El concepto de energía que moviliza la máquina
comienza a ser sustituido por el concepto de energía
empaquetada en un servicio que demanda un consumidor.
Para llegar a ser viable, el capitalismo necesitaba una
ideología de acrecentamiento del ingreso personal, pero
también requería la tecnología de la
máquina a vapor, nacida en 1775. El vapor fue la fuente de
energía que pudo producir grandes acumulaciones de capital.
Cuando las únicas fuentes de energía disponibles eran
la fuerza humana o animal, como durante la era agrícola, la
cantidad de equipos de capital que se podían agregar a una u
otra era demasiado limitada para permitir la creación del
capitalismo. Por ejemplo, Leonardo da Vinci llevó a cabo
asombrosas invenciones sobre el papel, pero no pudo construir ninguna
de ellas sin una fuente de energía que estaba más
allá de su imaginación. Difícilmente se pueda
exagerar la importancia del vapor en la revolución industrial.
Con la máquina de vapor y las grandes cantidades de
equipos que se podían adosar, la producción pudo
alcanzar un nivel en el cual llegaron a ser posibles las
economías de escala. El rendimiento podía aumentar
proporcionalmente más rápido que las inversiones. La
más alta productividad condujo a salarios y ganancias
superiores, lo cual a su vez condujo a más adquisiciones de
los bienes existentes y a la posibilidad de permitirse nuevos lujos
que rápidamente se convirtieron en necesidades.
Con el tiempo, la electricidad y el motor de combustión
interna reemplazaron al vapor como la principal fuente de
energía de la segunda ola. Permitieron formas más
descentralizadas de producción, pero no modificaron de manera
fundamental el sistema. Impulsaban máquinas capaces de operar
mecanismos más sofisticados. Sólo eran más
eficientes.
En el siglo XXI la capacidad intelectual y la
imaginación, la invención y la organización de
nuevas tecnologías serán los ingredientes
estratégicos clave. El capital físico todavía es
necesario como la energía que lo moviliza, pero se ha
convertido en una mercancía adquirible en los mercados
mundiales. La comoditización del petróleo, principal
fuente energética del capitalismo mecanizado, es un dato de
fines del siglo XX.
Nuevo papel
El mundo energético de hoy está experimentando una
etapa de transición, un punto de inflexión en su
historia, un cambio que no está restringido sólo al
petróleo, al gas, al carbón o a la electricidad. Ha
surgido una nueva tendencia que apunta a la creación de una
industria energética mundial, que modelará a su vez un
nuevo perfil para las compañías del sector, enfrentadas
a la realidad de un mundo que no consumirá petróleo,
gas natural o carbón. El papel estratégico de la
máquina de la era de la industrialización está
dejando lugar a los servicios de la era del conocimiento. El mundo
consumirá servicios, servicios creados por las industrias que
hoy venden estos combustibles, pero bajo un formato utilizable por
los verdaderos consumidores finales.
Este cambio de tendencias obligará a aceptar una nueva
realidad: ser el propietario de los recursos naturales será
una condición necesaria para ser un actor en el mercado
energético mundial, pero no suficiente para que una
compañía sea rentable a largo plazo.
El requerimiento fundamental es acceder a un mercado final.
Surge así una nueva idea de integración vertical que
irá más allá del hecho de que una
compañía productora de petróleo compre una
refinería o una cadena de comercialización o de que un
productor de gas natural invierta en un emprendimiento de
distribución. Las compañías exitosas
mirarán más allá de los confines de su
industria, hacia cualquier lugar donde pueda ser encontrado ese nuevo
consumidor final.
El concepto de energía que moviliza la máquina
comienza a ser sustituido por el concepto de energía
empaquetada en un servicio que demanda un consumidor. La
energía de la tercera ola impone nuevos desafíos a
partir de nuevos marcos conceptuales.
