sábado, 30 de mayo de 2026

    La Argentina que crece y la que espera


    • Entre 1990 y 1995 todas las provincias argentinas
      incrementaron su Producto Bruto Geográfico (PBG), con un
      promedio nacional de 291% medido en pesos corrientes.
    • La expansión, sin embargo, presentó ritmos muy
      distintos, entre la evolución de Neuquén (367%) y la
      de Jujuy (129%).
    • Las principales ganadoras de los ´90 fueron las provincias
      pampeanas, Córdoba y Ciudad de Buenos Aires. Igual que en
      otras experiencias internacionales de apertura e
      integración regional, la expansión se asentó
      sobre los sectores orientados a la exportación.
    • Otros distritos, aun sin exhibir desempeños tan
      exitosos como los de las anteriores, encontraron en esta
      década nuevos polos de desarrollo para sus
      economías. Son los casos de la agroindustria del
      limón en Tucumán, el algodón en Chaco y la
      minería en Catamarca.
    • Tan dispar como la evolución del crecimiento fue la de
      los ingresos. La brecha entre la provincia que tuvo el mayor
      promedio y la que tuvo el menor pasó de tres veces en 1991
      a 3,7 veces en 1996.
    • El incremento del desempleo fue el otro dato significativo del
      proceso, como resultado de un crecimiento basado en sectores
      intensivos en capital pero raquíticos en materia de efecto
      multiplicador hacia otras actividades.

    Luego del invierno de la década perdida, la economía
    argentina se reencontró, apenas iniciados los ´90, con el
    crecimiento: en los últimos siete años el PBI
    registró un incremento acumulado de 51,6%, las exportaciones
    saltaron de US$ 9.300 millones en 1990 a los 25.360 millones el
    año pasado, y el PBI per capita pasó de US$ 4.300 a US$
    9.000. Más acá de los números, el shock de
    modernidad se hizo presente en la vida cotidiana. Enriquecidos y con
    pautas de consumo mucho más sofisticadas, los argentinos
    – al menos los que conservaron su empleo – se asomaron a
    un país distinto.

    La inversión extranjera directa, artífice real de la
    reforma, superó en ese período los US$ 34.000 millones
    y mantendrá un ritmo promedio de US$ 8.000 millones para el
    trienio 1997-2000, de acuerdo con las estimaciones oficiales. El
    comportamiento de esta variable, sin embargo, anticipa un
    fenómeno clave del proceso: la heterogeneidad. Así como
    el monto de radicaciones es portentoso, no lo es menos que 73% del
    total se haya aglutinado en cinco sectores (telecomunicaciones,
    industria automotriz, petroquímica, alimentos y
    energía) mientras otros eran literalmente ignorados.

    La disparidad reaparece en el impacto regional de la reforma
    económica. Los ´90, más allá de haberse
    convertido en un detonante general para la economía nacional,
    reconfiguraron el mapa productivo. O, lo que es lo mismo, definieron
    – y aún definen – qué geografías
    resultan y resultarán exitosas, y cuáles deberán
    esperar tiempos de mejor suerte.

    Como dato básico, todas las provincias argentinas elevaron
    su Producto Bruto Geográfico (PBG) en el período
    1990-1995, último año en que se midió. El
    incremento promedio del país, a precios corrientes, es de
    291%. Siete estados provinciales se ubican por encima y en los 17
    restantes el impacto se diluye hasta llegar a Jujuy, que apenas
    registra un tercio del crecimiento de la líder.

    Más allá de todas las objeciones
    metodológicas que puedan formularse sobre la medición
    del PBG (ver recuadro), el ranking no deja dudas sobre quiénes
    ganaron en los ´90: las siete que superan la media son productoras de
    hidrocarburos (Neuquén y Santa Cruz), pampeanas (Buenos Aires
    y La Pampa), una promocionada (San Juan), Córdoba y la Ciudad
    de Buenos Aires. Sorprenden, de todos modos, algunas posiciones, como
    las de San Luis, Santiago del Estero o Misiones, que tal vez
    sólo logren ser explicadas por errores en la
    metodología de cálculo.

     

    Dos países

    Para Jorge Baldrich, quien fue subsecretario de
    Programación Regional durante la gestión de Domingo
    Cavallo al frente del Ministerio de Economía y hoy es
    investigador de la Fundación Mediterránea, a lo largo
    de esta década existieron dos países. Uno, productor de
    bienes transables en el mercado internacional. El otro, atrapado
    – en el mejor de los casos – en los límites del
    mercado regional. “Básicamente – sostiene – , lo
    que hubo fue una fuerte mejora en la competitividad de los bienes de
    exportación, porque mientras los precios en los mercados
    internacionales subían, sus costos bajaban. Como resultado de
    este proceso, se observa un fortalecimiento de las economías
    regionales.”

    Entre los factores que remolcaron al agro figuran el fin de las
    retenciones, la caída de los aranceles a las importaciones de
    bienes de capital y una estructura de transporte más
    eficiente. Por otro lado, alentada por precios en alza y, en menor
    grado, por la eterna promesa del fin de los subsidios en los
    países centrales, la inversión se multiplicó en
    el campo bajo la forma de maquinaria, nuevos sistemas productivos,
    riego y fertilizantes.

    En los últimos siete años la producción
    agrícola pasó de 40 millones de toneladas a 61
    millones; el consumo de fertilizantes, de 200.000 toneladas a 1,6
    millones, y la utilización de tractores de 3.400 unidades a
    7.660. El complejo oleaginoso se convirtió en la estrella de
    la época: de las 20 empresas que más exportaron en
    1996, 15 comercializan pellets y aceite de soja y girasol.

