viernes, 3 de abril de 2026

    La empresa, bajo sospecha

    Hace un año, el relevamiento efectuado por Mercado (ver edición
    N° 1052, noviembre de 2005) arrojó un listado de 54 empresas con
    programas activos de responsabilidad social empresaria.
    Ese número, hace dos meses, cuando se inició el proceso de confección
    de la encuesta y ranking que se incluye en el próximo capítulo,
    había crecido a 80 empresas. Al terminar el directorio –que se
    integra como el capítulo IV de este Libro Blanco–, creció
    a 130 empresas, y seguramente todavía hay unas cuantas omisiones (algunas
    deliberadas: unas pocas empresas que practican RSE pidieron no ser incluidas
    porque su política es no difundir lo que hacen en la materia. Al comprobar
    que la opinión pública demanda en forma mayoritaria –74%
    de la muestra, según la encuesta que publicamos en esta edición–
    que den a publicidad sus acciones, es probable que cambien de idea y acepten
    ser incorporadas el año próximo).
    Esta vitalidad y dinamismo explican el crecimiento continuo del tema en nuestro
    universo empresarial. Las adhesiones al nuevo concepto de RSE se multiplican,
    y las actividades en su torno crecen en proporción geométrica.
    Un cambio significativo y perceptible en apenas doce meses es la ubicación
    del sector dentro de la organización de cada empresa. Al principio eran
    responsabilidad del área de Relaciones Institucionales o Corporativas
    en la mayoría de los casos; aunque en algunos otros estaba bajo la jurisdicción
    del responsable de Recursos Humanos; de la asesoría legal; o de Relaciones
    Públicas y Prensa.
    La novedad es el desarrollo de Gerencias y Jefaturas de RSE, en muchos casos
    con dependencia directa de la Presidencia de la empresa. Lo que significa además
    una especialización en la gestión del tema, y un mayor conocimiento
    específico de la materia.
    El concepto –sin duda– recibió notable empuje y se abrió
    paso vigorosamente a partir de la crisis de 2001. El comprobado aumento de la
    desigualdad en los ingresos, del estallido de la pobreza y el desempleo, logró
    captar la atención de los directivos sobre este enfoque.
    Si a ello se suma la notoria vinculación de la temática con consumidores
    más exigentes, y con la necesidad de desarrollar una estrategia eficaz
    de contención ante eventuales riesgos ambientales, laborales o sociales,
    se advierte el caldo de cultivo en el que creció la discusión
    en torno a la RSE y sus mejores prácticas en el país.
    Seminarios, foros y conferencias se han sucedido durante todo el año,
    donde una variada temática mereció atención de especialistas
    extranjeros y locales (incluso en estos días el laboratorio Novartis
    está desarrollando un encuentro latinoamericano sobre RSE).
    La confección de este Libro Blanco involucró a toda la redacción
    de Mercado: se revisaron los antecedentes de alrededor de 130 empresas, se analizaron
    los resultados del ranking que comprende a 80 firmas; y se efectuaron alrededor
    de 40 entrevistas en profundidad.
    La conclusión más evidente fue: aproximadamente un tercio de las
    empresas viene desarrollando programas intensos de RSE desde hace varios años,
    con alto grado de convicción y con notorio avance en la calificación
    de sus responsables en la materia. En muchas de ellas se debate si deben hacerse
    públicos o mantener reserva sobre estos programas.
    Hay otro tercio, que llegó en forma más reciente al tema, y que
    ha logrado avances interesantes en sus alianzas con ONG y socios estratégicos
    para asegurar la eficiencia de sus programas. En el interior de estas organizaciones
    conviven los que de verdad creen que se trata de firmar –o de renovar–
    un nuevo contrato social entre la empresa y la sociedad, y otros que perciben
    los beneficios de una estrategia que refuerza imagen de marca y complementa
    actividades de marketing.
    Finalmente está el último tercio, el de los recién llegados.
    Son los que están empezando con todo entusiasmo sus actividades en la
    materia. En la mayoría de los casos se detectó un alto nivel de
    convencimiento sobre el nuevo rumbo. Pero también algunos casos del tipo
    “no entiendo demasiado bien que es esto, pero por las dudas me anoto”.
    Lo cual no está mal: el movimiento se demuestra andando y tendrán
    que hacer sus propios descubrimientos.

    Brevísima historia
    reciente

    En el sitio de Internet del IARSE (Instituto Argentino de la Responsabilidad
    Social Empresaria) aparece esta esquemática evolución de
    la idea en nuestro medio. (El IARSE –http://www.iarse.org–,
    es una entidad precursora en la temática que colabora activamente
    con las empresas, tanto en capacitación sobre RSE como en acompañarlas
    y orientarlas en la implementación de sus programas).

