- Entre 1990 y 1995 todas las provincias argentinas
incrementaron su Producto Bruto Geográfico (PBG), con un
promedio nacional de 291% medido en pesos corrientes. - La expansión, sin embargo, presentó ritmos muy
distintos, entre la evolución de Neuquén (367%) y la
de Jujuy (129%). - Las principales ganadoras de los ´90 fueron las provincias
pampeanas, Córdoba y Ciudad de Buenos Aires. Igual que en
otras experiencias internacionales de apertura e
integración regional, la expansión se asentó
sobre los sectores orientados a la exportación. - Otros distritos, aun sin exhibir desempeños tan
exitosos como los de las anteriores, encontraron en esta
década nuevos polos de desarrollo para sus
economías. Son los casos de la agroindustria del
limón en Tucumán, el algodón en Chaco y la
minería en Catamarca. - Tan dispar como la evolución del crecimiento fue la de
los ingresos. La brecha entre la provincia que tuvo el mayor
promedio y la que tuvo el menor pasó de tres veces en 1991
a 3,7 veces en 1996. - El incremento del desempleo fue el otro dato significativo del
proceso, como resultado de un crecimiento basado en sectores
intensivos en capital pero raquíticos en materia de efecto
multiplicador hacia otras actividades.
Luego del invierno de la década perdida, la economía
argentina se reencontró, apenas iniciados los ´90, con el
crecimiento: en los últimos siete años el PBI
registró un incremento acumulado de 51,6%, las exportaciones
saltaron de US$ 9.300 millones en 1990 a los 25.360 millones el
año pasado, y el PBI per capita pasó de US$ 4.300 a US$
9.000. Más acá de los números, el shock de
modernidad se hizo presente en la vida cotidiana. Enriquecidos y con
pautas de consumo mucho más sofisticadas, los argentinos
– al menos los que conservaron su empleo – se asomaron a
un país distinto.
La inversión extranjera directa, artífice real de la
reforma, superó en ese período los US$ 34.000 millones
y mantendrá un ritmo promedio de US$ 8.000 millones para el
trienio 1997-2000, de acuerdo con las estimaciones oficiales. El
comportamiento de esta variable, sin embargo, anticipa un
fenómeno clave del proceso: la heterogeneidad. Así como
el monto de radicaciones es portentoso, no lo es menos que 73% del
total se haya aglutinado en cinco sectores (telecomunicaciones,
industria automotriz, petroquímica, alimentos y
energía) mientras otros eran literalmente ignorados.
La disparidad reaparece en el impacto regional de la reforma
económica. Los ´90, más allá de haberse
convertido en un detonante general para la economía nacional,
reconfiguraron el mapa productivo. O, lo que es lo mismo, definieron
– y aún definen – qué geografías
resultan y resultarán exitosas, y cuáles deberán
esperar tiempos de mejor suerte.
Como dato básico, todas las provincias argentinas elevaron
su Producto Bruto Geográfico (PBG) en el período
1990-1995, último año en que se midió. El
incremento promedio del país, a precios corrientes, es de
291%. Siete estados provinciales se ubican por encima y en los 17
restantes el impacto se diluye hasta llegar a Jujuy, que apenas
registra un tercio del crecimiento de la líder.
Más allá de todas las objeciones
metodológicas que puedan formularse sobre la medición
del PBG (ver recuadro), el ranking no deja dudas sobre quiénes
ganaron en los ´90: las siete que superan la media son productoras de
hidrocarburos (Neuquén y Santa Cruz), pampeanas (Buenos Aires
y La Pampa), una promocionada (San Juan), Córdoba y la Ciudad
de Buenos Aires. Sorprenden, de todos modos, algunas posiciones, como
las de San Luis, Santiago del Estero o Misiones, que tal vez
sólo logren ser explicadas por errores en la
metodología de cálculo.
Dos países
Para Jorge Baldrich, quien fue subsecretario de
Programación Regional durante la gestión de Domingo
Cavallo al frente del Ministerio de Economía y hoy es
investigador de la Fundación Mediterránea, a lo largo
de esta década existieron dos países. Uno, productor de
bienes transables en el mercado internacional. El otro, atrapado
– en el mejor de los casos – en los límites del
mercado regional. “Básicamente – sostiene – , lo
que hubo fue una fuerte mejora en la competitividad de los bienes de
exportación, porque mientras los precios en los mercados
internacionales subían, sus costos bajaban. Como resultado de
este proceso, se observa un fortalecimiento de las economías
regionales.”
Entre los factores que remolcaron al agro figuran el fin de las
retenciones, la caída de los aranceles a las importaciones de
bienes de capital y una estructura de transporte más
eficiente. Por otro lado, alentada por precios en alza y, en menor
grado, por la eterna promesa del fin de los subsidios en los
países centrales, la inversión se multiplicó en
el campo bajo la forma de maquinaria, nuevos sistemas productivos,
riego y fertilizantes.
En los últimos siete años la producción
agrícola pasó de 40 millones de toneladas a 61
millones; el consumo de fertilizantes, de 200.000 toneladas a 1,6
millones, y la utilización de tractores de 3.400 unidades a
7.660. El complejo oleaginoso se convirtió en la estrella de
la época: de las 20 empresas que más exportaron en
1996, 15 comercializan pellets y aceite de soja y girasol.