    El sector manufacturero, en tanto, sufrió una suerte
    más diversa, desde la fortuna de la industria automotriz a los
    pesares de la textil. En términos generales, incrementó
    33,4% su volumen físico de producción, 70,7% su
    productividad y 142,9% las exportaciones. Si bien no existen cifras
    confiables de cierres de fábricas, los economistas dudan de
    que otra de las claves de la época sea la pérdida de
    estructura industrial; es decir, de aquel entramado de Pymes que
    abastecía a la gran industria y buena parte del consumo final
    en los años del mercado cerrado.

    No existen datos sobre el cierre de pequeños y medianos
    establecimientos, pero es lícito relacionar los avatares de
    este sector, ávido de mano de obra, con el alza del desempleo.
    De hecho, en los enclaves más golpeados por la apertura
    – como Rosario, el oeste y el sur del Gran Buenos Aires, el
    Gran Córdoba, Santa Fe, Trelew, Paraná, Río
    Grande, Ushuaia y La Plata – la desocupación no baja de
    16%. El caso extremo es el Gran La Plata, cuyo desempleo trepó
    177% en el período 1990-97. En el nivel nacional, entre 1990 y
    1996 el sector manufacturero registró una caída de los
    puestos de trabajo de 22,9%.

    Con todo, los especialistas afirman que no se trata de un proceso
    de primarización de la actividad productiva. Primero, porque,
    después de todo, la industria también creció y
    su desventaja es relativa frente al boom de otro sector. Y segundo,
    según explica Rogelio Frigerio (nieto), actual subscretario de
    Programación Regional, “porque el tipo de inversión que
    se está dando en lo que antes se llamaba primario – como
    cosechadoras mecánicas de algodón o plantaciones de
    mandarinas conectadas vía satélite con los centros
    internacionales de formación de precios – pone en duda
    esta clasificación”.

     

    Crecimiento desparejo

    La provincia que más creció en PBG es un ejemplo
    – extremo – del tipo de expansión que asomó
    en los ´90. Se trata de Neuquén, una especie de Kuwait
    argentina que, a la par de un alza de 367% impulsada por los
    hidrocarburos, exhibió la reaparición del conflicto
    social – con las imágenes de Cutral-Có como
    bandera – y el deterioro de los sistemas educativo y sanitario.

    “Desarrollo del tipo factoría”, llaman los economistas a
    este crecimiento asimétrico, en el que un sector estrella se
    recorta del entorno y se robustece sin generar derrames o
    encadenamientos hacia otras ramas. Lo mismo cabe para la
    minería y, en una escala mucho menor, para el desembarco de
    automotrices que vienen de la mano de sus proveedores globales. Por
    eso, si bien este informe se centra en los cambios en la
    economía real y en las posibilidades de desarrollo que
    aquéllos permiten vislumbrar, también incluye algunos
    indicadores sociales.

    Porque, justamente, otra de las claves del crecimiento de estos
    años fue la profundización de la disparidad. Esto se
    refleja, por ejemplo, en los ingresos medios provinciales: así
    como en 1991 la relación entre el valor más alto
    (Ciudad de Buenos Aires) y el más bajo (Corrientes) era de
    3,03, en 1996 la relación entre las puntas (Ciudad de Buenos
    Aires y Jujuy) alcanzó a 3,7 (ver cuadro).

    En la base del fenómeno aparece la retirada del Estado,
    bajo la forma múltiple de las privatizaciones de empresas
    públicas, el fin de los regímenes de promoción
    industrial, la liquidación del entramado regulador iniciado
    por el ministro Federico Pinedo en los ´30 y, finalmente, la apertura
    regional.

    Una economía abierta tiende a parapetarse tras los sectores
    más competitivos del período anterior. Este darwinismo
    económico, lejos de ser argentino, se hizo sentir en el sur
    brasileño luego de la desregulación y en la media luna
    que nace en Holanda y Bélgica, recorre Francia, Suiza, el
    norte de Italia y Austria y termina en Alemania, una vez conformada
    la Unión Europea. En la Argentina, como era de esperar, esta
    dinámica fortificó ante todo a las provincias pampeanas
    y a la capital federal. Además de las fortalezas previas y de
    su mayor capacidad de atracción de capitales, esta
    región aprovechó todo, desde las mejoras en
    infraestructura o la menor tarifa energética hasta
    técnicas productivas como el just in time, en la que la
    distancia es un factor central.

    En la otra punta, Santiago del Estero tiene el PBG per capita
    más bajo del país, con apenas US$ 1.978 al año,
    y el récord de población (36%) con necesidades
    básicas insatisfechas (NBI). La reactivación de los ´90
    parece haberse olvidado de la provincia, a pesar de que su PBG,
    medido en pesos corrientes, creció 289% en el período
    1990-95. La novedad más importante fue que se convirtió
    en la segunda provincia en producción algodonera, con 21% de
    participación.

    Sin actividad industrial (en 1994 mantenía su 0,2% de
    participación en el VBP del sector), sin más
    fábricas grandes que Grafa y con la actividad primaria
    estancada, también sorprende que sólo registre 11% de
    desempleo. El empleo público (69 agentes cada 1.000
    habitantes) tampoco explica esa variable, pese a ser algo mayor a la
    media.

    Además del algodón, conserva su producción de
    horticultura – zapallos y batatas – para atender a la
    capital federal y el Gran Buenos Aires, y algo de ganadería
    extensiva.

