La
caída del muro no consiguió que los anticapitalistas se desalentaran.
En todo caso, privó al capitalismo de un vocablo totalizador, que
hasta entonces había servido para identificar a todos sus enemigos
y maldecirlos con una sola palabra.
Por eso, en 1992 León Gieco entonaba aquella suerte de rap: Qué
nos dirán ahora que no existe el comunismo.
El capitalismo triunfante no se preocupaba entonces en los Giecos de este
mundo. No le importaba que siguieran pensando lo mismo. Lo tenía
sin cuidado que, cumpliendo la “amenaza” de aquel rap, siguieran
comprando Página 12, leyendo a Eduardo Galeano, cantando con Mercedes
Sosa o escuchando a Víctor Jara.
Los comunistas no eran peligrosos por lo que pensaran, leyeran o escucharan.
Habían sido peligrosos antes, cuando existía una superpotencia
que podía financiar sus aventuras, entrenarlos y darles respaldo
logístico. Ahora, ellos ya no tenían nada detrás. Sus
protectores habían sido derrotados para siempre.
El mismo año en que Gieco escribió Los Salieris de Charly,
apareció en Estados Unidos un libro que hizo furor en el mundo: El
fin de la Historia, de Francis Fukuyama {ver
recuadro El Nuevo Fukuyama}. El anticomunismo lo recibió alborozado.
Luego, con
la rápida transformación de Europa del Este y la metamorfosis
china, la euforia tocó tope. A eso se sumó el fenómeno
universal del desempleo, que provocó la anemia del sindicalismo.
Habiendo grandes contingentes de desocupados, los empleadores se quedaron
con el leverage y sintieron que tenían un poder omnímodo.
Ya no había fuerza política ni sindical que pudiera oponérseles.
Lo mismo
pensaron algunos gobiernos.
Ahora bien, ¿por qué los anticomunistas habían sido
anticomunistas? ¿Por discrepancias con Das Kapital? ¿Por
horror a las radicales ideas de El origen de la familia, la propiedad
privada y el Estado?. No. La gran mayoría de los anticomunistas
no había leído una sola línea de Karl Marx o de Friedrich
Engels, pero sabía que el comunismo era “lo contrario del
capitalismo”.
Sin haberlo leído, todo capitalista conocía la esencia de
un discurso pronunciado el 17 de marzo de 1883 en el cementerio londinense
de Highgate. Allí, Engels, despidiendo los restos de su amigo,
afirmó:
“Marx quería el derrocamiento de la sociedad capitalista y
de las instituciones políticas creadas por ella”.
Marx se fue a la tumba sin ver su sueño hecho realidad y, después
de 1989, sus sucesores parecían condenados a igual suerte.
Quince años más tarde, todo es distinto. No habrá
resurgido la URSS, no se habrá detenido la reconversión
de China, Europa Oriental formará parte de la Unión Europea,
pero el anticapitalismo ha adquirido una fuerza inesperada.
El día que pilotos suicidas demolieron las dos torres del World
Center, perforaron el Pentágono y casi se estrellan sobre el Capitolio,
Estados Unidos se encontró ante lo inimaginable.
Tenía un enemigo feroz, con el cual no podía negociar. Estaba
sumido en una guerra sin rules of engagement. Algunos habrán añorado
la época en la cual el enemigo era otro superpoder. La URSS nunca
habría lanzado un ataque como el del 11 de septiembre de 2001.
Cuando el presidente Kennedy decidió que la presencia de misiles
soviéticos en Cuba (1962) conspiraba contra la seguridad norteamericana,
hubo momentos de tensión pero, al final, Khruschev complació
a Estados Unidos y desairó a Fidel Castro. Los misiles fueron retirados.
Cuando la URSS equiparó el poder nuclear de Estados Unidos, comenzó
a regir de hecho una garantía: por efecto de la Mutually Assured
Destruction (destrucción recíproca asegurada, MAD, según
la sigla en inglés) ni los norteamericanos ni los soviéticos
iniciarían una guerra nuclear que podía aniquilar al agredido
y al agresor.
Esa lógica no vale para dictadores mesiánicos de miniestados,
o fanáticos suicidas.
Se podrá decir que la causa de quienes se inmolan en un coche-bomba
o en un avión secuestrado no es el marxismo, entendido en su sentido
original. No importa: la furia de los terroristas está dirigida
contra Estados Unidos, contra Occidente, contra los herejes; en definitiva,
contra el capitalismo. Llámesele como quiera, es la expresión
anárquica de lo que en el Siglo XX fue el comunismo.