    1998: Inicio de la aplicación de la norma SA 8000.
    1999: Kofi Annan, Secretario General de la ONU, lanza el Pacto Global.
    Se crea la Occupational Health and Safety Assessment Series (OHSAS
    18001). Se aprueban los Principios de Gobernabilidad Corporativa de la
    OCDE.
    Lanzamiento de la AA 1000, norma para presentación de cuentas (calidad
    de la contabilidad, auditoria y relato social ético).
    2000: GRI presenta sus Directrices para Reportes de Sustentabilidad. Hoy
    presentan sus Balances de Sostenibilidad más de 700 compañías.
    Se realiza la Cumbre del Milenio, considerada la mayor reunión
    de dirigentes mundiales de todos los tiempos, de la cual surgen las Metas
    de Desarrollo del Milenio. Publicación de los primeros IDH (Índices
    de Desarrollo Humano) a través de las oficinas nacionales del PNUD.
    Origen de la serie ISO 9000:2000.
    2001: La Comisión Europea publica el “Libro Verde”,
    cuyo propósito es fomentar un marco europeo para la RSE.
    2004: En junio ISO realiza en Estocolmo una Conferencia Internacional
    que culmina con la decisión de crear una norma certificable de
    responsabilidad social empresarial para 2008 (hoy serían lineamientos
    y no una norma certificable).
    Volviendo a nuestro país, desde 2000 a la fecha es posible destacar:
    Un creciente interés de las grandes empresas en la RSE. Esto vinculado
    a las exigencias del mercado internacional, a las políticas de
    sus casas matrices y a la necesidad de generar una imagen empresaria legitimada
    en el país por la pérdida de confianza en el sector privado.
    La creación de entidades promotoras y difusoras de la RSE en el
    país, que acompañan una tendencia regional (entre ellas
    el IARSE, surgido en 2002). También comienza a funcionar una serie
    de núcleos de empresarios que –en diversas provincias y regiones
    del país– trabajan entre pares por la instalación
    de una práctica efectiva de la RSE en sus compañías.
    Al día de la fecha se encuentran activas (con diversos grados de
    formalización), cerca de diez agrupaciones en provincias tales
    como Mendoza (VALOS); Río Negro (IARSE Nodo Bariloche); Tierra
    del Fuego (FUNDAPYME); Entre Ríos (CEER); Asociación de
    Jóvenes Empresarios (AJE) de Córdoba; etc.
    La realización de innumerables eventos (seminarios y conferencias)
    en los que se debate sobre la RSE y se presentan casos de buenas prácticas
    en la materia.
    La creación de departamentos y/o áreas de RSE en agrupaciones
    empresarias tales como IDEA, AEA, CEADS.
    La instauración de premios específicos, destinados unos
    a distinguir las buenas prácticas en RSE de las compañías;
    otros a promover la producción académica de trabajos de
    investigación y casos de estudio. Vale mencionar el ya citado Premio
    Ciudadanía Empresarial de AmCham; el Premio Ética y RSE
    del IARSE (Primera edición en 2003 y Segunda en 2005); el Premio
    Responsabilidad Social de las Empresas de la CCI-FA; etc.

    Sociedad y empresa: dos visiones
    En parte la nueva actividad deberá orientarse a entender cuál
    es la percepción –y grado de conocimiento– que la sociedad
    tiene sobre la RSE. Hay en este tema un singular debate. Algunos opinan que
    dado que RSE nace desde adentro de las empresas y se imbrica con su conducción
    organizacional, es la propia empresa la que debe fijar la agenda y decidir cuáles
    son los temas relevantes sobre RSE.
    Otros en cambio advierten que, si los verdaderos esfuerzos de la responsabilidad
    social se orientan a reconciliar y armonizar a la empresa con su entorno, no
    se puede prescindir de lo que en verdad piensa la gente.
    Los primeros insisten: hay que evangelizar a la opinión pública.
    En suma, RSE es lo que las empresas dicen que es. La prueba es que en la sociedad
    todavía hay un alto grado de desconocimiento sobre lo que define a la
    RSE y sobre los aspectos que la caracterizan.
    Responden los segundos: que haya poco conocimiento del tema –como concepto
    abstracto– entre el público en general, no quiere decir que no
    tengan una vivencia sobre lo que esperan del comportamiento de las compañías.
    Ignorarla sería pecado de soberbia y un despropósito. Es como
    violentar el molde para que contenga solamente una parte de la realidad.
    Es interesante observar que académicos, analistas y ensayistas que ponen
    foco en el tema, se identifican más con la segunda posición. Mientras
    que la primera corresponde, en general, a voceros empresariales que comenzaron
    temprano –más de cinco años– con la práctica
    de la RSE.
    Lo obvio es que los ciudadanos esperan un comportamiento ético de las
    empresas, que satisfagan expectativas de conducta positiva en el plano legal,
    ambiental, laboral y social.
    Como decíamos hace un año, existe una brecha notoria entre lo
    que en muchas empresas se piensa como sustancia de la responsabilidad social
    y la percepción que tienen los ciudadanos comunes. Una brecha que evoluciona
    y amenaza ampliarse. El desafío es acortar distancias.

