sábado, 30 de mayo de 2026

    Un peligroso exceso de integración

    Los empresarios, políticos y economistas del mundo
    occidental creen fervientemente que cuanto más integrada
    esté la economía global, mejor. Pero es hora de que
    incorporen el término sobreintegración a su
    vocabulario.

    ¿Qué tienen en común el gran apagón de
    Nueva Inglaterra del año 1965, la actual crisis financiera
    asiática y el próximo lanzamiento de una divisa
    única en Europa? La respuesta es: una excesiva
    integración.

    Vincular las economías puede resultar, por supuesto, muy
    conveniente para mejorar la escala y la eficiencia. También
    suele ser útil para evitar pequeñas incomodidades. Una
    gran red de distribución eléctrica permite, por
    ejemplo, que si se corta la luz en Nueva York un sistema de
    energía integrado que cubra la región de Nueva
    Inglaterra pueda suministrar un servicio de emergencia. Esa es la
    buena noticia.

    La mala es que, aunque los sistemas integrados pueden resolver las
    pequeñas interrupciones, suelen agravar las grandes. Y eso fue
    lo que sucedió cuando no sólo Nueva York sino toda
    Nueva Inglaterra de pronto se quedó sin luz.

    Traslademos esto a la crisis asiática y a la
    economía global y entenderemos por qué las luces siguen
    encendidas a la medianoche en los bancos y ministerios de
    Economía no sólo de Asia, sino también de
    Estados Unidos, América del Sur y Europa. La
    integración excesiva significa que, a diferencia de lo que
    ocurría antes, cuando sólo una parte corría
    riesgos, ahora es todo el sistema global el que está en
    peligro.

     

    Falta un sistema de protección

    A partir del apagón de Nueva Inglaterra, las empresas de
    electricidad de todo el mundo comprendieron los peligros de una
    sobreintegración ingenua y diseñaron sistemas
    más inteligentes con suficientes mecanismos de
    protección contra fallas, sistemas de reserva,
    compartimentación e interruptores de circuitos capaces de
    minimizar el riesgo. Pero el sistema global carece virtualmente de
    protección contra estos peligros.

    Necesitamos sistemas inteligentes y una integración
    opcional y no máxima. Esto es especialmente importante en
    épocas de turbulento cambio económico, porque hoy hasta
    los cambios más pequeños pueden desencadenar
    consecuencias imprevisibles.

    Tailandia, con su pequeña economía, llevó a
    toda Asia al borde del abismo. Tal como señaló Kenneth
    Courtis, economista principal del Deutsche Bank-Asia, Tailandia era
    como una lamparita eléctrica adosada al generador de
    energía nuclear de la economía global.

    Según Courtis, el mercado alcista de Estados Unidos
    empujaba hacia arriba el valor de las divisas de Tailandia, Malasia,
    Corea del Sur y otros países porque todos ellos estaban atados
    al dólar. “Esto los llevó al punto de ruptura”, dice
    Courtis, “porque el abismo entre la realidad económica y los
    mercados sobrevaluados finalmente afectó la credibilidad”.

    La crisis resultante de este caso de sobreintegración se
    trasladó a toda la economía mundial, y llevó a
    países tan diferentes como Brasil y Rusia a elevar sus tasas
    de interés, y en consecuencia a reducir su crecimiento, para
    poder defender sus monedas contra la gripe asiática.

    Hoy, a Estados Unidos le preocupa la perspectiva de que Asia trate
    de recuperarse inundando el mercado con sus productos a muy bajo
    precio. A su vez, Japón teme que los préstamos
    incobrables de Corea del Sur provoquen el derrumbe de su propio
    sistema bancario.

    Ni siquiera la inédita y masiva operación de rescate
    de Corea del Sur lanzada por el FMI ha servido para restablecer la
    confianza. George Soros, que es la personificación misma del
    mercado global, declaró que “el rescate del FMI no
    funcionó. Lo que comenzó como un desequilibrio menor ha
    adquirido enormes proporciones, hasta tal punto que amenaza con
    comprometer no sólo al crédito internacional sino al
    comercio internacional. Estamos al borde de la deflación
    mundial”.

     

    La apuesta de Europa

    Mientras tanto, y con el programado lanzamiento del Euro
    &emdash;su nueva divisa única&emdash;, Europa también
    enfrenta un gran riesgo. Antes, el auge y la caída de los
    ciclos económicos de Francia o Alemania podían quedar
    confinados a esos países solamente; en cambio ahora, con una
    moneda única, Europa toda tendría un ciclo
    económico sobreintegrado.

    Lo que sorprende es que hasta los propios arquitectos de esta
    integración excesiva en Europa reconocen esto. “Hasta ahora,
    las devaluaciones y revaluaciones han sido un vehículo
    importante para ajustar y corregir las diferencias entre los Estados
    europeos”, escribieron hace muy poco Helmut Schmidt y Valery Giscard
    D´Estaing.

    “Ese vehículo desaparecerá con la adopción de
    la divisa única. Ante la ausencia de modificaciones en el tipo
    de cambio”, señalan el ex canciller alemán y el ex
    presidente francés, “los ajustes adoptarán la forma de
    tensiones y dislocaciones económicas y sociales”.

    En definitiva, concluyen, sólo el ejercicio de la voluntad
    política puede salvarlos de la insensatez de la
    sobreintegración económica y de las “tensiones que
    podrían aniquilar a todo el sistema”. Pero, a pesar de estas
    voces de advertencia, la prisa ciega por maximizar la
    integración europea continúa.

    El antídoto contra la excesiva integración es la
    preservación de toda la diversidad de sistemas que la
    eficiencia permita. Pero también hace falta crear
    interruptores de circuitos, sistemas de reserva y otros medios que
    logren impedir que la crisis se disemine por contagio.

    En este tema resulta útil considerar el ejemplo chileno.
    Chile es la economía más exitosa de América
    latina, pero también la única que mantiene controles
    sobre el flujo de capitales. Chile desea integrarse a la
    economía mundial mediante el comercio y las finanzas pero,
    puesto que su economía es pequeña, debe evitar el azote
    de cualquier brote de especulación cambiaria.

    Para impedir esto, el gobierno chileno requiere que todos los
    inversores de corto plazo realicen depósitos, que no devenguen
    intereses, en el Banco Central y que paguen punitorios si retiran
    estos depósitos en menos de un año.

    Esta fórmula especial puede ser adecuada para Chile y
    equivocada para otros países. Sin embargo, es tiempo ya de que
    comencemos a pensar más reflexivamente en los riesgos
    &emdash;y no sólo en los beneficios&emdash; de la
    integración económica a nivel nacional, regional y, muy
    especialmente, global.