Sorprenderse, maravillarse, es comenzar a comprender. “Todas las cosas
del mundo son extrañas y maravillosas a ojos bien abiertos.” Así
escribía José Ortega y Gasset en su obra maestra anterior
a la Segunda Guerra Mundial, La rebelión de las masas.
No hay ojos en la literatura moderna que hayan estado abiertos al mundo
en forma tan permanente, tan iluminados de asombro, humor y deleite, y
tan unidos a una prosa incandescente como los de Tom Wolfe. En un artículo
publicado también por Forbes ASAP, Wolfe sale al encuentro de un
raro fenómeno, una nueva generación de neurocientíficos
nietzscheanos embriagados con la idea de que han dominado la mente y la
han degradado a la mera categoría de cerebro, reducible a la bioquímica
e incluso a la física, la cual, a la vez, es reducida al determinismo
de Pierre Laplace, quien creía que al conocer las posiciones y movimientos
de cada átomo del universo en un determinado instante, podría
calcular todo su pasado y su futuro. Igual que muchas generaciones de infatuados
estudiantes de segundo año de la universidad que lo precedieron,
los inexpertos científicos de Wolfe refutan libre y voluntariamente
una creencia en el libre albedrío.
¿Llegó otra vez la hora de Friedrich Nietzsche? ¿Con
artistas y filósofos sisifeanos que bailan sobre la colina bajo
las esvásticas de la “repetición eterna”? ¿Con una
nueva moratoria sobre Dios y la moralidad? Wolfe especula que el advenimiento
de las imágenes cerebrales y otras “biomaravillas” darán
lugar a un resurgimiento de las profecías de Nietzsche sobre la
muerte del alma y el consecuente derrumbe de todos los valores morales
en el siglo XXI.
Así habló Nietzsche: “La creación, después
de todo, es absolutamente inalcanzable en la actualidad (…) proveniente
de una era supersticiosa”. Suena conocido. La ciencia y la tecnología
son, por último, perversas, quimeras de progreso que distraen al
superhombre de su destino noblemente salvaje de ser uno con la naturaleza.
Ecos en Oxford y en la Sorbona, durante el Tour de France académico
de la teoría del ciclo nihilista, con los desconstructivistas Jacques
Derrida y Michel Foucault, y ecos durante el Tour du Pont en Estados Unidos,
con citas apropiadas de Thomas Kuhn, Stanley Fish, y Al Gore, como nota
ecológica.
Esta vez podemos hacerlo bien: convoquen al verdadero Nietzsche, poético,
apasionado, impetuoso, profético, inmutable ante la animalidad del
hombre y, sin embargo, genéticamente superior, con un casco de cociente
intelectual que destella su genio hasta las reuniones cumbre de la elite
mensapáusica. Después de todo, nunca se ha probado al verdadero
Nietzsche. El mundo sigue luchando y a merced de las trabas de la santurronería
judeocristiana y las computadoras Wintel. Demasiada moralidad y tecnología
nos separan de nuestras pasiones primitivas, la violencia terrenal y las
artes estáticas. Esa es la “problemática” de la era moderna.
No, eso es pura farfulla filosofástica ciega al sentido moral
de la ciencia, la tecnología y el capitalismo. Los deliciosos gritos
de dolor ditirámbicos del filósofo alemán que luchaba
contra la jaqueca, la sífilis y el descreimiento reflejaban un momento
peculiar de las postrimerías del siglo XIX. La elite intelectual
de la época imaginaba que la física newtoniana y la biología
darwiniana habían reducido toda la naturaleza a un mecanismo y extinguido
a Dios. Hoy vemos no la muerte de Dios sino la muerte de la superstición
materialista. A diferencia de la tecnología industrial, con su materialismo
centralizador, las herramientas informáticas de la actualidad fomentan
un punto de vista del mundo contrario al nietzscheano, un renacimiento
transcendental de la mente y del espíritu.
El resurgimiento nietzscheano a menudo refleja una fobia profundamente
arraigada contra la religión y sus afirmaciones trascendentales.
Pero vengarse con perjuicio de uno mismo es quizás una mejor descripción
de una comunidad suicida de académicos, científicos y tecnólogos
que libran lo que podría darse en llamar una guerra contra la mente
propiamente dicha. Se burlan de la moralidad de la mismísima riqueza
capitalista que los sustenta, impugnan la creencia en el libre albedrío
que vuelve significativos sus hallazgos, cuestionan la realidad de la verdad
objetiva y el progreso científico hacia ella, y celebran lo salvaje,
lo primitivo y lo indomable. En su furia por extirpar a Dios, extinguen
la objetividad, el intelecto y la moralidad, los fundamentos de una sociedad
que valora a la mente por encima de la fuerza física. Cometen un
suicidio secular.
