domingo, 31 de mayo de 2026

    Actos fallidos

    Cadenas de farmacias

    El eslabón perdido

    En 1992 las reformas económicas y la apertura del mercado
    empezaban a reflejarse en casi todos los sectores. Hasta las
    tradicionales farmacias habían asimilado la
    modernización, y de la mano de las incipientes cadenas
    ofrecían a sus clientes productos poco relacionados con el
    sector de la salud: papas fritas importadas, pelotas de tenis,
    paletas de paddle, cacerolas y otros enseres.

    Tal despliegue no convencía del todo a los
    farmacéuticos. Sin embargo, desde las droguerías se les
    señalaba que si no adherían a alguna cadena
    corrían el riesgo de quedarse afuera. Desde la franquicia de
    Vantage (que ofrecía Droguería Monroe) hasta la de
    Proética (Droguería Americana), Topky y Farma Plus (de
    la droguería Suizo-Argentina), la sensación era que el
    fenómeno se venía con toda la furia. Un
    pronóstico que estaba muy lejos de convertirse en realidad.

    Cinco años después los resultados son elocuentes. De
    las casi 11.700 farmacias que se encuentran diseminadas en el
    país, menos de 10% pertecene a alguna cadena. El big bang que
    amenazaba con diezmar a los negocios tradicionales se
    convirtió en, apenas, una elección de una de cada diez
    farmacias.

    “Las redes fracasaron completamente. No llegaron a cumplir las
    expectativas, no identificaron un concepto de marca de salud. Se
    anticiparon al tiempo porque quisieron desarrollar conceptos
    supermercadistas antes de que los supermercados tuvieran más
    fuerza en el país. Las redes cometieron muchos errores”, se
    sincera Marcelo Rico, gerente general de Topky.

    Aunque Topky atesora 120 locales adheridos a su marca -que
    nació por iniciativa de un grupo de farmacéuticos y
    luego fue adquirida por Droguería del Norte-, Rico cree que
    “las redes utilizaron a las farmacias como cooperativas de consumo.
    Sólo ganaban las droguerías, que obtenían
    clientes cautivos, mientras que los beneficios nunca llegaron a las
    farmacias y los consumidores no entendían cómo las
    pelotitas de tenis podían ayudar a prevenir su salud”.

    Topky llegó a contar con 150 puntos de venta, pero 30 de
    ellos se negaron a continuar en el sistema o fueron removidos por no
    cumplir algunas condiciones. “Las cadenas no desarrollaron
    estrategias a largo plazo: regalaban una bolsita de agua caliente al
    que compraba una vitamina, pero no tenían una mirada
    estratégica”, afirma Rico. “Las farmacias se subieron al
    fenómeno por dos motivos: por un lado, creyeron que la compra
    corporativa las beneficiaría con los descuentos; por el otro,
    que las marcas les darían conceptos de imagen que les
    permitirían obtener más clientes. Ninguna de las dos
    cosas sucedió.”

    Según cree Rico, la experiencia futura asoma mejor que lo
    conocido hasta ahora: “El consumidor cambió y ya registra
    mejor los conceptos de marca, hay management especializado y
    empezamos a trabajar con el marketing de salud. Estamos tratando de
    recuperar los negocios de la farmacia como la vacunación (que
    mueve US$ 54 millones al año) y aspectos vinculados con la
    salud”.

    Hecha la depuración en Topky, Rico apuesta a una
    revalorización de las cadenas basada en el disease management
    o el énfasis en la prevención de las enfermedades; “con
    esta filosofía y una predisposición que respete nuestro
    espíritu”, señala, “pagar el canon de $ 200 o $ 300 no
    será inconveniente para pertenecer al grupo de farmacias que
    sobrevivirán, ya que muchas van a desaparecer”.

     

    Variaciones sobre un mismo tema

     

    El vaticinio de que 25% o 30% de las farmacias bajará las
    persianas en un corto plazo parece ser una constante desde hace
    varios años. “Prepárese para que su farmacia no se
    quede en el pasado”, rezaban algunos folletos de Farma-Plus en 1992.
    El sistema, administrado por la droguería Suizo-Argentina,
    agonizó dos años después cuando el grupo Soldati
    abandonó su inversión en la empresa. Farma-Plus
    desapareció y las teóricas salvaciones que
    prometían se esfumaron para siempre.

    En Droguería Monroe ofrecieron la franquicia de Vantage a
    todos sus clientes a cambio de un porcentaje de la facturación
    al comienzo, y más tarde por un canon fijo de $ 300. Alentadas
    por el éxito que Vantage cosechó en Inglaterra, casi
    300 farmacias adhirieron al concepto en la Argentina. La única
    condición para pertenecer era que cada farmacia comprara 65%
    de su stock en Droguería Monroe. “Es evidente que si hay
    sólo 300 farmacias afiliadas entre 11.500 o 12.000, el sistema
    no funcionó a la perfección. Creo que el problema es la
    mentalidad de los farmacéuticos, que no tienen visión
    de futuro y temen asociarse con alguien más grande”, argumenta
    Paula Pimienta, jefa de Producto de Vantage.

