El gran test de la economía
Ahora, que ya nos estamos olvidando de las elecciones de octubre aunque no de sus consecuencias-, hace falta dar un viraje. El esfuerzo deberá ponerse sobre la política fiscal. El gobierno debe lograr que los ingresos públicos crezcan más que los gastos.
En materia económica, la verdadera cara de Néstor Kirchner se conocerá a partir de este momento.
Es evidente que la gran herramienta disponible sigue siendo el superávit fiscal. El tipo de cambio alto seguirá porque también es una manera de aumentar el ahorro. La nueva etapa exige una política fiscal rigurosa: no puede consentir más inflación que la derivada de la apreciación cambiaria.
Guste o no, se le asigne mayor o menor importancia que la que realmente tiene, no hay discusión en que el gasto público creció fuerte en los últimos meses. Hasta los más recalcitrantes adversarios del Presidente entienden que era una jugada necesaria para acumular poder político. El punto es si esta etapa se considera terminada, o si tentado por los buenos resultados obtenidos en ese terreno declara abierta la temporada electoral para la renovación presidencial en dos años. Si así fuera, estaríamos coqueteando con la inminencia de una catástrofe.
El viraje en materia fiscal es imprescindible para dominar el nivel de inflación. Si no se la domeña, erosionará al máximo toda la cuota de poder político obtenido.
Es fácil argumentar que el ministro de Economía tiene claro el panorama. La novedad es que el poder presidencial ha crecido y puede sentir la tentación de ejercitarlo plenamente y establecer que él es quien realmente sabe e interpreta las necesidades económicas del momento.
Dicho en términos inteligibles para todos los que se declaran legos en materia económica: si el Primer Mandatario cree como alguna vez lo ha dicho- que el alza inflacionaria es responsabilidad de Alfredo Coto y no de una política fiscal expansiva, entonces estamos muy mal.
En cambio, si con títulos revalidados, olvida toda esa parafernalia electoral y vuelve a la ortodoxia inicial de sus comienzos, entonces habrá dado claras señales que entiende perfectamente lo que está ocurriendo.

Crecimiento sostenible
El viraje que se produzca en este punto, puede tener consecuencias históricas. No solamente para el éxito de su gestión de gobierno. También para romper con una especie de maldición que parece acompañarnos.
No es la primera vez que la Argentina crece tres años seguidos a casi 9% anual. Pero hasta ahora, las experiencias anteriores terminaron en desastre.
Hay, en cambio, una posibilidad de reescribir la historia.
La gran prueba pendiente es lograr estabilizar al país en un sendero de crecimiento de 4 a 4,5% anual durante un largo periodo. Un porcentaje hoy mayor al de los países más avanzados, pero soñado como escenario local. Basta imaginar el país distinto que resultaría de crecer diez años a esta tasa.
Puede que haya quienes pretendan seguir creciendo a 9% anual. Los chinos han demostrado que es posible hacerlo durante muchos años. Claro que hay un pequeño detalle: para crecer a ese ritmo las tasas de ahorro y de inversión duplican a las que tenemos en nuestro país.
De modo que si Kirchner elige el camino en apariencia- modesto, puede ser el protagonista de un gran cambio. Si yerra, de otra gran frustración.
Así como en los meses previos se insistió en advertencias casi apocalípticas sobre el riesgo de la inflación, ha llegado el turno para muchos analistas interesados en fijar la agenda de debates, en insistir que el nivel de inversiones es muy pobre.
Lo que no deja de ser una verdad a medias. En verdad, está creciendo, lo cual no deja de ser notable si se repara en que poco es lo que han aportado los bancos y los capitales externos. Hay mucho de ahorro interno volcado a la economía.
Pero no es posible ser autoindulgentes: hay recursos para proyectos que no demandan montos muy elevados o que prometen rápida recuperación. Para los otros, los de largo plazo, donde hay que hundir capital hasta que se vean los frutos, hay todavía notoria escasez.
En el entorno presidencial gustan decir que a Néstor Kirchner no solamente le gustan los temas económicos, sino que también entiende del tema. Ojalá no sea una expresión de deseos.
El escenario ha sido clarificado por la imperiosa realidad: con una adecuada convergencia para seguir creciendo a tasas más moderadas; con persistencia de superávit, y menor tasa de inflación es posible estar preparados para la próxima crisis global que se desate (ver página 32).
Hay signos evidentes y nerviosismo entre los principales operadores de las finanzas mundiales. Se esperan acontecimientos importantes, que no solamente tienen que ver con la nueva debilidad de George Bush, sino con que la alianza chino-estadounidense puede fracturarse. Estados Unidos es la gran aspiradora mundial que absorbe el ahorro del resto del mundo para mantener su propia economía. Cuánto tiempo más podrá seguir este estado de cosas es cada vez más incierto.