El sector manufacturero, en tanto, sufrió una suerte
más diversa, desde la fortuna de la industria automotriz a los
pesares de la textil. En términos generales, incrementó
33,4% su volumen físico de producción, 70,7% su
productividad y 142,9% las exportaciones. Si bien no existen cifras
confiables de cierres de fábricas, los economistas dudan de
que otra de las claves de la época sea la pérdida de
estructura industrial; es decir, de aquel entramado de Pymes que
abastecía a la gran industria y buena parte del consumo final
en los años del mercado cerrado.
No existen datos sobre el cierre de pequeños y medianos
establecimientos, pero es lícito relacionar los avatares de
este sector, ávido de mano de obra, con el alza del desempleo.
De hecho, en los enclaves más golpeados por la apertura
– como Rosario, el oeste y el sur del Gran Buenos Aires, el
Gran Córdoba, Santa Fe, Trelew, Paraná, Río
Grande, Ushuaia y La Plata – la desocupación no baja de
16%. El caso extremo es el Gran La Plata, cuyo desempleo trepó
177% en el período 1990-97. En el nivel nacional, entre 1990 y
1996 el sector manufacturero registró una caída de los
puestos de trabajo de 22,9%.
Con todo, los especialistas afirman que no se trata de un proceso
de primarización de la actividad productiva. Primero, porque,
después de todo, la industria también creció y
su desventaja es relativa frente al boom de otro sector. Y segundo,
según explica Rogelio Frigerio (nieto), actual subscretario de
Programación Regional, “porque el tipo de inversión que
se está dando en lo que antes se llamaba primario – como
cosechadoras mecánicas de algodón o plantaciones de
mandarinas conectadas vía satélite con los centros
internacionales de formación de precios – pone en duda
esta clasificación”.
Crecimiento desparejo
La provincia que más creció en PBG es un ejemplo
– extremo – del tipo de expansión que asomó
en los ´90. Se trata de Neuquén, una especie de Kuwait
argentina que, a la par de un alza de 367% impulsada por los
hidrocarburos, exhibió la reaparición del conflicto
social – con las imágenes de Cutral-Có como
bandera – y el deterioro de los sistemas educativo y sanitario.
“Desarrollo del tipo factoría”, llaman los economistas a
este crecimiento asimétrico, en el que un sector estrella se
recorta del entorno y se robustece sin generar derrames o
encadenamientos hacia otras ramas. Lo mismo cabe para la
minería y, en una escala mucho menor, para el desembarco de
automotrices que vienen de la mano de sus proveedores globales. Por
eso, si bien este informe se centra en los cambios en la
economía real y en las posibilidades de desarrollo que
aquéllos permiten vislumbrar, también incluye algunos
indicadores sociales.
Porque, justamente, otra de las claves del crecimiento de estos
años fue la profundización de la disparidad. Esto se
refleja, por ejemplo, en los ingresos medios provinciales: así
como en 1991 la relación entre el valor más alto
(Ciudad de Buenos Aires) y el más bajo (Corrientes) era de
3,03, en 1996 la relación entre las puntas (Ciudad de Buenos
Aires y Jujuy) alcanzó a 3,7 (ver cuadro).
En la base del fenómeno aparece la retirada del Estado,
bajo la forma múltiple de las privatizaciones de empresas
públicas, el fin de los regímenes de promoción
industrial, la liquidación del entramado regulador iniciado
por el ministro Federico Pinedo en los ´30 y, finalmente, la apertura
regional.
Una economía abierta tiende a parapetarse tras los sectores
más competitivos del período anterior. Este darwinismo
económico, lejos de ser argentino, se hizo sentir en el sur
brasileño luego de la desregulación y en la media luna
que nace en Holanda y Bélgica, recorre Francia, Suiza, el
norte de Italia y Austria y termina en Alemania, una vez conformada
la Unión Europea. En la Argentina, como era de esperar, esta
dinámica fortificó ante todo a las provincias pampeanas
y a la capital federal. Además de las fortalezas previas y de
su mayor capacidad de atracción de capitales, esta
región aprovechó todo, desde las mejoras en
infraestructura o la menor tarifa energética hasta
técnicas productivas como el just in time, en la que la
distancia es un factor central.
En la otra punta, Santiago del Estero tiene el PBG per capita
más bajo del país, con apenas US$ 1.978 al año,
y el récord de población (36%) con necesidades
básicas insatisfechas (NBI). La reactivación de los ´90
parece haberse olvidado de la provincia, a pesar de que su PBG,
medido en pesos corrientes, creció 289% en el período
1990-95. La novedad más importante fue que se convirtió
en la segunda provincia en producción algodonera, con 21% de
participación.
Sin actividad industrial (en 1994 mantenía su 0,2% de
participación en el VBP del sector), sin más
fábricas grandes que Grafa y con la actividad primaria
estancada, también sorprende que sólo registre 11% de
desempleo. El empleo público (69 agentes cada 1.000
habitantes) tampoco explica esa variable, pese a ser algo mayor a la
media.
Además del algodón, conserva su producción de
horticultura – zapallos y batatas – para atender a la
capital federal y el Gran Buenos Aires, y algo de ganadería
extensiva.
