Por Rubén Chorny
Javier González Fraga
Foto: Gabriel Reig
Hasta antes que estallara la crisis de confianza en las mediciones de inflación del Indec con la venta masiva de bonos ajustables, nadie se atrevía a poner en duda los éxitos económicos del gobierno de Néstor Kirchner.
Hubo sí toques de atención: la falta de energía al llegar los primeros fríos, los casos de corrupción que salpicaron su administración, como Skanska y el bolso de Felisa Miceli, y más recientemente la valija con dólares del Aeroparque. Y la aparente colisión entre el fogoneo oficial al crecimiento y la ascendente inflación que se viene reprimiendo y disimulando “a los ponchazos”, pero sólo para especialistas.
Bastó que llegara la ola de bajas en los mercados del mundo, originada en la especulación inmobiliaria en Estados Unidos, para que el riesgo país argentino quedara al desnudo en 500 puntos, por encima de un Brasil, Chile o México.
Y las dudas emergieron de plano:
A las puertas mismas del relevo presidencial, ¿quedó herida la credibilidad en el modelo económico o en sus ejecutores? ¿Hay margen para una concertación que sostenga los pilares de crecimiento y permita acordar la estabilidad, como propone la candidata oficialista Cristina Fernández de Kirchner?
Javier González Fraga sabe lo que es gestionar la economía desde un Gobierno. Y también conoce el otro lado del mostrador: cómo piensan y sienten los hombres de negocios en el momento de tomar las decisiones. Ha sido, por mucho tiempo, asesor de empresas y bancos, él mismo fue dueño de un emprendimiento agroindustrial y hoy se puso el atuendo de político.
Está en plena alquimia de su personalidad pública. Incorporó una impronta de político que le era desconocida para trabajar en la campaña electoral para la coalición que propone a Roberto Lavagna como presidente.
–¿Qué posibilidades reales existen de encarar un pacto social para después de las elecciones?
–La Argentina tiene una larga historia de pactos sociales fracasados. Lo importante de un pacto social es que sea compartida la visión de país por parte de los líderes sociales, políticos, sindicales y empresariales. Y eso sólo se logra a partir de una situación de crecimiento con estabilidad. En un contexto de inflación reprimida, subsidios cruzados, pobreza extrema e inequidad social, no es posible un pacto exitoso. El pacto social debería ser la conclusión de un proceso exitoso para darle continuidad y previsibilidad. Sino, es un pacto entre unos pocos para seguir lucrando a costo de los demás.
–El tema de la concertación que lanzó la candidata Cristina Kirchner no es privativo de la Argentina. Frank Levy y Peter Termin, del MTI, rescatan este debate con vistas a las elecciones en Estados Unidos, remitiéndose a la anualización de pautas, tales como salarios, inflación y programas sociales, que se hicieron en la posguerra, para generar productividad en ese lapso acordado de paz social…
–Las situaciones de posguerra no son trasladables a los países que no han tenido guerras. Yo creo que el Gobierno debe defender los intereses de los que menos tienen, crear condiciones para que aumente la productividad y distribuir equitativamente esos beneficios. En Estados Unidos, los impuestos se pagan y los cheques tienen fondos, porque de lo contrario se va a la cárcel; no porque sus habitantes sean mejores personas.
Volatilidad de los mercados
–¿Prevé que las turbulencias actuales en los mercados financieros se mantengan en el tiempo y se dé por cerrado, en consecuencia, el actual ciclo expansivo mundial?
–Parecería que todavía no terminaron las turbulencias. Hay que ver dónde se estacionan los valores de los inmuebles, tanto en EE.UU. como en Europa, y cómo quedan los grandes bancos.
–¿Está de acuerdo con el modo en que se está piloteando esta crisis en la Argentina?