     

    Del Paraná al Uruguay

    Entre Ríos es la provincia más desarrollada de la
    Mesopotamia. Tradicionalmente volcada sobre el Paraná, en los
    últimos años, sin embargo, su eje de crecimiento se
    asentó sobre el río Uruguay y adquirió una
    dinámica en la que los puntales de la expansión no son
    ya la ganadería o la agricultura extensiva, sino el polo
    industrial de Gualeguaychú, las industrias forestal y arrocera
    y la producción frutícola.

    En cuanto a la producción de cítricos, la
    reconversión es arrastrada por un grupo de empacadoras de la
    zona de Concordia, orientado a la exportación de mandarinas en
    contraestación europea. No tiene relación con la
    producción tradicional: se trata de firmas conectadas
    vía satélite con los centros de cotización
    internacionales, con un sistema de packaging de avanzada y controles
    de calidad propios de una industria de punta.

    La provincia también presenció el incremento del
    precio de la tierra como consecuencia de la llegada de inversiones
    – la empresa de origen chileno Masisa, por ejemplo – al
    sector forestal y a la industria maderera. Con menos peso se
    desarrolla la producción de chips de madera para la
    exportación.

    El otro sector que está creciendo es el del arroz, como
    consecuencia directa del Mercosur. El arribo de inversores
    brasileños tiene como objetivo aprovechar las tierras baratas
    de Entre Ríos y Corrientes con la mismas máquinas,
    semillas y tecnologías que utilizan en Rio Grande do Sul.

    Paralelamente a estos sectores en expansión, las
    actividades industriales tradicionales de la provincia languidecen,
    empezando por el frigorífico Santa Elena y las Pymes del
    entorno de Paraná. También se derrumbó la
    producción de lino y algunos molinos harineros están en
    problemas. Las Pymes de la industria metalmecánica cercana a
    la capital y alimentadas por la demanda local se cayeron, golpeadas
    además por la crisis fiscal de la provincia, que
    asfixió a sus proveedores. Finalmente, el sur de Santa Fe
    captó algunas de las actividades industriales que había
    sobre el Paraná, como procesadoras de lácteos, harinas
    y aceites.

     

    El corazón del Mercosur

    Mientras la colonización fraccionó la propiedad en
    Entre Ríos y le permitió tener explotaciones
    agropecuarias más eficientes, Corrientes se estructuró
    a base de latifundios, ganadería atrasada y poca agricultura.
    Estas características, sumadas a las condiciones
    ecológicas de la provincia, son las que soportan el miniboom
    forestal que vive hoy, alentado por capitales internacionales
    – principalmente chilenos y neocelandeses – que promueven
    el negocio del chipeteado. La diferente estructura de propiedad
    llevó a los grandes operadores a Corrientes. Misiones, donde
    97% de los predios tienen menos de 200 hectáreas, no tiene la
    misma atracción para los jugadores internacionales.

    Las tierras coloradas del norte de la provincia, así como
    las de toda Misiones, presentan ventajas comparativas importantes en
    forestación: en tanto allí se precisan 20 años
    para terminar un bosque, en el sur argentino, en Canadá o en
    los países escandinavos hacen falta 70.

    El otro sector que se expandió fue el arrocero, en la
    franja fronteriza con Brasil. Por lo demás, no pasó
    nada significativo y, si bien su participación en el Valor
    Bruto de Producción (VBP) industrial registró una tibia
    expansión, aún no llega a 1% del total nacional.

    Corrientes padece falta de infraestructura. Su ruta es la 14, no
    tiene buenos puertos sobre el Paraná y recién ahora
    llegará el gas natural, promovido por el gasoducto que
    alimentará la central térmica de Uruguayana.

    Para Misiones la industria forestal parece una tarea urgente. Por
    un lado, porque tiene que absorber la mano de obra expulsada por la
    explotación de bosque nativo. Por otro, porque tiene un
    millón de hectáreas potenciales de forestación
    que prácticamente no tienen otra alternativa productiva.

    A pesar de las limitaciones que le impone el tamaño de la
    propiedad, el sector forestal está despertando. De hecho,
    cuando salió a la venta la principal celulósica, Alto
    Paraná, se presentaron seis oferentes internacionales y el
    ganador pagó US$ 270 millones, además de hacerse cargo
    de un pasivo de US$ 200 millones.

    Los misioneros declaran estar situados en el corazón del
    Mercosur. La integración, empero, no tuvo impacto en la
    provincia, que sigue igual que antes. De hecho, su cuota en el VBP
    industrial se contrajo entre 1984 y 1994. El turismo no varía
    y de nuevo ve cómo las inversiones van a otra parte, al lado
    brasileño. El sector comercial, mientras tanto, sufre los
    embates del contrabando paraguayo.

    El té, producto tradicional misionero, no se
    recuperó de la pérdida del mercado soviético y
    se limita a compensar las malas cosechas de Ceilán, India o
    China. Para los yerbateros el panorama no es mejor, puesto que si
    bien ingresaron al mercado brasileño, se incrementó la
    brecha de comercialización en contra de los productores.

    El único sector que mejoró es el del tabaco, a pesar
    de que es una industria oligopólica en la que los productores
    – cuya superficie media de cultivo es una
    hectárea – no están en condiciones de fijar
    precio. Misiones produce 29% del total nacional, pero su
    productividad no ha mejorado en los últimos 10 años,
    con rendimientos medios de 1.600 kilos por hectárea.