    La base de la pirámide

    Más allá del sesgo ideológico que se pretenda adjudicarle,
    lo cierto es que el enfoque de la base de la pirámide cautiva y
    alienta experiencias importantes (el argumento es que es la más
    lúcida expresión de la derecha estadounidense y del capitalismo
    tradicional).
    Todo comenzó en Estados Unidos hace dos años, cuando el
    profesor C.K. Prahalad, (el mismo que había revolucionado la década
    pasada con su Competing for the Future) publicó su libro
    La oportunidad de negocios en la base de la pirámide,
    donde analiza cómo obtener ganancias con las personas de menores
    recursos económicos.
    En su visión, los programas de responsabilidad social empresaria
    tienen un problema fundamental y es que sólo funcionan en épocas
    de bonanza. Cuando los tiempos se vuelven más difíciles,
    las ONG involucradas quedan abandonadas por las organizaciones y el programa
    cae en el olvido. Por eso sugiere un cambio drástico en la línea
    de pensamiento y asegura que debe definirse un nuevo modelo de negocio.
    Las empresas deben ganar vendiendo productos y servicios a los más
    pobres. Esta podría convertirse en una forma de combatir la pobreza
    y al mismo tiempo de obtener rédito económico en la relación
    con los sectores de menores recursos.
    Una certeza en los países desarrollados es que cada vez es más
    difícil aumentar el índice de utilidades o incluso crecer
    en market share en mercados maduros y saturados. La solución:
    crecer en los países emergentes, que se caracterizan por poblaciones
    con bajo poder de consumo, pero que pueden convertirse en atractiva fuente
    de expansión.
    Otro académico que ha incursionado en el tema, Stuart Hart, concuerda
    con Prahalad, pero agrega –además de una crítica al
    sistema capitalista, por no ser inclusivo– la noción de modelo
    sostenible.
    Es innegable que el sector privado tiene un rol esencial en mejorar el
    mundo en desarrollo y en disminuir la pobreza, pero para tener éxito
    debe contar con las herramientas necesarias para lograrlo.
    Stuart L. Hart; Capitalism at the Crossroads: The Unlimited Business
    Opportunities in Solving the World’s Most Difficult Problems,

    (Wharton School Publishing, 2005), es un libro para especialistas en estrategia,
    pero nadie preocupado por la globalización dejará de encontrarlo
    fascinante.
    Es un ensayo bien argumentado de ideas desarrolladas sobre varias décadas
    de investigación que se basan en la promesa de lo que Hart llama:
    La empresa global sostenible: “un nuevo acercamiento del sector
    privado para el desarrollo y para crear negocios provechosos que levantan
    simultáneamente la calidad de la vida para los pobres del mundo,
    respetando la diversidad cultural, y conservando la integridad ecológica
    del planeta para las generaciones futuras.”
    El libro proporciona muchos ejemplos valiosos de los experimentos, innovaciones,
    y de las historias del éxito de mercado de las compañías
    que edificaron sus negocios en dirección de necesidades y los deseos
    específicos de la gente que vive en las naciones más pobres.