Del Paraná al Uruguay
Entre Ríos es la provincia más desarrollada de la
Mesopotamia. Tradicionalmente volcada sobre el Paraná, en los
últimos años, sin embargo, su eje de crecimiento se
asentó sobre el río Uruguay y adquirió una
dinámica en la que los puntales de la expansión no son
ya la ganadería o la agricultura extensiva, sino el polo
industrial de Gualeguaychú, las industrias forestal y arrocera
y la producción frutícola.
En cuanto a la producción de cítricos, la
reconversión es arrastrada por un grupo de empacadoras de la
zona de Concordia, orientado a la exportación de mandarinas en
contraestación europea. No tiene relación con la
producción tradicional: se trata de firmas conectadas
vía satélite con los centros de cotización
internacionales, con un sistema de packaging de avanzada y controles
de calidad propios de una industria de punta.
La provincia también presenció el incremento del
precio de la tierra como consecuencia de la llegada de inversiones
– la empresa de origen chileno Masisa, por ejemplo – al
sector forestal y a la industria maderera. Con menos peso se
desarrolla la producción de chips de madera para la
exportación.
El otro sector que está creciendo es el del arroz, como
consecuencia directa del Mercosur. El arribo de inversores
brasileños tiene como objetivo aprovechar las tierras baratas
de Entre Ríos y Corrientes con la mismas máquinas,
semillas y tecnologías que utilizan en Rio Grande do Sul.
Paralelamente a estos sectores en expansión, las
actividades industriales tradicionales de la provincia languidecen,
empezando por el frigorífico Santa Elena y las Pymes del
entorno de Paraná. También se derrumbó la
producción de lino y algunos molinos harineros están en
problemas. Las Pymes de la industria metalmecánica cercana a
la capital y alimentadas por la demanda local se cayeron, golpeadas
además por la crisis fiscal de la provincia, que
asfixió a sus proveedores. Finalmente, el sur de Santa Fe
captó algunas de las actividades industriales que había
sobre el Paraná, como procesadoras de lácteos, harinas
y aceites.
El corazón del Mercosur
Mientras la colonización fraccionó la propiedad en
Entre Ríos y le permitió tener explotaciones
agropecuarias más eficientes, Corrientes se estructuró
a base de latifundios, ganadería atrasada y poca agricultura.
Estas características, sumadas a las condiciones
ecológicas de la provincia, son las que soportan el miniboom
forestal que vive hoy, alentado por capitales internacionales
– principalmente chilenos y neocelandeses – que promueven
el negocio del chipeteado. La diferente estructura de propiedad
llevó a los grandes operadores a Corrientes. Misiones, donde
97% de los predios tienen menos de 200 hectáreas, no tiene la
misma atracción para los jugadores internacionales.
Las tierras coloradas del norte de la provincia, así como
las de toda Misiones, presentan ventajas comparativas importantes en
forestación: en tanto allí se precisan 20 años
para terminar un bosque, en el sur argentino, en Canadá o en
los países escandinavos hacen falta 70.
El otro sector que se expandió fue el arrocero, en la
franja fronteriza con Brasil. Por lo demás, no pasó
nada significativo y, si bien su participación en el Valor
Bruto de Producción (VBP) industrial registró una tibia
expansión, aún no llega a 1% del total nacional.
Corrientes padece falta de infraestructura. Su ruta es la 14, no
tiene buenos puertos sobre el Paraná y recién ahora
llegará el gas natural, promovido por el gasoducto que
alimentará la central térmica de Uruguayana.
Para Misiones la industria forestal parece una tarea urgente. Por
un lado, porque tiene que absorber la mano de obra expulsada por la
explotación de bosque nativo. Por otro, porque tiene un
millón de hectáreas potenciales de forestación
que prácticamente no tienen otra alternativa productiva.
A pesar de las limitaciones que le impone el tamaño de la
propiedad, el sector forestal está despertando. De hecho,
cuando salió a la venta la principal celulósica, Alto
Paraná, se presentaron seis oferentes internacionales y el
ganador pagó US$ 270 millones, además de hacerse cargo
de un pasivo de US$ 200 millones.
Los misioneros declaran estar situados en el corazón del
Mercosur. La integración, empero, no tuvo impacto en la
provincia, que sigue igual que antes. De hecho, su cuota en el VBP
industrial se contrajo entre 1984 y 1994. El turismo no varía
y de nuevo ve cómo las inversiones van a otra parte, al lado
brasileño. El sector comercial, mientras tanto, sufre los
embates del contrabando paraguayo.
El té, producto tradicional misionero, no se
recuperó de la pérdida del mercado soviético y
se limita a compensar las malas cosechas de Ceilán, India o
China. Para los yerbateros el panorama no es mejor, puesto que si
bien ingresaron al mercado brasileño, se incrementó la
brecha de comercialización en contra de los productores.
El único sector que mejoró es el del tabaco, a pesar
de que es una industria oligopólica en la que los productores
– cuya superficie media de cultivo es una
hectárea – no están en condiciones de fijar
precio. Misiones produce 29% del total nacional, pero su
productividad no ha mejorado en los últimos 10 años,
con rendimientos medios de 1.600 kilos por hectárea.
