cada vez que paró en un pueblo; y ese gusto incomparable lo llevará nuevamente al camino, a perder la vista entre los olivares; contrastará ese verde opacado con el brillante de los viñedos que se extienden hasta los faldeos de las montañas y el gusto que cambia ahora para recordar los vinos riojanos, ofrecidos tanto en las entrañas pueblerinas para acompañar el cabrito asado como en las mesas de los restaurantes o en las bodegas al visitarlas.
Hacia el verde
Se han dejado atrás los cardos, los cardones y las piedras del sur provincial. Un camino de cornisa de curvas y contracurvas, que se eleva para sorprender con vistas de los cerros y del río que serpentea plateado en el abismo, se entromete en la Quebrada de los Sauces y deriva en el dique, con su vista panorámica. Cerca está el cerro de la Cruz, la cita obligada para quienes practican el aladeltismo. La ruta caprichosa, con lomadas, más curvas y badenes, bordea Villa Sanagasta entre casonas de estilo y jardines con frutales e impulsa a recorrer el trayecto denominado costa riojana, la sucesión de pueblos levantados a la vera del cerro Velasco.
Por encima de los 1.500 metros de altura todo es más puro: el agua helada de las acequias y vertientes donde, según la época del año, es posible pescar truchas sanas y de buen porte; los pinares, las flores silvestres, los frutales con los que se producen dulces de calidad, los nogales que se multiplican y se confunden con otros cultivos. Pueblos y caseríos que aparecen según los caprichos del camino. Casas de piedra o de adobe en algunos casos, cuyos habitantes ofrecen siempre una comida, un dulce, nueces confitadas o alfajores de turrón.
En un tramo de 120 kilómetros se aprietan Pilches, con sus artesanías; Chusqis, de origen indígena y con la Casa-Museo de Pedro Ignacio de Castro Barros; Aminga; Anillaco; Los Molinos; Anjullón, con la iglesia de San Vicente Ferrer, y San Pedro, entre otros, hasta llegar a Aimogasta.
Hacia el noroeste, camino a Alpasinche para luego bajar a San Blas, a unos 50 kilómetros de Aimogasta, un manojo de casas de adobe se desperdiga en las orillas del río Salado. Sus ocupantes saben del viento y del frío que cuartea pieles; saben de la ferocidad del agua del río, de cómo les deja sus manos de tanto sumergirlas; de sus uñas agrietadas, porosas, como si fueran callosidades; y también de la bondad de esas aguas, donde introducen esperanzados la chaila, una suerte de zaranda que estudian en cada sacada para separar pedregullos de granitos que se distinguen por encima de los otros. Es oro. Son los pirquineros, los lavadores de oro cuentapropistas para quienes la palabra descanso tiene un significado difuso, que se le escurre como el agua de sus zarandas.
Es el anticipo de un camino en el que se fraguan los cerros cultivados, la aridez de las montañas y la riqueza mineral, la ruta que conduce a Famatina y Chilecito, por donde pasaba el Capac Ñan, el camino imperial de los incas que llegaba hasta Cuzco, llevando la plata de Famatina.
Bálsamo en el camino
En un desvío, los cultivos empujan hacia Chañarmuyo, casi en el límite con Catamarca, donde el arroyo Blanco, tozudamente, nutre los viñedos y purifica el embalse.
Allí se levanta Chañarmuyo Estate, un lodge rodeado de galerías, con un living de amplias ventanas y generosa chimenea que se enciende al atardecer, donde las elevaciones de Famatina, a lo lejos, interrumpen la vista de las vides. En ese ámbito sin urgencias, la copa de vino de calidad internacional que allí se elabora, junto con una tabla de productos regionales preparados en la cocina del establecimiento, son el complemento ideal para distender al viajero.
La atención personalizada está garantizada ya que son sólo seis habitaciones en suite, dos matrimoniales, dos dobles y dos triples, con calefacción descentralizada y completamente equipadas. Su estilo es uniforme y cálido, con paredes pintadas en un suave color crema que contrastan con las mantas que cubren los cómodos sommiers, más que necesarios para reponerse de jornadas trajinadas por las actividades.
Tal vez las dos áreas más convocantes de Chañarmuyo Estate sean la terraza con parrilla y hornos de barro, y la sala de degustación, donde compiten tintos y blancos. La bodega contempla también una línea propia de fraccionamiento y cuenta con una capacidad final de 1.500.000 litros.
La propiedad tiene 100 hectáreas de viñedos a 1.720 metros sobre el nivel del mar. En la zona sopla una leve brisa que ayuda a acentuar la diferencia de temperatura entre el día y la noche. Cuando el sol entibia es posible realizar recorridos donde se observan los procesos de elaboración para terminar la jornada degustando los vinos al pie de los tanques.
El suri
Cientos de años atrás, la cultura precolombina dejó su impronta grabada en las piedras.
Esta bella zona riojana sorprende al desprevenido turista que no imagina encontrar vistas de tanto impacto, que golpean por su belleza y su presencia multicolor, donde la aridez pasa a ser una virtud y el paisaje sabe hablar el idioma de los colores.
El símbolo que identifica a Chañarmuyo Estate es la estilización de las patas del suri –el ñandú andino– que en posición cruciforme señala los cuatro puntos cardinales.
El suri simbolizaba la “invocación” de las lluvias. Y en este territorio árido, es signo de buenaventura, a punto tal que los indígenas diaguitas bailaban ataviados con sus plumas, imitando la danza del Suri, que suele girar sobre sí mismo cuando intuye la llegada de las benéficas lluvias.
Actividades
La ubicación estratégica de la posada permite el acceso a lugares desconocidos por muchos y de un importante atractivo paisajístico y cultural.
Se organizan cabalgatas y caminatas por senderos de diversa complejidad para llegar a la sierra de Famatina, o bien bike tours aprovechando las características del terreno, complementándolo con la práctica de parapentismo. Además, visitas y actividades en el dique Chañarmuyo, donde se puede practicar el kayakismo y canotaje.
A su vez, es un punto neurálgico que invita a efectuar circuitos turísticos de distinta índole, dependiendo de los intereses del viajero.
Aquellos que quieran emular el excelente filme Entre copas, pueden continuar el recorrido por bodegas de Mendoza y Salta; existe la posibilidad de llegar a Chile a través del paso San Francisco, de iniciar una travesía por la ruta 40, o comprometerse con las raíces de la región y hacer la aleccionadora Ruta del Adobe, situada entre Tinogasta (a 90 kilómetros de la posada) y Fiambalá. Es ideal para ingresar en el Parque Nacional Talampaya y Valle de la Luna por la Cuesta de Miranda, o bien para llegarse a los Valles Calchaquíes, también por la ruta 40.
Entre los atractivos cercanos a Chañarmuyo Estate se puede visitar la mina La Mexicana; conocer los pueblos de adobe como Campanas, Santo Domingo y Ángulos; llegarse hasta las ruinas incas del Shincal, pasando por Londres y Belén. Efectivamente, para los descreídos, en esa zona hay un Londres, sin Big Ben, y un Belén, sin establo donde haya nacido Jesús.
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Chañarmuyo Estate La posada recibe solamente con reserva previa. Los contactos pueden hacerse a través del correo electrónico reservas@chanarmuyo.com.ar; o bien a los teléfonos (011) 4314-4884; |