    Realidades que duelen
    Una comprobación a tener en cuenta –por más disgusto que
    provoque– es que en la Argentina el universo empresarial está,
    en mayor o menor medida bajo sospecha. Una investigación realizada por
    Mercado (en la edición del pasado agosto) reveló que para la opinión
    pública la evasión de impuestos es una práctica muy o bastante
    habitual entre los empresarios. También 7 de cada 10 entrevistados creen
    que aumentan constantemente los precios de los productos que fabrican, y en
    idéntica proporción aseguran que infringen normas de conservación
    ambiental.
    Algo más de la mitad de la muestra (57%) mencionaba como práctica
    habitual el incumplimiento de la legislación laboral; y poco menos de
    la mitad decía que no se atienden las normas de higiene y de seguridad
    industrial, que degradan las condiciones de trabajo para el empleado (47%) y
    que es usual la utilización de prácticas comerciales desleales
    o no éticas (46%).
    Casi el doble de mujeres que de hombres (4 de cada 10 contra 2 de cada 10) mencionaron
    que es una práctica “muy habitual “la adulteración
    del contenido de los productos”. También el incumplimiento de la
    legislación laboral, es mencionado más por ellas (34%) que por
    los hombres (18%). Igualmente la mitad de los jóvenes (18 a 24 años)
    la consideran una práctica muy extendida.
    En cambio, casi la mitad de los entrevistados (46%) opinaron que las empresas
    argentinas, se han perjudicado con la crisis de 2001 (igual que la gente –13%–
    o a lo sumo menos que la gente –33%–. 4 de cada 10 consideraron
    que las empresas locales tienen pocas ganancias, mientras otro 50% dijo que
    tienen muchas.
    Se indagó acerca de los tres atributos que definían –a juicio
    de los entrevistados– una imagen positiva sobre los empresarios. El más
    mencionado fue “ética en el desarrollo de los negocios”,
    con 87%. Le sigue el trato con el personal de la empresa con 82% y en un empate
    en el tercer lugar, más de la mitad (54%) de los entrevistados mencionaron
    el compromiso social con la comunidad y la trayectoria de la empresa, como atributos
    que son valorados positivamente.
    No hay programa de RSE que pueda evadir esta realidad. Este es el contexto en
    el que se debe actuar. De lo contrario las sorpresas futuras serán todavía
    más desagradables.
    Tampoco hay duda de que si una empresa logra instalarse en la mentalidad de
    la gente como socialmente responsable, contará con una gran ventaja competitiva,
    con un elemento diferenciador de primera magnitud y con un posicionamiento envidiable.
    En las actuales circunstancias donde la militancia de los consumidores, la sociedad
    civil y los medios actúan como vigilantes atentos, la RSE se convierte
    en un factor de gestión diferente a los tradicionales conocidos.

    La discusión interminable
    Este debate se realimenta de forma continua. Los programas se ponen internamente
    bajo la lupa: si están alineados con la actividad esencial del negocio,
    si se ejecutan con recursos humanos propios o con aliados como fundaciones u
    ONG; si califican dentro del concepto RSE o se pueden ser etiquetados como meras
    actividades asistencialistas o filantrópicas.
    Otro terreno en el que se registran avances importantes es en la rendición
    de cuentas a todos los stakeholders (accionistas, empleados, clientes,
    opinión pública) sobre lo actuado a través de la memoria
    y balance social que confecciona anualmente un creciente número de empresas.
    En muchos casos, esa práctica permite analizar el entendimiento del concepto,
    la categorización de los programas, la medición del impacto que
    causan, y el diseño de indicadores para la propia organización.
    Claro está, para unos cuantos es una magnífica herramienta de
    comunicación y de formación de imagen. Otros entienden que es
    una herramienta gerencial, como el clásico balance económico-financiero,
    y para otros es un manifiesto ético, una actitud moral.
    Así como hay certificaciones de calidad (las distintas ISO, por ejemplo)
    también las hay ya para responsabilidad social empresaria. Son todavía
    pocas las empresas que las exhiben, pero muchas las que estudian obtenerlas.

    Otro debate lateral es sobre la vigencia del concepto. Para algunos, que la
    asimilan a otra teoría en management, es una moda efímera
    y después del auge, será reemplazada por otra idea cautivante
    con algunos de los elementos originales. Para otros ha llegado para quedarse,
    es un mecanismo renovador del capitalismo y si bien su territorio es esencialmente
    dinámico, cambiará en los bordes pero no en el centro.
    Luego están los que reclaman –con toda razón– coherencia
    en la aplicación y ejecución. De nada vale tener una conducta
    intachable en la materia, si hacia el exterior hay prácticas no transparentes,
    se compromete la calidad de los productos o servicios, o no se sabe cómo
    manejar una crisis imprevista.
    Otra cuestión interesante que se plantea es acerca de la circunstancia
    en que se hace RSE. Una fuerte corriente de opinión cree que es hija
    de la bonanza económica. Con viento a favor, las empresas dedican esfuerzos
    y recursos para desplegar acciones y programas. Pero cuando viene una crisis,
    el instinto de supervivencia está primero, los programas se congelan,
    los recursos se evaporan, y las ONG asociadas se quedan sin tarea concreta.
    Los que discrepan con esta visión recuerdan que fue precisamente en la
    crisis de la economía local de 2001 cuando la idea de RSE se expandió
    a enorme velocidad entre muchas empresas que veían con alarma el colapso
    social e hicieron lo posible por actuar como red de contención. Lo que
    es cierto, y sin duda el punto de partida de muchos de los programas sustentables
    que se vienen cumpliendo desde entonces. Pero también lo es que hubo
    mucho de asistencialismo que ahora debe reconvertirse.
    Por último, está la cuestión de la legitimidad. Hay quienes
    sostienen que cuando los gerentes hacen RSE comprometen recursos de los accionistas.
    Es fácil ser generoso con lo que no es de uno, argumentan. Son los que
    prefieren empresas con alta rentabilidad, y dueños o directivos que ganen
    mucho y luego habiliten sus propias fundaciones para hacer filantropía.
    El modelo de Bill Gates o de Warren Buffett.