Ahora que se acerca el nuevo milenio, es hora de afirmar la evidente
verdad de que la cultura del siglo XX fue en su mayor parte un viaje mortal
nihilista, bajo el dominio de las supersticiones materialistas del marxismo,
el naturalismo, el positivismo, el darwinismo y el desconstructivismo.
El siglo XXI dejará atrás todas estas fantasías deterministas.
Con la tragedia de una vida social que sucumbe ante la propagación
del capitalismo y la tecnología, las obras de intelectuales ampulosamente
nihilistas, desde Marx hasta Spengler, se considerarán una sensiblería.
Imitando los disparates deterministas de la era anterior, desde la repetición
eterna de Nietzsche hasta los laberintos amorales de Sartre, los intelectuales
del siglo XXI parecerán obtusamente intolerantes y arcaicos como
los racistas y los astrólogos en la actualidad.
Se verá que la creencia en el monoteísmo y en la verdad
objetiva y la ciencia son esencialmente la misma cosa, que la creencia
en la trascendencia y en la autonomía de la mente son complementos
indispensables, que tanto la ciencia y la tecnología como el capitalismo
se basan en forma interdependiente en las mismas bases morales. Con la
liberación de una espiral mundial de crecimiento y progreso, el
comienzo de una nueva era cultural es inminente.
Resistida por los obsoletos medios y el mundo académico, desde
la televisión hasta las universidades del establishment, esta era
ofrecerá un festín de ironías y atavismos junto con
sus nuevos logros económicos e intelectuales. La visión y
el lenguaje de Wolfe, su deleite ante la comedia del intelecto moderno
serpenteándose sensualmente mientras se abraza al capitalismo que
desprecia, predominarán en una cultura rica y cornucopiana, difundida
por todo el mundo a través de Internet.
La lección de Münchausen
El esfuerzo por procurar sacar la mente de la materia y someterla al
determinismo se asemeja a la búsqueda de una máquina de movimiento
continuo. Siglos interminables de desconsoladores reveses no logran detener
la búsqueda de frenéticos maniáticos y charlatanes
en falsos estados de amnesia temporal a la Einstein que parecen salidos
de una película de Spielberg. La física en sí ya no
es determinística y, como señala David Berlinski en su magistral
ensayo, sólo dos elementos químicos han sucumbido totalmente
a los cálculos cuánticos mecánicos. En consecuencia,
la vena reduccionista de los biólogos que escalan peldaños
en la escalera del aprendizaje para destilar la mente del cerebro es sólo
un tributo a sus impresionantes poderes de autoengaño.
Max Delbrück, premio Nobel en fisiología, compara el proyecto
con los intentos del Barón von Münchausen de extraerse a sí
mismo de un pantano tirando de sus propios cabellos. Wolfe ha descubierto
otro grupo de materialistas münchaunsenianos. Si imitan a sus correligionarios
darwinianos en las sombrías moradas del determinismo dawkinsiano,
pronto intentarán trepar las escaleras de honor académico
tirándose entre sí de los cabellos; un espectáculo
estimulante, hay que admitir.
Los neurocientíficos se nutren de un mal entendimiento de lo
que representan las computadoras. Midiendo su actividad eléctrica
con un osciloscopio, el analista puede ciertamente calcular su cociente
intelectual &endash;es decir, la velocidad de su microprocesador&endash;
y determinar si se trata de un Pentium de 90 megahertz o de un Alpha de
500 megahertz, e identificar la frecuencia de su coprocesador gráfico
o modem también. Wolfe informa la existencia de mediciones análogas
del cerebro, si bien sus funciones son menos modulares o localizadas que
las del microprocesador y tienen lugar a frecuencias de varios órdenes
de magnitud inferiores y muchas veces más ricas en contenido análogo
y químico.
No obstante, un espectrograma informático que identifique con
perfecta resolución el patrón de actividad eléctrica
en toda la máquina no sería capaz de revelar prácticamente
nada sobre su cometido. Sería imposible afirmar si está diagnosticando
un carburador o analizando los discursos de Al Gore. Incluso un programa
de software escrito en lenguaje de máquina que detalle cada uno
y cada cero sería prácticamente inútil para un ingeniero
de inversa que desee duplicar sus funciones. Le es inútil a menos
que se le conceda acceso al código de fuente escrito y documentado
por un programador humano en un lenguaje de nivel superior inteligible.
