A partir de esta edición, MERCADO ofrecerá a sus lectores
una serie de trabajos, preparados por economistas de reconocido prestigio
académico, destinados a servir de orientación en temas relacionados
con los grandes objetos económicos y, por lo tanto, con los grandes
problemas. Esta incursión en los territorios de la macroeconomía
tiene una clara intención didáctica. En la medida de lo posible,
se ofrecerán ilustraciones y ejemplos con datos obtenidos de la
experiencia argentina. En las cuestiones donde existen puntos de controversia,
se presentarán los principales puntos de vista sobre el tema.
Esta serie de trabajos ha sido diseñada y supervisada por el
economista Pablo Gerchunoff, investigador jefe del Centro de Investigaciones
Económicas del Instituto Torcuato Di Tella y profesor de Historia
Económica Argentina de la universidad homónima.
Esta primera entrega estuvo a cargo de los economistas Osvaldo Kacef
y Jorge Robbio. Ambos son investigadores del Instituto para el Desarrollo
Industrial (IDI) de la Fundación de la Unión Industrial Argentina,
docentes universitarios y autores de numerosos trabajos de investigación.
Una de las formas de presentación más sencilla y habitual
de la ciencia económica es aquella que la muestra dividida en dos
grandes campos: la microeconomía y la macroeconomía. Como
lo indican los términos, la principal diferencia entre ambas ramas
de la teoría es la magnitud de su objeto de estudio. La microeconomía
trata de identificar los factores que determinan el nivel observado y los
cambios experimentados por el precio de un producto específico (por
ejemplo, el precio de los automóviles o el precio de las papas),
en tanto que la macroeconomía se preocupa por los cambios exhibidos
por alguna expresión sintética de todos los precios (por
ejemplo, el nivel general de los precios al consumidor, o el nivel general
de los precios al por mayor). De este modo, la macroeconomía se
esfuerza por entender por qué algunas economías conviven
durante largos períodos con tasas muy altas de inflación
mientras otras exhiben precios estables, o por qué algunas naciones
han experimentado turbulentos episodios hiperinflacionarios.
Otro ejemplo para destacar el contraste entre ambos enfoques: la microeconomía
trata de explicar cómo se determinan las cantidades ofertadas y
demandadas de un bien o servicio específico (autos, cortes de pelo
o pescado), en tanto la macroeconomía se preocupará por el
volumen global de producción de una sociedad, esto es, por la evolución
de una medida que represente a todos los bienes y servicios producidos
y transados en todos los mercados.
Producto e ingreso
Una de las preocupaciones centrales de la teoría macroeconómica
es el estudio de las fuerzas que determinan el volumen global de producción
de una economía. Para el lector habituado a la sección económica
de los diarios, el PBI (Producto Bruto Interno) es la variable que mide
los cambios en el nivel de actividad del aparato productivo en el país.
Aunque con un retraso considerable, el Ministerio de Economía (antes
y por muchos años el Banco Central) difunde un informe trimestral
sobre la evolución del producto y de otros indicadores macroeconómicos.
Vale la pena introducir aquí la primera definición: el
producto de una economía en un período dado es el valor de
los bienes y servicios finales producidos durante ese lapso. Conviene detenerse
en algunos detalles de esta definición.
Primero: se habla de un lapso, de un período, y sin la explicitación
de este dato no estaría completa la definición, ya que el
producto forma parte del conjunto que técnicamente se denomina de
variables flujo. De este modo es necesario precisar que el producto de
una economía fue de US$ 300.000 millones en un año, o de
70.000 millones en un trimestre. El otro gran grupo de variables, en cuanto
a su dimensión temporal, es el de las variables stock, como el saldo
de la cuenta corriente o la caja de ahorros de un individuo. Aquí,
para poder definir la variable hace falta referirse a un momento en el
tiempo; de este modo una persona o una empresa puede tener un rojo en su
cuenta corriente de $ 10.000 al 10 de febrero de 1998.
En segundo lugar, se está haciendo referencia a bienes y servicios
finales, es decir, a productos que van a parar a manos de sus usuarios
definitivos (sean éstos consumidores o empresas) excluyendo los
bienes que se adquieren para ser utilizados en un nuevo proceso productivo
(insumos).
El sentido de esta distinción es evitar duplicaciones en la contabilización
de la riqueza generada por la economía en un cierto período.
Un ejemplo clásico, al que le pondremos números, servirá
para aclarar la cuestión.
Imaginemos una economía muy sencilla que produce un único
bien final (pan) en tres etapas o por medio de tres sectores productivos.
En una primera etapa el agro produce trigo por un valor de 5; éste
es adquirido por los molinos que lo utilizan para elaborar harina, la que
a su vez es comprada por las panaderías por un valor de 8. Con la
harina se hará el pan que llega a los consumidores finales a un
valor de 10.
La riqueza generada en cada etapa, el valor agregado, es la diferencia
entre el valor de compra del insumo y el valor al que se vendió
el producto elaborado. En el caso de los agricultores el valor agregado
es de 5 (suponemos que no utilizaron insumo alguno), los molinos a su vez
generaron riqueza por 3 (8 – 5), mientras que el valor agregado por las
panaderías fue de 2 (10 – 8). El valor agregado o producto de esta
economía es de 10 (5 + 3 + 2) y coincide, de acuerdo con nuestra
definición, con el valor de los bienes finales (pan).
Si hubiéramos procedido de otro modo y considerado como adición
a la riqueza o producto el valor total de las ventas de cada etapa, el
valor del trigo, por ejemplo, habría sido contabilizado tres veces:
una a título propio, otra como parte de la harina y otra como parte
del pan. Son estas duplicaciones las que evita esta definición.
