Globalización fragmentada: por qué América Latina puede convertirse en un actor clave
Por Carlos Gesino, CEO de Mills Capital

Durante décadas, las empresas operaron bajo una lógica de globalización centrada en la eficiencia económica. Optimizar costos, buscar escalas globales y estructurar sus cadenas de suministro priorizando producir donde fuera más eficiente. Sin embargo, los hechos recientes demostraron que ese modelo también depende de otras variables clave, como el acceso a recursos estratégicos, a los canales
logísticos y a las cadenas de suministro. En este marco, la geopolítica volvió a ocupar un lugar predominante en el desarrollo de los negocios globales y, para quienes toman decisiones dentro de las organizaciones, interpretar el escenario mundial se convirtió en una habilidad estratégica imprescindible.
El interrogante pasó de ser dónde producir con mayor eficiencia a dónde producir sin riesgo. La seguridad global y la proximidad a los centros de consumo se convirtieron en factores sustanciales. Los conflictos internacionales están mostrando con mayor claridad cómo los canales de suministro pueden convertirse en
herramientas de presión entre los distintos actores. Cuando el flujo de abastecimiento se ve amenazado, las empresas descubren rápidamente que la eficiencia de costos pierde sentido si no está acompañada por estabilidad y previsibilidad.
En este contexto emerge un fenómeno cada vez más visible: una globalización más fragmentada, organizada en clústeres geopolíticos y comerciales. Es lo que en la discusión internacional se conoce como friend-shoring o near-shoring: la tendencia a relocalizar cadenas productivas hacia países aliados o geográficamente próximos, priorizando la confianza y la previsibilidad por sobre la pura optimización de costos.
Las decisiones económicas comienzan a alinearse cada vez más con bloques regionales, alianzas estratégicas y relaciones de confianza entre países. Los primeros sectores en reaccionar suelen ser la energía y los commodities. Lo vemos actualmente en el estrecho de Ormuz, por donde circula cerca del 20% del petróleo que se comercializa en el mundo. Con la escalada de las hostilidades y la
regionalización de la guerra, y como consecuencia las interrupciones en esa vía estratégica aumentan las primas de seguro, genera escasez de fletes e incluso hace que muchas tripulaciones eviten cruzar la zona. La sola percepción de ese riesgo alcanza para impactar en los precios internacionales.
Estos lugares críticos son conocidos en geopolítica como choke points, es decir, puntos de estrangulamiento por los que fluye una parte sustancial del comercio mundial. El Canal de Suez, el estrecho de Bab el-Mandeb que conecta el Mar Rojo con el Golfo de Adén, el propio paso del Golfo Pérsico o el Canal de Panamá, este último afectado no tanto por tensiones bélicas sino por restricciones de capacidad
operativa que igualmente paralizan el tránsito, son algunos de los ejemplos más evidentes de cómo la infraestructura logística global puede convertirse en un factor determinante para el funcionamiento de la economía internacional.
Aquí es donde América Latina, y particularmente el Cono Sur, se posicionan como regiones estratégicas y con una gran ventana de oportunidad. Somos un continente privilegiado en términos de baja implicancia en este tipo de conflictos y, como tal, deberíamos concentrarnos en transformar nuestra matriz productiva hacia aquello que el mundo más demanda y donde la región tiene un claro diferencial: energía y
alimentos. Los casos concretos ya existen: Vaca Muerta posiciona a la Argentina como proveedor alternativo de gas natural licuado para mercados que hoy dependen del Golfo Pérsico; el triángulo del litio entre Argentina, Bolivia y Chile concentra más de la mitad de las reservas globales de un mineral crítico para la transformación energética; y el complejo agroexportador del Mercosur sigue siendo
insustituible para la seguridad alimentaria global. Ser una zona de paz no implica permanecer al margen de los acontecimientos mundiales, sino encontrar el equilibrio entre preservar esa estabilidad y consolidar un rol más activo dentro de las cadenas de valor globales.
En este contexto, para las empresas de la región, capitalizar esta ventana requiere algo más que buenas intenciones: es clave que las compañías sostengan una visión de largo plazo y cuenten con equipos de estrategia con capacidades multidisciplinarias. La combinación entre análisis financiero y lectura geopolítica
permite tomar decisiones más sólidas en entornos marcados por la incertidumbre, anticipando dónde pueden aparecer futuros estrangulamientos logísticos y contando con más herramientas para definir decisiones de inversión, crecimiento y expansión.
Esta mirada también permite comprender mejor el timing de normalización de los mercados, gestionar riesgos e identificar oportunidades en activos que quedan desarbitrados frente a los cambios del escenario global.
En un mundo donde la eficiencia ya no es el único criterio, la estabilidad, la seguridad de los flujos comerciales y la capacidad de adaptación de las economías se vuelven factores decisivos. Y en ese nuevo mapa, América Latina tiene condiciones para ocupar un lugar cada vez más relevante.
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