    “El mercado no estaba listo. Además, cada zona es un
    mundo. No es lo mismo vender cacerolas en una zona que en otra.
    Quizás el problema fue no haber desarrollado líneas y
    productos exclusivos para la cadena”, sostiene Pimienta.

    Para Daniel Moreira, gerente de Marketing de Esencia (la propuesta
    de Droguería del Sud), “todo lo que las droguerías les
    ofrecemos a las farmacias tiene que orientarse a no
    despersonalizarlas y a que el cliente siga encontrando a su
    farmacéutico como referente social”. El sistema Esencia no
    tiene costo alguno para los 3.000 locales que le compran a
    Droguería del Sud. “Brindamos ofertas, cambios en el
    mobiliario, cursos de capacitación y redistribución del
    espacio. Esta no es una franquicia, sino una combinación de
    servicios para nuestros clientes sin costo alguno”, dice Moreira. Un
    total de 450 farmacias pagan por los servicios que ofrece la
    droguería. “Pagan sólo el costo”, asegura Moreira.

    En el interior se advirtió más interés por
    Esencia que en Capital y Gran Buenos Aires. “La onda verde, la
    etiqueta identificatoria y las góndolas para productos de
    venta libre son bien recibidas. Pero lo que la gente valora es la
    buena atención, que en la farmacia la conozcan, le recomienden
    medicamentos, le apliquen inyecciones y le tomen la presión.
    Puede ser que en el futuro las cadenas sean indispensables, pero
    ahora el marketing farmacéutico recién comienza a
    desarrollarse”, sostiene Moreira.

    Consultas realizadas en varias farmacias permitieron apreciar que
    a sus titulares no les gustó que las droguerías les
    quisieran vender un paquete en el que ellas no tenían nada que
    perder y las farmacias poco para ganar. “Se pensó demasiado
    desde los escritorios y poco desde los mostradores”, dicen los
    farmacéuticos.

     

    Peor el remedio

     

    “Las redes son organizaciones para explotar a la farmacia y a los
    farmacéuticos”, afirma Antonio Somaini, vicepresidente del
    Colegio de Farmacéuticos y Bioquímicos de la Capital
    Federal. “El principal problema es que la gente no tiene dinero para
    comprar. La farmacia dejó de ser negocio porque la seguridad
    social paga muy mal y esas deudas no son compensadas por
    financiamiento de las droguerías.”

    Somaini apuesta a que se reviva la idea de los genéricos
    (que los médicos no receten medicamentos sino nombres de
    drogas). “De esta manera los remedios bajarían hasta 50%
    porque se evitaría el bombardeo de los laboratorios sobre los
    médicos para que receten tal o cual medicamento”, explica el
    dirigente.

    A Somaini le preocupan más los medicamentos que se venden
    en los quioscos que las franquicias ofrecidas a las farmacias: “A
    nosotros se nos exige venta bajo receta, profesionales a cargo todo
    el tiempo y un montón de condiciones”. Mientras algunas
    farmacias cierran, crece la venta de productos de venta libre -o que
    deberían ser medicados- en los maxiquioscos y drugstores que
    abren las 24 horas.

     

    Una jugada independiente

     

    “Las redes tienen cuatro años en funcionamiento. En un
    primer momento pintaban como una esperanza, pero hoy no existen. No
    desarrollaron una propuesta útil para la farmacia. La gente no
    tiene conciencia de cuál es la ventaja de que una farmacia
    pertenezca a tal o cual red. Las redes no generaron ninguna
    diferencia”, señala Manuel Faerman, presidente de Redfarm, una
    cooperativa de 130 farmacias que tratan de encarar acciones
    combinadas.

    “El que sigue pensando en la farmacia de diez años
    atrás ve que su capital se pierde. Todos sabemos que hay un
    exceso de farmacias, pero todos esperan que se funda el otro y
    mientras tanto aguanta como puede”, sostiene Faerman.

    Ante esta situación, la estrategia de las farmacias
    promedio es no perder tanto. Aunque la situación de las obras
    sociales y los difíciles contratos de las medicinas prepagas
    no son un aliciente, los farmacéuticos tratan de hacer
    oír su voz en un mercado que tiende a la concentración.

    “La entrega a domicilio, el trabajo en conjunto con otras
    farmacias independientes, la informatización son puntos de
    diferenciación. Para distinguirnos de las redes hicimos
    convenios con las facultades de Farmacia, haciendo marketing social”,
    explica Faerman.

