Después de la Segunda Guerra Mundial se aceptó como principio
general que las políticas públicas debían orientarse y
concentrarse en lograr pleno empleo, en domeñar la inflación –al
nivel más bajo posible–, y en lograr equilibrio fiscal; es decir
que el gasto público estuviera en línea con los ingresos, soslayando
la aparición de un déficit peligroso.
Desde entonces, el debate y la acción se desarrollaron sobre estas tres
líneas. En tiempos recientes se enfrentó el gasto excesivo, reduciendo
el tamaño del Estado con la pretensión de hacerlo más eficiente.
Ahora irrumpe una nueva idea: el marco de las políticas públicas
debe comprender inexorablemente a la inclusión social. Es la respuesta
teórica a lo que se percibe como efectos perniciosos del mercado: marginalidad,
falta de equidad y la temida exclusión social.
Hay que admitir que los tres principios macroeconómicos discutidos durante
décadas eran más fáciles de definir que esta ambigua noción
de inclusión social. Pero también es cierto que las corrientes
de pensamiento dominantes durante tanto tiempo fallaron en encontrar respuesta
a la exigencia ciudadana de mayor participación y de mejor autoridad
y credibilidad del sector público.
La globalización, la noción de una democracia liberal y de la
plena vigencia del mercado, imprimieron una dinámica distinta y oscurecieron
la visión sobre cuál era la competencia central del ámbito
público.
Es probable que los globalifóbicos –como los que destruyen locales
de McDonald’s en distintas capitales– sean olvidados en poco tiempo.
Pero como el tiempo había llegado, su exasperación demostró
la adhesión lograda en gran parte de la población mundial que
rechazaba una concepción fundamentalista del mercado. Muchas voces importantes
en el plano académico –como Joseph Stiglitz, Paul Krugman y Dany
Rodrik– reclaman reducción de la pobreza, mayor equidad y un nuevo
papel para el Estado en la articulación de la economía. Un clima
de moderado reformismo parece impregnar el actual debate.
Hay una brecha evidente entre las metas del neoliberalismo y la conveniencia
de amplia cohesión social. Tal vez no alcance con las renovadas propuestas
por un Nuevo Consenso de Washington.
La consecuencia natural es que hay que repensar la esfera de lo público.
En vez de repetir, como hacían Margaret Thatcher y Ronald Reagan, que
“no hay alternativa”, parece llegado el momento de asegurar que “hay
una enorme variedad de alternativas”.
En términos conceptuales, la inclusión social es el estado de
cosas que permite a todos los ciudadanos acceder a los beneficios sociales,
económicos y políticos de la sociedad de formal tal que puedan
desarrollar su potencial.
En palabras del economista francés Jacques Attali el Estado y la sociedad
civil deben construir “santuarios fuera de la lógica del mercado”.
Ésta es la naturaleza del debate en el que estamos inmersos.
¿Hubo acaso una -“nueva economía”?
La denominación se hizo popular en la segunda mitad de la década
pasada. Como todas las expresiones que se ponen de moda en algún momento,
aludía a una variedad de ideas y conceptos.
Se pueden detectar al menos dos acepciones para caracterizarla.
1) Con ella se aludía al fenómeno de Internet, al nuevo modelo
de negocios concebido a partir de la Web. Mike Kelly, el ex director de Wired
escribió un libro con ese título. Sostenía que en el tránsito
de los átomos a los bytes, del mundo de ladrillos al virtual, las nociones
de valor, de precio y todos los conceptos centrales de la ciencia económica
adquirían una flamante dimensión. Antes aun del colapso de las
punto com y de que la caída bursátil que la acompañó
fuera visible, importantes economistas con sólidos conocimientos de tecnología,
invalidaron esa interpretación. La economía es la misma, la de
siempre, sostuvieron, con características originales en muchos casos.
Pero todavía los conceptos básicos del saber daban cuenta de esos
fenómenos.
2) Por “nueva economía” debía entenderse algo inédito
en la historia del pensamiento económico. Las ideas dominantes celebraban
el crecimiento ininterrumpido de la economía –que duró diez
años en Estados Unidos– y por un momento sospecharon que había
llegado el fin de los ciclos económicos (del auge a la depresión,
para luego retomar la senda del crecimiento). El fin de la burbuja y la recesión
–incluso antes del 11 de septiembre negro de 2001–, hicieron añicos
esa ilusión.
