En la primera mitad del siglo el perfil económico de la
Argentina se definía con una imagen tan sencilla como
elocuente: el granero del mundo. La prosperidad del país se
asentaba en su papel de gran exportador de materias primas de origen
agropecuario -básicamente, granos y carnes.
Mucha agua corrió bajo los puentes desde entonces,
incluidos numerosos ensayos industrialistas -la política de
sustitución de importaciones, el régimen de Compre
Nacional, entre otros- hasta comienzos de los ´90, cuando la
globalización obligó a la Argentina a comportarse en
sintonía con el resto del mundo.
La preocupación por situar la evolución de las
principales variables macroeconómicas dentro de
parámetros comparables a los de las naciones desarrolladas o,
al menos, a los de las calificadas como emergentes, redujo
prácticamente a cero el espacio para el debate sobre el perfil
productivo del país, a pesar de los esporádicos
reclamos de pesos pesados como Francisco Macri y Roberto Rocca.
Sin embargo, a pesar de la ausencia de ese debate, hoy, a seis
años y medio de vigencia de la convertibilidad, es posible
extraer algunas conclusiones que sugieren un retorno de la Argentina
a la función de proveedor de commodities; claro que, a esta
altura de los tiempos, ya no en un sentido tan estrictamente
elemental.
Punto de inflexión
Una de esas conclusiones surge del análisis de dos casos
testigo, los de Perez Companc y Techint. Los dos grupos
económicos más grandes del país participaron
exitosamente de casi todas las privatizaciones y en pocos años
diversificaron su actividad de manera explosiva, con presencia en
rubros tan diversos como las telecomunicaciones, la
distribución de electricidad y la concesión de rutas y
autopistas.
No puede decirse que les haya ido mal, sobre todo si se
considera que, simultáneamente, otros grandes holdings
nacionales iban achicándose o eran absorbidos. Sin embargo,
hace poco notaron que habían llegado a un punto de
inflexión y comenzaron a desprenderse de sus participaciones
en todos aquellos negocios que no tuvieran que ver con sus
actividades tradicionales. Rubros que, como se sabe, están
básicamente vinculados con la producción de acero, en
el caso de Techint, y con el petróleo, en el de Perez Companc.
En ambos casos con amplios mercados ganados en el exterior pero, al
mismo tiempo, con un grado relativamente bajo de valor agregado.
A partir de la página 56, junto al análisis del
proceso que siguieron paralelamente los dos grupos, están los
porqué en boca de sus mentores. “En los servicios la
competencia es feroz y los precios tienden a bajar; los
márgenes son cada vez más pequeños, a diferencia
de lo que ocurre en la industria cuando se es un jugador global”,
explica Paolo Rocca, de Techint. “En los últimos años
los negocios han cambiado por la apertura económica, la
privatización de las empresas públicas, la estabilidad
económica en la región, el Mercosur y la agresiva
competencia de empresas internacionales líderes”, sostiene
Tadeo Percich, de Perez Companc.
Plato fuerte, pero sencillo
El Informe Especial (pág. 88) sobre la industria
alimentaria es otra muestra en el mismo sentido. Pese a que el sector
jamás gozó de un régimen tan favorable como el
que benefició a la industria automotriz, es, sin duda, el
más dinámico no sólo en términos de
crecimiento local, sino, sobre todo, por su potencial exportador.
Claro que no escapa a los signos de los tiempos: el explosivo
aumento de las ventas al exterior llegó de la mano de una
creciente concentración de la producción, un aumento
notable de las inversiones y un gran incremento de la productividad,
pero también de una nula generación de empleo y de un
bajo aporte de valor agregado.
El valor de las exportaciones argentinas de alimentos
creció 26% en 1995 y 16% en 1996, y se espera que aumente 8%
este año, a un nivel superior a US$ 9.500 millones. Sin
embargo, los productos elaborados representan sólo 15% de las
ventas al exterior, aunque si se incluye a los semielaborados la
proporción crece a 63%.
La economista Beatriz Nofal, que asesora a una de las dos
cámaras del sector, es optimista: “Hay que distinguir entre la
foto y la película. En la foto, en el total de exportaciones
todavía predominan los productos sin elaboración, pero
si se observa la película se descubre que las tasas de
crecimiento más importantes en los últimos años
se registraron en rubros de alto valor agregado, como chocolates,
panadería, preparados alimenticios y lácteos”.
En cambio, su colega Gerardo Gargiulo, de Copal (el otro
nucleamiento de la industria), es más escéptico.
“Estamos vendiendo tantos productos con valor agregado como podemos;
tenemos facilidad para exportar semielaborados y restricciones de
muchos países para los elaborados”, dice, y cree que mejorar
la proporción de elaborados en el mix de las exportaciones es
un objetivo virtualmente inalcanzable.
Frente al espejo
Esta imagen contradictoria y todavía incierta del perfil
de la economía argentina surge, también, de los
resultados de la investigación que, por cuarto año
consecutivo, MERCADO encomendó a la firma Total Research para
evaluar la calidad percibida de los productos y servicios que
consumen las empresas.
No hay, por cierto, ninguna marca local entre las seis
estrellas que se mantienen en la lista de las top ten por cuarta vez:
los hoteles Hyatt y Caesar Park, Hewlett-Packard, American Express,
Swissair y Lufthansa. Otra aerolínea internacional, KLM,
aparece en el cuadro de honor de las últimas tres encuestas.
Las calificaciones de los propios empresarios y gerentes trazan un
cuadro aún más sugestivo. Los sectores que exhiben un
desempeño superior al promedio son aquellos mayoritariamente
controlados por prestadores o proveedores extranjeros: computadoras,
hoteles, tarjetas de crédito, equipos de fax y líneas
aéreas internacionales.
Contrariamente, por debajo de la media figuran aquellos rubros
donde abundan las compañías nacionales: AFJP, tickets
de almuerzo, universidades, seguros, ART, bancos, aerolíneas
de cabotaje y correos locales.
