De su familia paterna, Juan Navarro admite haber heredado el mandato de la
trascendencia. Su abuelo, egresado de la prestigiosa escuela de ciencias médicas
de París, se convirtió en 1893 en uno de los grandes maestros
de la medicina uruguaya. Y ésa fue una de las cartas de presentación
de Juan en Estados Unidos.
La gente de Merrill Lynch su guía espiritual en los comienzos
del Exxel cuenta que, cuando Navarro hacía sus primeras presentaciones
ante los fondos de inversión norteamericanos, se encargaba de mencionar
que las mejores universidades del mundo seguían tomando como referencia
los trabajos sobre metacarpo y manos escritos por Alfredo Navarro a principios
de siglo. “Era una manera de transmitir la idea de que él, como su abuelo,
era un adelantado”, explica la fuente.
Hijo de una familia tradicional que enlazó apellidos patricios de Uruguay
y la Argentina (los Navarro y los Castex), Juan es el tercero de seis hermanos:
nació en 1954, después de Alfredo y Delia, y antes que Jorge,
Alberto y Mercedes.
De pequeño, soportó la separación de sus padres. Una
experiencia que le tocó vivir a él mismo, a los 34 años
y ya de regreso de Estados Unidos, en 1988, cuando se divorció de su
primera mujer, una escultora perteneciente a la familia de abogados Richards.
Su adolescencia transcurrió en el barrio de Pocitos, donde vivían
casi todos sus compañeros del British, el colegio más exclusivo
de Montevideo. Pero a los 19 soltó amarras para venir a Buenos Aires.
Chanchos, caballos y naranjas
La Avispa, la revista que edita su íntimo amigo, el politólogo
Rosendo Fraga, recogió su testimonio acerca de su debut en los negocios:
“A los 16 años pusimos un criadero de chanchos. Con mi amigo Haroldo
García compramos algunas madres de las que iban a salir algunos chanchitos
y pensamos que se transformaría en un imperio”.
Instalado en Buenos Aires, comenzó a estudiar Economía en la
universidad estatal. Se costeó la carrera trabajando en el Hipódromo
de San Isidro. Para ganar unos pesos adicionales, iba en su Fiat 600 al mercado
de frutos del Tigre a comprar naranjas que luego exprimía para vender
el jugo en los boliches de moda.
Golden Boy
En el ´77, apenas graduado, su tío Narciso Ocampo lo empleó en
el Banco Ganadero, del que era presidente. Ingresó en el Citi en 1980
en el sector de banca comercial doméstica, luego lo ascendieron al área
latinoamericana y partió a Nueva York en 1985. Allí trabajó
en finanzas para la corporación.
Al año siguiente, y luego de un fugaz paso por Buenos Aires, retornó
a Nueva York para especializarse en una nueva unidad de negocios creada por
el Citi para capitalizar los papeles de deuda. Y en el ´87 se instaló
en la Argentina para formar el Citicorp Equity Investment (CEI).
En el Citi lo llamaban el golden boy. “Era brillante. Cada vez que
venía, John Reed pedía verlo”, recuerda un testigo de aquellos
años que, como todas las fuentes consultadas para esta nota, solicitó
no ser identificado.
Pero el aprecio de Reed por Navarro despertó los celos de quien era
su jefe, Richard Handley. Y la tensión creció cuando los dos fueron
destinados al CEI.
Navarro debutó allí con la compra de Juncadella, y empezó
a verse a sí mismo como empresario, más que como banquero, cuando
lo designaron director de la firma. Por esos años cosechó la amistad
de Amadeo Juncadella, el fundador de la compañía.
Según versiones que circulan en el Citi, la razón por la que
Navarro abandonó la nave en 1991 fue el fracaso de los esfuerzos de la
entidad por convertirse, en sociedad con Alitalia, en dueña de la privatizada
Aerolíneas Argentinas. Lo cierto es que Navarro no se fue solo del CEI.
Se llevó con él a dos ejecutivos: Jorge Demaría y Marcelo
Aubone.
Se dice que el nombre Exxel (que remite al concepto de excelencia) se le ocurrió
a Alex Dub, quien trabajó primero en Juncadella y hoy se desempeña
en Bridees.
Un destacado economista al que le tocó lidiar con Navarro lo describe
como un típico citibanker: “son la antítesis de los burócratas,
pueden trabajar semanas de corrido, tienen una adrenalina muy especial”.