Chaco puede; Formosa, no tanto
Entre las pocas novedades que presenta la economía de
Formosa aparecen mejoras en horticultura – no ya a cielo
abierto sino en invernaderos – y producción ganadera de
razas duras, aprovechando las oportunidades que ofrece el mercado
paraguayo. El resto repite cualquier década pasada. La
explotación forestal, por ejemplo, sigue subordinada a la de
bosque nativo, orientada al carbón.
Tuvo a su favor, como Chaco, el boom algodonero posterior a 1994.
Pero la expansión encontró a Formosa perdiendo
participación: de segunda, pasó a ser la tercera
provincia en producción, detrás de Chaco y de Santiago
del Estero.
La falta de infraestructura se perpetúa debido la escasez
de recursos: Formosa es la provincia más endeudada en
términos relativos (75,7% de sus recursos totales fue insumido
en 1996 para la atención de las obligaciones de ejercicios
anteriores). Su PBG per capita, de US$ 1.996, es 10 veces inferior al
de Ciudad de Buenos Aires y comparte con Santiago del Estero y Chaco
el mayor porcentaje de población con NBI.
Chaco mejoró, porque en los últimos cuatro
años recuperó su polo dinámico. La magnitud de
la industria algodonera (1,3 millón de toneladas en 1996, que
representa 63% del total del país) permite que las mejoras en
volúmenes y precios se derramen sobre la economía de la
provincia. Luego de ofrecer en 1993 la peor cosecha de la
década, los productores chaqueños aprovecharon un
contexto definido por la suba internacional de precios y la crisis de
la producción brasileña, afectada por el picudo.
La explotación primitiva sostenida por la mano de obra
intensiva abrió paso al salto tecnológico: se
incorporaron 500 cosechadoras mecánicas, se mejoraron los
equipos de siembra, se compraron compactadoras para poder acopiar y
esperar contextos de venta favorables y se inició la era de
los fertilizantes y el riego. Mientras tanto, se avanzó del
minifundio a la gran producción, y hoy hay plantaciones de
10.000 o 15.000 hectáreas.
El sector experimentó en Chaco un cambio estructural. Ya no
es el proveedor de un mercado protegido sino un jugador con
competitividad internacional. Pero aún no genera
eslabonamientos hacia adelante, puesto que la actividad textil de la
provincia no va más allá del desmonte.
El ingreso de flujos permanentes hace que Chaco no tenga mayores
problemas fiscales y presente un sector público ordenado. Los
indicadores sociales, con todo, siguen entre los peores del
país, aunque – a diferencia de Formosa o Jujuy –
hay razones para suponer que variarán.
Subas y bajas en Tucumán
Tucumán logró meterse en la economía
internacional a fuerza de limones. En esta década se
convirtió en el segundo productor mundial, detrás de
Estados Unidos, y en el segundo exportador, sólo superado por
España. En la Argentina, 90% de esta industria está
concentrada en Tucumán.
A principios de los ´80 la provincia producía 400.000
toneladas al año; en 1996, con la mayor productividad del
país y la incorporación de más superficie
– a expensas de la caña de azúcar y otros
cítricos – alcanzó a 720.000, orientadas a la
exportación de contraestación. La competitividad en
este período se incrementó 40%.
Con un número reducido de establecimientos integrados desde
la plantación hasta el empaque, los productores completan todo
el ciclo: limón fresco, jugo concentrado, aceite esencial y
cáscara deshidratada. Mientras sigue agregando tierras, la
provincia empieza a tener problemas relacionados con el tamaño
que alcanzó, puesto que las contraestaciones empiezan a ser
insuficientes para su volumen. El 2000, esperan los tucumanos, los
encontrará con una producción de 1,1 millón de
toneladas.
La explotación tradicional, la azucarera, está
estancada y, además, incorporó una amenaza: los
productores brasileños. Entre las provincias productoras,
Tucumán presenta la situación más precaria.
Primero, porque su caña tiene menor rendimiento de sacarosa, y
segundo, porque son los ingenios más viejos y los que tienen
peores condiciones de producción. Además, mientras en
Jujuy y Salta la plantación y el ingenio están
integrados, en Tucumán es una economía de miles de
cañeros, buena parte de ellos endeudados y con sistemas
productivos antiguos. Por eso, ante el eventual ingreso de los
brasileños, Tucumán sería la primera
víctima.
En cuanto a la actividad industrial, en Tucumán está
instalada la fábrica de camiones de Scania, importante para la
oferta de empleo provincial. Pero la prosperidad de Scania es una
isla en la industria. En el período 1984-94 Tucumán fue
la provincia que perdió más participación en el
VBP industrial: pasó de una cuota de 2,9% a 1,3%; es decir, se
achicó 55%.
Salta y Jujuy, a los saltos
Salta es una de las que ha caído, incluso a pesar del
espaldarazo del gas. Porque salvo el tabaco, los porotos y algo de
soja, no ha encontrado maneras de expandir la producción y
mitigar la caída industrial. El crecimiento del sector
gasífero – aporta 10% del gas argentino – fue
simultáneo a la desaparición de YPF como empresa
pública. Como en el ejemplo neuquino, un polo crece
aceleradamente mientras se evapora toda la estructura que estaba
alrededor atendiendo a la petrolera estatal.
Entre las producciones agrícolas la principal actividad en
generación de valor agregado es la producción de
porotos, que se coloca luego en el mercado brasileño.