Para otros actores económicos –en especial para Alan Greenspan,
titular de la Reserva Federal– el corazón del concepto era el importante
incremento en la productividad, originado en la explosión de inversiones
concentradas en tecnologías de punta (especialmente informática)
que desató un crecimiento de ese indicador, nunca igualado desde la “era
de oro” de la década de los años ’60.
Ahora que los índices demuestran que la productividad dejó de
crecer al mismo ritmo (está en el nivel de los ’70 y los ’80),
el dato ha pasado casi inadvertido o por lo menos no ha suscitado polémica
alguna. Si esta tendencia persiste, la famosa “nueva economía”
habrá pasado a ser un momento de auge pasajero.
El consenso de los proponentes del nuevo dogma exigía que hubiera una
tasa de crecimiento de la productividad de 2,5% anual. Con ese ritmo, el nivel
de vida de la población se duplica en 25 años.
Pero la vieja economía sigue imponiendo su lógica, los ciclos
económicos siguen rigiendo y los negocios siguen dando sorpresas. Los
éxitos glamorosos de las punto com dan paso a escándalos de fraude
incesantes. Y la productividad, el último sostén de la “nueva
economía”, ha colapsado.
Revolución centenaria
La empresa Ford cumplió 100 años, un jalón significativo
en la vida de una marca. Pero es también el centenario de una revolución
de tremenda importancia en más de un aspecto. Liberó a la gente
común de las limitaciones impuestas por la geografía. Al hacerlo,
transformó de modo profundo a la civilización occidental primero,
y al resto del mundo, progresivamente.
Más allá de todos los inconvenientes que se le imputen al automóvil,
permitió la movilidad personal, la emigración –primero–
a las ciudades formando enormes metrópolis, y la desconcentración
de las grandes urbes –después– dando paso al nacimiento de
las ciudades satélites en la periferia, y al acceso masivo al descanso
y la recreación.
Para muchos historiadores y pensadores de management, Ford incorporó
una nueva manera de producir –la línea de montaje– que fue
todo un modelo de desarrollo industrial y que dio lugar a organizaciones jerarquizadas,
donde cada integrante tenía un papel que cumplir. La corriente de pensamiento
dominante en la gestión empresarial construyó su teoría
durante la primera mitad del siglo XX en respuesta a esta concepción,
y durante la otra mitad se dedicó a contradecirla, pero siempre teniéndola
como punto de partida.
Puede decirse sin exagerar que Ford hizo nacer la sociedad de consumo, donde
los productos se planificaban para alcanzar su obsolescencia en determinado
tiempo, al par que hacía surgir la noción de crédito personal
para el consumo.
No fue menor la revolución cultural que trajo aparejada: una nueva concepción
del uso del tiempo libre, del entretenimiento y el surgimiento de nuevos formatos
comerciales impensables antes de que surgieran los modelos A y T.
La magia de Henry Ford no reside en haber inventado el automóvil, ya
que tuvo muchos e importantes antecesores en ese campo. Lo que lo distinguió
y le ganó un lugar en la historia fue su visión. Un auto para
todo el mundo, tan barato que pudiera ser accesible a todos los niveles socioeconómicos.
Por primera vez los granjeros estadounidenses, un segmento de la población
entonces significativo, tuvieron acceso a un instrumento liberador, a la par
que a una herramienta productiva. El resultado fue la integración territorial
del vasto continente, de océano a océano, y lo que es socialmente
relevante, una más equitativa distribución del ingreso.
No faltará quien recuerde la sátira de Charlie Chaplin en Tiempos
Modernos a la línea de montaje y a la deshumanización de la labor
humana. Pero nadie podrá ignorar, desde la perspectiva histórica,
la colosal incidencia de Ford sobre la vida cotidiana de los habitantes de este
planeta.
Ford es mucho más que una marca de primer nivel. Tuvo un papel histórico.
Algo que puede ser el sueño de muchas compañías y que seguramente
desvela a Bill Gates, de Microsoft.