Samuel Huntington, el autor de Choque de civilizaciones, dice que durante
la guerra fría muchos países o grupos islámicos asumían
el marxismo-leninismo y formaban parte de “no alineados”, pero
ahora “encuentran su identidad y esperanza en el Islam”.
En definitiva, el capitalismo es un producto judeocristiano y lo que hace
Huntington es llamar “choque de civilizaciones” a una guerra
entre capitalismo y anticapitalismo.
Es lo que cree el inglés Anthony Giddens, creador de la Tercera
Vía, para quien el fundamentalismo islámico es otra forma
de comunismo. La idea es que la economía no sea gobernada por el
mercado sino por un libro, que puede ser El Capital o el Corán.
La globalofobia
Cuando la guerra no es una metáfora, sino un verdadero ejercicio
militar, el capitalismo descubre que “el enemigo” son “muchos
enemigos”.
Con las torres gemelas desplomadas, Estados Unidos proclamó que
su enemigo era un hombre, Osama bin Laden, a quien acusó de ser
el artífice del ataque. Fue a cazarlo en Afghanistán y,
después de tres años, no ha podido dar con él.
Invadió también Irak. No tenía un motivo, pero se
esperaba que la acción norteamericana liberase a un país
sojuzgado (que lo estaba) e impusiera la paz. La fantasía era que
el pueblo iraquí iba a arrojar flores al paso de los tanques norteamericanos.
Hoy, Irak es un pandemonio y el enemigo resulta cada vez más difuso.
Estados Unidos no está peleando allí contra Al Qaeda, ni
contra Saddam Hussein, sino contra los sunitas.
En algunos aspectos, el capitalismo es más vulnerable a esta forma
de guerra que a la anterior, inclusive si se tiene en cuenta Vietnam.
El 11-S, Bin Laden y la resistencia iraquí muestran la vulnerabilidad
de este capitalismo post-comunista.
El sistema, por otra parte, está sometido a un ataque civil permanente,
en casi todo el mundo.
¿Qué grupos tenían, en la época de la guerra
fría, capacidad para impedir una reunión anual del Banco
Mundial o el Fondo Monetario, desbaratar las sesiones de la Organización
Mundial de Comercio (OMC; antes GATT) u obligar a los jefes de estado
de las máximas potencias del mundo a refugiarse?
Todo eso lo han hecho, en los últimos seis años, los “globalofóbicos”.
Su presentación fue en 1998, con una gran protesta contra la OMC
en Ginebra, donde la organización celebraba una conferencia de
ministros.
Luego, realizaron una ruidosa movilización en Birmingham, Inglaterra,
donde tenía lugar una cumbre del G8.
En 1999 desfilaron por las calles de la City londinense para protestar
contra los bancos. Para entonces, al menos en Inglaterra, ya habían
adoptado el nombre de “anticapitalistas” .
Sorprendía que, no existiendo más comunismo, hubiera tal
capacidad de organización y militancia. Sin embargo, hasta entonces
las manifestaciones no diferían mucho de las manifestaciones del
pasado, que habían tenido picos dramáticos como el mayo
francés.
Más tarde, los “globalofóbicos” demostrarían
un poder que no habían tenido los militantes de ningún Partido
Comunista.
Lo exhibirían
en el propio corazón del capitalismo.
En 1999, en Seattle, Estados Unidos, libraron una feroz batalla con la
policía. Fue cuando decidieron impedir que los delegados se acercaran
al centro de conferencias donde debía sesionar la OMC.
Comenzaba allí algo que nadie hubiese imaginado. Hoy día,
los todopoderosos organismos internacionales no pueden reunirse o sólo
pueden hacerlo en lugares apartados, en los cuales se montan rigurosos
sistemas de seguridad.
Las amenazas de los globalofóbicos movieron al Banco Mundial a
cancelar una reunión en Barcelona.
Una conferencia de la OMC y el FMI en Washington, que debía durar
dos semanas, tuvo que ser interrumpida a los dos días porque la
policía no sabía cómo parar las protestas.
La FAO, que tenía previsto reunirse en Roma, debió huir
de la capital italiana.
Los jefes de gobierno de Estados Unidos, Canadá, Alemania, Francia,
Gran Bretaña, Italia, Rusia y Japón se sintieron forzados
a reunirse en un lugar montañoso y de difícil acceso, en
los Rockies canadienses.
El Presidente norteamericano y los otros jefes de gobierno de la Organización
del Atlántico Norte, fueron hostigados a las puertas de la propia
OTAN, en Bruselas.
