viernes, 17 de abril de 2026

    ¿Es inevitable la recesión?

    La crisis financiera mundial, como todas las anteriores, reconoce

    varios motivos concurrentes. En los años 20, por ejemplo, las

    turbulencias europeas &endash;hiperinflaciones de posguerra en

    Alemania y países vecinos y recesión en la Inglaterra

    de Churchill despúes de haber retornado a la convertibilidad a

    un tipo de cambio demasiado bajo&endash; impulsaron un flujo de

    capitales hacia Estados Unidos que alimentó la burbuja

    bursátil en ese país. Cuando la Reserva Federal

    norteamericana decidió, poco después del crash, reducir

    las tasas de interés para ayudar generosamente a Inglaterra,

    lo único que consiguió fue alimentar todavía

    más la especulación.

    Ahora también hay facetas contrastantes y las soluciones no

    son tan sencillas. En primer lugar, Japón vive en

    recesión-deflación desde comienzos de la década,

    y ello ha afectado seriamente la solvencia de su sistema financiero.

    Este problema se agravó con el paso del tiempo, y mucho

    más desde que los bancos japoneses, sin alternativas de

    inversión seguras y razonablemente rentables en su propio

    territorio, decidieron otorgarles préstamos a los

    países de la región, los otrora famosos tigres. Cuando

    éstos entraron en colapso, Japón profundizó su

    propia crisis.

    Claro que las autoridades japonesas no se quedaron de brazos

    cruzados todo este tiempo. Como era de esperarse, la incertidumbre

    sobre el futuro redujo la demanda interna, pero la política

    económica intentó salir del círculo vicioso

    bajando las tasas de interés y expandiendo el gasto

    público y el déficit fiscal, exactamente como lo

    hubieran sugerido los keynesianos durante la década de los

    ´30. Las tasas de interés se redujeron de 5% anual a comienzos

    de la década a menos de 0,5% en la actualidad. Y, en el mismo

    período, se pasó del superávit fiscal a un

    déficit superior a 6% del PBI.

    La pregunta es, entonces: ¿por qué no funcionó?

    La respuesta no es sencilla. Quizás haya funcionado en parte y

    lo que hace falta es aumentar la dosis del remedio; quizá no

    funcione porque los bancos japoneses absorben la liquidez adicional

    para comprar bonos del Tesoro norteamericano, con lo que el efecto

    interno de las políticas reactivas se desvanece (paradojas de

    las economías abiertas).

    El fin de la ilusión

     

    La crisis japonesa es particularmente delicada, ya que lo que

    está en juego es la segunda economía del mundo, con un

    producto bruto interno equivalente a 13% del PBI mundial (Alemania

    representa 7% y Francia 5%).

    Pero a ello hay que agregar que los países de Asia

    afectados por la crisis de fines de 1997 no han logrado recuperarse.

    Después de muchos años de un optimismo impenetrable

    sobre el destino de esos países &endash;optimismo que se

    fundaba en argumentos ortodoxos o heterodoxos según quien

    fuera el emisor del mensaje&endash; la fantasía de que el

    crecimiento de la región no iba a tener límites se hizo

    trizas.

    Tras las masivas devaluaciones, llegó la recesión, y

    la combinación de devaluaciones y recesión

    empujó a la cesación de pagos a muchas de las grandes

    empresas que hasta poco antes constituían un modelo de

    éxito.

    En la actualidad la crisis llegó, como en Japón, al

    sistema financiero y, a diferencia de lo que algunos economistas

    pensaron a principios de año, esto determina que no se

    saldrá rápidamente del fondo del pozo. La caída

    del PBI estará, durante 1998, en alrededor de 5% para el

    promedio de la región y llegará a 20% en el caso de

    Indonesia.

    Dado que en parte &endash;pero sólo en parte&endash; esto

    se debe a un exagerado ajuste fiscal recomendado por el FMI, las

    instituciones internacionales de crédito han perdido, a la

    vez, el crédito intelectual del que disponían.

     

    Los que siguen en la lista

     

    ¿Cuál es la diferencia entre la crisis japonesa y la

    de sus vecinos? Podríamos entrar en muchos detalles al

    respecto, pero una diferencia que importa a los argentinos es el

    hecho que, de improviso, los inversores internacionales cayeron en la

    cuenta de que no siempre se ganaba apostando a las economías

    emergentes. Las pérdidas de quienes tenían acciones en

    algunos países asiáticos llegaron a niveles de 70% a

    90% en dólares. Y con ello, la calidad de la crisis cambiaba:

    si las economías asiáticas colapsaban,

    ¿cuál iba a ser el destino de otras naciones que ni

    siquiera podían mostrar una historia reciente tan exitosa?

    En ese contexto se produjo la cesación de pagos de la deuda

    rusa y la proliferación de profecías pesimistas

    allí donde hasta hace poco reinaba el optimismo.

    En la visión de muchos inversores, el candidato a un nuevo

    default es Brasil. No es inevitable que así sea y, de hecho,

    hay caminos para que el presidente Fernando Henrique Cardoso evite

    una medida tan extrema. Pero también es cierto que desde ahora

    y hasta mayo de 1999, Brasil tiene que hacer frente a una deuda

    interna de US$ 300.000 millones, con meses en los que los

    vencimientos superan los US$ 40.000 millones.

    El caso ruso y los temores sobre Brasil endurecieron

    todavía más a los mercados de capitales con respecto a

    los países emergentes. De hecho, en la actualidad es muy

    difícil que una economía riesgosa acceda a

    financiamiento para renovar sus deudas y, por lo tanto, tiene que

    hacerse de los dólares para pagar. Para peor, los mercados son

    crueles: cuando observan síntomas de debilidad, los potencian

    con fugas de capitales.