La industria manufacturera representa en Salta 10% del PBG,
participación sensiblemente menor a la media nacional (22%).
Su aporte al VBP industrial cayó 27% entre 1984 y 1994. La
diferencia con el promedio del país es también evidente
en la participación del empleo industrial, que llega
sólo a 17,4% contra la media nacional de 28%. La industria fue
muy golpeada: entre 1985 y 1993 perdió 24,2% de los puestos de
trabajo.
Para completar un panorama desolador, 65% de su actividad
está explicada por tres ramas de bajo valor agregado:
alimentos y bebidas, producción de madera y elaboración
de productos de metal.
La situación va peor en Jujuy. Tiene el tercer PBG per
capita más bajo del país, el peor nivel de ingresos
(promedio mensual de US$ 149) y su porción en el valor de
producción bruta industrial cayó 55% entre 1984 y 1994,
un récord compartido con Tucumán.
La rama de actividad más importante es la de alimentos y
bebidas, que aporta algo más de la mitad del total de puestos
de trabajo. Dentro de ella, 75% corresponde a la elaboración
de azúcar, que significa 50% del valor de la producción
del sector manufacturero provincial. Si a ella se suman la
fabricación de hierro y acero, la producción de cemento
y la elaboración de papel, estará resumido 85% del
valor de producción. Jujuy es la única provincia del
noroeste que disminuyó sus exportaciones entre 1990 y 1996. La
región, en ese período, llevó sus ventas
externas de US$ 625 millones a US$ 1.081 millones, impulsadas
básicamente por Tucumán.
Paisaje de Catamarca (y de La Rioja)
Catamarca podría parecerse a Jujuy. Sus indicadores
fiscales – cantidad de empleados públicos,
déficit y erogaciones cubiertas con recursos propios –
son incluso peores, sus ingresos promedio son casi tan malos y la
participación de la provincia en el VBP industrial es
idéntica (0,5%).
Pero, sin embargo, la tendencia favorece a Catamarca, porque
está creciendo. Tiene dos caras: por un lado, sufre el ajuste
de la industria promocionada; por otro, ve florecer la
promoción agrícola y la minería, con Bajo de la
Alumbrera como nave insignia y Salar del Hombre Muerto y Agua Rica en
construcción.
La explotación minera representa la actividad
económica con mayor potencialidad. La exploración
abarca en este momento 80 áreas desparramadas sobre 1,2
millón de hectáreas. Bajo de la Alumbrera
demandó una inversión de US$ 1.200 millones,
ocupó a 5.000 personas durante su edificación, emplea a
800 operarios y aportará regalías a la provincia.
A pesar de todo, no deja de ser una actividad autocontenida, que
obviamente revolucionará al departamento de Andalgalá
– donde se sitúa – y a las arcas públicas,
pero que no desarrollará mayores encadenamientos con otras
ramas de actividad. Sobre todo, cuando no está prevista una
refinería en el país y la Ley de Inversiones Mineras
prevé la importación libre de gravámenes. El
gobierno provincial, principal beneficiario interno de la
inversión, tiene la oportunidad y la responsabilidad de
dirigir los recursos obtenidos para generar proyectos productivos no
atados a los 20 años de vida útil del emprendimiento.
La promoción agrícola, a través del
diferimiento del IVA, movilizó, tanto en Catamarca como en La
Rioja, la producción de oliva, vid, jojoba, nuez, almendra y
algodón peruano. Entre 1991 y 1995 se radicaron en la zona 233
empresas con inversiones estimadas en US$ 837 millones.
La Rioja, en cuanto a la suerte de las promociones, es casi un
calco de Catamarca. Lo mismo en cuanto a indicadores fiscales:
están entre los peores del país. La Rioja registra la
mayor deuda pública por habitante, tiene la cantidad
más alta de empleados públicos en relación con
su población (146 cada 1.000), y con los recursos propios
sólo cubre 8,1% de sus gastos. De las 500 empresas que tuvo
– o que alguien declaró que tenía – durante
la promoción quedan apenas 50.
La diferencia con Catamarca, además de la minería,
es que, junto a San Juan y Mendoza, La Rioja reconvierte a toda
marcha las 8.500 hectáreas que destina a viñedos. En
las tres provincias la industria vitivinícola se
desarrolló sobre la base de los vinos de mesa. Con la
caída del consumo (35% en los últimos 15 años),
los que no quebraron viraron hacia cepas de calidad y vinos finos,
que hoy ganan espacio en los mercados internacionales.
No sólo uvas hay en Cuyo
Hacia 1996, 13% del total de la superficie cultivada en las
provincias de Mendoza y San Juan – las dos principales
productoras – exhibía vides de alto valor
enológico. San Juan está siendo especialmente exitosa
con la uva de mesa. También está aprovechando la
promoción agrícola y recibe fuertes inversiones en
frutas, sobre todo en pepitas.
Su suerte tras el fin de la promoción industrial fue mejor
que la de La Rioja y Catamarca: recibió menos proyectos pero,
en general, fueron mucho más visibles. Entre 1984 y 1994 su
participación en el VBP industrial se incrementó 140%.
Con todo, sigue siendo una de las provincias del pelotón, con
menos de US$ 5.000 de PBG per capita y menos de US$ 200 de ingreso
promedio mensual.
