Los empresarios, políticos y economistas del mundo
occidental creen fervientemente que cuanto más integrada
esté la economía global, mejor. Pero es hora de que
incorporen el término sobreintegración a su
vocabulario.
¿Qué tienen en común el gran apagón de
Nueva Inglaterra del año 1965, la actual crisis financiera
asiática y el próximo lanzamiento de una divisa
única en Europa? La respuesta es: una excesiva
integración.
Vincular las economías puede resultar, por supuesto, muy
conveniente para mejorar la escala y la eficiencia. También
suele ser útil para evitar pequeñas incomodidades. Una
gran red de distribución eléctrica permite, por
ejemplo, que si se corta la luz en Nueva York un sistema de
energía integrado que cubra la región de Nueva
Inglaterra pueda suministrar un servicio de emergencia. Esa es la
buena noticia.
La mala es que, aunque los sistemas integrados pueden resolver las
pequeñas interrupciones, suelen agravar las grandes. Y eso fue
lo que sucedió cuando no sólo Nueva York sino toda
Nueva Inglaterra de pronto se quedó sin luz.
Traslademos esto a la crisis asiática y a la
economía global y entenderemos por qué las luces siguen
encendidas a la medianoche en los bancos y ministerios de
Economía no sólo de Asia, sino también de
Estados Unidos, América del Sur y Europa. La
integración excesiva significa que, a diferencia de lo que
ocurría antes, cuando sólo una parte corría
riesgos, ahora es todo el sistema global el que está en
peligro.
Falta un sistema de protección
A partir del apagón de Nueva Inglaterra, las empresas de
electricidad de todo el mundo comprendieron los peligros de una
sobreintegración ingenua y diseñaron sistemas
más inteligentes con suficientes mecanismos de
protección contra fallas, sistemas de reserva,
compartimentación e interruptores de circuitos capaces de
minimizar el riesgo. Pero el sistema global carece virtualmente de
protección contra estos peligros.
Necesitamos sistemas inteligentes y una integración
opcional y no máxima. Esto es especialmente importante en
épocas de turbulento cambio económico, porque hoy hasta
los cambios más pequeños pueden desencadenar
consecuencias imprevisibles.
Tailandia, con su pequeña economía, llevó a
toda Asia al borde del abismo. Tal como señaló Kenneth
Courtis, economista principal del Deutsche Bank-Asia, Tailandia era
como una lamparita eléctrica adosada al generador de
energía nuclear de la economía global.
Según Courtis, el mercado alcista de Estados Unidos
empujaba hacia arriba el valor de las divisas de Tailandia, Malasia,
Corea del Sur y otros países porque todos ellos estaban atados
al dólar. “Esto los llevó al punto de ruptura”, dice
Courtis, “porque el abismo entre la realidad económica y los
mercados sobrevaluados finalmente afectó la credibilidad”.
La crisis resultante de este caso de sobreintegración se
trasladó a toda la economía mundial, y llevó a
países tan diferentes como Brasil y Rusia a elevar sus tasas
de interés, y en consecuencia a reducir su crecimiento, para
poder defender sus monedas contra la gripe asiática.
Hoy, a Estados Unidos le preocupa la perspectiva de que Asia trate
de recuperarse inundando el mercado con sus productos a muy bajo
precio. A su vez, Japón teme que los préstamos
incobrables de Corea del Sur provoquen el derrumbe de su propio
sistema bancario.
Ni siquiera la inédita y masiva operación de rescate
de Corea del Sur lanzada por el FMI ha servido para restablecer la
confianza. George Soros, que es la personificación misma del
mercado global, declaró que “el rescate del FMI no
funcionó. Lo que comenzó como un desequilibrio menor ha
adquirido enormes proporciones, hasta tal punto que amenaza con
comprometer no sólo al crédito internacional sino al
comercio internacional. Estamos al borde de la deflación
mundial”.
La apuesta de Europa
Mientras tanto, y con el programado lanzamiento del Euro
&emdash;su nueva divisa única&emdash;, Europa también
enfrenta un gran riesgo. Antes, el auge y la caída de los
ciclos económicos de Francia o Alemania podían quedar
confinados a esos países solamente; en cambio ahora, con una
moneda única, Europa toda tendría un ciclo
económico sobreintegrado.
Lo que sorprende es que hasta los propios arquitectos de esta
integración excesiva en Europa reconocen esto. “Hasta ahora,
las devaluaciones y revaluaciones han sido un vehículo
importante para ajustar y corregir las diferencias entre los Estados
europeos”, escribieron hace muy poco Helmut Schmidt y Valery Giscard
D´Estaing.
“Ese vehículo desaparecerá con la adopción de
la divisa única. Ante la ausencia de modificaciones en el tipo
de cambio”, señalan el ex canciller alemán y el ex
presidente francés, “los ajustes adoptarán la forma de
tensiones y dislocaciones económicas y sociales”.
En definitiva, concluyen, sólo el ejercicio de la voluntad
política puede salvarlos de la insensatez de la
sobreintegración económica y de las “tensiones que
podrían aniquilar a todo el sistema”. Pero, a pesar de estas
voces de advertencia, la prisa ciega por maximizar la
integración europea continúa.
El antídoto contra la excesiva integración es la
preservación de toda la diversidad de sistemas que la
eficiencia permita. Pero también hace falta crear
interruptores de circuitos, sistemas de reserva y otros medios que
logren impedir que la crisis se disemine por contagio.
En este tema resulta útil considerar el ejemplo chileno.
Chile es la economía más exitosa de América
latina, pero también la única que mantiene controles
sobre el flujo de capitales. Chile desea integrarse a la
economía mundial mediante el comercio y las finanzas pero,
puesto que su economía es pequeña, debe evitar el azote
de cualquier brote de especulación cambiaria.
Para impedir esto, el gobierno chileno requiere que todos los
inversores de corto plazo realicen depósitos, que no devenguen
intereses, en el Banco Central y que paguen punitorios si retiran
estos depósitos en menos de un año.
Esta fórmula especial puede ser adecuada para Chile y
equivocada para otros países. Sin embargo, es tiempo ya de que
comencemos a pensar más reflexivamente en los riesgos
&emdash;y no sólo en los beneficios&emdash; de la
integración económica a nivel nacional, regional y, muy
especialmente, global.
