La crisis financiera mundial, como todas las anteriores, reconoce
varios motivos concurrentes. En los años 20, por ejemplo, las
turbulencias europeas &endash;hiperinflaciones de posguerra en
Alemania y países vecinos y recesión en la Inglaterra
de Churchill despúes de haber retornado a la convertibilidad a
un tipo de cambio demasiado bajo&endash; impulsaron un flujo de
capitales hacia Estados Unidos que alimentó la burbuja
bursátil en ese país. Cuando la Reserva Federal
norteamericana decidió, poco después del crash, reducir
las tasas de interés para ayudar generosamente a Inglaterra,
lo único que consiguió fue alimentar todavía
más la especulación.
Ahora también hay facetas contrastantes y las soluciones no
son tan sencillas. En primer lugar, Japón vive en
recesión-deflación desde comienzos de la década,
y ello ha afectado seriamente la solvencia de su sistema financiero.
Este problema se agravó con el paso del tiempo, y mucho
más desde que los bancos japoneses, sin alternativas de
inversión seguras y razonablemente rentables en su propio
territorio, decidieron otorgarles préstamos a los
países de la región, los otrora famosos tigres. Cuando
éstos entraron en colapso, Japón profundizó su
propia crisis.
Claro que las autoridades japonesas no se quedaron de brazos
cruzados todo este tiempo. Como era de esperarse, la incertidumbre
sobre el futuro redujo la demanda interna, pero la política
económica intentó salir del círculo vicioso
bajando las tasas de interés y expandiendo el gasto
público y el déficit fiscal, exactamente como lo
hubieran sugerido los keynesianos durante la década de los
´30. Las tasas de interés se redujeron de 5% anual a comienzos
de la década a menos de 0,5% en la actualidad. Y, en el mismo
período, se pasó del superávit fiscal a un
déficit superior a 6% del PBI.
La pregunta es, entonces: ¿por qué no funcionó?
La respuesta no es sencilla. Quizás haya funcionado en parte y
lo que hace falta es aumentar la dosis del remedio; quizá no
funcione porque los bancos japoneses absorben la liquidez adicional
para comprar bonos del Tesoro norteamericano, con lo que el efecto
interno de las políticas reactivas se desvanece (paradojas de
las economías abiertas).
El fin de la ilusión
La crisis japonesa es particularmente delicada, ya que lo que
está en juego es la segunda economía del mundo, con un
producto bruto interno equivalente a 13% del PBI mundial (Alemania
representa 7% y Francia 5%).
Pero a ello hay que agregar que los países de Asia
afectados por la crisis de fines de 1997 no han logrado recuperarse.
Después de muchos años de un optimismo impenetrable
sobre el destino de esos países &endash;optimismo que se
fundaba en argumentos ortodoxos o heterodoxos según quien
fuera el emisor del mensaje&endash; la fantasía de que el
crecimiento de la región no iba a tener límites se hizo
trizas.
Tras las masivas devaluaciones, llegó la recesión, y
la combinación de devaluaciones y recesión
empujó a la cesación de pagos a muchas de las grandes
empresas que hasta poco antes constituían un modelo de
éxito.
En la actualidad la crisis llegó, como en Japón, al
sistema financiero y, a diferencia de lo que algunos economistas
pensaron a principios de año, esto determina que no se
saldrá rápidamente del fondo del pozo. La caída
del PBI estará, durante 1998, en alrededor de 5% para el
promedio de la región y llegará a 20% en el caso de
Indonesia.
Dado que en parte &endash;pero sólo en parte&endash; esto
se debe a un exagerado ajuste fiscal recomendado por el FMI, las
instituciones internacionales de crédito han perdido, a la
vez, el crédito intelectual del que disponían.
Los que siguen en la lista
¿Cuál es la diferencia entre la crisis japonesa y la
de sus vecinos? Podríamos entrar en muchos detalles al
respecto, pero una diferencia que importa a los argentinos es el
hecho que, de improviso, los inversores internacionales cayeron en la
cuenta de que no siempre se ganaba apostando a las economías
emergentes. Las pérdidas de quienes tenían acciones en
algunos países asiáticos llegaron a niveles de 70% a
90% en dólares. Y con ello, la calidad de la crisis cambiaba:
si las economías asiáticas colapsaban,
¿cuál iba a ser el destino de otras naciones que ni
siquiera podían mostrar una historia reciente tan exitosa?
En ese contexto se produjo la cesación de pagos de la deuda
rusa y la proliferación de profecías pesimistas
allí donde hasta hace poco reinaba el optimismo.
En la visión de muchos inversores, el candidato a un nuevo
default es Brasil. No es inevitable que así sea y, de hecho,
hay caminos para que el presidente Fernando Henrique Cardoso evite
una medida tan extrema. Pero también es cierto que desde ahora
y hasta mayo de 1999, Brasil tiene que hacer frente a una deuda
interna de US$ 300.000 millones, con meses en los que los
vencimientos superan los US$ 40.000 millones.
El caso ruso y los temores sobre Brasil endurecieron
todavía más a los mercados de capitales con respecto a
los países emergentes. De hecho, en la actualidad es muy
difícil que una economía riesgosa acceda a
financiamiento para renovar sus deudas y, por lo tanto, tiene que
hacerse de los dólares para pagar. Para peor, los mercados son
crueles: cuando observan síntomas de debilidad, los potencian
con fugas de capitales.