Si una exposición total de la actividad eléctrica no puede
revelar el significado de un proceso de computación programado por
una mente humana que funciona bajo los grados limitados de libertad de
un lenguaje de computación, dicho patrón puede revelar mucho
menos sobre un proceso mental. El cerebro combina funciones eléctricas
y químicas, analógicas y digitales, con una increíble
interacción y espontaneidad a través de billones de sinapsis,
literalmente. Contrariamente a lo que confían los neurocientíficos
de Wolfe, no se acercan en absoluto a refutar la dualidad mente-cerebro,
y mucho menos el concepto de alma.
Por consiguiente, ¿qué podemos sacar de la fascinante
e hilarante investigación de Wolfe sobre la ciencia de estos nuevos
barones de Okefenokee? Me temo, y en esto concuerdo con él, que
la pseudociencia y la política barbárica engendrarán
cacerías de brujas en el gobierno y el surgimiento de médicos
brujos. Después de todo, fueron los patrones de intercambio escaneados
por computadora los que llevaron a la encarcelación de Mike Milken
por inversiones extrañamente prescientes en programas Ponzi como
MCI, TCI y McCaw. Ralph Nader celebra el uso de las computadoras para conjurar
racistas líneas rojas financieras a través de todas las ciudades
del país. Ciego a la esencia de riesgo empresarial, el gobierno
condona la extorsión producida por las denuncias judiciales de fraude
de títulos de la mayoría de las principales compañías
de alta tecnología que sostienen la economía de Clinton en
vista de los aumentos de impuestos y reglamentaciones.
Como señaló Chesterton, las personas que no creen en Dios
no creen en nada. Creerán en cualquier cosa. El premio Nobel Francis
Crick contempla la posibilidad de que recibamos visitantes de otras galaxias
para acelerar y redimir los procesos darwinianos. Entre muchos otros, el
notable físico John Wheeler, de Texas, sugiere una infinidad de
universos paralelos para rescatar la teoría cuántica de su
implicación de indeterminación. Otras universidades estadounidenses
igualmente superpobladas creen en los signos del zodíaco, las mentes
computarizadas, los autos eléctricos, las culturas primitivas “humanitarias”
y en un fuego infernal secular laodicense llamado efecto invernadero.
La superstición materialista
Ahora poseemos una elite intelectual que sostiene en su mayoría
lo que yo he dado en llamar la superstición materialista; la creencia
de que, como sugiere Steven Weinberg, los códigos trascendentes
de propósito y sentido son análogos a creer en Papá
Noel o en los Reyes Magos.
Cuando encontramos entre estos pensadores alguno que sostenga el dualismo
&endash;el reconocimiento de que las ideas y la materia se mueven inexorablemente
dentro de diferentes dominios&endash; cae en un sentimentalismo exagerado
como el de Thomas Moore. Moore puede imaginar la vida sin la competencia.
El coloca la productividad “al final de la lista de prioridades”. Sin embargo,
desea todos los frutos de la producción, que todos “coman bien”
en “bellas ciudades” con un servicio hospitalario que pueda brindarle asistencia
individual “como persona y no como un conjunto de elementos químicos”,
y al mismo tiempo se pronuncia a favor de la “baja tecnología” y
la “elaboración artesanal”.
Este es exactamente el epítome del pigmeo de Ortega, salvo que
el pigmeo no despoja a la jungla que le sirve de sustento, mientras el
retorno de Moore a la “baja tecnología” y a la “elaboración
artesanal” desembocaría en un mundo de rivalidad hobbesiana en el
que todos estarían contra todos sumergidos en enfermedades devastadoras
y escasez. Ningún punto de vista del mundo ni ninguna forma de vida
puede sobrevivir si niega los principios de su propia existencia y supervivencia.
Ninguna teoría puede perdurar si rechaza la validez de los teóricos.
Ninguna ciencia puede imponerse si impugna la trascendencia de los científicos.
Como observa Wolfe, la superstición materialista sostenida por
los jóvenes neurobiólogos en un código nihilista devora
los requisitos previos del pensamiento coherente. Termina por eviscerar
las suposiciones críticas de la ciencia en sí, que es sostenida
necesariamente por las exploraciones de los científicos, cuyo trabajo
es incoherente si no es la expresión de un libre albedrío.
