El 30 de enero se celebra el Día Internacional del Croissant, una fecha que en la Argentina reabre la comparación con la medialuna, presencia habitual en desayunos y meriendas. En panaderías y cafeterías porteñas, ambos productos comparten vitrina, con diferencias de receta, textura y perfil de sabor.
Aunque suele asociarse a Francia, el croissant ubica su origen en Viena, en el siglo XVII. Según la enciclopedia Larousse Gastronomique, en 1683 panaderos vieneses crearon una pieza con forma de media luna —kipferl— para celebrar la derrota del Imperio Otomano durante el sitio a la ciudad, con una forma vinculada al emblema de la bandera enemiga.
El paso a Francia se relaciona con María Antonieta, quien habría llevado su preferencia por sabores austríacos al llegar a Versalles en 1770. La popularización se consolidó más tarde, en 1838, cuando el pastelero August Zang abrió en París la Boulangerie Viennoise. Con el tiempo, la preparación evolucionó: en 1905 apareció la primera fórmula escrita del croissant hojaldrado y, hacia 1920, los pâtissiers franceses reemplazaron la masa original por una de hojaldre laminada con manteca.
La elaboración exige precisión. La base se apoya en una masa laminada con harina, levadura, azúcar, sal, agua y manteca trabajada en capas finas mediante pliegues sucesivos, un proceso que define la textura hojaldrada y el alveolado interior. Sobre esa estructura clásica, surgieron variantes como chocolate, almendras, pistacho, versiones veganas e híbridos como el cronut, una mezcla entre el croissant y las donas.
En ese escenario, el estudio “Taste Tomorrow”, elaborado por Puratos, señaló que en América del Sur el 71% de las personas afirma no estar dispuesta a renunciar a los productos dulces, incluso en contextos económicos más desafiantes. En la Argentina, el mismo relevamiento registró que el 82% de los consumidores declara preferir los sabores tradicionales.
En el mercado local, el croissant convive con una figura ya consagrada: la medialuna. Más pequeña, más brillante y generalmente bañada en almíbar, se ofrece en versiones de manteca —dulces y suaves— y de grasa, más saladas y crocantes. El croissant suele ser más grande, menos dulce y con una miga más aireada; la medialuna presenta una miga más compacta y un dulzor pronunciado.
“La tradición también dialoga con la innovación. Lo cierto es que ambos productos pueden convivir y potenciarse, siempre que se respeten sus identidades”, dijo Sofía Mallaviabarrena, Regional Marketing Manager de Puratos.