El propósito de los ”globalofóbicos” es claro:
en términos de Hardt y Negri, crear un vacío y no permitir
que el capitalismo gane tranquilidad.
La V Internacional
Los “globalofóbicos” están más articulados
de lo que parecen. Aunque su organización no es vertical, en 1998
se constituyó la PGA, sigla de People’s Global Action, cuya
finalidad es “la intercomunicación y coordinación de
los movimientos sociales”. La organización, surgida a partir
de encuentros promovidos por los zapatistas, de México, tiene una
“constitución” que fija sus obetivos:
• "Un muy claro rechazo de la OMC y otras organizaciones de
libre comercio, como NAFTA, ALCA y la Unión Europea, que son promotoras
de una globalización destructora del medio ambiente y las sociedades”.
• “Una actitud confrontativa, dado que nosotros no pensamos
que la negociación pueda hacer mayor impacto en organizaciones
tan sesgadas y antidemocráticas, en las cuales el capital transnacional
es el único poder”.
• “Un llamado a la desobediencia civil no violenta y la construcción
de alternativas locales”
De punks
y piqueteros
Según un anticapitalista mexicano, Luis Hernandez Navarro, periodista
del revolucionario diario La Jornada, el universo de la desobediencia
civil está compuesto por “muchas ONG, activistas por los derechos
humanos, ecologistas, sindicalistas, homosexuales, punks, indígenas,
y hasta granjeros y jóvenes del primer mundo”.
Los “piqueteros”, que traducen la insatisfacción social
en medidas de acción directa (cortes de rutas, cortes de calles,
invasión de edificios) son parte de ese universo.
También lo son los activistas dedicados a participar en las audiencias
públicas sobre tarifas o en protestas sociales espontáneas.
Puede ser que tengan razón en sus demandas, como la tenían
en muchos casos los obreros cuyas necesidades usufructuaba el viejo comunismo.
Proteger los derechos humanos, defender a los trabajadores, reclamar por
los desocupados, evitar la discriminación, no permitir que una
empresa haga abuso de su posición dominante o protestar contra
la corrupción, la impunidad y la inseguridad ciudadana, es levantar
principios a los cuales no puede oponerse ninguna persona honesta.
Esas reivindicaciones, sin embargo, son usadas para promover el anarquismo
institucional. Los activistas atacan a toda la dirigencia, en una acción
indiscriminada que levanta consignas tales como “que se vayan todos”,
“la justicia no existe” o “todo empresario roba”.
Esta última idea es la que preside hoy la discusión sobre
tarifas: en lugar de analizar los costos, cuantificar las inversiones
necesarias y determinar si hay excedentes para financiar la inversión,
se plantea de antemano que las inversiones deben hacerse aun a pérdida.
El extremismo ecológico
Contaminación del aire y las aguas; alteración del habitat;
enfermedades derivadas de industrias peligrosas.
Todos estos son problemas que la humanidad debe resolver y resolverá.
Para algunas organizaciones, en cambio, son oportunidades para atacar
al capitalismo.
El extremismo ecológico no quiere que los problemas se resuelvan.
Con el pretexto de defender el medio ambiente, boicotean la industria
del petróleo, la minería y la hidroelectricidad.
Si alguien cree que esto pertenece al folklore del primer mundo, donde
grupos como Greenpeace se desviven por defender a la ballena o al oso
panda, está equivocado.
En Chubut, el ecologismo extremo impidió que se abriera una mina
de oro. Es cierto que el uso de cianuro en la minería aurífera
puede causar daños a la salud. Pero esto ha sido previsto en el
Programa Ambiental de las Naciones Unidas (UNEP), el Programa Internacional
de Seguridad Química (IPCS, resultado de la acción conjunta
de UNEP y la Organización Internacional del Trabajo) y otros protocolos
internacionales. El oro se explota en muchas partes del mundo en condiciones
seguras, pero aquí se impidió la explotación con
la bandera de la ecología.
El papel de las ONG
Las ONGs, organismos tan útiles para articular la participación
ciudadana, son “copadas”, a menudo, por elementos antisistemas
que se escudan en esas organizaciones para atacar a las instituciones
políticas o al mundo empresario.
Pero no hace falta que se las cope. Algunas cumplen un papel involuntario,
pero eficaz, en la lucha contra el capitalismo.