San Luis es, sin duda, una de las jurisdicciones que ganó
en los ´90. Aunque el fin de la promoción también
desinfló su industria, allí – aprovechando la
cercanía a Buenos Aires – se habían radicado las
empresas más grandes: Bagley, Molinos, Arcor. Orientadas hacia
el mercado interno, estas firmas se fortalecieron ante la estampida
del consumo.
Para 1994 exhibía 22,8 asalariados por local industrial; es
decir, el mayor tamaño promedio de establecimientos. Su
participación en el VBP industrial creció 483% entre
1984 y 1994. Para 1995 las manufacturas explicaban 58% de su PBG y su
producto per capita era el tercero en el nivel nacional, con US$
13.100. Su situación financiera es envidiable: marcha tercera
en las erogaciones de capital, tiene el superávit más
amplio del país (35% en 1996) y el menor stock de deuda
relativa.
Mendoza, en tanto, atravesó con dificultades la reforma
económica, porque a los problemas productivos de su principal
actividad, alimentos y bebidas, se sumaron inconvenientes fiscales.
Desde los ´70 viene perdiendo industria, resultado de la
promoción de sus vecinos. En 1974 tenía 5% de
participación en el VBP manufacturero; 10 años
después, 3,9%, y en 1994, 3,8%.
Mendoza sufrió la caída del consumo de vino, la
competencia brasileña y chilena en las conservas de tomate y,
por último, el dumping europeo en duraznos. Como consecuencia,
todo lo que producía o se cayó o fue amenazado. Su
programa de estímulo a la inversión agregó
inconvenientes al promover más fábricas de conserva de
tomates que las que la producción primaria era capaz de
sostener.
En los últimos años sus bodegas recibieron
inversión extranjera y los chilenos están comprando
tierras destinadas a la producción de uvas y pepitas. Presenta
signos de recuperación, como un incremento de las
exportaciones de 72% entre 1993 y 1996, pero no es de las que
ganó.
Los indicadores fiscales de la provincia siguen siendo
preocupantes. Su déficit representa 27,6% de las erogaciones
totales y es el más alto del país. El monto destinado a
los servicios de la deuda, en tanto, representa 43,3% de los recursos
corrientes, un porcentaje sólo superado por Formosa y
Río Negro.
El centro de la escena
El sector privado cordobés fue lo suficientemente
sólido como para sobrellevar los descalabros públicos.
Entre 1990 y 1995 el PBG de la provincia creció 299%, su
participación en el VBP industrial representó 7,9% del
total y exportó en 1996 por US$ 2.277 millones.
Los sectores más dinámicos en esta década
fueron el alimentario – oleaginosas y lácteos – y
el automotor y autopartista. El tradicional, la industria
metalmecánica forjada por las Pymes, se las arregló
para jugar en la economía abierta y exportó 27% del
total sectorial del país. El conjunto de las exportaciones
industriales pasó de US$ 490 millones en 1990 a US$ 1.577
millones en 1996. Las primarias, en tanto, saltaron en el mismo lapso
de US$ 359 millones a US$ 700 millones.
Córdoba ya participaba del comercio mundial antes de la
creación del Mercosur, con cereales, oleaginosas y alimentos.
La integración le permitió sumar vehículos,
autopartes, máquinas y artefactos mecánicos y
lácteos, orientados sobre todo hacia Chile y Brasil. Un caso
excepcional fue el de Arcor, que se convirtió en actor
internacional en el mercado de caramelos y golosinas.
Con todo, la reforma dejó a buena parte de los talleres del
Gran Córdoba en el camino. En ese segmento, el desempleo
alcanzó el máximo nacional de 18,6%. El agro, mientras
tanto, fue golpeado por la falta de lluvias. No
acompañó la expansión del resto de la provincia
y perdió posiciones frente a Santa Fe, Buenos Aires y La
Pampa.
Santa Fe presenta un escenario casi inverso. Por un lado, sus dos
ciudades principales – Rosario y la capital –
están en franca caída. Por otro, está el
crecimiento excepcional del agro y de la cuenca lechera.
La provincia aún está tercera en cuanto a
participación en el VBP industrial, pero su tendencia es
descendente (9,7% en 1974; 9,2% en 1984 y 9,1% en 1994). Rosario,
quizá la más afectada, perdió gran parte de su
industria, sobre todo la metalmecánica. Frente a ello se
instaló General Motors y se expandió el sector de
servicios y transportes.
El agrobusiness, corazón de la provincia, se
expandió aceleradamente en los ´90, empujado por el alza de
los precios y las inversiones. Creció tanto el complejo
oleaginoso del sur (Santa Fe produce 46% del total de soja) como el
lechero de la zona de Sunchales, Rafaela y San Gerónimo. De la
mano de la producción primaria surgieron nuevas aceiteras y
fábricas de quesos.
A pesar de la crisis de los primeros años del ajuste, a la
provincia le fue bien, como a todas las que generan productos
transables (de hecho, la provincia exportó en 1996 por US$
4.470 millones). Un estudio de la Unión Industrial Argentina
(UIA) señala que donde más crece la venta de
electrodomésticos es en el interior de las provincias de
Buenos Aires y Santa Fe, no en la capital federal. Y la causa no es
el crédito sino el simple ciclo agrícola.