Peleas de familia
Pero ese estilo de trabajo le costó varias deserciones en sus filas.
Su hermano Jorge, Ernesto van Peborgh (yerno de Mariano Grondona), Diego Raimundes
y el fallecido Gustavo Pardo se fueron del Exxel en 1996.
Van Peborgh, Raimundes y Pardo armaron su propio fondo de inversión,
el AVP, con capitales que les ayudó a recolectar Santiago Soldati. Luego,
el Exxel habría de disputarle al AVP la compra de algunas firmas de indumentaria
(Coniglio y Paula Cahen D´Anvers).
El azar ayudó a Navarro a dominar todas las herramientas de su oficio.
“Juan arranca en el lugar justo. Su paso por Nueva York coincidió en
los ´80 con el furor de los private equity funds, creados por bancos
para comprar participaciones en empresas con potencial de crecimiento”, comenta
un ex colega del Citi. “Aquí, adaptó el know how a una
Argentina en la que las empresas debían reestructurarse en un contexto
económico dominado por un dólar fijo.”
Hay distintas versiones sobre su personal estilo de conducción, pero
nadie duda de su capacidad para imponer autoridad. “Haber pasado por el Citi
es como haber estado en Vietnam, allí enseñan la lección
de supervivencia para siempre”, dice un amigo de aquellos años. (Curiosamente,
Navarro acudió a la misma metáfora en la entrevista concedida
a MERCADO para este informe.)
Una vaquita de 40 millones
El Exxel dio sus primeros pasos con la privatización del Hipódromo
de Palermo, de la que salió herido: la empresa quedó finalmente
en manos de la Banca Nazionale del Lavoro. Su capital inicial fueron US$ 40
millones reunidos en una vaquita entre conocidos: José Luis Pardo
(del Mariva), Gilberto Montagna (por entonces dueño de Terrabusi) y Carlos
Oliva Funes (de Swift), entre otros.
En sus inicios, el Exxel ocupaba sólo el piso 19 del edificio de Libertador
602. En aquella época, Navarro debía responder a una insistente
pregunta de los inversores: si Domingo Cavallo iba a devaluar. “Su negocio es
un negocio de tasa de interés. Tuvo la misma suerte de Cavallo. Si la
tasa de Estados Unidos hubiera sido más alta, Juan no hubiera podido
captar fondos ni construir su imperio”, señala su ex compañero
del Citi quien, sin embargo, admite que “muchos podrían haber aprovechado
la oportunidad y el único que la vio en el momento justo fue él.
Pero es muy consciente de que la situación puede cambiar. Seguro que
ya tiene todo listo para anticiparse”.
En una entrevista publicada en diciembre del año pasado por la revista
Viva de Clarín, dijo que uno de los libros que más
lo había impresionado era una historia de la Revolución Francesa
escrita por los ingleses, “por la velocidad de los eventos, el fatalismo de
las situaciones y por cómo todo el proceso que se va gestando durante
décadas hace luego eclosión”.
Ni country
ni club
El diario Buenos Aires Económico relató, en su edición
del 13 de noviembre, que para festejar el cumpleaños de su actual mujer,
Carolina Arbó, Navarro alquiló el coqueto restaurante Novecento,
del barrio del Golf. Y para homenajearla, repartió entre los asistentes
(muchos de ellos directores de las empresas controladas por el grupo) un llamativo
pin luminoso que se prendía y apagaba imitando el latido del corazón,
desplegando la leyenda “Carolina, te amo”.
Navarro vive hoy con Carolina, que es argentina, y sus dos pequeñas
hijas, Alexia y Marina, de tres y cinco años, en el mismo departamento
en el que se instalaron hace diez años, en pleno Palermo Chico, muy cerca
de la embajada uruguaya.
No tiene casa en un country ni frecuenta ningún club. Juega
al fútbol cuatro veces por semana, es un fanático de Nacional
en Uruguay y de Boca en la Argentina.
Para sus salidas, suele elegir el Museo Renault, donde almuerza con sus amigos
Franco Macri, Rosendo Fraga, el periodista Roberto García (de Ambito
Financiero) y el bodeguero Carlos Pulenta. Otro destino de sus incursiones
gastronómicas es Cipriani, al lado del Patio Bullrich y a una cuadra
de su oficina.
