viernes, 1 de mayo de 2026

    Esclavos de la competencia

    La competencia es el mejor camino para la evolución. Sin

    embargo, el desafío más importante que tenemos hoy en

    nuestras organizaciones es trabajar en un marco de

    cooperación.

    No hay nada intrínsecamente malo en la competencia. Puede

    proporcionar gran placer promover invenciones y audacias. El problema

    reside en que hemos perdido el equilibrio entre competencia y

    cooperación, precisamente en el momento en que más

    necesitamos trabajar en conjunto.

    En Estados Unidos se tiende a considerar a la competencia entre

    individuos como el mecanismo fundamental para el cambio y el

    mejoramiento de cada proyecto humano. Cuando interpretamos los

    desafíos del management pensamos en términos de

    analogías de guerra y de deportes. Necesitamos “vencer a la

    competencia”, “superar las resistencias que tiene el nuevo programa”

    o “apoderarnos de un nuevo mercado”. Es difícil ponerse a

    pensar que los procesos para el desarrollo de líderes pueden

    ser más parecidos al cuidado de los hijos que a la

    competencia; que promover una nueva cultura está más

    próximo a la jardinería que a una campaña

    militar, o que podríamos aprender a bailar con nuestros

    competidores en vez de sostener con ellos batallas interminables.

    Fascinados por la competencia, a menudo nos encontramos

    compitiendo contra las mismas personas con las que más

    necesitamos colaborar. Integrantes del equipo gerencial compiten

    entre sí para mostrar lo que se debe hacer, quién

    conoce mejor las cosas, quién razona mejor o quién es

    más persuasivo. Los departamentos compiten por lo que sea, en

    lugar de cooperar para compartir el conocimiento. Los líderes

    que manejan equipos de proyectos compiten para mostrar quién

    es el mejor gerente, aun si esto representa ocultar problemas cuyas

    consecuencias padecerán todos.

    Nuestra insistencia en la competencia hace que “quedar bien” en el

    corto plazo sea más importante que “estar bien” a largo plazo.

    El temor es uno de los principales enemigos del aprendizaje. Para

    aprender debemos reconocer que hay ciertas cosas para las cuales no

    estamos capacitados y para las que no somos buenos. Pero en muchas

    empresas la ignorancia es un signo de debilidad. Tener

    incompetencias, aun temporariamente, es mostrar una imagen

    imperfecta.

    Qué difícil sería para un chico aprender a

    caminar si tuviera miedo de caerse y parecer un tonto. Cuánto

    más dificultoso le resultaría aprender a hablar si

    pretendiera usar las palabras exactas desde el primer momento. Sin

    embargo, esto es precisamente lo que ocurre en las escuelas, donde

    nos enfrentan con compañeros de estudio por la

    obtención de una estrella de oro o por una nota de 10 puntos.

    Y esto es también lo que ocurre repetidamente en las

    organizaciones que hacen un ranking de nuestro desempeño sobre

    la base del management por objetivos.

     

    Capacitados en incompetencia

    En respuesta a tales comportamientos, muchos de nosotros hemos

    desarrollado defensas que llegan a ser nuestra segunda naturaleza.

    Resolvemos problemas como ermitaños o mostramos nuestra mejor

    expresión en público y nunca admitimos: “Yo no

    sé”. El precio que pagamos es enorme: continuamos siendo

    ineficaces. De hecho, nos hacemos maestros en lo que Chris Argyris

    llama “capacitados en incompetencia”. Expertos en defendernos de toda

    amenaza o sufrimiento que pudiera traernos el aprendizaje,

    permanecemos incompetentes y ciegos a nuestra incompetencia.

    Desde ser capacitados en incompetencia a las rutinas defensivas

    organizacionales hay sólo un paso. Para minimizar los

    sentimientos de vergüenza y las amenazas que pudieran venir de

    nuestra postura competitiva, adoptamos tácticas que impiden

    nuestra exposición al aprendizaje.

    En muchas organizaciones el lema es “no contradecir a la

    mayoría” o “no tiene sentido salir con tal cosa, ya que todos

    sabemos que el jefe piensa distinto”. Quien admita tener dudas sobre

    la dirección del grupo es mirado como un “mal participante”,

    en lugar de verlo como una posible fuente de aprendizaje. Por eso,

    las personas sostienen supuestos no verificados asumiéndolos

    como certezas incuestionables. En las reuniones nadie expresa

    desacuerdos, las personas con autoridad toman decisiones arbitrarias

    y la organización cae en un estado de resignación y

    resentimiento.

     

    ¿El emperador está desnudo?

    Nada es mejor para crear organizaciones esquizofrénicas que

    un entorno donde las personas saben que el emperador no tiene ropa,

    pero actúan como si la tuviera.

    Al insistir en la competencia, potenciamos nuestra

    concentración en los resultados verificables en el corto

    plazo. Consecuentemente, carecemos de la disciplina para estabilizar

    prácticas que son vitales para el aprendizaje en profundidad.

    El aprendizaje en profundidad suele producir mínima

    resonancia durante largos períodos: los aprendices se

    encuentran en una posición que asemeja a una meseta. En ese

    sentido, para incorporar nuevas competencias, debemos practicar

    continuamente durante períodos en los cuales aparentemente no

    se producen cambios. En idioma chino, “aprendizaje” se escribe

    utilizando dos símbolos: el primero representa “percatarse

    de”, y el segundo, “practicar constantemente”. En Occidente, estamos

    tan ocupados por los resultados que tenemos poca disposición

    para “practicar constantemente”.

    La manera de pensar en soluciones rápidas nos convierte en

    ciegos sistémicos. Muchos de los problemas de hoy provienen de

    soluciones de ayer, y muchas soluciones de hoy serán los

    problemas de mañana. Muchos de mis problemas vienen de

    soluciones que otro ha tomado y muchas de las soluciones que yo

    aplico serán los problemas de otro. Lo más asombroso es

    que muchas de las soluciones rápidas, desde el recorte de

    gastos hasta las promociones de marketing, se aplican aun cuando

    nadie crea que ellas resolverán los problemas existentes. Sin

    embargo, nos vemos impulsados a llevarlas adelante. Necesitamos

    exhibir resultados, y rápido, sin darle ninguna importancia al

    largo plazo, ni medir las consecuencias sistémicas.

    Fred Kofman es socio fundador y presidente de Leading

    Learning Communities (LLC). Peter Senge es director del Centro para

    Aprendizaje Organizacional en la Escuela de Management del MIT.