–Me pareció acertado que hayan elevado la banda de flotación del tipo de cambio, ya que había que darle un poquito de volatilidad a la cotización de nuestro peso. Para las tasas de interés tendría mucha importancia la regularización del Indec, porque si se miran los bonos brasileños contra los nuestros, desde comienzos de año, la gran diferencia está en 200 puntos adicionales de riesgo país que estamos pagando, cuyo costo es de US$ 100 millones anuales.
–¿El motivo?
–Es por los desastres hechos en el Indec. Por el resto, es muy difícil ir en contra de la huida hacia calidad cuando los mercados mundiales tiemblan. No lo logran evitar Brasil ni México, tampoco podrá la Argentina. Sí se pueden evitar las complicaciones locales, como consecuencia de que el Indec no reconoce la inflación real de 15%, lo cual le ha hecho perder calidad a nuestros bonos.
–¿Podrá mantenerse en un clima inestable, externa e internamente como el actual, una política de dólar alto y, a la vez, bajar la inflación sin afectar salarios?
–La política de dólar alto otorga capacidad competitiva favorable para la industria. La inflación depende más de la política fiscal que de la cambiaria. Lo que estamos viendo en los últimos dos años, justamente, es que se está debilitando el superávit fiscal y se está apreciando la moneda a un ritmo mayor que lo que el Gobierno admite, porque no reconoce la inflación de 15%. El salario sólo evidencia que cae cuando en el consumo aparecen los viajes al exterior o los productos importados. Hubo una recuperación del salario real de la mano del dólar alto muchísimo más fuerte que la miseria que generó el dólar barato como consecuencia de la desocupación.
–¿Cree que soja y superávit fiscal son pilares suficientes para el crecimiento económico?
–Hoy la soja o las exportaciones agrícolas no están entre las tres primeras causas de crecimiento. La primera es el consumo, la segunda es la inversión. Es matemático. Surge de cuánto pesa cada factor de demanda. Inclusive, el comercio exterior en su conjunto está dejando de ser un factor de crecimiento, porque las importaciones crecen más que las exportaciones. Si el superávit comercial se mantiene en US$ 10.000 millones, en una economía que crece y con cierta apreciación cambiaria, quiere decir que como factor neto está bajando.
–¿Qué importancia asume el comercio con China en la actual tendencia?
–No podemos sólo sentarnos a despachar soja a los chinos, porque ahí ya estamos teniendo un déficit comercial y, según el ministro Peirano, un problema en puerta. Hay que ver si nos siguen comprando soja si no les dejamos entrar los juguetes. Ya estamos teniendo con ellos déficit comercial y de estructura social. Si no se dejan entrar las importaciones va a haber más inflación. Los chinos nos sacan empleos porque nos venden productos con valor agregado como son juguetes, textiles, electrónica, autos, y esto tendremos que compensarlo, en lugar de exportar tanta soja, transformándola en pollos, carne, lácteos. A China o al resto del mundo.
–¿Cómo condicionarán la inflación y la escasez de energía los planes del Gobierno que asuma?
–Con inflación y sin energía no hay inversiones posibles y se detiene el crecimiento. Hace falta enfrentarlos con políticas fiscales, sin apreciación cambiaria ni restricción monetaria. Y mientras se amplía la oferta energética, deberíamos asumir la crisis e implementar un programa de uso racional de energía.
El eje energético
–¿Las inversiones en energía serán la clave del futuro Gobierno?
–De estar en el orden de 21% del PIB, la inversión debería acercarse al 24 / 25%. Las Pyme venían bien hasta el año pasado, pero en este las afectó la falta de energía. El otro 4% de inversión en danza (podemos hablar de US$ 10.000 millones por año) es lo que el país está precisando en infraestructura (las autopistas, puertos, y energía, que por sí sola necesita US$ 3.000 millones) que requerirá renegociar los contratos con las empresas privatizadas para volver a tener una corriente de inversión en infraestructura general.
