sábado, 30 de mayo de 2026

    Danza con lobby

    ¿Quién paga los impuestos en la Argentina? La pregunta
    no sólo es válida cuando se considera una determinada
    estructura tributaria sino también (y sobre todo) en
    circunstancias como la presente, cuando se pretende reformarla.

    La cuestión de cómo se reparte la carga tributaria
    en la Argentina remite a dos aspectos complementarios. Por una parte,
    la cuestión de los impuestos directos e indirectos y, por la
    otra, el tema de la justicia distributiva. Los impuestos de tipo
    indirecto son aquellos que, en principio, tienden a trasladarse a los
    precios de los bienes y servicios o de los llamados factores de la
    producción. En cambio, los gravámenes de tipo directo
    son aquellos que, teóricamente, no son trasladables. Ejemplos
    de los primeros son el IVA y el impuesto a los combustibles; de los
    segundos, el impuesto a las ganancias, a los patrimonios y a los
    activos.

    Con respecto de la justicia en el reparto de la carga tributaria,
    si a medida que se avanza en la escala de la capacidad contributiva
    se paga un porcentaje mayor, se dirá que el tributo, o la
    estructura impositiva, es progresivo.

     

    El proyecto

    La intensa acción de lobby que se ha desatado
    después de que se difundiera el contenido esencial de la
    propuesta oficial de reforma tributaria pone en duda que el proyecto
    sea finalmente aprobado. Son sugestivos, por otra parte, los cambios
    que se observan entre la versión original y la finalmente
    difundida por las autoridades económicas. Mientras la primera
    suponía una traslación de ingresos desde el sector
    privado hacia el público de US$ 1.460 millones anuales, la
    versión difundida no muestra ninguna ganancia de
    recaudación para las arcas estatales.

    El punto no sería relevante si las cuentas públicas
    estuvieran en equilibrio. Pero, en la actualidad, los resultados
    fiscales exhiben un déficit que, a juicio de la mayoría
    de los analistas, será incluso superior al acordado con el
    FMI. Además, la situación de creciente déficit
    comercial externo &emdash;que ya superó los US$ 5.000 millones
    en el acumulado de los últimos 12 meses&emdash; pone en marcha
    un mecanismo de consulta con las autoridades del Fondo para tomar
    medidas que enfríen la economía. Y la reducción
    del déficit público o su eliminación es una de
    las recetas más recomendadas por el FMI para tratar de
    alcanzar una posición viable en la balanza de pagos externos
    del país.

    El impacto neto &emdash;entre ganancias y pérdidas de
    recaudación&emdash; dentro de los impuestos que se pueden
    trasladar es de una caída en los ingresos de $ 1.100 millones
    anuales. Esa reducción es totalmente compensada con los
    mayores ingresos provenientes de la recaudación de tributos de
    tipo directo. Cabe destacar que en el proyecto original la
    progresividad global era aun mayor: la recaudación de los
    impuestos indirectos disminuía en 1.747 millones y la
    correspondiente a los directos se incrementaba en 3.208 millones.

    En cuanto a los efectos de la reforma en el sector privado, si se
    enfoca en primer lugar lo que sucedería entre las empresas y
    las familias, en principio las firmas recibirían una
    traslación neta de ingresos de $ 1.900 millones. Claro que, si
    las empresas trasladan a los precios el resultado neto, y no aumentan
    su nivel de ganancia, de las transferencias a favor y en contra
    derivadas de la reforma, el impacto final tendería a ser
    neutro. Que esto se verifique en la práctica dependerá
    de la presión de la competencia interna y, principalmente, de
    la externa.

    En el caso de las familias el efecto neto sería negativo en
    $ 1.900 millones: $ 700 millones originados en la eliminación
    de sectores exentos en el IVA, $ 700 millones derivados de los
    mayores impuestos internos, $ 600 millones que provendrían del
    impuesto a los intereses, que sería un gravamen totalmente
    trasladable, menos los $ 100 millones de la reducción de la
    tasa del IVA para algunos consumos populares. Resulta evidente que
    sólo una acción clara de las autoridades orientada a
    amortiguar el impacto negativo sobre las familias podría
    aliviar la transferencia de recursos hacia las empresas.

    En el caso de las empresas la cuestión se ha revelado
    más compleja. Las firmas que producen bienes transables
    internacionalmente reclaman que la mayor reducción de los
    aportes patronales se destine hacia ellas. Argumentan que son las que
    tienen que enfrentar la competencia externa tanto en el mercado local
    como en el internacional. Señalan que, de no ser así,
    los mayores beneficiarios de la disminución de los aportes
    serán los sectores que no compiten con el exterior y,
    principalmente, el sector servicios, que vería aumentada de
    manera significativa su tasa de ganancia. En realidad, las quejas
    empresarias se extienden también sobre el nuevo tratamiento
    impositivo que se daría a los intereses de los
    préstamos y sobre el gravamen a los activos.

    En suma, parece evidente que el tema de la equidad vertical en
    materia tributaria no constituye un aspecto que integre un lugar
    destacado en la agenda impositiva actual. No obstante, se reconoce la
    necesidad de hacer más progresivas las políticas
    fiscales. En ese marco, se sostiene que una prioridad es maximizar la
    recaudación tributaria, y la otra es alcanzar la menor
    interferencia posible en el proceso de asignación de los
    recursos. Por lo tanto, para hacer más progresiva la
    política fiscal se debe concentrar la acción en la
    reorientación del gasto público.

    Para muchos analistas esta prescripción no es del todo
    convincente. Argumentan, por un lado, que la realidad de los sistemas
    tributarios de países como la Argentina está
    todavía muy lejos de los diseños vigentes en los
    países más desarrollados y, por el otro, que no
    sólo existen enormes desigualdades en cuanto a la
    distribución del ingreso y de la riqueza sino que,
    además, las disparidades se han ido acrecentando en los
    últimos años.

     

    Comparaciones

    En la década pasada, 80% de los ingresos tributarios
    correspondían a impuestos indirectos. Ese porcentaje fue
    creciendo hasta alcanzar su pico en 1991 con 88% de los recursos
    totales. A partir de allí, y junto con los mayores esfuerzos
    puestos en mejorar la recaudación del impuesto a las
    ganancias, la gravitación de los impuestos indirectos se
    redujo a 77%. Este sigue siendo, sin embargo, un índice muy
    elevado en términos internacionales.

    Un trabajo publicado por el Ministerio de Economía de la
    Provincia de Buenos Aires compara la presión tributaria
    existente en la Argentina con la de países como Australia,
    Estados Unidos, Francia, España, Italia, Brasil y Chile.

    La presión tributaria indirecta de la Argentina en
    relación con su PBI es similar a la de países como
    Francia, España e Italia. Pero en los gravámenes de
    tipo directo se advierten grandes diferencias: un promedio de 70%
    para esos tres países, frente a poco menos de 40% en el caso
    de la Argentina.