En Empire {ver recuadro “El Manifiesto Comunista del Siglo XXI”},
Hardt y Negri afirman que la “intervención moral” es
uno de los instrumentos para mellar al capitalismo; y luego dicen, con
todas las letras:
“Lo que llamamos intervención moral es practicado en la actualidad
por una variedad de cuerpos, incluyendo los medios de
noticias y las organizaciones religiosas, pero los más importantes
pueden ser algunas de las denominadas organizaciones no-gubernamentales
(ONG), las cuales, precisamente por no ser conducidas directamente por
los gobiernos, son aceptadas como actuando sobre la base de imperativos
éticos o morales. Este término se refiere a una amplia variedad
de grupos, pero aquí nos referimos principalmente a las organizaciones
globales, regionales y locales, dedicadas a aliviar el trabajo y la protección
de los derechos humanos, tales como Amnistía Internacional, Oxfam
y Médicos Sin Fronteras. Estas ONG humanitarias son, en efecto,
aun cuando esto vaya contra las intenciones de sus integrantes, algunas
de las armas pacíficas más poderosas del nuevo orden mundial.
Estas ONG conducen ‘guerras justas’ sin armas, sin violencia,
sin fronteras”.
Teóricos
anticapitalistas
El neoliberalismo, que reinó en los 90, hizo mucho daño.
Expresión de la arrogancia capitalista, generó desempleo
masivo y exhibió una insensiblidad social que ahora es aprovechada
por los teóricos neocomunistas.
La crítica de esos teóricos al neoliberalismo no es la que
un keyheniano o un socialista democrático puede hacer desde dentro
del sistema. Conscientes de que no tienen sistema alternativo para proponer,
evitan demonizar al capitalismo in totum y se muestran como enemigos del
neoliberalismo. No obstante, las críticas de “estrellas”
intelectuales como Naomi Klein o Walden Bello, van mucho más allá
de las disidencias con Frierdich Hayek o Milton Friedman.
Algunas usan un lenguaje inflamado. La francesa Viviane Forrester, autora
de L´horreur economique habla de “un mundo de obscenidad y afrenta
a la naturaleza humana”, que hoy asiste a una “implosión”,
comparable a “esos huracanes o tornados que no saben de fronteras
y contra los cuales no hay refugio posible”.
Otras, son más sobrias pero no menos drásticas. La británica
Susan George, al atacar a las “megacorporaciones” y los mercados
financieros, dice que “son la última reencarnación
del capitalismo”.
Intelectuales con más vuelo, han hablado con más sinceridad
sobre su verdadera filiación.
El famoso filósofo francés Jacques Derrida, que murió
en octubre, se preguntaba poco antes: “¿Adónde va el
marxismo? ¿Adónde nos lleva?”. No importaba cuáles
fueran las respuestas. Las preguntas demostraban que Derrida no creía
en la muerte del marxismo.
Él recordaba que Marx y Engels habían dicho en la primera
línea del Manifiesto: “Un espectro recorre Europa; es el espectro
del comunismo”. Derrida presentía un espectro semejante. No
creía que ahora vagase el mismo comunismo, porque a su juicio el
marxismo se transforma junto con la sociedad; pero un comunismo al fin.
Un nuevo comunismo. Con el viejo había muerto, solamente, el marxismo
“oficial”.
El Foro
Social Mundial
Los téoricos anticapitalistas, la PGA, las ONG militantes, grupos
revolucionarios como el Movimento Sem Terra, los zapatistas o la KRSS
(la combativa asociación de agricultores de Karnataka, India) tienen
su propio Davos: el Foro Social Mundial, que se realiza en Brasil.
Este año, la estrella fue el presidente venezolano Hugo Chávez.
Para percibir el clima y la importancia del evento, al cual la prensa
argentina no le dio la cobertura conveniente, es útil examinar
este cable de la agencia italiana Inter Press Service:
“PORTO ALEGRE, Brasil, 30 ene (IPS)- Ovacionado por unas 15.000 personas
y llamado "el nuevo libertador", el presidente de Venezuela,
Hugo Chávez, fue la gran atracción este domingo en el Foro
Social Mundial (FSM), en la víspera de su finalización en
el sur de Brasil.
El estadio Gigantinho de Porto Alegre, la capital del meridional estado
de Río Grande del Sur, fue el escenario principal. Largas filas
de asistentes, en su mayoría jóvenes, se podían ver
en sus alrededores, varias horas antes de que el mandatario venezolano
diera su discurso central ante los participantes del FSM.
Chávez se ha ganado la admiración de sectores de la izquierda
de Brasil, disconformes con el presidente de este país, Luiz Inácio
Lula da Silva, quien fue duramente criticado en su presentación
en este encuentro mundial de la sociedad civil.