El país tiene un comercio total del orden de US$ 95.000 millones, y el año que viene el monto estará en los US$ 100.000 millones. Se ha duplicado en ocho años. Quiere decir que la economía argentina se está integrando bien al mundo. No se necesita sólo energía, también nos están quedando chicas las autopistas, las rutas están deterioradas en el interior… Hay que hacer más puertos…
–¿Hay margen real para otras inversiones en un mercado de consumo que parece estar cerca de su techo e impulsa más bien la salida de capitales?
–No creo que estemos cerca del techo del consumo. No se puede mirar exclusivamente a la clase alta. Nuestros niveles de crédito son aún bajos. Todavía es posible generar más empleo a través de las Pyme, combatir la pobreza, estimular la actividad productiva y aumentar la competitividad de nuestra industria y agroindustria.
–¿En qué medida dependerá ese acceso a las inversiones de reinsertar el país en la comunidad financiera internacional?
–Se debería avanzar con el Club de París para poder disponer de financiamiento de importaciones de bienes de capital a tasas razonables. También es importante terminar con las renegociaciones truncas de las empresas privatizadas y las concesionarias, para viabilizar una nueva corriente de inversiones en infraestructura, en desarrollo petrolero y energía más diversificada que la actual. Pero siempre con transparencia, y defendiendo los intereses del país, y no sobre la base de negocios con los amigos de Caracas o de Madrid.
–¿Qué margen habría para negociar inversiones con el capital extranjero hacia las empresas privatizadas?
–Ya nadie le cree al Gobierno cuando dice que en enero va a aumentar las tarifas, porque lo ha prometido diez veces y nunca cumplió. Y la incluyo a la senadora Cristina Kirchner, a quien le fue muy mal en España con las propuestas, ya que se encontró con un grupo de gente que conoce la realidad argentina, a la cual no impresionó con un discurso principista. Cuando le preguntaron específicamente en qué va a cambiar la política que vino aplicando el marido, no pudo responder nada.
–¿Es a esta altura excluyente el aumento de tarifas para atraer inversiones en el área energética?
–La cuestión no pasa sólo por un aumento de las tarifas, sino por una negociación seria, en la que debe ponerse sobre la mesa el plazo de la concesión, las tarifas y las inversiones a realizar. Hoy la Argentina es un país más atractivo que en 2002, porque el PIB es 50% mayor en dólares.
–Pero hay sectores sociales que se verían afectados si la solución a la crisis energética partiera de un ajuste de las tarifas…
–Debe respetarse la tarifa social. Hay un sector de la población que ha sido beneficiado con la mejor distribución del ingreso y otro muy grande que no podría afrontar tarifas rentables, retributivas. Pero, actualmente, por otro lado, tampoco es justo que esos sectores que menos tienen paguen la garrafa de gas siete veces más cara que los que estamos conectados a la red. Es una terrible inequidad.
–¿Y para qué sirvieron entonces los subsidios?
–A veces uno oye quejas de clase alta sobre los planes jefas y jefes que reciben los pobres. Hice esta cuenta: cada vez que una 4 x 4 carga 80 litros de gasoil estaría recibiendo un subsidio equivalente a un plan jefes y jefas (150 pesos), si se midiera lo que paga en el surtidor contra el precio al que se carga, no digo en Europa, sino en Chile o Brasil. Contra Uruguay todavía daría peor.
–Volvemos al principio: ¿Asumirá la distribución del ingreso un rol clave en cualquier Gobierno que asuma?
–Este Gobierno ha fracasado en mejorar la distribución del ingreso, más allá de la recuperación inicial, por no tener una política que incentive el incremento del empleo en las Pyme y combata la pobreza sobre la base de construir 1.600.000 viviendas. La política impositiva no genera equidad porque, por ejemplo, beneficia la compraventa de acciones y no las ganancias de las Pyme, a las que podría incentivárseles la desgravación de sus inversiones generadoras de empleo. Para mejorar la distribución se necesitan políticas activas que acompañen el crecimiento con base en un mayor superávit fiscal y, ahí viene la parte ortodoxa, que mantengan la tasa de interés baja y el tipo de cambio devaluado. Hoy esto no se logra con pacto social alguno. M