     

    Chaco puede; Formosa, no tanto

    Entre las pocas novedades que presenta la economía de
    Formosa aparecen mejoras en horticultura – no ya a cielo
    abierto sino en invernaderos – y producción ganadera de
    razas duras, aprovechando las oportunidades que ofrece el mercado
    paraguayo. El resto repite cualquier década pasada. La
    explotación forestal, por ejemplo, sigue subordinada a la de
    bosque nativo, orientada al carbón.

    Tuvo a su favor, como Chaco, el boom algodonero posterior a 1994.
    Pero la expansión encontró a Formosa perdiendo
    participación: de segunda, pasó a ser la tercera
    provincia en producción, detrás de Chaco y de Santiago
    del Estero.

    La falta de infraestructura se perpetúa debido la escasez
    de recursos: Formosa es la provincia más endeudada en
    términos relativos (75,7% de sus recursos totales fue insumido
    en 1996 para la atención de las obligaciones de ejercicios
    anteriores). Su PBG per capita, de US$ 1.996, es 10 veces inferior al
    de Ciudad de Buenos Aires y comparte con Santiago del Estero y Chaco
    el mayor porcentaje de población con NBI.

    Chaco mejoró, porque en los últimos cuatro
    años recuperó su polo dinámico. La magnitud de
    la industria algodonera (1,3 millón de toneladas en 1996, que
    representa 63% del total del país) permite que las mejoras en
    volúmenes y precios se derramen sobre la economía de la
    provincia. Luego de ofrecer en 1993 la peor cosecha de la
    década, los productores chaqueños aprovecharon un
    contexto definido por la suba internacional de precios y la crisis de
    la producción brasileña, afectada por el picudo.

    La explotación primitiva sostenida por la mano de obra
    intensiva abrió paso al salto tecnológico: se
    incorporaron 500 cosechadoras mecánicas, se mejoraron los
    equipos de siembra, se compraron compactadoras para poder acopiar y
    esperar contextos de venta favorables y se inició la era de
    los fertilizantes y el riego. Mientras tanto, se avanzó del
    minifundio a la gran producción, y hoy hay plantaciones de
    10.000 o 15.000 hectáreas.

    El sector experimentó en Chaco un cambio estructural. Ya no
    es el proveedor de un mercado protegido sino un jugador con
    competitividad internacional. Pero aún no genera
    eslabonamientos hacia adelante, puesto que la actividad textil de la
    provincia no va más allá del desmonte.

    El ingreso de flujos permanentes hace que Chaco no tenga mayores
    problemas fiscales y presente un sector público ordenado. Los
    indicadores sociales, con todo, siguen entre los peores del
    país, aunque – a diferencia de Formosa o Jujuy –
    hay razones para suponer que variarán.

     

    Subas y bajas en Tucumán

    Tucumán logró meterse en la economía
    internacional a fuerza de limones. En esta década se
    convirtió en el segundo productor mundial, detrás de
    Estados Unidos, y en el segundo exportador, sólo superado por
    España. En la Argentina, 90% de esta industria está
    concentrada en Tucumán.

    A principios de los ´80 la provincia producía 400.000
    toneladas al año; en 1996, con la mayor productividad del
    país y la incorporación de más superficie
    – a expensas de la caña de azúcar y otros
    cítricos – alcanzó a 720.000, orientadas a la
    exportación de contraestación. La competitividad en
    este período se incrementó 40%.

    Con un número reducido de establecimientos integrados desde
    la plantación hasta el empaque, los productores completan todo
    el ciclo: limón fresco, jugo concentrado, aceite esencial y
    cáscara deshidratada. Mientras sigue agregando tierras, la
    provincia empieza a tener problemas relacionados con el tamaño
    que alcanzó, puesto que las contraestaciones empiezan a ser
    insuficientes para su volumen. El 2000, esperan los tucumanos, los
    encontrará con una producción de 1,1 millón de
    toneladas.

    La explotación tradicional, la azucarera, está
    estancada y, además, incorporó una amenaza: los
    productores brasileños. Entre las provincias productoras,
    Tucumán presenta la situación más precaria.
    Primero, porque su caña tiene menor rendimiento de sacarosa, y
    segundo, porque son los ingenios más viejos y los que tienen
    peores condiciones de producción. Además, mientras en
    Jujuy y Salta la plantación y el ingenio están
    integrados, en Tucumán es una economía de miles de
    cañeros, buena parte de ellos endeudados y con sistemas
    productivos antiguos. Por eso, ante el eventual ingreso de los
    brasileños, Tucumán sería la primera
    víctima.

    En cuanto a la actividad industrial, en Tucumán está
    instalada la fábrica de camiones de Scania, importante para la
    oferta de empleo provincial. Pero la prosperidad de Scania es una
    isla en la industria. En el período 1984-94 Tucumán fue
    la provincia que perdió más participación en el
    VBP industrial: pasó de una cuota de 2,9% a 1,3%; es decir, se
    achicó 55%.

     

    Salta y Jujuy, a los saltos

    Salta es una de las que ha caído, incluso a pesar del
    espaldarazo del gas. Porque salvo el tabaco, los porotos y algo de
    soja, no ha encontrado maneras de expandir la producción y
    mitigar la caída industrial. El crecimiento del sector
    gasífero – aporta 10% del gas argentino – fue
    simultáneo a la desaparición de YPF como empresa
    pública. Como en el ejemplo neuquino, un polo crece
    aceleradamente mientras se evapora toda la estructura que estaba
    alrededor atendiendo a la petrolera estatal.