Si el pensamiento es un mero epifenómeno de campos e influjos materiales,
¿por qué debería ser respetado cuando promueve la
idea del materialismo?
Si, según el punto de vista lapidario de Weinberg, “cuanto más
comprensible se vuelve el universo, menos sentido parece tener”, ¿por
qué los contribuyentes se sacrifican para encontrar una partícula
definitiva para apuntalar las ruinas de alguna teoría unificada
general de trivialidad humana? Una figura heroica en la ciencia de nuestro
tiempo y un escritor polémico lúcido como Weinberg debería
tener más cuidado de evitar caer en la brecha entre las culturas
y en la bolsa de bárbaros de Ortega junto con todos los desconstructivistas
y los fantasmas marxistas a los que desprecia. ¿Cómo, después
de los horrores de la emoción y locura masivas del siglo XX, puede
sostener Weinberg como refugio confiable de la conciencia al corazón
humano? Si la civilización debiera depender de este tipo de pensamiento
para su supervivencia, no tendríamos esperanza.
Los estadounidenses se asemejan actualmente a los bárbaros de
Ortega en otro sentido. Viven en el medio de una riqueza y comodidad sin
igual sin comprender lo afortunados que son en extremo o lo precario de
sus fuentes en términos de principios morales y económicos.
Si la tecnología no posee una dimensión moral, aun en las
mentes de sus supremos creadores y beneficiarios, ¿por qué
no deberían confiscarse y redistribuirse sus frutos? Si, como Bill
Gates parece creer en partes de su entrevista, la moralidad es una simple
cuestión de opinión, ¿por qué los soldados
deberían de morir para defender su patrimonio o la policía
acudir a proteger su casa?
El actual dominio económico y tecnológico de Estados Unidos
es el más grande después de la Segunda Guerra Mundial. En
los 10 años transcurridos desde mediados de los´ 80, después
de los recortes impositivos de la era Reagan, la participación de
Estados Unidos en la producción mundial aumentó 23 % mientras
el país creaba y controlaba todas las tecnologías de avanzada
en materia de computación y redes. La dominación posee una
nueva dimensión moral. Estados Unidos prevalece no solamente por
algún liderazgo arbitrario en herramientas de software y equipos
de redes, sino porque estas herramientas y redes hacen posible una cultura
superior mucho más exaltada y moralmente superior, un modelo mejor
y más beneficioso para liberar la potencialidad humana y manejar
la competencia internacional.
La fuente del liderazgo de Estados Unidos es su concentración
en la PC y en Internet, los equipos fundamentales que dan poder y potencian
la mente y creatividad individuales, en lugar de la televisión y
los juegos que degradan a los usuarios. Pero como la mayoría de
los estadounidenses no logra comprender el sentido del momento, podrían
perder no sólo la dominación tecnológica y la prosperidad,
sino también una esperanza única de un mundo mejor.
Más allá de la política y la guerra
A través de la historia, el principal árbitro de la influencia
de las naciones y la cultura ha sido la guerra. Los líderes militares
y los políticos han sido los protagonistas de la historia. La historia
ha consistido principalmente en las maniobras de las naciones procurando
ganar el control de extensiones de tierra y territorios marítimos,
recursos naturales y vías de transporte, colonias y comercio, a
través del uso de poderío militar. Mark Helprin, un diplomático
elegantemente retratado en 1906, era un producto de este mundo. A pesar
de toda su elegíaca evocación de la paz, lo que le faltaba
revelar era que pronto perdería a sus dos hijos en las horrendas
trincheras de Bélgica.
Pergeñando nuevos medios de riqueza basados en las tecnologías
informáticas, Estados Unidos permite el reemplazo de este funesto
sistema por las rivalidades moralmente relucientes de un capitalismo acelerado.
En 1742, en su ensayo Del recelo del comercio, David Hume refuta el proteccionismo
y proclama el altruismo esencial de los sistemas de mercado. En palabras
que podrían haber sido escritas para la edificación de Ross
Perot y Patrick Buchanan, Hume declaró: “Si nuestra política
estrecha y maligna triunfara, reduciríamos a todas nuestras naciones
vecinas al mismo estado de indolencia
© Forbes ASAP / MERCADO
(*) George Gilder es redactor colaborador de Forbes ASAP, editor exclusivo
de su serie “Telecosm”. Gilder publica además el Gilder Technology
Report, una carta de noticias mensual. Sus libros incluyen Wealth and poverty
y Microcosm.