El dilema es claro: o hay un aterrizaje suave o terminamos en un avionazo. Con inflación controlada, reducido el gasto público, buen nivel de superávit y tasas de crecimiento de 4% anual se está en excelentes condiciones de maniobrar y salir casi ilesos. Como una locomotora lanzada, exacerbando el gasto público, dejando que trepe la inflación, aún cuando se crezca a 9%, no habrá defensa cuando llegue el cataclismo.
Keynesiano y heterodoxo
Lo menos que se puede decir es que fue una frase infortunada. Cuando todo lo que importaban eran los hechos y los gestos, el Presidente se sintió inclinado a dar una definición de su pensamiento económico. Dijo que era keynesiano y heterodoxo, lo que de inmediato provocó un debate de proporciones. Justo cuando el escenario internacional crecía en complejidad.
¿Qué habrá querido decir?, fue la pregunta obligada.
Es posible dejar de lado el término heterodoxo. Puede no significar nada, o acomodarse a cualquier interpretación.
Pero, ¿keynesiano?. Lord Keynes es el autor de aquella famosa frase que dice que somos esclavos de las ideas de hombres que ya están muertos. Con él ha pasado algo peor: lo cita todo el mundo aunque en muchos casos sin el conocimiento adecuado.
Por obra de sus detractores o por el facilismo de algunos, se ha simplificado una teoría completa y general de la economía, en unos pocos rasgos. Para la mayor parte del universo político, ser keynesiano es estimular al máximo la demanda, inflar el gasto público.
Lo que Kirchner no pudo evitar fue que su adhesión teórica fuera asimilada a esta concepción.
En verdad, una de las piezas centrales de la arquitectura teórica del economista británico es su convicción de que muchas veces es necesario desarrollar una política anticíclica contrariando tendencias naturales del mercado.
De modo que si estuviera vivo, y en la Argentina, optaría hoy por reducir el gasto público ( y no por aumentarlo).
Lo cual, desde la perspectiva de muchos renombrados economistas, no dejaría de ser una posición ortodoxa. Así de relativos suelen ser los términos en esta esquiva ciencia que es la economía.
En todo caso, en el lenguaje de los gestos y de los hechos, las dos semanas siguientes a las elecciones dan motivo para la esperanza.

¿Cree Washington en milagros?
Acreedor internacional neto hace veinte años, hoy el fisco norteamericano le debe al resto del planeta US$ 2,5 billones (millones de millones), que es la diferencia entre activos del país en el exterior y activos de propiedad extranjera en EE.UU. Durante el año en curso, Washington habrá tomado deuda por un monto equivalente a 6% de su producto bruto interno (PBI), a valores corrientes, el mayor en 135 años, o sea desde que existe esta estadística. En apariencia, esto habrá ocurrido sin crear dificultades evidentes ni trastornar la economía mundial. No obstante, casi no hay economista ni banquero central serio a cuyo juicio las cosas puedan seguir así para siempre. Esta benigna situación tal vez dure un tiempo, pero no indefinidamente. Seria mejor no hacer el experimento de ver hasta dónde pueda llegar (informe del FMI).
El problema básico es que EE.UU. y los norteamericanos gastan muchísimo más de cuanto ganan. El resto del globo hace lo contrario, por lo cual exporta excedente producción y ahorro a EE.UU. Aun China, que tiene excelentes razones para invertir en casa y elevar condiciones de vida, envía al coloso ahorros que entre otras cosas- le permiten a la burguesía norteamericana inflar una burbuja especulativa inmobiliaria, originada en créditos hipotecarios escandalosamente baratos. Pero no continuará in aeternum.
Entonces ¿cuál es el riesgo? Simple: si la economía mundial está en desequilibrio, tarde o temprano algo corrige el fiel de la balanza. Quienes dicen que las distorsiones actuales terminan en una explosión empiezan a preocuparse. Gregiry Mankiw, ex asesor económico principal en la Casa Blanca, prevé un futuro menos próspero. O el extranjero deja de absorber tanta deuda nueva, y obliga a rebajar gastos fiscales necesarios para estimular crecimiento, o seguirá haciéndolo. En tal caso, los países acreedores exigirán mayor participación en las futuras utilidades de EE.UU. SA.
Si, por el contrario, deja de hacerlo, EE.UU. afrontará aumentos de tipos de interés e impuestos, caídas en los mercados de bonos o acciones y violento desinfle de la burbuja inmobiliaria.