El malestar contra Lula, líder del izquierdista Partido de los
Trabajadores (PT), se debe en especial a un proyecto de reforma sindical
de su gobierno y a su decisión de asistir también al Foro
Económico Mundial de Davos.
Chávez había llegado temprano por la mañana a Porto
Alegre. Su primer paso fue visitar el asentamiento agrario Lagoa do Junco,
del Movimento Sim Terra (MST), en el municipio de Tapes, a más
de 130 kilómetros de Porto Alegre. Allí se reunió
con productores, algunos de los cuales lo acompañarían el
resto de la jornada.
Ante unas 300 personas que acudieron a verlo en el asentamiento, Chávez
afirmó que esa experiencia de autogestión agrícola
es una demostración de que "el socialismo no ha muerto".
Pero a la tarde llegó el momento más esperado. Miles de
personas comenzaron a llegar al estadio donde días atrás
había hablado Lula. Portaban banderas de varios países de
América Latina, en especial de Argentina, Brasil, Venezuela y Cuba.
El rostro del líder revolucionario argentino-cubano Ernesto Che
Guevara era omnipresente en las camisetas y carteles de los jóvenes.
Muchos brasileños vestían remeras rojas, colores del PT
y del gobernante partido venezolano Movimiento V República.
La presidenta de la organización humanitaria argentina Madres de
Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, se sentó en primera fila.
Chávez subió al escenario acompañado de una mujer
integrante del MST. Detrás de ambos lo hicieron, entre otros, el
sociólogo brasileño Cándido Grzybowski, fundador
y organizador del FSM, el periodista español Ignacio Ramonet, director
de la publicación francesa Le Monde Diplomatique, y el ministro
de las Ciudades de Brasil, Olivio Dutra.
Ramonet no escatimó elogios al presidente venezolano.
“Chávez es un dirigente de nuevo tipo” porque, entre
otras cosas, “fue el primer líder latinoamericano que le paró
los pies al liberalismo, detuvo las privatizaciones, optó por los
humildes” y se enfrentó a “los amos del mundo",
señaló.
Terminó su participación llamando a Chávez “nuevo
libertador”, “mártir de los débiles” y comparándolo
con el héroe independentista Simón Bolívar, con el
revolucionario nicaragüense Augusto Sandino y con el Che Guevara.
Cuando Chávez subió al púlpito, el estadio estalló
en aplausos. El presidente afirmó que el Foro "es el evento
político de mayor importancia en el mundo". Agregó
que el Foro es “ una rica plataforma donde los excluidos pueden hablar,
decir lo que sienten y pueden buscar consensos".
Cómo enfrentar esta nueva amenaza
El comunismo creció, entre fines del siglo XIX y principios del
siglo XX, porque muchos capitalistas interpretaron mal a Hegel y creyeron
que el fin de la Historia significaría el reinado del capitalismo
por los siglos de los siglos.
El “capitalismo salvaje” fue el caldo de cultivo del comunismo.
Para entender cómo se formó la ola anticapitalista, que
culminó con la Revolución Bolchevique, los libros de Dickens
son más útiles que muchos tratados de ciencia política.
La respuesta más inteligente al marxismo la dio la socialdemocracia
europea, que hizo más por contener la expansión soviética
que la OTAN. La jornada de ocho horas, la salud gratuita, la educación
pública, el pleno empleo, los derecho del trabajador y la seguridad
social constituyeron el mejor arsenal para pelear contra el comunismo.
La socialdemocracia ofrecía un paraíso semejante al paraíso
rojo, con una diferencia: en el socialdemócrata había libertad.
Con la caída del muro, y los capitalistas que interpretaron mal
a Fukuyama, reapareció una forma de “capitalismo salvaje”
que puede ser muy peligrosa.
La respuesta más inteligente al anticapitalismo, hoy, es la protección
de los mismos derechos que esgrimen los rebeldes, pero dentro de la democracia.
El plan del “nuevo” Fukuyama (ver recuadro) es, en este sentido,
muy atinado. Prevé desde la protección del medio ambiente
hasta la equidad social, pasando por las políticas antimonopólicas,
el régimen de pensiones e inclusive formas de redistribución
de bienes sociales.
Otra cosa que deberá evitarse, sacando lecciones de la Historia,
es el maccarthismo.
La persecución paranoica de los rebeldes sólo contribuiría
a legitimarlos.
La mejor táctica consiste en arrebatarles las banderas.
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