El dilema de Caputo: bajar tasas ya no alcanza para reactivar la economía
La política monetaria comenzó a flexibilizarse, pero el crédito sigue caro y la actividad continúa estancada. Un informe del IIEP-UBA sostiene que el Gobierno enfrenta una disyuntiva cada vez más visible: profundizar la desinflación o impulsar el crecimiento.

Durante buena parte de 2024, la estrategia económica del Gobierno se apoyó en una premisa sencilla: estabilizar primero, crecer después. La reducción de la inflación era el objetivo prioritario y las altas tasas de interés actuaban como uno de los principales instrumentos para absorber liquidez y contener la demanda.
Pero la economía empezó a enviar señales distintas.
La actividad dejó de recuperarse al ritmo esperado, el consumo volvió a mostrar debilidad y los indicadores de confianza comenzaron a deteriorarse. Frente a ese escenario, el Banco Central inició un proceso gradual de relajación monetaria que redujo significativamente las tasas del sistema financiero. Sin embargo, según el último Informe de Coyuntura Macroeconómica del IIEP-UBA, el resultado está lejos de ser el esperado: las tasas que pagan los bancos por la liquidez bajaron, pero las que cobran a empresas y familias siguen siendo elevadas.
La consecuencia es que la economía permanece atrapada en una situación incómoda: el crédito no se expande lo suficiente como para impulsar el crecimiento y la inflación tampoco termina de converger a niveles bajos.
El cambio silencioso del Banco Central
Desde mediados de 2025 el BCRA abandonó progresivamente los mecanismos que utilizaba para fijar una tasa de referencia explícita.
La eliminación de las LEFIS provocó inicialmente una fuerte volatilidad en el mercado monetario. Posteriormente, la autoridad monetaria comenzó a intervenir indirectamente mediante operaciones de liquidez y cambios regulatorios en los encajes bancarios para estabilizar las tasas. Más recientemente, avanzó en sentido contrario: redujo exigencias de encajes, flexibilizó su integración y habilitó mecanismos para que los bancos obtengan liquidez al cierre de cada jornada.
El efecto fue inmediato.
Las tasas interbancarias descendieron hasta niveles cercanos al 20% nominal anual y mostraron mucha menor volatilidad. También cayeron los rendimientos de las letras del Tesoro, que comenzaron a ubicarse incluso por debajo de la inflación esperada.
En otras palabras, el costo del dinero bajó.
Pero el crédito siguió sin acompañar.
El problema está en los bancos
El informe identifica una anomalía que explica buena parte de la situación actual.
Mientras las tasas para adelantos empresariales y descuentos de documentos descendieron de manera significativa, los préstamos destinados a familias —personales, prendarios y tarjetas de crédito— permanecieron prácticamente sin cambios.
La razón es el aumento de la morosidad.
La irregularidad de la cartera crediticia de los hogares alcanzó el 11% en febrero, uno de los niveles más elevados de los últimos años. Frente a ese riesgo, las entidades financieras amplían los márgenes entre el costo de fondeo y la tasa final que cobran a los clientes para proteger su rentabilidad.
La consecuencia es una segmentación creciente del mercado financiero.
Las empresas encuentran condiciones relativamente más favorables para financiarse, mientras que las familias siguen enfrentando costos muy elevados para acceder al crédito.
Esto limita uno de los principales canales mediante los cuales una reducción de tasas debería traducirse en mayor actividad económica.
La economía pierde impulso
Los datos de actividad incluidos en el informe ayudan a entender por qué el Gobierno comenzó a modificar sus prioridades.
El EMAE registró una caída desestacionalizada de 2,6% en febrero. La producción industrial retrocedió 4% mensual y la construcción cayó 1,3%. Los salarios reales volvieron a mostrar deterioro y la confianza de los consumidores se mantiene débil.
Para los investigadores del IIEP, estos indicadores sugieren que el objetivo de crecimiento empezó a ganar peso dentro de las decisiones de política económica.
El informe sostiene que la prioridad oficial ya no parecería estar exclusivamente centrada en la inflación. La desaceleración de los precios perdió intensidad hace más de un año y los costos económicos y políticos de seguir profundizando el ajuste monetario podrían ser crecientes.
A ello se suma un contexto internacional menos favorable, marcado por el aumento de los precios energéticos, que dificulta continuar reduciendo la inflación sin afectar aún más la actividad.
El crédito ya no empuja
Durante 2024 y 2025 el crédito al sector privado había mostrado una recuperación notable, con expansiones reales interanuales de 57% y 42%, respectivamente.
Ese impulso parece haber llegado a un techo.
Según el informe, el volumen total de préstamos se estabilizó recientemente y continúa por debajo de los máximos observados entre 2017 y 2018.
La señal es relevante porque revela que la flexibilización monetaria no está generando el efecto multiplicador esperado.
Si el crédito no se expande, la baja de tasas solo puede estimular la economía mediante otros mecanismos, como una reducción del ahorro o una mayor demanda de activos reales.
Y allí aparece un riesgo conocido por la Argentina.
El regreso del viejo dilema
Con tasas reales negativas y rendimientos financieros inferiores a la inflación, los ahorristas podrían optar por consumir más, invertir o comprar dólares.
El informe advierte que la tercera alternativa es la más probable en un contexto donde las expectativas de devaluación se acercan a los rendimientos ofrecidos por los instrumentos en pesos.
Si eso ocurriera, el tipo de cambio podría subir, mejorando la competitividad de los sectores exportadores y favoreciendo la actividad.
Pero esa mejora tendría una contrapartida inmediata: más inflación.
Allí reaparece el dilema clásico de toda política monetaria.
Estimular el crecimiento implica aceptar mayores riesgos inflacionarios. Profundizar la desinflación implica resignar actividad.
La conclusión del informe es contundente: la relajación monetaria impulsada por el Banco Central todavía no logró trasladarse a la economía real. La elevada morosidad de los hogares mantiene restringido el crédito y limita la capacidad de las tasas más bajas para reactivar el consumo. Mientras tanto, el Gobierno enfrenta una decisión cada vez más difícil de postergar: elegir entre acelerar el crecimiento o preservar el proceso de estabilización.
Fuente: Informe de Coyuntura Macroeconómica N.º 13, IIEP-UBA/CONICET, abril de 2026.
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