Las elecciones del 26 de octubre marcaron, entre otras cosas, el
comienzo de un delicado período, en el que la necesidad del
oficialismo de recuperar terreno político puede definir
diferentes rumbos en la economía.
Cuando en julio de 1996 se produjo el reemplazo de la
conducción económica y los sucesores de Cavallo
hicieron público el fuerte déficit fiscal heredado y,
poco después, enviaron al Parlamento un paquete tributario
destinado a recortar ese desequilibrio, algunos analistas sugirieron
que se trataba de un camino destinado a ganar tiempo. Si con el
restablecimiento del equilibrio en las cuentas del Estado se
garantizaba la continuidad del flujo financiero externo y el paraguas
del FMI, era razonable pensar que cuando se llegara a las elecciones
de legisladores, en octubre de 1997, la situación
económica podría haber mejorado y, de esa manera,
crecería la fortuna electoral del oficialismo.
El pronóstico fue acertado en el sentido de que la
coyuntura económica podría mejorar; fue errado en
términos de que esto garantizaría la victoria del
gobierno en las urnas. Esta es, quizá, la paradoja más
singular del actual momento político. En realidad,
difícilmente se podría haber esperado un panorama
económico mejor que el que muestran los indicadores de
producción, inversión, consumo, depósitos y
créditos.
Lo que no estuvo previsto fue, por un lado, que la
oposición se habría de unir para construir un polo de
alternativa de poder y, por el otro, que, más allá de
la buena marcha de los indicadores económicos, una
proporción creciente de la sociedad demandara otros bienes
públicos sobre los que percibe carencias.
La cuestión es que, a partir del 26 octubre, se abre un
nuevo período en el que estarán en juego las
candidaturas presidenciales. Y la lucha del actual oficialismo por
conservar el gobierno habrá de impregnar decididamente la
conducción y la marcha de las cuestiones económicas.
Tres caminos
En estas condiciones, se abren tres escenarios básicos. El
primero, que el gobierno, en la búsqueda de recomponer su
imagen política, se lance a una estrategia económica de
carácter más populista; esto es, más gasto
público y más protección a las actividades
internas. La preocupación ante esta alternativa fue expresada
por el secretario de Asuntos Latinoamericanos del gobierno de Clinton
durante su reciente visita a la Argentina, y flota en las
conversaciones de numerosos núcleos empresarios.
La segunda alternativa es que las autoridades apuesten a la
estrategia opuesta para conservar el poder; es decir, avanzar en las
reformas estructurales pendientes -la más importante es la
flexibilización del mercado de trabajo- que desde largo tiempo
atrás vienen reclamando los organismos financieros
internacionales y todos los agentes económicos locales y
externos. A juzgar por recientes expresiones del Presidente,
éste sería el camino que se siente más inclinado
a seguir.
El tercer escenario muestra a un gobierno acosado por los fuertes
conflictos internos que se desatarán dentro del partido
oficial. En especial, desde el lado del gobernador de la provincia de
Buenos Aires y casi seguro candidato del partido gobernante, que,
aparentemente, es más proclive a seguir el curso de la primera
de las alternativas mencionadas.
El contexto económico
Por otra parte, deben tenerse en cuenta dos cuestiones
adicionales: el posible escenario internacional y algunos aspectos
delicados de la actual situación económica nacional.
En tal sentido, la mayoría de los analistas locales e
internacionales prevén algún endurecimiento de la
política monetaria norteamericana que podría conducir a
una situación de menores flujos financieros hacia los
países emergentes. A esto cabría sumar, en el caso
argentino, el deterioro en los precios de los principales productos
de exportación y, en el plano regional, las dificultades
contenidas que exhibe la economía brasileña.
En un contexto de este tipo no parece muy amplio el margen
disponible para políticas de corte populista y, mucho menos
aún, en el caso de que se pretenda continuar con los programas
de asistencia del FMI y del Banco Mundial. En tal sentido, cualquier
intento en esa dirección enajenaría, casi con
seguridad, el apoyo de estos organismos financieros y, con ello, se
resentiría severamente la corriente de capitales externos.
Pero, por otro lado, la alternativa de avanzar con las reformas
estructurales pendientes, aunque contaría con el
beneplácito de los agentes económicos internos y
externos, difícilmente encuentre un amplio y sólido
respaldo dentro de las filas del partido oficial.
De ahí que el escenario más probable esté
marcado por las pujas permanentes para llevar adelante, aunque sea en
forma limitada, algunas iniciativas de aumento del gasto
público y de medidas de protección y, también,
esfuerzos por implementar algunas de las reformas pendientes.
En otras palabras, más que un escenario de inmovilidad
debería esperarse otro de conflicto interno y
neutralización.
Al mismo tiempo, deben tenerse en cuenta ciertos aspectos
espinosos de la actual coyuntura económica. En especial, los
vinculados con las cuentas públicas y las del sector externo.
Algunos analistas sostienen que el crecimiento del déficit
fiscal impulsa el desequilibrio en la cuenta corriente del balance de
pagos. Pero la evidencia del año 1997 y las proyecciones del
año próximo sugieren que tal conexión, si
existe, no es sólida. En 1997 el déficit consolidado
del sector público no financiero será inferior al de
1996 y, sin embargo, el quebranto del sector externo será
mayor. Durante 1997 la proyectada reducción del resultado
negativo de las cuentas fiscales estará acompañada,
también, de un aumento en el déficit externo.
En otras palabras, el incremento del saldo negativo externo parece
tener más que ver con un exceso de gasto del sector privado
que se financia con ingresos de capitales. Dado que el incremento
constante del déficit en la cuenta corriente constituye una
situación no sostenible en el mediano plazo, cabe preguntarse
por las opciones de política disponibles; en particular, a
partir del escenario que se puede presentar desde el próximo
26 de octubre.
En tal sentido, corregir el desequilibrio en un marco de
sostenimiento de la paridad cambiaria supone, al menos, tres
alternativas o una combinación de ellas: impulsar la
flexibilización laboral para ganar competitividad en la mano
de obra; aumentar el ahorro público a través de una
mayor presión tributaria o una reducción de gastos o
enfriar la economía mediante un aumento de la tasa de
interés interna.
Márgenes estrechos
Como se observa, cualquiera de ellas resulta poco atractiva para
un escenario de fuerte puja política con vistas a la
renovación presidencial de 1999. En especial, porque reducen
aún más los estrechos márgenes para acciones
económicas de corte populista y acentúan las medidas de
corte estructural. No obstante, la que menores resistencias
podría ofrecer dentro de las filas del partido gobernante es
el enfriamiento de la economía a través del aumento en
las tasas de interés domésticas que induciría un
incremento en los encajes que, a su vez, conduciría a un
recorte en la capacidad prestable del sistema bancario.
