Cuando convenía importar, importó. Cuando en el país no había más opción que despachar industria argentina, instaló fábricas. Con la vida de Arturo Scalise, presidente del grupo Alfa Comercial, se puede hacer una síntesis de la historia económica del país durante los últimos 40 años, sin saltearse la crisis brasileña.
Alfacar, distribuidora oficial de los vehículos Mitsubishi y niña mimada entre la decena de firmas que conforman el holding, pasará de facturar US$ 100 millones en 1998 a US$ 75 millones este año. Juki, fabricante e importadora de ciclomotores, verá descender sus ingresos de US$ 28 millones a US$ 25 millones.
Pero nada de esto parece inquietar a Scalise: “Un año en la vida de una persona dice es mucho, pero en la de una compañía no es nada. Siempre se piensa que la última crisis es la peor, pero las ventas habían caído mucho más con el tequila. Habríamos podido salir más rápido de ésta si no fuera por el año electoral”.
Scalise se acostumbró a los altibajos del país que más que dejarlo en el camino como a muchos otros pequeños o medianos empresarios le enseñaron, a la fuerza, a estar atento a las oportunidades. Por eso hoy su grupo no refleja tanto la planificación ordenada de una estrategia de negocios, sino que da cuenta de los nichos que el empresario supo aprovechar cuando era el momento.
Tenía 21 años cuando se cansó de ser empleado y decidió probar suerte con sus propios proyectos junto a Héctor Trippar, un compañero de oficina. Así, en 1961 nació su primera empresa, Alfatex, dedicada a la venta de agujas para el negocio textil y máquinas de coser traídas del exterior.
La conexión japonesa
“Arrancamos relata con un escritorio que me hizo mi padre, que era carpintero, y el papá de Héctor nos prestó la plata para pagar el primer mes de alquiler. Durante seis años no lográbamos arrancar: subíamos y bajábamos. Pero por un tiempo apareció el crédito y pude sacar un pasaje en cuotas a Japón. De ese primer viaje volví con varias representaciones, entre ellas la de Juki Corporation, que hoy sigue siendo la número uno en equipamientos para la industria de la confección.”
Después formó Máquinas Europeas, una empresa clon de Alfatex pero que comercializaba productos procedentes de Europa. “Con esas dos firmas llegamos a tener 75% del mercado”, recuerda.
Una segunda visita a Japón le permitió contactarse con Japan Kiodo Match y de allí surgió la idea de instalar en la Argentina una planta de fósforos de madera. “Ya había unas 10 en el país recuerda, pero todas eran de cera, salvo la Compañía General de Fósforos. Entonces, aprovechando una promoción industrial, levantamos la Compañía Tucumana de Fósforos, en 1971. Como decía un amigo, este proyecto fue fruto de la inconciencia de un joven de 29 años”.
Scalise le sacó el jugo a esta primera intuición durante 27 años, hasta fines de 1997, cuando se dio cuenta de que no iba a poder resistir el avance de las cadenas de supermercados. “En ese momento dice sólo quedábamos dos fabricantes y el mercado había cambiado. Los híper empezaban a presionarnos y sólo una empresa monopólica podía pelear contra ellos, así que vendimos nuestra firma a la Compañía General de Fósforos”.
El segundo proyecto industrial de Scalise fue la instalación de una planta de máquinas de tejer con la marca Jukicar, en Ramos Mejía. Después fabricó máquinas de coser y, para paliar la caída de las ventas que invariablemente se producía después del Día de la Madre, volvió a hacer las valijas, esta vez rumbo a Italia. A su regreso trajo la licencia para comenzar a ensamblar, a partir de 1977, ciclomotores.
“En ese momento, con (el entonces ministro de Economía, José Alfredo) Martínez de Hoz, se abrió la importación, que estaba prohibida desde hacía veinte años, y en 1979 tomamos la distribución de las motos Kawasaki, que todavía tenemos”, cuenta. El verano del consumo que se registró entonces, que Scalise compara con los primeros años de la convertibilidad, terminó en febrero de 1982, cuando las fronteras volvieron a cerrarse. Las ventas habían caído y la empresa tenía un inventario de 4.000 motos. Pero lo que en situaciones normales hubiera significado una carga financiera difícil de levantar, en la Argentina de los ´80 le aseguró al empresario la continuación del negocio por tres años más.
“Solamente aclara estaba permitido traer repuestos y tratamos de mantener la marca. Al finalizar la breve apertura, el stock no envejeció porque no había nada mejor en el país. Si hubiesen existido otros productos, esas motos no se las vendíamos a nadie”. Sin la posibilidad de importar, el grupo buscó negocios en el mercado interno: pasó por la industria de la construcción, con su firma Hecmarsa, que sigue operando actualmente, y empezó a adquirir campos en las provincias de Buenos Aires y La Pampa.
La era Menem
Hace cuatro años que Scalise no visita Alfatex. La invasión de productos textiles del sudeste asiático que provocó la apertura económica hizo que el número de empleados del rubro de la confección en la Argentina disminuyera de 140.000 a 20.000. Por lo tanto, el ejecutivo está pensando qué hacer con la empresa que, si bien no da pérdidas, ya no justifica el esfuerzo.
Si no se filtra un signo de nostalgia cuando el directivo especula sobre el futuro que le espera a la firma que fundó cuando tenía 21 años es porque fue, justamente, la caída de las restricciones a la importación la que dio lugar al nacimiento de las compañías más grandes de Alfa Comercial.
