-¿Qué le deja el gobierno de Menem al ciudadano común?
-Lo que sucederá de aquí en más no se sabe. Pero hay algo que debemos tener en cuenta: la importancia del menemismo y de Menem. La Alianza tiene que hacer el aprendizaje del poder en un país que no tiene paciencia para que se hagan aprendizajes. Lo que la gente espera es saber si este gobierno nuevo tendrá autoridad. Y por otro lado, además de dar una imagen, tiene que tener una idea de país. Menem la tenía, aceptada o no. Y durante el menemismo, el Estado no desapareció. Por dos cosas: funcionó a pleno el Poder Ejecutivo y funcionó una idea.
-¿Funcionó el Estado o un Poder Ejecutivo fuerte?
-Hubo Poder Ejecutivo, que forma parte del Estado. Menem gobernó por decretos y por iniciativas. De allí venía la idea.
-¿Y la pizza y el champagne?
-Eso es una frivolidad. Pizza y champagne hubo antes de Menem. Yo creo que hay un peligroso menosprecio al menemismo. Parece que ahora está en el gobierno una especie de aristocracia de la política, que tuvo educación, es decente y honesta. Ojalá que tomen un par de lecciones del menemismo. Sobre todo en lo que tiene que ver con el manejo del poder.
Lo que puede hacer De la Rúa es tomar lo que Menem dejó y debe aceptar, y hacer algo que Menem no ha hecho. Es fundamental que haya un Estado, con sus bases morales. Un Estado no puede ser el principal ladrón del país. (Y no digo ladrón porque los que se hayan ido sean forajidos, porque no soy tan infantil). Pero es necesario que el Estado se apropie de la cosa pública. Tenemos que apostar, para que no haya disgregación, a un Estado con cierto control y proyecto de comunidad. Para eso debe tener bases éticas, resultados, transparencia y una clase gobernante admirada por su coraje y no porque es piola.
-¿No es ésta, precisamente, la imagen que deja Menem?
-Claro que sí. Pero no sólo Menem. El menemismo fue una alianza entre distintos grupos. Por eso hubo un gobierno civil que efectivamente gobernó. No hubo problemas de gobernabilidad con Menem, a pesar de que asumió el gobierno en 1989 con gran descontrol, con caos. Menem gobernó, para lo cual tejió alianzas. De la Rúa también deberá hacerlo.
-Un gobierno argentino, además de hábil e inteligente, ¿debe saber manejarse con otras armas?
-La política en nuestro país no se hace con educación, con imagen de decencia o con prédica moral. El gobierno de la Alianza tiene que dar imagen de autoridad, porque enfrente no tiene pichones. Y cuando toma una decisión, cualquiera sea: impositiva, educativa o presupuestaria, la tiene que aplicar. Y sin mala conciencia, porque lo que pierde a ciertos gobiernos es su sentimiento de culpa. Yo creo que en la Alianza hay gente que tiene un proyecto para un país, pero al proyecto hay que darle contenido. Eso se hace con poder y autoridad, que no es lo mismo, ya que puede tener apoyo y no ejercer la autoridad.
-¿El gobierno actual expresa, realmente, a una coalición, o la novedad es sólo que el Frepaso está integrado al radicalismo? ¿Puede seguir hablándose de bipartidismo?
-El peronismo es muy fuerte. Frente a él, como corriente liberal en lo político, están el radicalismo y el Frepaso, que es un grupo con figuras solamente. El resto son independientes, que pueden apoyar o no. El Frepaso puede desaparecer. Sólo tiene figuras que lo han llevado adelante.
-Entonces, ¿la coalición es sólo formal?
-Es real, porque el radicalismo, como imagen independiente, no le gustaba a la gente. El Frepaso amplió el panorama. Recordemos que Graciela Fernández Meijide le ganó a Chiche Duhalde. Y fue ella, no el Frepaso. Yo creo que hay que rescatar la importancia de Fernández Meijide como figura política y la de Chacho Alvarez, que pasa de un discurso de asamblea universitaria a ser una figura nacional. Son dos verdaderos líderes de un partido inexistente; lo han hecho ellos, a pulmón. Es más, creo que en el Frepaso tradicional no los quieren, porque dicen que se han vendido al establishment y cosas así. Su madurez política los deja más solos frente a sus bases, que son de la izquierda tradicional.
-¿La clase media, que es la base social de la Alianza, ha vuelto a gobernar?
-Es un sector de la clase media, que tiene subdivisiones. Hay un sector compuesto por aquellos que portagonizaron la modernización: cuadros gerenciales, que se integraron a los grandes grupos económicos en una segunda y tercera línea. También están los beneficiados con un trabajo y una moneda estable, que entraron al mundo del consumo, con acceso al crédito. En suma, gente que se siente mejor con lo que aconteció en los últimos diez años que con lo que le pasó en los anteriores cinco. La otra clase media está relacionada con el sector educativo, con el empleo público en cierto nivel jerarquizado, que tiene que ver con una Argentina cuyo distintivo se basa en un nivel cultural que es un recuerdo. De la Rúa y el Frepaso tienen un fuerte ascendiente en la clase media que cree que con decencia y metiendo presos a dos o tres empresarios, van a recuperar la dignidad perdida. Me parece que esto no es así. Hay mucha gente que cree que volvió la civilización y se fue la barbarie. Pero Menem fue la civilización de la década de los ´90. Hizo funcionar al país según los ´90. Después de la caída del Muro de Berlín, el mundo cambió, y Menem hizo cambiar a la Argentina, la ajustó al mundo. Eso no se puede ignorar.
-Usted dijo recientemente en una entrevista que este sistema necesita corrupción, que es un factor funcional.
-Es funcional porque el sistema funciona de un modo tal que, sin corrupción, habrá que pagar un costo. Hay ciertas ventajas comparativas que la corrupción da. Por ejemplo, la economía negra, que es evasión. Se dice que hay que terminar con eso. Pero una gran parte de la evasión está en las Pymes, que representan 90% de la economía. Si se blanquean las Pymes, muchas tendrán que cerrar, con lo que aumenta la desocupación y baja el consumo. La evasión es un subsidio no declarado que el Estado otorga a un sector frágil. Por eso, luchar contra la corrupción impone un costo.
-¿El triunfo de la Alianza se inscribe en el fenómeno mundial de la Tercera Vía?
-Yo nunca creí mucho en los grandes anuncios, como el de la Tercera Vía. Pero no creo que esté mal hablar de Tercera Vía si eso significa que el Estado no desaparece, que tiene un papel importante que ejercer en nuestras sociedades. El mismo George Soros lo dice en su libro Crisis del capitalismo global, cuando afirma que hay que regular el movimiento de capitales a escala internacional; que esta regulación será sumamente complicada si es tomada por los organismos financieros, pero que la existencia de los Estados nacionales y las reglas que puedan imponer son las únicas válvulas de contención de este movimiento de capitales. Si la Tercera Vía implica el reconocimiento de que hay una política activa del Estado, con personal idóneo, entonces funciona.