Modas en las ideas sobre la empresa
Es un período que extrañan los editores de libros, las escuelas
de negocios y las revistas del género. Durante las últimas dos
décadas hubo una fiebre productiva que hizo surgir docenas de nuevas
teorías sobre la conducción y la gestión de la empresa.
En una competencia sin igual, escritores, académicos y consultores produjeron
éxitos de librería y los empresarios y directivos, ávidos
de recetas –cuanto más mágicas mejor– consumieron el
producto con deleite.
Así se sucedieron resonantes trabajos sobre calidad total –uno de
los escasos tópicos cuya vigencia persiste–, reingeniería,
el nuevo modelo de negocios en
e-commerce, benchmarking, liderazgo y tantos otros que prometían la solución
final.
Lo distintivo de estos primeros años del siglo es la ausencia de modas
efímeras en la literatura de uso empresarial. En consonancia, las grandes
firmas internacionales de consultoría, por primera vez en mucho tiempo,
comprueban que la oferta excede a la demanda; los posgrados en negocios tienen
menos alumnos, y la venta de libros del género ha caído en 30%
con respecto al nivel de hace una década.
Es una retirada económica e intelectual, a la vez. La explicación
más sencilla es que la gerencia en todo el planeta se enfrenta ahora
a los retos de la recesión, amenazas externas –como el terrorismo
o las epidemias–, y al colapso bursátil como para prestar atención
a ideas nuevas o maquilladas.
Falta el clima de entusiasmo emocional de antaño para abrazar nuevos
conceptos con fe de cruzado. ¿Es el fin de las modas, o hay margen aunque
sea para una o dos ideas fuerzas que cautiven a los ejecutivos en estos tiempos
difíciles?
Lo usual era que cuando una teoría perdía su encanto, de inmediato
había otra dispuesta a ocupar su lugar.
Otro aporte importante es el caso Enron, y todos los escándalos corporativos
que le sucedieron. De la ilusión se pasó a la comprobación
del fraude generalizado. Pero no hay que exagerar: la reacción contra
el exceso teórico en management apareció años antes de
que se descubriera la imaginación contable de importantes firmas. Hay
un ejemplo que se cita en los medios académicos: AT&T invirtió
US$ 100 millones anuales durante toda la década pasada en servicios de
consultoría variados, mientras seguía destruyendo valor para los
accionistas.
Esta reacción, ¿es positiva o negativa? Depende. De una parte,
el uso de técnicas de gestión para innovar y mejorar sigue siendo
una ventaja competitiva. De la otra la ausencia de modas puede interpretarse
como un tiempo en que, después del exceso, se recupera el equilibrio
y las buenas ideas serán valoradas y las malas ignoradas.
El gran interrogante es: ¿volvemos a una época donde la teoría
de management se cocina lentamente, sin estridencias; o la ausencia de modas
es simplemente otra moda y pronto se retornará a la profusión
de nuevas y atractivas ideas?
Si la historia es una buena guía sería poco prudente descartar
una nueva era en que otra vez florezcan las modas teóricas con legiones
de seguidores.
La economía latinoamericana
Una modesta recuperación económica se insinúa en la región,
después de superar la peor recesión desde la crisis de los años
’80. Hubo un momento de incertidumbre con la guerra de Irak, pero su corta
duración hizo que el temor desapareciera. El impacto del conflicto en
materia de inversiones extranjeras, exportaciones y fluctuaciones en el precio
del petróleo, parece mínima.
Los pronósticos de crecimiento para mediados de este año, sin
embargo, acusaron el impacto y son menores a los esperados. Ahora se espera
mayor mejoría hacia finales de año; probablemente de 3%, aunque
la Argentina se sitúe entre 5 y 6%.
La economía regional es dependiente de lo que ocurra en Estados Unidos
y, en menor medida, en la Unión Europea. Pasado el temor de las consecuencias
de la guerra en Medio Oriente, ahora todo dependerá de la marcha –crecimiento
o estancamiento– de la economía estadounidense y de mayor nivel
de actividad en Europa. Ambos frentes no lucen muy promisorios. Pero la debilidad
del dólar frente a otras divisas importantes favorece las exportaciones,
siempre que se puedan mantener las importaciones bajo control. M