    Entre las producciones agrícolas la principal actividad en
    generación de valor agregado es la producción de
    porotos, que se coloca luego en el mercado brasileño.

    La industria manufacturera representa en Salta 10% del PBG,
    participación sensiblemente menor a la media nacional (22%).
    Su aporte al VBP industrial cayó 27% entre 1984 y 1994. La
    diferencia con el promedio del país es también evidente
    en la participación del empleo industrial, que llega
    sólo a 17,4% contra la media nacional de 28%. La industria fue
    muy golpeada: entre 1985 y 1993 perdió 24,2% de los puestos de
    trabajo.

    Para completar un panorama desolador, 65% de su actividad
    está explicada por tres ramas de bajo valor agregado:
    alimentos y bebidas, producción de madera y elaboración
    de productos de metal.

    La situación va peor en Jujuy. Tiene el tercer PBG per
    capita más bajo del país, el peor nivel de ingresos
    (promedio mensual de US$ 149) y su porción en el valor de
    producción bruta industrial cayó 55% entre 1984 y 1994,
    un récord compartido con Tucumán.

    La rama de actividad más importante es la de alimentos y
    bebidas, que aporta algo más de la mitad del total de puestos
    de trabajo. Dentro de ella, 75% corresponde a la elaboración
    de azúcar, que significa 50% del valor de la producción
    del sector manufacturero provincial. Si a ella se suman la
    fabricación de hierro y acero, la producción de cemento
    y la elaboración de papel, estará resumido 85% del
    valor de producción. Jujuy es la única provincia del
    noroeste que disminuyó sus exportaciones entre 1990 y 1996. La
    región, en ese período, llevó sus ventas
    externas de US$ 625 millones a US$ 1.081 millones, impulsadas
    básicamente por Tucumán.

     

    Paisaje de Catamarca (y de La Rioja)

    Catamarca podría parecerse a Jujuy. Sus indicadores
    fiscales – cantidad de empleados públicos,
    déficit y erogaciones cubiertas con recursos propios –
    son incluso peores, sus ingresos promedio son casi tan malos y la
    participación de la provincia en el VBP industrial es
    idéntica (0,5%).

    Pero, sin embargo, la tendencia favorece a Catamarca, porque
    está creciendo. Tiene dos caras: por un lado, sufre el ajuste
    de la industria promocionada; por otro, ve florecer la
    promoción agrícola y la minería, con Bajo de la
    Alumbrera como nave insignia y Salar del Hombre Muerto y Agua Rica en
    construcción.

    La explotación minera representa la actividad
    económica con mayor potencialidad. La exploración
    abarca en este momento 80 áreas desparramadas sobre 1,2
    millón de hectáreas. Bajo de la Alumbrera
    demandó una inversión de US$ 1.200 millones,
    ocupó a 5.000 personas durante su edificación, emplea a
    800 operarios y aportará regalías a la provincia.

    A pesar de todo, no deja de ser una actividad autocontenida, que
    obviamente revolucionará al departamento de Andalgalá
    – donde se sitúa – y a las arcas públicas,
    pero que no desarrollará mayores encadenamientos con otras
    ramas de actividad. Sobre todo, cuando no está prevista una
    refinería en el país y la Ley de Inversiones Mineras
    prevé la importación libre de gravámenes. El
    gobierno provincial, principal beneficiario interno de la
    inversión, tiene la oportunidad y la responsabilidad de
    dirigir los recursos obtenidos para generar proyectos productivos no
    atados a los 20 años de vida útil del emprendimiento.

    La promoción agrícola, a través del
    diferimiento del IVA, movilizó, tanto en Catamarca como en La
    Rioja, la producción de oliva, vid, jojoba, nuez, almendra y
    algodón peruano. Entre 1991 y 1995 se radicaron en la zona 233
    empresas con inversiones estimadas en US$ 837 millones.

    La Rioja, en cuanto a la suerte de las promociones, es casi un
    calco de Catamarca. Lo mismo en cuanto a indicadores fiscales:
    están entre los peores del país. La Rioja registra la
    mayor deuda pública por habitante, tiene la cantidad
    más alta de empleados públicos en relación con
    su población (146 cada 1.000), y con los recursos propios
    sólo cubre 8,1% de sus gastos. De las 500 empresas que tuvo
    – o que alguien declaró que tenía – durante
    la promoción quedan apenas 50.

    La diferencia con Catamarca, además de la minería,
    es que, junto a San Juan y Mendoza, La Rioja reconvierte a toda
    marcha las 8.500 hectáreas que destina a viñedos. En
    las tres provincias la industria vitivinícola se
    desarrolló sobre la base de los vinos de mesa. Con la
    caída del consumo (35% en los últimos 15 años),
    los que no quebraron viraron hacia cepas de calidad y vinos finos,
    que hoy ganan espacio en los mercados internacionales.

     

    No sólo uvas hay en Cuyo

    Hacia 1996, 13% del total de la superficie cultivada en las
    provincias de Mendoza y San Juan – las dos principales
    productoras – exhibía vides de alto valor
    enológico. San Juan está siendo especialmente exitosa
    con la uva de mesa. También está aprovechando la
    promoción agrícola y recibe fuertes inversiones en
    frutas, sobre todo en pepitas.

    Su suerte tras el fin de la promoción industrial fue mejor
    que la de La Rioja y Catamarca: recibió menos proyectos pero,
    en general, fueron mucho más visibles. Entre 1984 y 1994 su
    participación en el VBP industrial se incrementó 140%.
    Con todo, sigue siendo una de las provincias del pelotón, con
    menos de US$ 5.000 de PBG per capita y menos de US$ 200 de ingreso
    promedio mensual.

