Pero la boda nunca llegó a celebrarse. Tal vez intimidado por tanta pompa, el novio huyó de la ciudad la noche anterior.
Esta anécdota sirvió de prólogo al discurso con que el presidente de la compañía AT&T, Robert Allen, inauguró recientemente en Miami el foro sobre oportunidades de negocios e inversión en América latina, convocado por la revista Forbes y el Council of the Americas.
Esa boda malograda, señaló Allen, fue una especie de premonición de lo que ocurriría durante las siguientes décadas con los proyectos de acuerdos hemisféricos: “Logramos algún progreso, pero, en realidad, creamos más nubes de humo que matrimonios”.
Sin embargo, la celebración del foro en el preciso momento en que acababa de aprobarse el Nafta, y el éxito de su convocatoria (asistieron 700 hombres de negocios y altos funcionarios de Estados Unidos y América latina, entre ellos el ministro Domingo Cavallo), pareció un hecho auspicioso en sí mismo.
La sensación predominante en la conferencia fue que Estados Unidos (al que, en la anécdota relatada por Allen, podría corresponderle el papel del novio ausente) comienza a mostrar intenciones serias en su frecuentemente tormentosa relación con el resto del continente.
El renovado interés resulta explicable si se considera que, como señaló Allen, “con excepción de China y algunas de las economías menores del este asiático, ninguna otra región puede exhibir una expectativa de crecimiento promedio de 5% anual”. El flujo de inversiones extranjeras, estimulado por la ola de privatizaciones (ver cuadro), es también notable: US$ 41.000 millones entre 1991 y 1992. Y las importaciones de los países latinoamericanos llegarán a sumar, en el año 2000, alrededor de US$ 170.000 millones.
Todo esto, sumado al cuadro de estabilidad política (ilustrada por el dato alentador de que durante el próximo año se realizarán elecciones en 16 países latinoamericanos), parecería suficiente para que una alianza con la región luzca, a los ojos de Estados Unidos, como una herramienta estratégica para enfrentar las presiones de la competencia internacional.
Y sin embargo, algo falta en la ahora generosa dote latinoamericana. Resulta por lo menos sugestivo que uno de los principales asesores del presidente Clinton en asuntos interamericanos, Richard E. Feinberg, haya expresado en la reunión de Miami la preocupación de Washington -e, indirectamente, de la comunidad de negocios norteamericana- por un tema hasta ahora poco presente en los reclamos de Estados Unidos hacia la región: la cuestión social. Estos fueron los puntos centrales de la exposición de Feinberg ante el auditorio de Miami:
* “La mayoría de las economías latinoamericanas son ahora más abiertas y eficientes. Pero muchas siguen siendo inequitativas, y la falta de oportunidades sociales amenaza con socavar la legitimidad y la solidez de las reformas.”
* “La liberalización debe acompañarse por medidas institucionales que eviten el surgimiento de monopolios privados. Se necesitan organismos reguladores eficientes que supervisen el funcionamiento de servicios recientemente privatizados.
* “En América latina, la defensa de los derechos humanos fue el gran desafío de los `70, la restauración de los procesos electorales constituyó el logro de los `80. Ahora, el interés vital es crear Estados que sirvan a toda la gente.”