A partir de los ´90 el grupo se inclinó hacia tres rubros que marcaron, de algún modo, la década del presidente Carlos Menem: autos, barrios privados y maquinaria para la construcción y para la logística de supermercados y puertos. En los últimos diez años, el holding pasó de facturar unos US$ 30 millones a los US$ 120 millones con que cerrará este año, después de haber tocado los US$ 150 millones el año pasado.
“Durante el ´81 señala Scalise habíamos sido importadores esporádicos de automóviles y queríamos volver a ese rubro. Entonces analizamos qué marca podíamos traer y nos gustó Mitsubishi, cuya representación tomamos en 1991. Desde entonces no dejó de ser la número uno entre las automotrices no radicadas en el país”. El año pasado, Alfacar comercializó 5.280 unidades, pero para 1999 las estimaciones de Scalise no superan los 4.000 vehículos.
En este mismo rubro, a fines de 1998, Alfa Comercial creó Swedcar, para tomar la distribución de los automóviles Volvo, luego de que la fábrica sueca decidiera levantar campamento.
Mientras Scalise está tranquilo con sus socios japoneses, que prefieren
dejar en manos de un empresario local el manejo de su marca, la venta de Volvo
a Ford, a principios de año, hace pensar que la empresa estadounidense
podría tomar el control de sus productos en la Argentina. Sin embargo,
el empresario sostiene que las relaciones con los norteamericanos son de colaboración
y que, incluso, si las terminales lograran a partir del 2000 importar
con un arancel diferencial con respecto a los distribuidores, Ford podría
traer del exterior los Volvo para que los comercialice Swedcar. “De todos modos,
no pongo las manos en el fuego por lo que pueda pasar”, advierte, pese a que
tiene contrato por tres años.
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Lo que vendrá
Scalise es prudente sobre el futuro de este negocio: “Estamos atentos dice al nuevo régimen común con Brasil. A nosotros nos convenía que siguiera habiendo cupos para importar autos porque lo que ganábamos vendiendo 5.000 unidades no lo vamos a ganar comercializando 10.000. Todo el mundo empezará a traer vehículos, comenzará la subfacturación, bajarán los precios. Hasta ahora, teníamos un negocio espectacular”.
Aunque no se cansa de repetir que en la Argentina conviene más importar que producir, el directivo mantiene abierta su planta de ciclomotores. Es más, hace tres años decidió formar un joint-venture con la italiana Morini Franco Morini para producir motores para este tipo de rodados. El desembolso de US$ 5 millones se completó a fines de 1998.
“Todavía evalúa no estamos en el punto de equilibrio, para lo cual tendríamos que fabricar 1.500 ciclomotores mensuales. Hoy hacemos 400. Ahora estamos negociando un acuerdo con Irán para enviar 2.000 motores por mes, porque la idea fue que la planta que estaba en Italia la traspasáramos aquí para exportar hacia todo el mundo.”
Hoy, Juki compensa con las importaciones las pérdidas que genera la producción local. Casi como una declaración de principios, Scalise explica: “Siempre esperamos, porque en este país puede pasar cualquier cosa y, atentos a los cambios, hemos sido comerciantes e industriales. Aunque no tiene sentido producir, porque nos cuesta lo mismo montar un ciclomotor de 50 centímetros cúbicos que traer de Tailandia una Kawasaki de 100 centímetros, nos achicaremos pero no vamos a cerrar la fábrica”.
Mientras a Juki le cuesta levantar cabeza, Alfamaq Venturi, la empresa del grupo que importa máquinas para movimiento de tierra y materiales, está viendo cómo sube su facturación. Sin embargo, en los últimos tiempos la tendencia en este sector es hacia el alquiler de equipos, por lo que, confiada en que se mantendrá el crecimiento del supermercadismo y la logística, Alfa Comercial está sondeando empresas de Estados Unidos y Canadá con experiencia en ingeniería financiera y know how en renta de equipamientos para cerrar algún tipo de acuerdo. “Hoy nos manejamos sólo con la intuición y tenemos un límite para otorgar financiación”, admite Scalise.
Otro de los proyectos del holding es avanzar en el negocio de las urbanizaciones, con la Compañía Panamericana del Oeste. En este rubro lleva invertidos US$ 42 millones desde 1997 con la construcción de cinco barrios privados: tres en la zona Oeste y dos en el Norte del Gran Buenos Aires, algunos de los cuales todavía están en etapa de comercialización. A pesar de que la venta no mantuvo el mismo ritmo que hace un año y medio, el empresario está buscando terrenos para invertir, antes de diciembre, otros US$ 10 millones en la compra de uno o dos predios. La construcción en los nuevos sitios se pondrá en marcha a medida que haga caja con la venta de los otros emprendimientos.
Scalise aclara que la idea de este negocio, así como la de volver a importar automóviles, surgió de su hijo Claudio, quien hoy ocupa la dirección general. María Gabriela, su otra hija, después de armar el área de Comunicaciones, se abocó a tareas de conducción, y Daniel Trippar, hijo de Héctor, quien falleció, también participa de las decisiones desde su cargo de director. Todo parece indicar que la sucesión del manejo del grupo, uno de los mayores traumas de las Pymes, ya está encaminada.