    San Luis es, sin duda, una de las jurisdicciones que ganó
    en los ´90. Aunque el fin de la promoción también
    desinfló su industria, allí – aprovechando la
    cercanía a Buenos Aires – se habían radicado las
    empresas más grandes: Bagley, Molinos, Arcor. Orientadas hacia
    el mercado interno, estas firmas se fortalecieron ante la estampida
    del consumo.

    Para 1994 exhibía 22,8 asalariados por local industrial; es
    decir, el mayor tamaño promedio de establecimientos. Su
    participación en el VBP industrial creció 483% entre
    1984 y 1994. Para 1995 las manufacturas explicaban 58% de su PBG y su
    producto per capita era el tercero en el nivel nacional, con US$
    13.100. Su situación financiera es envidiable: marcha tercera
    en las erogaciones de capital, tiene el superávit más
    amplio del país (35% en 1996) y el menor stock de deuda
    relativa.

    Mendoza, en tanto, atravesó con dificultades la reforma
    económica, porque a los problemas productivos de su principal
    actividad, alimentos y bebidas, se sumaron inconvenientes fiscales.
    Desde los ´70 viene perdiendo industria, resultado de la
    promoción de sus vecinos. En 1974 tenía 5% de
    participación en el VBP manufacturero; 10 años
    después, 3,9%, y en 1994, 3,8%.

    Mendoza sufrió la caída del consumo de vino, la
    competencia brasileña y chilena en las conservas de tomate y,
    por último, el dumping europeo en duraznos. Como consecuencia,
    todo lo que producía o se cayó o fue amenazado. Su
    programa de estímulo a la inversión agregó
    inconvenientes al promover más fábricas de conserva de
    tomates que las que la producción primaria era capaz de
    sostener.

    En los últimos años sus bodegas recibieron
    inversión extranjera y los chilenos están comprando
    tierras destinadas a la producción de uvas y pepitas. Presenta
    signos de recuperación, como un incremento de las
    exportaciones de 72% entre 1993 y 1996, pero no es de las que
    ganó.

    Los indicadores fiscales de la provincia siguen siendo
    preocupantes. Su déficit representa 27,6% de las erogaciones
    totales y es el más alto del país. El monto destinado a
    los servicios de la deuda, en tanto, representa 43,3% de los recursos
    corrientes, un porcentaje sólo superado por Formosa y
    Río Negro.

     

    El centro de la escena

    El sector privado cordobés fue lo suficientemente
    sólido como para sobrellevar los descalabros públicos.
    Entre 1990 y 1995 el PBG de la provincia creció 299%, su
    participación en el VBP industrial representó 7,9% del
    total y exportó en 1996 por US$ 2.277 millones.

    Los sectores más dinámicos en esta década
    fueron el alimentario – oleaginosas y lácteos – y
    el automotor y autopartista. El tradicional, la industria
    metalmecánica forjada por las Pymes, se las arregló
    para jugar en la economía abierta y exportó 27% del
    total sectorial del país. El conjunto de las exportaciones
    industriales pasó de US$ 490 millones en 1990 a US$ 1.577
    millones en 1996. Las primarias, en tanto, saltaron en el mismo lapso
    de US$ 359 millones a US$ 700 millones.

    Córdoba ya participaba del comercio mundial antes de la
    creación del Mercosur, con cereales, oleaginosas y alimentos.
    La integración le permitió sumar vehículos,
    autopartes, máquinas y artefactos mecánicos y
    lácteos, orientados sobre todo hacia Chile y Brasil. Un caso
    excepcional fue el de Arcor, que se convirtió en actor
    internacional en el mercado de caramelos y golosinas.

    Con todo, la reforma dejó a buena parte de los talleres del
    Gran Córdoba en el camino. En ese segmento, el desempleo
    alcanzó el máximo nacional de 18,6%. El agro, mientras
    tanto, fue golpeado por la falta de lluvias. No
    acompañó la expansión del resto de la provincia
    y perdió posiciones frente a Santa Fe, Buenos Aires y La
    Pampa.

    Santa Fe presenta un escenario casi inverso. Por un lado, sus dos
    ciudades principales – Rosario y la capital –
    están en franca caída. Por otro, está el
    crecimiento excepcional del agro y de la cuenca lechera.

    La provincia aún está tercera en cuanto a
    participación en el VBP industrial, pero su tendencia es
    descendente (9,7% en 1974; 9,2% en 1984 y 9,1% en 1994). Rosario,
    quizá la más afectada, perdió gran parte de su
    industria, sobre todo la metalmecánica. Frente a ello se
    instaló General Motors y se expandió el sector de
    servicios y transportes.

    El agrobusiness, corazón de la provincia, se
    expandió aceleradamente en los ´90, empujado por el alza de
    los precios y las inversiones. Creció tanto el complejo
    oleaginoso del sur (Santa Fe produce 46% del total de soja) como el
    lechero de la zona de Sunchales, Rafaela y San Gerónimo. De la
    mano de la producción primaria surgieron nuevas aceiteras y
    fábricas de quesos.

    A pesar de la crisis de los primeros años del ajuste, a la
    provincia le fue bien, como a todas las que generan productos
    transables (de hecho, la provincia exportó en 1996 por US$
    4.470 millones). Un estudio de la Unión Industrial Argentina
    (UIA) señala que donde más crece la venta de
    electrodomésticos es en el interior de las provincias de
    Buenos Aires y Santa Fe, no en la capital federal. Y la causa no es
    el crédito sino el simple ciclo agrícola.

