viernes, 17 de abril de 2026

    Integración, el arma del siglo XXI

    Hoy se advierte un interés creciente por la
    capacitación.

    Sin embargo, todavía hay serias dificultades para trasladar
    al campo práctico lo aprendido en el aula. La
    integración es una herramienta de ida y vuelta: se trata de
    aplicar en el trabajo el producto de la actividad educativa y de
    aprovechar la experiencia de trabajo como fuente fundamental de
    desarrollo de conocimientos y habilidades.

    En su capítulo de la excelente obra Preparando el futuro
    (Ediciones Gestión 2000, 1997), que incluye la
    contribución de los más grandes autores actuales sobre
    temas de management, Lester Thurow sostiene que “las armas
    competitivas dominantes del siglo XXI serán la
    educación y las habilidades de los trabajadores”.

    Afortunadamente, hoy en día muchas empresas están
    tomando conciencia de este desafío. Esto está
    ocurriendo tanto en las empresas más grandes o sofisticadas
    como en las pequeñas y medianas de distintos lugares del mundo
    y de la Argentina.

    Unos meses atrás una gran empresa multinacional me
    invitó a dar una conferencia sobre capacitación
    empresaria frente a alrededor de 200 de sus distribuidores. La gran
    mayoría de éstos pertenecían a pequeñas
    firmas localizadas en diversos puntos del país.

    Ante todo hay que señalar lo siguiente: hasta hace poco
    tiempo era casi impensable que se eligiese la capacitación
    empresaria como único tema general para una reunión de
    esa naturaleza. Pero hoy las cosas han cambiado. El tema
    despertó un interés enorme en los participantes. Me
    impactó la preocupación por la capacitación
    propia y la de su gente, tanto en aspectos gerenciales como
    técnicos. Esto fue evidente por las preguntas y comentarios
    que surgieron durante la charla.

    Pero también fue notorio un problema común:
    “Queremos capacitarnos pero no tenemos claro cómo hacerlo
    debidamente”. Y éste es un problema que alcanza a muchas
    empresas de cualquier tamaño.

    Hay compañías que invierten lo necesario en
    capacitación y otras que no lo hacen, por el motivo que fuere.
    Pero, aun entre las que invierten bastante, hay algunas que no logran
    el resultado perseguido. Puede ser que las actividades educativas
    sean en sí satisfactorias. Por ejemplo, que los participantes
    hagan muy buenas evaluaciones al cabo de la actividad. No obstante,
    el problema suele radicar en que las actividades educativas no tienen
    un impacto significativo en el trabajo. No se observa en el
    comportamiento el cambio efectivo que se pretende.

    En resumen, se trata de que la inversión en
    capacitación sea eficaz. El gráfico N° 1
    representa este concepto.

    Hace algún tiempo, en una reunión con ejecutivos de
    primera línea de varias empresas, planteé una serie de
    interrogantes:

    Primero, les pregunté por sus planes de capacitación
    personal para 1998. En general, las respuestas fueron bien
    ambiciosas.

    Segundo, quise saber qué capacitación personal
    habían recibido en 1996 y lo que iba de 1997. Las respuestas
    indicaron una participación importante en múltiples
    actividades educativas.

    Tercero, les pregunté qué había cambiado
    realmente en sus comportamientos laborales a raíz de esas
    actividades de capacitación. Las respuestas fueron mucho
    más pobres o ambiguas.

    Finalmente, pregunté hasta qué punto no era
    preferible explorar cómo aplicar en el trabajo los
    conocimientos adquiridos en actividades educativas ya realizadas, en
    lugar de buscar nuevos conocimientos de dudosa o improbable
    aplicación.

     

    El aprendizaje en el trabajo y en la actividad educativa

    En general, cualquier persona puede adquirir conocimientos y
    habilidades aplicables a su trabajo en dos situaciones distintas:
    durante el trabajo mismo o por medio de una actividad educativa
    separada del trabajo (enseñanza presencial, enseñanza a
    distancia o autoaprendizaje). El cuadro ilustra sobre las diferencias
    habituales entre estos dos prototipos, el trabajo y la actividad
    educativa.

    La actividad educativa, a la vez, puede incluir una parte
    teórica y otra práctica. La primera abarca aspectos
    tales como el desarrollo de conceptos, modelos, metodologías y
    herramientas. La segunda comprende cuestiones como la
    realización de ejercicios de aplicación y la
    discusión de casos reales. Pero aun la parte práctica
    de la actividad educativa es distinta del trabajo: no es lo mismo
    equivocarse en el aula en la solución de un ejercicio
    práctico que equivocarse en el trabajo mismo.

    Dados el trabajo y la actividad educativa así definidos
    convencionalmente, las claves del verdadero aprendizaje son:

    Aplicar en el trabajo el producto de la actividad educativa. Vale
    decir, lograr un cambio efectivo en el comportamiento en el trabajo.
    Esto se ha dado en llamar “transferencia al trabajo”.