Entre los actores prefiere a Robert De Niro y Dany De Vitto. Le gusta pasar
los fines de semana en la que fue la chacra de su padre, a 40 kilómetros
de Montevideo. Pero la ciudad de sus sueños es París, y allí
se escapa cuando puede.
Compra su ropa sólo cuando viaja, casi siempre a los mismos destinos:
Nueva York, Londres y Zurich, donde se encuentra con los que manejan los fondos
de inversión que alimentan el capital del Exxel. Curiosamente, están
ausentes de su guardarropas las marcas Lacoste y Polo, sus recientes adquisiciones
en el rubro de la indumentaria. Sus trajes son de Giorgio Armani (adquiridos
en la tienda de Manhattan) y cuando opta por la informalidad prefiere Calvin
Klein.
Querido Winston
Su muletilla preferida, según se les escapa a los que trabajan con él,
es think big, un principio que adoptó desde chico. Cuando Winston
Churchill cumplió 90 años, Navarro le escribió una carta
para felicitarlo. “El me agradeció con otra de su puño y letra
que, por supuesto, tengo enmarcada y colgada”, relata con orgullo.
En 1986 adquirió la costumbre de fumar habanos, que contagió
a todos los directores del board del Exxel y sus empresas controladas.
Su marca favorita es Cohíba, una prefencia que comparte con Fidel Castro.
Insiste en que el dinero no es lo que lo impulsa. “Es como pensar que Ayrton
Senna, que ganaba 50 millones de dólares al año, se subía
a un Fórmula Uno por la plata. Si uno sueña cosas grandes en el
mundo empresario, y salen bien, es inexorable que gane plata. Pero el motor
mío es un proyecto que me da una enorme satisfacción intelectual
y hasta física. Eso no quiere decir que no me guste la plata. Me encanta
ganar plata. Pero si yo hiciera lo que hago, primero para ganar plata y luego
para tener un proyecto, creo que no tendría la plata. Es como la gente
que se quiere casar con una persona rica y nunca o muy pocas veces le sale bien”,
contó en la entrevista de Viva.
“Esa manera de ver las cosas está ligada a sus antepasados”, explica
su ex compañero del Citi. En esa nómina hay patriotas, presidentes,
médicos y escritores: Juan Antonio de Lavalleja, uno de sus bisabuelos,
fue jefe de los 33 Orientales en 1825 y luego presidente del Uruguay; Joaquín
Suárez, otro bisabuelo, fue presidente entre 1842 y 1851. Por el lado
materno, están el general Carlos María de Alvear, guerrero de
la independencia argentina; la escritora Victoria Ocampo y Alfredo Martínez
de Hoz, primo de su madre. Su abuelo Mariano Castex fue presidente vitalicio
de la Academia Nacional de Medicina, rector de la UBA y doctor Honoris Causa
de las universidades de Heidelberg, Berlín y Oxford.
El equipo
A Navarro le gusta decir que el Exxel es como un equipo de Fórmula Uno,
con una organización exacerbada.
En el Exxel, su mano derecha es Jorge Demaría, un economista de bajo
perfil que ostenta el grado philosophy doctor por haber desarrollado
una herramienta para analizar el cash flow. Demaría comenzó
en la quesera Magnasco, y fue funcionario de Raúl Alfonsín cuando,
como número dos de Manuel Tanoira, ayudó a privatizar distintas
propiedades inmuebles del Estado.
El pequeño círculo se completa con Marcelo Aubone, Miguel Blanco,
Alejandro Lotz, Marcelo Markous, José Manuel Ortiz (un ex Techint) y
Jorge Romero (ex Mariva). Hace poco, se sumó el abogado Sergio Quattrini,
proveniente de la firma Baker & McKenzie, y Norberto Agulleiro (antes de
Coopers & Lybrand y hoy a cargo del negocio de correos del grupo).
En diciembre de 1997, con la compra de las empresas atribuidas a Yabrán,
la vida de Navarro dio un brinco. Mandó a blindar su auto y contrató
custodios. Sus oficinas, que eran de libre tránsito, crecieron en espacio
(tres pisos más) y en vigilancia.
Pasó el último verano a los saltos entre Buenos Aires y Montevideo,
donde el 1º de marzo falleció su padre, Alfredo Navarro. Los avisos
fúnebres que se publicaron en el diario La Nación durante
tres días abarcaron dos páginas completas y superaron en cantidad
a los dedicados al arzobispo Antonio Quarracino, fallecido el 28 de febrero.