     

    La pampa vuelve a las fuentes

    En La Pampa se advierte a lo largo de los últimos
    años un proceso de primarización de la actividad, en el
    que se destacan la producción de granos y los lácteos.
    Las exportaciones reflejan esta dinámica. Pasaron en esta
    década de US$ 45 millones a US$ 140 millones, según los
    cálculos del Ministerio de Economía nacional, pero
    sobre la base de cereales y oleaginosas, en desmedro de las
    manufacturas de origen agropecuario, principalmente de carnes. Las
    manufacturas de origen industrial mantuvieron su volumen absoluto,
    que en un contexto de crecimiento significa derrumbe: de 7,3% del
    total de su comercio exterior pasaron a 2,5%.

    En la industria se registró una fuerte desaparición
    de firmas. A mediados de los ´90 hay menos obreros y fábricas
    que en los ´70. Además varió la composición de
    esa industria a favor de la alimentación. La Pampa es una
    provincia ordenada en lo fiscal y demasiado estable en lo productivo,
    sin más sobresaltos ni noticias que las del ciclo
    agrícola, que en los ´90 se caracterizó por el alza de
    precios y la ganancia de eficiencia a través de los pools de
    siembra.

    La provincia de Buenos Aires es un nudo. Le fue bien, con una
    expansión muy fuerte del sector agrícola y las regiones
    ligadas a esta producción, que cuadruplicaron en cinco
    años el PBG provincial. La modernidad trajo una nueva clase de
    concentración, en la que la figura no es el terrateniente sino
    el empresario que produce a escala.

    El agro resultó más vigoroso que la actividad
    pecuaria, pero, en general, al campo le ha ido muy bien, tanto a la
    cuenca lechera como a la soja del norte de la provincia o a la
    producción papera de Balcarce.

    El ingreso al circuito no aftósico – que,
    según algunos analistas, incrementaría entre 40% y 100%
    el precio de la carne – permite suponer que cesará el
    reemplazo de ganadería por agricultura en las tierras de mayor
    elasticidad de sustitución, un fenómeno constante en
    esta década. Como productos transables, carnes y granos
    estarían en igualdad de condiciones.

    En el período 1990-96 las exportaciones de la provincia de
    Buenos Aires crecieron 80% y mantuvieron su participación de
    40% en el total nacional. En los últimos tres años
    varió su composición a favor de las manufacturas de
    origen industrial – que pasaron de 38% a 46% – y en
    detrimento de los productos primarios y el rubro de combustibles y
    energía. Las exportaciones de origen agropecuario, en tanto,
    mantuvieron su participación de 32%.

    El sector manufacturero exporta más, mientras la
    participación de la provincia en el VBP industrial cayó
    8% entre 1984 y 1994. Esto es fruto de una nueva dinámica
    industrial en la que, simultáneamente, se observa la
    desaparición de parques enteros y el surgimiento de nuevos,
    como los que siguen las dos líneas de la Panamericana en la
    zona norte del GBA. En paralelo, se derrumba en el sur y en el oeste
    del conurbano el viejo sector metalmecánico, profuso en Pymes.
    La modernización se impone asociada a la concentración,
    en un proceso en que adelgaza la estructura industrial y merma los
    puestos de trabajo.

    Las grandes ciudades del interior de la provincia atraviesan
    dificultades. Por un lado está Mar del Plata, golpeada por un
    turismo pauperizado y por la industria textil noqueada. Por otro,
    Bahía Blanca, que perdió al Estado, agente
    económico fundamental a lo largo de su historia. Allí
    se ajustaron el polo petroquímico, la planta de Gas del
    Estado, Ferrocarriles Argentinos, YPF, el puerto, y la Armada.

     

    Cada vez más Reina del Plata

    La gran ganadora de este proceso es la Ciudad de Buenos Aires, que
    alcanzó un PBG per capita propio de las economías
    centrales (US$ 21.970). La ciudad está convirtiéndose
    en un polo de servicios: en 1991 el sector terciario representaba
    33,7% de su PBG y cuatro año después llegaba a 52,2%.

    La construcción, tan dinámica como los servicios,
    remodeló en siete años el espacio urbano, y el despacho
    de cemento pasó de 1.000 toneladas a 2.000 entre 1990 y 1997.
    Como capital de una economía emergente, presenció la
    erección continua de hoteles de categoría, destinados a
    los casi nueve millones de turistas que pasó a recibir por
    año. Esta actividad se convirtió en una industria
    formidable para la ciudad. Capta 35% del turismo receptivo total, una
    tajada que le reporta US$ 3.000 millones al año.

    Simultáneamente, descendió la actividad industrial.
    La ciudad llegó a concentrar 25% de la industria argentina,
    incluyendo las ramas más modernas, como laboratorios,
    ingeniería, químicos, además de buena parte del
    total de indumentaria y alimentación. En 1994, en cambio, su
    participación en el VBP industrial no llegó a 15%.

     

    La Patagonia endeble

    La crisis de Río Negro tiene varias caras. Comprende tanto
    el impacto del ajuste fiscal sobre la economía real como la
    actividad en Bariloche y en el Alto Valle. Sus indicadores fiscales
    son penosos. El déficit alcanza a 22% del producto, los
    servicios de deuda suman 54% de los recursos corrientes y su stock de
    deuda relativa es el segundo del país.

