En la edición anterior se habló de la
medición del producto y de su distribución, tanto desde
el punto de vista de los perceptores del ingreso (asalariados y no
asalariados) como desde la perspectiva del origen sectorial de los
bienes y servicios que produce la economía. El tema de esta
segunda entrega es la composición de la oferta global y su
distribución entre los componentes de la demanda agregada.
La oferta global de bienes y servicios se compone de la suma de la
producción local más las importaciones. La
producción local es el resultado de la aplicación de la
fuerza de trabajo a la transformación de materias primas e
insumos, utilizando equipos y herramientas. El modo específico
en que se combinan cantidades determinadas de esos elementos se suele
llamar, en un sentido amplio, tecnología. Una economía
eleva sus niveles de producción a través del aumento de
la cantidad de equipos e instalaciones, del incremento y la
capacitación de la fuerza de trabajo, del ensanchamiento de la
base nacional de recursos naturales (por ejemplo: hallazgo de nuevas
reservas de gas y petróleo) y de la modificación de la
tecnología. Todos estos factores contribuyen a definir lo que
se denomina desarrollo económico.
En la práctica vigente en la Argentina, las importaciones
– el otro elemento de la oferta global – se clasifican
según su destino final: bienes intermedios o insumos (para ser
utilizados en la producción de nuevos bienes y servicios),
bienes de consumo, bienes de capital y sus partes y piezas
(destinados a la renovación y/o mantenimiento del stock de
capital de la economía), y combustibles y lubricantes.
Además, es habitual encontrar discriminado el dato
correspondiente a un tipo particular de bien de consumo durable; por
ejemplo, los vehículos automotores de pasajeros.
Además de los bienes, las importaciones consideradas en la
estimación de la oferta global incluyen los servicios reales
(fletes, gastos de turismo y viajes, gastos por el uso de licencias y
royalties, etc.).
Es interesante observar cómo ha variado la importancia
relativa de cada componente de la oferta global en la historia
reciente de la economía argentina. En el lapso 1980/97 las dos
participaciones mayores de las importaciones dentro de la oferta a
precios constantes se registraron en 1980/81 y durante el plan de
Convertibilidad (1997 fue el año récord, con 17,3% de
participación).
La demanda
La demanda, al igual que la oferta, tiene un componente interno:
consumo e inversión, y otro externo, exportaciones. El consumo
agrupa aquellos bienes cuya demanda guarda una relación mucho
más estable y directa con el ingreso que la que caracteriza a
los bienes que forman parte de la inversión, sujeta a cambios
más bruscos.
Las exportaciones, por su parte, dependen de las decisiones de
compra de no residentes y son afectadas por otros precios relativos,
así como por el nivel de actividad del resto del mundo.
En futuras entregas volveremos sobre el comportamiento
diferenciado de los diversos agregados; basta señalar
aquí que los esquemas de clasificación, y las
estadísticas a las que dan origen, suelen reflejar una cierta
visión de cómo funciona la economía.
El consumo se compone de los bienes y servicios demandados por las
familias para satisfacer tanto sus necesidades básicas
(alimentación, vestimenta) como las menos perentorias
(esparcimiento, cambio de automóvil).
Se acostumbra a distinguir los bienes de consumo no durables, que
desaparecen con el primer uso (los alimentos son el ejemplo
típico), de los que brindan servicios durante períodos
prolongados (un televisor o un automóvil), denominados
durables.
Ni los bienes de consumo ni las exportaciones contribuyen de un
modo directo al proceso productivo. Entre los que sí
intervienen en la producción de otros bienes se encuentran los
insumos, que se extinguen en el primer uso, y los bienes de capital,
que se amortizan con el tiempo.
El cálculo de la inversión suele presentarse
discriminado en: construcciones, maquinaria y equipo de
producción, y variación de existencias. En el primer
rubro se computan construcciones nuevas o mejoras de las existentes
relacionadas con el proceso productivo como, por ejemplo, una planta
industrial, el alambrado de un campo o el tendido de una línea
de alta tensión. La construcción de viviendas
residenciales no está incluida en esta partida ya que se
considera parte del consumo de las familias.
El rubro de maquinaria involucra tanto el gasto destinado a
adquirir máquinas y equipos (incluyendo el material de
transporte de carga o para pasajeros), como el gasto en mantenimiento
o reparación de equipos preexistentes cuando incrementan su
productividad o vida útil.