Nuestro ejemplo tiene aun un poco más de miga. El valor agregado
o producto generado por cada etapa, dijimos, es igual a la diferencia entre
las ventas y el valor de los insumos. ¿Qué destino tiene
este nuevo valor? Podemos suponer que se distribuye entre los trabajadores
y empresarios del sector bajo la forma de salarios y beneficios, es decir,
que constituyen el ingreso de los participantes en el proceso productivo.
Obviamente, si el ingreso es igual a la suma del valor agregado por las
distintas etapas, también será igual al producto. De este
modo hemos llegado a una de las identidades básicas de la macroeconomía:
producto = ingreso.
Precios constantes y precios corrientes
Un último punto con respecto a esta definición de producto.
En nuestra economía imaginaria suponíamos que sólo
existía un único bien final, el pan; pero si pasamos a la
economía real, constituida por cientos de miles de diferentes productos,
llegar a un único número que represente el nivel de la producción
plantea una dificultad: como sabemos desde la escuela primaria, no se pueden
sumar peras y manzanas. Para llegar a esa única cifra precisamos
encontrar algo común entre objetos tan diversos; ese algo común
es el precio. Si multiplicamos la cantidad de manzanas por su precio unitario,
y hacemos lo mismo con las peras, habremos obtenido dos valores homogéneos
que pueden ser sumados. Lo mismo vale para todos los bienes y servicios
que son objeto de comercio en la economía.
Y aquí llegamos a un punto de interés.
Volvamos a nuestra economía imaginaria, pero suponiendo que ahora
produce dos bienes finales: pan y leche. Para obtener el producto de esa
economía no podemos, como decíamos antes, sumar kilos de
pan y litros de leche, pero sí podemos sumar el valor de la producción
de esos dos productos utilizando con ese fin los precios respectivos.
Supongamos ahora que se presentó la siguiente situación:
entre dos años consecutivos se duplican los precios del pan y la
leche y, simultáneamente, se contraen a la mitad los volúmenes
(kilos y litros) producidos de ambos bienes. El producto así medido
no cambió, pero los habitantes de esta sociedad disponen de la mitad
del alimento con respecto al año previo y se encuentran en una gravísima
situación.
En otras palabras, el producto nominal no ha cambiado, pero el producto
real registra una fuerte baja. Intuitivamente es fácil percibir
en nuestro sencillo ejemplo que el producto real ha caído a la mitad
pero, ¿cómo hacemos para obtener valores que reflejen esa
realidad ignorando el cambio de precios que enmascaran este fenómeno?.
La solución es utilizar un conjunto de precios constantes. Las cantidades
de los distintos bienes en cada año serán multiplicadas por
un mismo y único conjunto de precios correspondientes a un año
elegido de acuerdo con ciertos criterios, que se denomina año base.
En la Argentina el año base vigente es 1986, y cuando se dé
a conocer, por ejemplo, que en 1997 el crecimiento del PBI fue de 8% con
respecto a 1996, este resultado se habrá obtenido comparando productos
cuyos valores fueron calculados utilizando un conjunto de precios registrados
durante el año 1986.
Si observamos qué es lo que ocurrió con el PBI real y
el PBI nominal en los últimos años, veremos que mientras
el PBI real aumentó entre 1991 y 1997 casi 37%, el PBI nominal creció
más de 79%. La diferencia se explica por el hecho de que entre esos
años los precios de la canasta de bienes que representa el PBI aumentaron
más de 31%. Es decir que los aproximadamente $ 320.000 millones
que se produjeron en 1997 representan, en relación con el año
1991, una mayor producción en términos de unidades físicas
de 37% y un encarecimiento promedio de 31% del conjunto de bienes producidos
por la economía.
El PBI sectorial
Como vimos en uno de los ejemplos anteriores, el PBI es el resultado
de un proceso de agregación de valor del que participan diferentes
sectores. Se puede decir, por ejemplo, que el PBI total surge de sumar
el producto de los sectores productores de bienes y el producto de los
sectores productores de servicios. En el primer grupo están el agro,
la minería, la industria, la construcción, la generación
de energía y el suministro de gas y agua. Forman parte del segundo
grupo actividades tales como el comercio, las finanzas, el transporte,
las comunicaciones, la salud, la educación, etc.
En números gruesos, el sector productor de bienes representa
actualmente alrededor de 40% del PBI, medido a precios del año 1986,
mientras que el sector productor de servicios representa el restante 60%.
En el cuadro que ilustra esta página puede verse un detalle de la
composición del producto sectorial correspondiente al año
1996, valuado a precios de 1986.
También en el caso de la composición sectorial del PBI
es relevante la distinción acerca de los precios utilizados para
el cálculo. Los precios implícitos en el PBI son un promedio
ponderado de los precios de todos los sectores, de manera tal que las fluctuaciones
de precios relativos se manifiestan en distintas composiciones sectoriales
según el cálculo se efectúe a precios del año
base o a precios corrientes.
Aunque no se dispone de estimaciones oficiales a precios corrientes,
la composición que observaríamos en 1996, si utilizáramos
para la estimación los precios de ese año, sería seguramente
más favorable a los sectores productores de servicios. La razón
de este comportamiento es que, por tratarse de productos expuestos a la
competencia internacional, los precios de los bienes crecieron menos que
los precios de los servicios, cuya actividad está naturalmente protegida
de la competencia externa.
En la próxima edición de MERCADO continuaremos con el
tema de los grandes agregados macroeconómicos según la definición
de las cuentas nacionales. En particular, los componentes de la oferta
y la demanda de bienes y servicios y el efecto de las interacciones entre
el sector público y el sector privado y entre la economía
local y el exterior.