Dónde está la Argentina
¿Está la Argentina en la categoría de
países de máximo riesgo? El país tiene, sin
duda, algunos puntos a favor: la convertibilidad &endash;que de todas
maneras no es un régimen muy popular a nivel mundial,
incluidos los organismos multilaterales de crédito&endash;
está operando sólidamente, con un respaldo de 100% a la
base monetaria en reservas internacionales.
Por otra parte, se aprendió del efecto tequila y el sistema
financiero está más fuerte que hace algunos
años: entre la red de seguridad pactada por el Banco Central,
los altos requisitos de liquidez impuestos a los bancos y la ayuda
eventual (pero muy probable) del FMI y otras instituciones, el total
de los depósitos en el sistema está cubierto en 35%, un
índice extraordinariamente alto si se toman en cuenta los
parámetros internacionales.
Sin embargo, no hay que sesgarse hacia un optimismo excesivo. Hay
prudencia fiscal y un sistema financiero robusto, la deuda
pública no tiene vencimientos masivos a corto plazo y las
amortizaciones de 1999 &endash;si se computa sólo el sector
público&endash; suman US$ 7.000 millones, una cifra
pequeña para los volúmenes que se manejan en los
mercados internacionales de capitales.
Pero, si en Brasil se profundiza la crisis, el racionamiento
financiero a la Argentina será inevitable y, por lo tanto,
también será inevitable el ajuste recesivo y el aumento
del desempleo.
A ello habrá que agregar los costos derivados de un enfoque
errado de la actual conducción económica, que cree que
hay que resguardar el flanco fiscal pero desentenderse del destino de
la deuda privada. Sin embargo, si las empresas privadas no pueden
pagar sus deudas, aumentará el riesgo de la deuda soberana y,
como consecuencia, la tasa de interés que pague la Argentina.
Qué se necesita
Nos encontramos en un momento difícil de la crisis
internacional. No parece que haya un mecanismo automático de
salida. Por lo demás, la burbuja especulativa en los mercados
de acciones de varios países desarrollados, en particular en
Estados Unidos, parece estar estallando y ése no es un
episodio suave y armónico.
Así pues, en plena emergencia, es necesaria una
operación internacional coordinada &endash;aunque
indefectiblemente improvisada&endash; para proveer liquidez a
países en riesgo pero dispuestos a llevar a cabo cambios que
consoliden sus economías. Para ello se requiere una importante
masa de fondos &endash;que hoy el FMI no tiene&endash; y la capacidad
de conjugar factores políticos y económicos de gran
complejidad.
En particular, se plantea como una condición necesaria la
superación de la mirada autocentrada y cortoplacista que
caracteriza hoy a la clase política de Estados Unidos. En el
Congreso, la derecha veta toda asistencia financiera a los
países jaqueados por la desconfianza de los inversores
argumentando que no se debe asistir a gobiernos “irresponsables”; la
izquierda, a la vez, comparte el veto, fundándose en que la
asistencia oculta una operación de salvataje y de
socialización de las pérdidas de los especuladores. El
Poder Ejecutivo, mientras tanto, no se encuentra en mejor
situación: por razones conocidas, aunque insólitas, el
presidente Clinton se encuentra hoy mucho más débil que
en 1995 &endash;cuando salvó a México e indirectamente
a la Argentina&endash; como para imponer una perspectiva menos miope.
Y Alan Greenspan, el presidente de la Reserva Federal, se
encuentra frente a un dilema: debería reducir las tasas de
interés para aliviar la crisis mundial, pero no es obvio que
la economía norteamericana necesite de esa política:
por lo pronto, los valores del Dow Jones estaban en su actual nivel
cuando, hace algún tiempo, Greenspan habló de la
“exuberancia irracional de los mercados”.
Las lecciones
De esta manera, la indispensable intervención de Estados
Unidos se ve demorada mientras los efectos de la crisis no lleguen a
sus propias costas.
Pero más allá del comportamiento inmediato de los
actores, y cualquiera sea el resultado de la crisis actual, es
posible extraer una lección perdurable: los mercados de
capitales requieren la presencia de instituciones supranacionales que
moderen los ciclos y neutralicen los pánicos allí donde
los estados nacionales son, ya, incapaces de hacerlo. Hace falta algo
que llene el vacío dejado por la muerte de Bretton Woods. Esto
implica, en primer lugar, el nacimiento de un nuevo Fondo Monetario
Internacional, con un capital suficiente para constituir un fondo
anticrisis y abocado a un análisis complejo que supere las
recetas simplistas y universales.
En segundo lugar, deberá plantearse un debate sobre la
necesidad de regular las nuevas entidades financieras no bancarias,
como los fondos mutuales, las compañías de seguros y
los fondos de pensión que, en las últimas
décadas, han captado la mayor parte del ahorro financiero en
los países centrales y han demostrado en varias ocasiones
tener efectos amplificatorios de las crisis y los ciclos financieros.
Probablemente, esto signifique atemperar las inversiones
especulativas de estas instituciones; un objetivo deseable aunque
signifique desinflar la recurrente ilusión de la
multiplicación de los panes. •