    Bariloche padeció, en esta década de tipo de cambio
    alto, un deterioro de la calidad del turismo. Sólo el
    año pasado hubo algún cambio a partir de la
    inversión en el Cerro Catedral, pero la constante del
    período fue la pérdida de los turistas de mayor poder
    adquisitivo y la decadencia de los servicios.

    El Alto Valle, más allá del ciclo de precios
    ajustado al consumo y a la producción de los países
    vecinos, presenta un problema estructural: su productividad
    agrícola. En la explotación es necesario cosechar
    alrededor de 40 toneladas por hectárea para ser competitivo, y
    en el Alto Valle hay manzanares de 10 o 15 toneladas. Pero
    además pierde mercados, porque la fruta no alcanza los
    estándares internacionales. De ahí que la Argentina sea
    un fuerte productor de jugos: como tiene fruta de baja calidad, la
    destina a la industrialización.

    Para reconvertir la producción se está adoptando un
    sistema llamado de espaldera, que apiña hasta 1.200
    árboles pequeños – tipo enredadera – por
    hectárea y consigue duplicar la productividad del sistema
    tradicional. Pero con limitaciones de financiamiento, los productores
    no pueden afrontar los costos de adopción ni soportar los al
    menos dos años que requiere el crecimiento del nuevo bosque.

    Lo que ya se percibe en la provincia es la reversión de la
    especialización en manzanas y su sustitución por peras.
    Las ciruelas, los pelones y las cerezas son las otras frutas que
    expanden sus fronteras. En cuanto a la minería,
    desapareció Sierra Grande y sólo quedan la
    producción de ventonita y las salinas.

    Decidir si Neuquén creció o no supone plantear
    previamente qué se entiende por desarrollo. El crecimiento de
    su PBG (367% entre 1990 y 1995) fue el máximo del país,
    pero se redujo 33% su porción del VBP industrial,
    perdió las industrias que rodeaban a la ciudad capital
    – orientadas principalmente a la producción de
    cerámicas – y los cortes de rutas en Cutral-Có se
    erigieron en paradigma de los conflictos sociales de los ´90.

    La causa de su caída no fue tanto la apertura como su
    dependencia del sector público que, sobreexpandido,
    padeció el destino de crisis y ajuste que marcó la
    época. Ese proceso afectó a todas las actividades no
    directamente atadas al petróleo y al gas, que quedaron como
    únicos motores de desarrollo. A la vez, el retiro de YPF como
    empresa estatal rompió los encadenamientos que tenía en
    las comunidades.

    El siempre proyectado polo petroquímico de Loma de la Lata,
    en tanto, es una posibilidad cada vez más lejana, a medida que
    avanza la planta de fertilizantes y la separadora de gases en
    Bahía Blanca.

     

    Más se avanza al sur, más frío hace

    Chubut también perdió. La caída del
    régimen especial de Trelew vació al parque industrial,
    orientado hacia la actividad textil. En 1994 la participación
    en el VBP industrial fue 33% inferior a la de 1984; su
    producción de lana cayó de 27.000 toneladas en 1993 a
    21.000 en 1996 y su rodeo ovino disminuyó 16%. La única
    empresa fuerte que queda es Aluar.

    La pesca tampoco se hace sentir sobre la actividad local, y la
    producción de petróleo y gas se mantiene estable,
    incluso levemente inferior en el caso del gas.

    El sector privado de Santa Cruz quizá sea tan frágil
    como el chubutense, pero tiene en cambio un sector público
    robustecido por las regalías. Con esos recursos el gobierno
    local intenta desarrollar actividades alternativas, como talleres
    para la reparación de buques, pesca o explotaciones
    pilíferas.

    Santa Cruz ganó en esta década gracias al
    petróleo. Su PBG se incrementó 326% entre 1990 y 1995
    y, medido per capita, secunda a la Ciudad de Buenos Aires en el
    ranking. El desempleo es el más bajo del país (4,6%),
    aunque tiene la tercera dotación relativa de empleados
    públicos (10% de la población provincial).

    Se estima que el Cerro Vanguardia, un proyecto minero de US$ 200
    millones de inversión, entrará en producción en
    el segundo semestre de este año. Las exportaciones directas de
    este emprendimiento representarían, en el promedio de 15
    años de vida productiva, un cuarto de las exportaciones
    primarias de la provincia y 6,4% del total de las ventas de Santa
    Cruz al exterior del país.

    Si las actividades que crecen son petróleo, minería
    y pesca – ninguna de las cuales tiene efecto
    multiplicador – , el desarrollo de la provincia estará
    atado a la habilidad del sector público para dirigir el
    producto de las regalías hacia industrias alternativas. Pero
    al menos tiene esa oportunidad, que no es poco.

    Tierra del Fuego, en cambio, va en picada. No sólo se
    achica sino que además se primariza: registra el menor
    índice de crecimiento de PBG entre 1990 y 1995 (129%) y en su
    composición el peso de las manufacturas pasó de 21% a
    5%.

    Con el fin de la promoción, su industria literalmente se
    cayó y la promesa de los ´70 y ´80 asumió la
    dinámica de varias provincias en los ´90: contracción
    del entramando industrial y desarrollo de los sectores autocontenidos
    y de capital intensivo.

    Ese es justamente el modelo de expansión que prevé
    el subsecretario Frigerio: “Podemos pensar – dice – en un
    polo petroquímico, porque Tierra del Fuego en el futuro
    seguramente se convertirá, sobre la base de sus reservas, en
    la principal productora petrolera. Y podemos también pensar en
    la industria forestal como otra de las actividades que pueden ser
    competitivas en una economía abierta”.