     

    Dónde está la Argentina

     

    ¿Está la Argentina en la categoría de

    países de máximo riesgo? El país tiene, sin

    duda, algunos puntos a favor: la convertibilidad &endash;que de todas

    maneras no es un régimen muy popular a nivel mundial,

    incluidos los organismos multilaterales de crédito&endash;

    está operando sólidamente, con un respaldo de 100% a la

    base monetaria en reservas internacionales.

    Por otra parte, se aprendió del efecto tequila y el sistema

    financiero está más fuerte que hace algunos

    años: entre la red de seguridad pactada por el Banco Central,

    los altos requisitos de liquidez impuestos a los bancos y la ayuda

    eventual (pero muy probable) del FMI y otras instituciones, el total

    de los depósitos en el sistema está cubierto en 35%, un

    índice extraordinariamente alto si se toman en cuenta los

    parámetros internacionales.

    Sin embargo, no hay que sesgarse hacia un optimismo excesivo. Hay

    prudencia fiscal y un sistema financiero robusto, la deuda

    pública no tiene vencimientos masivos a corto plazo y las

    amortizaciones de 1999 &endash;si se computa sólo el sector

    público&endash; suman US$ 7.000 millones, una cifra

    pequeña para los volúmenes que se manejan en los

    mercados internacionales de capitales.

    Pero, si en Brasil se profundiza la crisis, el racionamiento

    financiero a la Argentina será inevitable y, por lo tanto,

    también será inevitable el ajuste recesivo y el aumento

    del desempleo.

    A ello habrá que agregar los costos derivados de un enfoque

    errado de la actual conducción económica, que cree que

    hay que resguardar el flanco fiscal pero desentenderse del destino de

    la deuda privada. Sin embargo, si las empresas privadas no pueden

    pagar sus deudas, aumentará el riesgo de la deuda soberana y,

    como consecuencia, la tasa de interés que pague la Argentina.

     

    Qué se necesita

     

    Nos encontramos en un momento difícil de la crisis

    internacional. No parece que haya un mecanismo automático de

    salida. Por lo demás, la burbuja especulativa en los mercados

    de acciones de varios países desarrollados, en particular en

    Estados Unidos, parece estar estallando y ése no es un

    episodio suave y armónico.

    Así pues, en plena emergencia, es necesaria una

    operación internacional coordinada &endash;aunque

    indefectiblemente improvisada&endash; para proveer liquidez a

    países en riesgo pero dispuestos a llevar a cabo cambios que

    consoliden sus economías. Para ello se requiere una importante

    masa de fondos &endash;que hoy el FMI no tiene&endash; y la capacidad

    de conjugar factores políticos y económicos de gran

    complejidad.

    En particular, se plantea como una condición necesaria la

    superación de la mirada autocentrada y cortoplacista que

    caracteriza hoy a la clase política de Estados Unidos. En el

    Congreso, la derecha veta toda asistencia financiera a los

    países jaqueados por la desconfianza de los inversores

    argumentando que no se debe asistir a gobiernos “irresponsables”; la

    izquierda, a la vez, comparte el veto, fundándose en que la

    asistencia oculta una operación de salvataje y de

    socialización de las pérdidas de los especuladores. El

    Poder Ejecutivo, mientras tanto, no se encuentra en mejor

    situación: por razones conocidas, aunque insólitas, el

    presidente Clinton se encuentra hoy mucho más débil que

    en 1995 &endash;cuando salvó a México e indirectamente

    a la Argentina&endash; como para imponer una perspectiva menos miope.

    Y Alan Greenspan, el presidente de la Reserva Federal, se

    encuentra frente a un dilema: debería reducir las tasas de

    interés para aliviar la crisis mundial, pero no es obvio que

    la economía norteamericana necesite de esa política:

    por lo pronto, los valores del Dow Jones estaban en su actual nivel

    cuando, hace algún tiempo, Greenspan habló de la

    “exuberancia irracional de los mercados”.

     

    Las lecciones

     

    De esta manera, la indispensable intervención de Estados

    Unidos se ve demorada mientras los efectos de la crisis no lleguen a

    sus propias costas.

    Pero más allá del comportamiento inmediato de los

    actores, y cualquiera sea el resultado de la crisis actual, es

    posible extraer una lección perdurable: los mercados de

    capitales requieren la presencia de instituciones supranacionales que

    moderen los ciclos y neutralicen los pánicos allí donde

    los estados nacionales son, ya, incapaces de hacerlo. Hace falta algo

    que llene el vacío dejado por la muerte de Bretton Woods. Esto

    implica, en primer lugar, el nacimiento de un nuevo Fondo Monetario

    Internacional, con un capital suficiente para constituir un fondo

    anticrisis y abocado a un análisis complejo que supere las

    recetas simplistas y universales.

    En segundo lugar, deberá plantearse un debate sobre la

    necesidad de regular las nuevas entidades financieras no bancarias,

    como los fondos mutuales, las compañías de seguros y

    los fondos de pensión que, en las últimas

    décadas, han captado la mayor parte del ahorro financiero en

    los países centrales y han demostrado en varias ocasiones

    tener efectos amplificatorios de las crisis y los ciclos financieros.

    Probablemente, esto signifique atemperar las inversiones

    especulativas de estas instituciones; un objetivo deseable aunque

    signifique desinflar la recurrente ilusión de la

    multiplicación de los panes. •