El superávit externo del trimestre no despeja la tensión del dólar

La balanza de pagos cerró el cuarto trimestre de 2025 con un superávit de cuenta corriente de US$ 2.294 millones. Pero el año terminó con un déficit de US$ 7.582 millones, en una economía que volvió a crecer, importó más y siguió dependiendo del reordenamiento cambiario para evitar un desbalance mayor.

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La fotografía del cierre de 2025 ofrece un alivio, pero no una solución. Según el Indec, la cuenta corriente de la balanza de pagos registró en el cuarto trimestre un superávit de US$ 2.294 millones, impulsado por un saldo positivo de bienes de US$ 6.283 millones y por un ingreso secundario superavitario de US$ 777 millones. Ese resultado compensó parcialmente los déficits en servicios, por US$ 1.813 millones, y en ingreso primario, por US$ 2.953 millones. 

El dato trimestral, sin embargo, convive con un balance anual menos cómodo. A lo largo de 2025, la cuenta corriente acumuló un déficit de US$ 7.582 millones. El año cerró con un superávit de bienes de US$ 15.359 millones, pero ese excedente fue erosionado por un déficit de servicios de US$ 11.234 millones y por pagos netos de ingreso primario por US$ 13.900 millones. 

La lectura económica del informe es clara. El sector externo dejó de ser el colchón amplio que había mostrado en 2024. El superávit comercial siguió existiendo, pero fue más chico, mientras la recuperación de la actividad y la normalización del mercado cambiario reactivaron importaciones, turismo y pagos de rentas. El resultado fue una economía que volvió a moverse, pero que también volvió a demandar más divisas.   

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Actividad más alta, demanda externa más exigente

El comportamiento del nivel de actividad ayuda a entender el cambio. El EMAE de diciembre de 2025 mostró un crecimiento interanual de 3,5% y una suba desestacionalizada de 1,8% frente a noviembre. En el acumulado del año, la actividad avanzó 4,4%. Pero ese rebote fue heterogéneo: el agro y la intermediación financiera empujaron hacia arriba, mientras la industria manufacturera cayó 3,9% interanual en diciembre y el comercio retrocedió 1,3%. 

Ese patrón aparece reflejado en la balanza de pagos. Las exportaciones de bienes crecieron en 2025 hasta US$ 87.152 millones, pero las importaciones subieron más en términos absolutos y alcanzaron US$ 71.793 millones. El saldo positivo de bienes cayó US$ 7.045 millones frente a 2024. El propio Indec atribuye esa merma, sobre todo, al efecto cantidades: el volumen importado avanzó más que el exportado. 

La relación entre actividad y sector externo vuelve así a una lógica conocida en la Argentina. Cuando la economía sale de la recesión, la demanda de insumos, bienes de capital y productos finales del exterior crece con rapidez. En diciembre de 2025, el intercambio comercial cerró con un superávit de US$ 1.892 millones, y el año mostró exportaciones por US$ 87.077 millones e importaciones por US$ 75.791 millones, con una suba interanual de 24,7% en las compras externas. 

Ese aumento no es, en sí mismo, una anomalía. Es, más bien, una señal del repunte de la actividad. El problema aparece cuando ese rebote convive con una estructura productiva que todavía no genera suficientes dólares netos para sostener un crecimiento prolongado sin presión cambiaria.

El tipo de cambio volvió a ordenar, pero no resolvió

En este punto entra la otra variable central: el tipo de cambio. El informe del BCRA sobre política monetaria señaló que en el cuarto trimestre de 2025 las exportaciones alcanzaron niveles récord y que las importaciones se moderaron tras la suba del tipo de cambio real. El mismo documento agrega que durante 2025 el tipo de cambio nominal aumentó 41% y que la flexibilización cambiaria elevó el tipo de cambio real. 

Ese cambio de precios relativos ayudó a recomponer el frente externo en la segunda mitad del año. El cuarto trimestre mostró, precisamente, el primer saldo claramente superavitario de cuenta corriente dentro de un año que había comenzado con una dinámica más expansiva del gasto privado. No casualmente, el BCRA también observó que el resultado anual deficitario respondió al peso del primer semestre.   

La mejora, de todos modos, tiene límites visibles. El déficit de servicios siguió creciendo por el rubro viajes. Solo en el cuarto trimestre, la cuenta viajes mostró un rojo de US$ 891 millones, US$ 216 millones superior al de igual período de 2024. En el total del año, el déficit de viajes escaló a US$ 7.221 millones. Es decir: una parte relevante de los dólares que ingresan por exportaciones vuelve a salir por turismo y consumo de servicios en el exterior. 

A eso se suma el peso estructural del ingreso primario. En 2025, la renta de la inversión y los intereses implicaron una salida neta de US$ 13.900 millones. Allí aparece una restricción más persistente que la comercial: aun con un saldo favorable en bienes, la economía debe afrontar pagos al exterior por deuda, utilidades e intereses. 

Reservas, deuda y la señal de fondo

La cuenta financiera del cuarto trimestre mostró un egreso neto de capitales de US$ 1.850 millones. Aun así, la posición de inversión internacional neta del país siguió siendo acreedora en US$ 48.454 millones al cierre de diciembre. En paralelo, la deuda externa bruta a valor nominal residual ascendió a US$ 320.305 millones. El dato relevante es que el aumento trimestral del endeudamiento se explicó en gran medida por el gobierno general. 

También hubo una mejora de reservas. El Indec informó que los activos de reserva cerraron diciembre en US$ 41.094 millones. Por su parte, el BCRA reportó que las reservas internacionales terminaron diciembre en US$ 41.167 millones y atribuyó la suba mensual a colocaciones de deuda, desembolsos de organismos y compras de divisas del Tesoro.   

Esa combinación define el cuadro general. El sector externo mejoró en el margen gracias al reordenamiento del tipo de cambio real, a una cosecha fuerte y a mayores exportaciones. Pero la recuperación del nivel de actividad reabrió, casi de inmediato, la demanda de importaciones. Y el peso de servicios, turismo, intereses y deuda mostró que el problema argentino no se agota en la balanza comercial.

El cuarto trimestre dejó una señal positiva: con una economía en crecimiento, el frente externo puede mejorar si el tipo de cambio no se atrasa y si las exportaciones sostienen volumen. Pero el cierre anual dejó otra señal, más incómoda: sin una expansión más robusta de la oferta exportable y sin menor dependencia de la deuda y de la salida por servicios, cada rebote de la actividad volverá a poner al dólar en el centro de la escena. 

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