La variación de existencias, finalmente, se refiere al
cambio en los stocks de materias primas y de bienes en proceso de
producción, o producidos pero aún no vendidos. Estos
son, sin duda, una parte de la riqueza generada por la sociedad,
sólo que al momento del cálculo del producto bruto
aún no se han asignado al sector de las familias ni han sido
utilizados por las empresas en sus procesos productivos.
Como puede verse en el gráfico, en la Argentina la
inversión se reparte actualmente casi por mitades entre
construcciones y maquinaria y equipo de producción. En cambio,
durante la década del ´80 esta relación era cercana a
dos tercios y un tercio, respectivamente. Es interesante notar
también el crecimiento de la proporción de maquinarias
y equipos de origen importado, cuya participación en el total
de la inversión equivale hoy al triple de la que
exhibía durante la década pasada y representa las dos
terceras partes del total del rubro (ver gráfico pág.
50).
Las exportaciones son la parte de la producción local de
bienes y servicios no absorbida por la demanda interna, que se coloca
en el exterior. A diferencia de las importaciones, que se clasifican
por su destino y por el modo en el que ingresan al proceso productivo
nacional, las exportaciones se distinguen según el sector de
origen y grado de elaboración. Así, se reconocen como
principales categorías los productos primarios, las
manufacturas de origen agropecuario (básicamente alimentos),
las manufacturas de origen industrial y los combustibles.
Ahorro e inversión
En la edición anterior nos referimos a la equivalencia
entre el producto y el ingreso, y cómo se reparte éste
entre los participantes en el proceso productivo. Ahora conviene
avanzar en el tratamiento del uso del ingreso percibido. Las familias
destinan una cierta fracción de sus ingresos al gasto en
bienes de consumo, y asignan esa suma a diferentes productos y
servicios según sus gustos y preferencias. La
proporción no consumida forma parte del ahorro de la
economía, que se completa con las ganancias no distribuidas de
las empresas.
Este ahorro se aplica – en forma directa o a través
del sistema financiero – a la inversión. En una
economía cerrada, sin intercambio de bienes con el resto del
mundo, la inversión no puede ser superior al monto ahorrado
por la sociedad. Visto de otra forma, si no hay exportaciones ni
importaciones, el ingreso se ahorra o se consume, y el producto se
destina a la inversión o al consumo. Como producto e ingreso
son equivalentes; también deben serlo ahorro e
inversión.
Hasta aquí nos hemos referido a relaciones contables, a
identidades, no a relaciones de causalidad. Decimos que en una
economía cerrada el ahorro y la inversión siempre
serán idénticos, pero podría ocurrir que el
mayor ahorro sea el que promueva la mayor inversión
(afirmación que caricaturiza a la economía
prekeynesiana), o que la mayor inversión sea la que genere el
mayor ahorro (ahora simplificamos al límite una
afirmación de la economía keynesiana).
En el mundo real no existen economías totalmente cerradas,
de modo que el ahorro (la fracción no consumida del producto)
y la inversión no serán idénticos. En el caso de
que el ahorro sea mayor que la inversión, habrá una
masa excedente de bienes nacionales que se colocará en el
resto del mundo: se trata del superávit en la balanza
comercial o el exceso de exportaciones sobre importaciones, una
situación característica de la década del ´80.
Como sabemos, hoy se registra en la Argentina la situación
inversa: el balance comercial es deficitario, y este exceso de
importaciones sobre exportaciones es idéntico al exceso de la
inversión sobre el ahorro doméstico (ver cuadro).
Puesto en otros términos, la inversión total nunca
puede ser superior a los recursos que desde el ahorro se destinan a
su financiamiento, sólo que este ahorro puede ser de origen
interno, proveniente de la parte no consumida del ingreso, o de
origen externo, contrapartida del déficit en el balance
comercial. Sobre este tema y otros vinculados con las cuentas
externas volveremos en la próxima edición.
Esta serie de trabajos ha sido diseñada y supervisada por
el economista Pablo Gerchunoff, investigador jefe del Centro de
Investigaciones Económicas del Instituto Torcuato Di Tella y
profesor de Historia Económica Argentina de la universidad
homónima.