La pampa vuelve a las fuentes
En La Pampa se advierte a lo largo de los últimos
años un proceso de primarización de la actividad, en el
que se destacan la producción de granos y los lácteos.
Las exportaciones reflejan esta dinámica. Pasaron en esta
década de US$ 45 millones a US$ 140 millones, según los
cálculos del Ministerio de Economía nacional, pero
sobre la base de cereales y oleaginosas, en desmedro de las
manufacturas de origen agropecuario, principalmente de carnes. Las
manufacturas de origen industrial mantuvieron su volumen absoluto,
que en un contexto de crecimiento significa derrumbe: de 7,3% del
total de su comercio exterior pasaron a 2,5%.
En la industria se registró una fuerte desaparición
de firmas. A mediados de los ´90 hay menos obreros y fábricas
que en los ´70. Además varió la composición de
esa industria a favor de la alimentación. La Pampa es una
provincia ordenada en lo fiscal y demasiado estable en lo productivo,
sin más sobresaltos ni noticias que las del ciclo
agrícola, que en los ´90 se caracterizó por el alza de
precios y la ganancia de eficiencia a través de los pools de
siembra.
La provincia de Buenos Aires es un nudo. Le fue bien, con una
expansión muy fuerte del sector agrícola y las regiones
ligadas a esta producción, que cuadruplicaron en cinco
años el PBG provincial. La modernidad trajo una nueva clase de
concentración, en la que la figura no es el terrateniente sino
el empresario que produce a escala.
El agro resultó más vigoroso que la actividad
pecuaria, pero, en general, al campo le ha ido muy bien, tanto a la
cuenca lechera como a la soja del norte de la provincia o a la
producción papera de Balcarce.
El ingreso al circuito no aftósico – que,
según algunos analistas, incrementaría entre 40% y 100%
el precio de la carne – permite suponer que cesará el
reemplazo de ganadería por agricultura en las tierras de mayor
elasticidad de sustitución, un fenómeno constante en
esta década. Como productos transables, carnes y granos
estarían en igualdad de condiciones.
En el período 1990-96 las exportaciones de la provincia de
Buenos Aires crecieron 80% y mantuvieron su participación de
40% en el total nacional. En los últimos tres años
varió su composición a favor de las manufacturas de
origen industrial – que pasaron de 38% a 46% – y en
detrimento de los productos primarios y el rubro de combustibles y
energía. Las exportaciones de origen agropecuario, en tanto,
mantuvieron su participación de 32%.
El sector manufacturero exporta más, mientras la
participación de la provincia en el VBP industrial cayó
8% entre 1984 y 1994. Esto es fruto de una nueva dinámica
industrial en la que, simultáneamente, se observa la
desaparición de parques enteros y el surgimiento de nuevos,
como los que siguen las dos líneas de la Panamericana en la
zona norte del GBA. En paralelo, se derrumba en el sur y en el oeste
del conurbano el viejo sector metalmecánico, profuso en Pymes.
La modernización se impone asociada a la concentración,
en un proceso en que adelgaza la estructura industrial y merma los
puestos de trabajo.
Las grandes ciudades del interior de la provincia atraviesan
dificultades. Por un lado está Mar del Plata, golpeada por un
turismo pauperizado y por la industria textil noqueada. Por otro,
Bahía Blanca, que perdió al Estado, agente
económico fundamental a lo largo de su historia. Allí
se ajustaron el polo petroquímico, la planta de Gas del
Estado, Ferrocarriles Argentinos, YPF, el puerto, y la Armada.
Cada vez más Reina del Plata
La gran ganadora de este proceso es la Ciudad de Buenos Aires, que
alcanzó un PBG per capita propio de las economías
centrales (US$ 21.970). La ciudad está convirtiéndose
en un polo de servicios: en 1991 el sector terciario representaba
33,7% de su PBG y cuatro año después llegaba a 52,2%.
La construcción, tan dinámica como los servicios,
remodeló en siete años el espacio urbano, y el despacho
de cemento pasó de 1.000 toneladas a 2.000 entre 1990 y 1997.
Como capital de una economía emergente, presenció la
erección continua de hoteles de categoría, destinados a
los casi nueve millones de turistas que pasó a recibir por
año. Esta actividad se convirtió en una industria
formidable para la ciudad. Capta 35% del turismo receptivo total, una
tajada que le reporta US$ 3.000 millones al año.
Simultáneamente, descendió la actividad industrial.
La ciudad llegó a concentrar 25% de la industria argentina,
incluyendo las ramas más modernas, como laboratorios,
ingeniería, químicos, además de buena parte del
total de indumentaria y alimentación. En 1994, en cambio, su
participación en el VBP industrial no llegó a 15%.
La Patagonia endeble
La crisis de Río Negro tiene varias caras. Comprende tanto
el impacto del ajuste fiscal sobre la economía real como la
actividad en Bariloche y en el Alto Valle. Sus indicadores fiscales
son penosos. El déficit alcanza a 22% del producto, los
servicios de deuda suman 54% de los recursos corrientes y su stock de
deuda relativa es el segundo del país.