     

    La crema de los quesos

    Operación Philadelphia

    A mediados de 1993 desembarcó en la Argentina el queso
    crema Philadelphia. El producto -importado de Estados Unidos- contaba
    con dos avales básicos: un claro dominio en su mercado nativo
    (con una participación superior a 70% en el segmento) y el
    respaldo de Kraft (en la Argentina, Kraft-Suchard), una
    compañía que exhibe en su haber éxitos
    resonantes dentro de la industria alimentaria mundial.-

    Con un mercado local que mueve más de 15.000 toneladas de
    queso crema al año, la Argentina constituía una plaza
    interesante para Philadelphia. Aunque su precio era 30% más
    alto que el de los quesos de la competencia, el producto de Kraft
    ofrecía la ventaja de una identidad propia: más salado,
    sólido, de buen sabor y con un nombre muy familiar a los
    oídos más viajados.-

    En apariencia, todo indicaba que Philadelphia reunía los
    requisitos indispensables para triunfar en las góndolas. Sin
    embargo, tres años y medio después desapareció
    de los supermercados. Se ausentó sin explicaciones y sin
    anuncios.-

    La lista de motivos es tan larga como secreta. Esta es una
    historia de la que nadie quiere hablar. En Philip Morris -el grupo de
    empresas que integra Kraft-Suchard- se rehusan a explicar qué
    pasó.-

     

    El revés de la trama

     

    La saga argentina que nadie quiso contar dice que, en sus
    comienzos, Philadelphia trató de posicionarse como un queso
    premium. Distribución en 80 puntos de venta de buen poder
    adquisitivo, un precio más elevado y publicidad orientada
    hacia el ABC1-C2. No arrancó mal: de movida capturó
    entre 2% y 3% de su segmento. Como traerlo de Estados Unidos
    resultaba costoso (el precio del producto más 19% de derechos
    de importación y 3% de arancel por estadística), Kraft
    llegó a encargar, junto con Molinos Río de la Plata -en
    una sociedad que luego se disolvió-, un estudio de
    factibilidad para instalar aquí una planta destinada a
    abastecer los mercados de la Argentina y Brasil.-

    Apenas un par de comerciales (“Internacionalidad” en 1993 y
    “Sinfonía” en 1994), el trabajo en los puntos de venta y la
    calidad del queso hicieron que en 1996 Philadelphia orillara 8% de
    market share. Se presentaban, sin embargo, problemas de
    logística y stock. Armar las redes de reposición en las
    góndolas para un producto con una vida útil limitada
    (entre 5 y 7 meses) demandaba una estructura que Kraft-Suchard,
    especializada en chocolates y golosinas, no tenía hasta
    entonces.

    Por si todo esto fuera poco, apenas arribados debieron librar una
    batalla con los franceses de Bongrain -por entonces flamantes
    dueños de Estancias Santa Rosa-, que habían lanzado en
    simultáneo el Pennsylvania, un producto similar en gusto y
    presentación, al que denunciaron como un plagio ante la
    Cámara Argentina de Anunciantes y la Asociación
    Argentina de Agencias de Publicidad. –

    A pesar de que el producto se encaminaba a apropiarse de un market
    share de 10%, la operación le dejaba pérdidas a
    Kraft-Suchard, que veía cómo Casancrem y Mendicrim se
    repartían más de 60% del mercado. Otras marcas
    -García, Ser- capturaban el resto, y lo que quedaba para
    Philadelphia era una cuota creciente (500 toneladas en 1994, 800 en
    1995) pero marginal.-

    “Si no somos líderes o escoltas del líder, la
    operación no continúa. Es una filosofía
    empresaria. Kraft debe estar siempre a la vanguardia; si no, es un
    desprestigio para la compañía”, decía un
    memorando que llegó desde Estados Unidos.-

    Pero el liderazgo del segmento era un bastión
    difícil de conquistar. Al momento de la llegada de
    Philadelphia, Mendicrim y Casancrem tenían una poderosa imagen
    de marca, sus nombres eran virtualmente percibidos como
    genéricos del queso crema. Kraft-Suchard, acostumbrada a ser
    número uno con Milka y Sugus, pareció incurrir en un
    error de análisis. –

    El proyecto de la planta para la Argentina y Brasil
    naufragó rápidamente, pero antes de decir adiós
    la compañía intentó una estrategia de
    relanzamiento para que el producto aumentara su protagonismo. La
    estaban preparando a mediados de 1996, cuando una decisión
    política les asestó el golpe de gracia. Estados Unidos,
    que durante décadas otorgó subsidios a su industria
    láctea, debió abandonarlas en el marco de las
    negociaciones del GATT y la consecuente reducción de
    aranceles. En septiembre del año pasado Washington
    eliminó el mecanismo de fomento para el sector, que vio subir
    sus costos entre 30 y 40%. Esa fue la sentencia final para
    Philadelphia en Argentina.

    Sebastián Garay

     

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