Pareciera que no hay espacio en la Argentina para la polémica, para el
debate de ideas importantes. Es como si las grandes discusiones, con altura
y profundidad, que tanto abundaron en el pasado, no pudieran repetirse. En cuanto
se detecta una discrepancia, el periodismo –y la opinión pública
también– se aprestan a presenciar un combate callejero, con intercambio
de fuertes epítetos si es posible.
Esta actitud no favorece mucho la “calidad institucional”, como diría
el Presidente. No hay visos de cambio, según parece atendiendo a lo que
ocurre en posiciones divergentes del Banco Central y del Ministerio de Economía.
El eje de la polémica es, en verdad, quién tiene poder en el país
para fijar la política monetaria. No es un enfrentamiento nuevo, original
de la flamante administración.
La misma posición de Roberto Lavagna fue sostenida en su momento por
Jorge Remes Lenicov, Domingo Cavallo, José Luis Machinea y Roque Fernández.
Lo que sostiene Alfonso Prat Gay es, en esencia, lo que argumentaban Aldo Pignanelli,
Mario Blejer y Pedro Pou.
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“Un En la Historia de |
En el caso actual –a diferencia del pasado cercano–, no hay divergencias
de fondo en el pensamiento económico de ambos protagonistas. Hay sí,
una discusión seria, importante, esencial que merece plantearse con rigor
y ser definida en pro de la coherencia. Los europeos –y en especial los
alemanes– estarían seguramente proclives a alinearse con Prat Gay.
Muchos economistas internacionales de prestigio y reputación, como el
Premio Nobel Joseph Stiglitz, tomarían partido por Lavagna.
No se discuten pequeñas cuestiones de poder o de figuración. Un
dólar relativamente caro, con modestos niveles de salarios, es hoy prioridad
para el Ministerio de Economía. La flotación del tipo de cambio
y la fijación de objetivos para el nivel de inflación es la meta
del Banco Central.
Tanto Lavagna como Prat Gay saben que lo que piensa el otro es serio y bien
fundamentado pero, a su vez, cada uno cree que su argumento es mejor que el
otro. Si el debate planteado en estos términos se convierte, a través
de la visión del enfrentamiento definitivo, en una agria disputa, nada
bueno podrá esperarse.
El tema de la autonomía del Banco Central es recurrente y tiene singular
relevancia cuando se piensa en reestructurar la totalidad del sistema financiero;
en decidir lo que se hará con las tarifas de servicios públicos;
y en la lucha contra la inflación (o contra la deflación).
En algunos temas, como el reordenamiento del sector financiero, en Economía
y en el nuevo gobierno se confía en Prat Gay, pero se teme que “la
línea”, los directivos de carrera, responda demasiado dócilmente
a los intereses del sector. Sin tapujos, se cree que muchos funcionarios clave
del ente emisor son en verdad “caballos de Troya”.
El antecedente del Bundesbank
Cuando en Francia se designó presidente del Banco Central, el elegido
preguntó al titular del legendario Bundesbank de Alemania, cómo
se hacía para preservar la independencia ante el poder político.
La respuesta fue concisa y directa: “Tener un gran pleito con el Ejecutivo,
y ganarlo”.
Tal vez Alfonso Prat Gay conoce la historia y decidió que era bueno colocarse
de inmediato en el centro del ring. O tal vez solamente fue falta de experiencia,
inocencia o un comentario desafortunado sobre el valor del dólar. Así
prefirieron juzgarlo –por el momento – en el Palacio de Hacienda y
en la misma Casa Rosada. Pero no es un tema terminado.
(Según la agencia Bloomberg, Alfonso Prat Gay dijo que el llamado del
presidente Néstor Kirchner por un peso más débil es “un
enorme disparate” y que incluso hablar sobre una meta para el valor de
la moneda podría afectar su credibilidad. “Nos dijo que le gustaría
un dólar a tres pesos, lo cual en este ambiente uno podría decir
que es un enorme disparate”, dijo Prat Gay en un desayuno patrocinado por
los Amigos de la Universidad Hebrea en Jerusalén con sede en Buenos Aires.)
A lo mejor, quien en realidad conocía el consejo del presidente del Bundesbank
era el propio Néstor Kirchner. Aunque para muchos pareció incomprensible,
la decapitación de la cúpula militar fue un gesto –exitoso–
de poder impensable en quien, supuestamente, debía sentirse débil
por haber logrado solamente 22% de los sufragios. Lo cierto es que el flamante
presidente ganó el primer conflicto y su autoridad se vio fortalecida.
Por la misma razón, la lógica implícita en el planteo de
Prat Gay es difícil que sea olvidada por los protagonistas. Inevitablemente
reaparecerá el enfrentamiento.
Entre tanto, hay que ocuparse de otros temas. De un lado, el renovado fantasma
de la deflación a partir de un indicador del mes de mayo. La cifra es
real, pero obedece a otras razones de modo que no hay que temer que se acentúe
la recesión. Aunque moderado, sigue habiendo crecimiento económico.
Otra vez, ese fatídico desayuno donde Prat Gay hizo sus polémicas
declaraciones, se adueñó de la escena. Afirmó en aquel
momento, que “desde el punto de vista de la política monetaria,
un índice negativo de inflación es mala noticia, así como
un índice muy alto de inflación es mala noticia también”.
Para Roberto Lavagna, la inflación minorista se encuentra en una tendencia
convergente con los precios mayoristas, que no debe confundirse con el triste
espectáculo de deflación y recesión registrado durante
los últimos años del régimen de convertibilidad.
Al abrir las Jornadas Monetarias y Bancarias que organizó el Banco Central,
su titular creyó conveniente recordar que “es función del
Central preservar el valor de la moneda”. La lectura fue que era una manera
de replicar a la creación de la Unidad de Reestructuración del
Sistema Financiero (URSF), el organismo cuya conducción deberá
compartir con Economía para regular el futuro de los bancos.
Como mencionó el diario La Nación, Prat Gay recordó: “Lenin
dijo ‘si quieres destruir al capitalismo, empieza por destruir la moneda’”.
Cuando parecía que las aguas se aquietaban, apareció otra turbulencia.
Aparentemente, en una entrevista concedida a la revista Debate, Prat Gay sostuvo
que era urgente abordar el espinoso tema del aumento de las tarifas en los servicios
públicos. También dijo que se perdió una oportunidad de
negociar la deuda externa con una importante quita hace unos meses, cuando los
acreedores estaban dispuestos a concederla dada la gravísima situación
que atravesaba el país.
Este segundo comentario parece absolutamente inconveniente: el manejo de la
negociación sobre la deuda externa no es resorte del Banco Central. En
cambio, la mención al atraso en las tarifas parece perfectamente justificada
si se repara en que no sería posible fijar metas de inflación
si está oculta o reprimida. Y esto sí es competencia del organismo.
En definitiva, en este clima, cualquier chisporroteo puede producir un incendio.
Habrá que estar vigilante. M