    El punto de partida
    Hay un piso, un punto de partida. La RSE no se puede agotar en cumplir con las
    leyes, pagar los impuestos, atender la legislación laboral. Pero el reclamo
    de la opinión pública es que no dejen de hacerlo. Y si es tan
    generalizado y contundente habrá que convenir en que es porque hay unos
    cuantos empresarios que no cumplen acabadamente con estas condiciones mínimas.
    Sin duda, RSE es más que ese estrecho límite, es esencialmente
    un compromiso voluntario –de ahí que parece poco conveniente que
    el Estado legisle en la materia– donde la empresa debe comprometer más
    esfuerzos por mejorar el clima humano, el ambiente y las relaciones con todos
    los actores sociales.
    Sin embargo hay ya una iniciativa parlamentaria, todavía no tratada en
    el recinto, cuya autoría es de la senadora justicialista por la provincia
    de Buenos Aires, María Laura Leguizamón.
    Por abrumadora mayoría, los empresarios a los que se requiere opinión
    sobre el tema prefieren la discreción respetuosa. No les gusta que un
    tema que consideran esencialmente voluntario se convierta de obligación
    legal.
    ¿Y a qué se refiere el proyecto?
    Se trata de definir el marco jurídico de la responsabilidad social empresaria
    al cual se deberán ajustar obligatoriamente las empresas nacionales o
    extranjeras que actúan en el país que cuenten con más de
    300 trabajadores, las que soliciten financiación de los mercados financieros
    establecidos o que pretendan participar en licitaciones públicas u obtener
    créditos públicos.
    También contempla la creación de un Certificado de Empresa Socialmente
    Responsable. El Ministerio de Salud y Ambiente de la Nación a través
    de la Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable sería la
    autoridad de aplicación de la ley. “Las empresas pueden obtener
    la certificación de responsabilidad social cuando su accionar se ajuste
    a las especificaciones que se establezcan por una norma aprobada por entidades
    de normalización acreditadas oficialmente, tengan declarado formalmente
    su código de conducta, se haya verificado su cumplimiento y no hayan
    incurrido en alguna causa de exclusión de la certificación”.
    La certificación de responsabilidad social otorga el derecho a la empresa
    que la haya obtenido a utilizar públicamente el distintivo de “socialmente
    responsable” con la identificación de la marca de la entidad que
    haya extendido la certificación.
    Si la empresa no cumple con la confección del Balance Social, en los
    casos de que sea legalmente obligatorio, o si se omitiere o falseare información
    relevante para los grupos de interés, queda en infracción. M

    Joel Bakan, el fundamentalista

    En poco más de cincuenta años, el capitalismo moderno promovió
    progreso económico y social. Pero, aun desde adentro, se lo tacha
    de insensible y hasta destructivo. El capitalismo malévolo, pues,
    explota sin frenos el planeta. Es la tesis de Joel Bakan y su libro “The
    Corporation: Pathological Pursuit of Profit and Power
    ”.
    Este docente universitario de la Colombia británica (Canadá
    occidental) empieza exponiendo lo que, a juicio de los fundamentalistas
    de la RSE, es el peligro supremo: “El impulso del sector privado
    a perseguir sin pausa el interés propio, sin parar mientes en sus
    consecuencias sobre otros actores… Hoy, las empresas –como antiguamente
    la religión o la monarquía– dictan qué hacemos,
    vemos, comemos, bebemos o usamos, También influyen en decisiones
    de gobierno que solían ser resortes de la sociedad”.
    No obstante, “irónicamente ese poder, obtenido vía
    globalización comercial o financiera, las torna vulnerables. Las
    compañías hoy generan desconfianza, temores y exigencias
    de supervisión”. Por tanto, tratan de mejorar su imagen presentándose
    como socialmente responsables; pero, en la óptica de Bakan, “la
    RSE es mayormente un fraude. Meramente, una manera de congraciar el capitalismo
    con un público donde impera la sospecha”.