    Utilizar provechosamente la experiencia del trabajo como una
    fuente fundamental del desarrollo de conocimientos y habilidades,
    además del input exógeno que pueden brindar el
    instructor y los materiales educativos. Esto se denomina
    “aprovechamiento del trabajo”.

    La idea central es tanto maximizar la transferencia al trabajo
    como el aprovechamiento del trabajo. En síntesis, integrar lo
    más posible el trabajo con la actividad educativa, como lo
    ilustra el gráfico N° 2.

    Existen múltiples estrategias para lograr esa
    integración. Sin embargo, en aras de la simplicidad nos
    concentraremos en ciertas ideas que giran en torno de lo que hemos
    denominado modelo de ciclo del aprendizaje.

     

    Modelo de ciclo del aprendizaje

    Toda actividad educativa tiene sus contenidos temáticos.
    Ahora bien: hay contenidos que es preciso incorporar de manera
    exógena, a través del instructor o de los materiales
    educativos, y hay otros contenidos que los participantes están
    en condiciones de desarrollar reflexionando acerca de su propia
    experiencia. Por ejemplo, si el contenido es el modelo de liderazgo
    situacional de Blanchard, es poco probable que los participantes lo
    descubran, por más experiencia que tengan o reflexiones que
    hagan. Pero los participantes bien pueden inferir las ventajas y las
    desventajas de la delegación sin que el instructor o el
    material se lo anticipen, sobre todo por medio de una actividad
    grupal. Y si, en todo caso, los participantes no llegan al resultado
    buscado, siempre puede incluirse una actividad complementaria de
    aprendizaje para cubrir el déficit. Cuando el método de
    reflexión basado en la experiencia es viable, suele brindar un
    aprendizaje más profundo que el input exógeno
    (instructor o materiales).

    Por otro lado, todo contenido temático entraña
    – en mayor o menor grado – un modelo que aspira a ser
    aplicado en el trabajo. De lo contrario, no tendría sentido
    incluirlo en la actividad educativa. Claro está que el modelo
    puede tener valor – total o parcialmente – o no. En este
    orden la actividad educativa debería dar lugar a la
    crítica pertinente del modelo. En consecuencia, los
    participantes estarían equipados para quedarse con lo que
    fuera valioso del modelo. A partir de aquí se impone hacer un
    diagnóstico: plantearse en qué medida la
    situación real de la organización, grupo o individuo
    responde al modelo. Este diagnóstico puede hacerse a base de
    instrumentos que están en línea con el modelo
    planteado. En la medida en que la situación real no responda
    al modelo habrá que profundizar el diagnóstico,
    analizando la causa de los problemas.

    Completado el diagnóstico corresponde encarar un plan de
    cambio. Esto es, medidas concretas para acercarse al modelo.

    Luego, el trabajo brindará experiencia susceptible de
    reflexión. De esta manera, el modelo puede ser ampliado,
    modificado o, inclusive, descartado, reforzando el proceso de
    aprendizaje.

    Posteriormente conviene ejercer acciones de seguimiento, con dos
    propósitos:

    Monitorear el cumplimiento del plan de cambio.

    Reflexionar sobre la experiencia recogida.

    Tales acciones, a la vez, constituyen un antecedente de futuras
    actividades educativas, repitiendo el ciclo
    experiencia-reflexión-desarrollo de conocimientos y
    habilidades.

    Así como hablamos del diagnóstico complementario a
    la actividad educativa en función del modelo surgido del
    contenido temático, hay, por otra parte, diagnósticos
    que es aconsejable realizar antes de conocer el modelo, generalmente
    utilizando un instrumento pertinente. Por ejemplo, los
    diagnósticos sobre estilos personales – como liderazgo,
    relaciones interpersonales o aprendizaje – en los que el
    participante contesta espontáneamente un cuestionario, sin
    especular con el debería ser del modelo. Claro está que
    el instrumento responde al modelo, pero esto no es evidente para el
    participante en el momento de contestar el cuestionario.

    En síntesis, por un lado, la reflexión basada en la
    experiencia y el diagnóstico previo a la actividad educativa
    son vehículos de aprovechamiento del trabajo. Por otro lado,
    el diagnóstico complementario a la actividad educativa y el
    plan de cambio configuran el camino de la transferencia al trabajo.
    De esta manera se logra una adecuada integración entre el
    trabajo y la actividad educativa, como lo sintetiza el gráfico
    N° 3.

    Aprendizaje implica cambio efectivo en el comportamiento. El ser
    humano, para aprender, debe recorrer todo el ciclo del aprendizaje.
    No interesa tanto por dónde empieza. Esto es una
    cuestión circunstancial o de estilo de aprendizaje. Algunos
    prefieren encarar primero la actividad educativa, ir de la
    teoría a la práctica, de lo general a lo particular.
    Otros, en cambio, prefieren entrar por el trabajo, tener un problema
    real a la vista para sólo luego buscar la teoría
    aplicable. Se empiece por donde se empiece, lo importante es pegar
    toda la vuelta.

    Los teóricos deben bajar al llano para probar sus
    teorías. Y los prácticos deben conceptualizar para
    aprovechar mejor sus experiencias.