Bariloche padeció, en esta década de tipo de cambio
alto, un deterioro de la calidad del turismo. Sólo el
año pasado hubo algún cambio a partir de la
inversión en el Cerro Catedral, pero la constante del
período fue la pérdida de los turistas de mayor poder
adquisitivo y la decadencia de los servicios.
El Alto Valle, más allá del ciclo de precios
ajustado al consumo y a la producción de los países
vecinos, presenta un problema estructural: su productividad
agrícola. En la explotación es necesario cosechar
alrededor de 40 toneladas por hectárea para ser competitivo, y
en el Alto Valle hay manzanares de 10 o 15 toneladas. Pero
además pierde mercados, porque la fruta no alcanza los
estándares internacionales. De ahí que la Argentina sea
un fuerte productor de jugos: como tiene fruta de baja calidad, la
destina a la industrialización.
Para reconvertir la producción se está adoptando un
sistema llamado de espaldera, que apiña hasta 1.200
árboles pequeños – tipo enredadera – por
hectárea y consigue duplicar la productividad del sistema
tradicional. Pero con limitaciones de financiamiento, los productores
no pueden afrontar los costos de adopción ni soportar los al
menos dos años que requiere el crecimiento del nuevo bosque.
Lo que ya se percibe en la provincia es la reversión de la
especialización en manzanas y su sustitución por peras.
Las ciruelas, los pelones y las cerezas son las otras frutas que
expanden sus fronteras. En cuanto a la minería,
desapareció Sierra Grande y sólo quedan la
producción de ventonita y las salinas.
Decidir si Neuquén creció o no supone plantear
previamente qué se entiende por desarrollo. El crecimiento de
su PBG (367% entre 1990 y 1995) fue el máximo del país,
pero se redujo 33% su porción del VBP industrial,
perdió las industrias que rodeaban a la ciudad capital
– orientadas principalmente a la producción de
cerámicas – y los cortes de rutas en Cutral-Có se
erigieron en paradigma de los conflictos sociales de los ´90.
La causa de su caída no fue tanto la apertura como su
dependencia del sector público que, sobreexpandido,
padeció el destino de crisis y ajuste que marcó la
época. Ese proceso afectó a todas las actividades no
directamente atadas al petróleo y al gas, que quedaron como
únicos motores de desarrollo. A la vez, el retiro de YPF como
empresa estatal rompió los encadenamientos que tenía en
las comunidades.
El siempre proyectado polo petroquímico de Loma de la Lata,
en tanto, es una posibilidad cada vez más lejana, a medida que
avanza la planta de fertilizantes y la separadora de gases en
Bahía Blanca.
Más se avanza al sur, más frío hace
Chubut también perdió. La caída del
régimen especial de Trelew vació al parque industrial,
orientado hacia la actividad textil. En 1994 la participación
en el VBP industrial fue 33% inferior a la de 1984; su
producción de lana cayó de 27.000 toneladas en 1993 a
21.000 en 1996 y su rodeo ovino disminuyó 16%. La única
empresa fuerte que queda es Aluar.
La pesca tampoco se hace sentir sobre la actividad local, y la
producción de petróleo y gas se mantiene estable,
incluso levemente inferior en el caso del gas.
El sector privado de Santa Cruz quizá sea tan frágil
como el chubutense, pero tiene en cambio un sector público
robustecido por las regalías. Con esos recursos el gobierno
local intenta desarrollar actividades alternativas, como talleres
para la reparación de buques, pesca o explotaciones
pilíferas.
Santa Cruz ganó en esta década gracias al
petróleo. Su PBG se incrementó 326% entre 1990 y 1995
y, medido per capita, secunda a la Ciudad de Buenos Aires en el
ranking. El desempleo es el más bajo del país (4,6%),
aunque tiene la tercera dotación relativa de empleados
públicos (10% de la población provincial).
Se estima que el Cerro Vanguardia, un proyecto minero de US$ 200
millones de inversión, entrará en producción en
el segundo semestre de este año. Las exportaciones directas de
este emprendimiento representarían, en el promedio de 15
años de vida productiva, un cuarto de las exportaciones
primarias de la provincia y 6,4% del total de las ventas de Santa
Cruz al exterior del país.
Si las actividades que crecen son petróleo, minería
y pesca – ninguna de las cuales tiene efecto
multiplicador – , el desarrollo de la provincia estará
atado a la habilidad del sector público para dirigir el
producto de las regalías hacia industrias alternativas. Pero
al menos tiene esa oportunidad, que no es poco.
Tierra del Fuego, en cambio, va en picada. No sólo se
achica sino que además se primariza: registra el menor
índice de crecimiento de PBG entre 1990 y 1995 (129%) y en su
composición el peso de las manufacturas pasó de 21% a
5%.
Con el fin de la promoción, su industria literalmente se
cayó y la promesa de los ´70 y ´80 asumió la
dinámica de varias provincias en los ´90: contracción
del entramando industrial y desarrollo de los sectores autocontenidos
y de capital intensivo.
Ese es justamente el modelo de expansión que prevé
el subsecretario Frigerio: “Podemos pensar – dice – en un
polo petroquímico, porque Tierra del Fuego en el futuro
seguramente se convertirá, sobre la base de sus reservas, en
la principal productora petrolera. Y podemos también pensar en
la industria forestal como otra de las actividades que pueden ser
competitivas en una economía abierta”.
