domingo, 21 de junio de 2026

    Cómo volver al futuro

    El capitalismo del siglo XIX puede funcionar en el 2013?


    Por Lester C. Thurow

    Los gobiernos de los países industrializados enfrentan
    hoy enormes presiones económicas. La competencia global de los
    trabajadores del Segundo y el Tercer Mundo, igualmente calificados
    pero peor remunerados, empuja los sueldos hacia abajo. Un cambio
    tecnológico que requiere nuevas capacidades está
    creando un grupo de ciudadanos del Primer Mundo que no pueden ganar
    salarios del Primer Mundo. El gasto público estalla mientras
    los gobiernos intentan financiar las jubilaciones y los servicios
    médicos para la población de edad avanzada. La renta
    fiscal se encuentra seriamente rezagada como resultado del lento
    crecimiento que los bancos centrales imponen a la economía
    para luchar contra la inflación.

    Pero, aunque las presiones económicas son
    idénticas, existen marcadas diferencias entre las
    instituciones sociales y culturales y también en las actitudes
    políticas, lo que genera efectos muy distintos en el rico
    mundo industrializado. En Estados Unidos la caída de los
    salarios reales afecta a 80% de la fuerza laboral, y los empresarios
    han aplicado un downsizing masivo. En el sector público,
    tanto el presidente Clinton como el Congreso están proponiendo
    recortes importantes en el sistema de seguridad social, con
    mínimas discrepancias que se refieren, en realidad, a la
    magnitud de los recortes.

    Como contrapartida, vale la pena observar lo que
    sucedió en Francia en los últimos tiempos. Un gobierno
    conservador propuso recortes menores en las jubilaciones y las
    prestaciones médicas para los empleados públicos y
    reducciones mínimas en algunas áreas del Estado, tales
    como los ferrocarriles, para reducir el déficit
    presupuestario. Los afectados por estas medidas se lanzaron a la
    calle, se declararon en huelga, cortaron el tránsito e
    hicieron todo lo que pudieron para desquiciar la economía
    francesa. Las encuestas de opinión revelaron que, a pesar de
    los grandes inconvenientes padecidos, el público se puso del
    lado de los manifestantes. Las presiones fueron tan intensas que el
    gobierno finalmente dio marcha atrás.

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    Lo mismo había sucedido uno o dos años antes en
    Air France, cuando la empresa propuso un plan de reducción
    estructural similar a los aplicados en Estados Unidos. Los
    trabajadores manifestaron abiertamente su rebeldía y el
    proyecto fue abandonado.

    Recordemos, en cambio, lo que sucedió cuando el
    presidente Reagan despidió a los controladores de
    tráfico aéreo: nada. Empresas grandes y rentables, que
    pueden pagar a su personal los actuales salarios y beneficios
    sociales, anunciaron un enorme downsizing. ¿Qué
    está sucediendo? Nada.

    Los franceses muestran solidaridad social y presentan
    batalla, mientras los norteamericanos aceptan mansamente sus destinos
    individuales.

    En Estados Unidos se consuelan pensando que los franceses no
    están actuando con racionalidad y que, con el tiempo,
    tendrán que enfrentar la dura realidad del crecimiento lento,
    la competencia global y las tecnologías que dejan afuera a los
    trabajadores no calificados, y tendrán que hacer entonces lo
    que los norteamericanos ya han hecho.

    Aun cuando esta creencia fuera cierta, cada año ganado
    a los recortes es un año más de bienestar para los
    trabajadores franceses. Ser los primeros en aceptar la austeridad no
    es lo mismo que ser más inteligentes, a menos que esto derive
    en algo mejor, y no hay nadie que esté prometiéndoles
    algo mejor a los norteamericanos.

    Se argumenta que Estados Unidos ha creado muchos más
    puestos de trabajo que Europa. Es cierto, pero ocurre que
    países como Francia, con un crecimiento demográfico
    negativo, no necesitan generar los casi 40 millones de nuevos puestos
    de trabajo que Estados Unidos ha creado en los últimos 25
    años. El índice oficial de desempleo es más alto
    en Europa que en Estados Unidos (casi el doble), pero gran parte de
    esa diferencia se debe a la forma en la que Estados Unidos hace los
    cálculos. Por ejemplo, los trabajadores de medio tiempo que
    quisieran trabajar jornada completa (y que suman unos 4,5 millones)
    son considerados empleados.

    En Francia y gran parte de Europa el seguro de desempleo es
    superior al sueldo mínimo de un trabajador norteamericano. Por
    lo tanto, los desocupados franceses disfrutan de un mejor nivel de
    vida que muchos de los que consiguen ubicarse en los nuevos puestos
    de trabajo creados en Estados Unidos.

    ¿Por qué los norteamericanos y los franceses
    responden de manera tan diferente? La explicación es simple.
    Tienen convicciones muy distintas con respecto al individuo y la
    sociedad. Los norteamericanos creen muy seriamente en el
    individualismo. Se consideran personalmente responsables de sus
    fracasos. Piensan que no tienen derecho a esperar ninguna ayuda de
    los demás. Cualquier cosa que puedan brindarles los otros es
    un acto de caridad que, en definitiva, degrada a quienes lo reciben.

    Los franceses, por el contrario, creen que el éxito o
    el fracaso provienen, en gran medida, de la organización
    social. Si algo les sale mal, no necesariamente son ellos los
    culpables. La sociedad no hizo lo que debería haber hecho: no
    creó las condiciones y estructuras necesarias para que
    pudieran triunfar. En definitiva, los franceses no creen en el
    laissez faire. Las condiciones económicas no son algo que debe
    aceptarse sin discutir, como el clima. Han sido creadas por el hombre
    y, en consecuencia, pueden modificarse.

    Precisamente porque los norteamericanos colocan la
    responsabilidad individual por encima de todo lo demás,
    Estados Unidos encabeza hoy la marcha contra el Estado de bienestar
    social, aun cuando el sistema avanzó allí mucho menos
    que en el resto del mundo. Después de la Gran
    Depresión, Estados Unidos y el resto de los países
    industrializados llegaron a la conclusión de que el gobierno
    debe utilizar los programas de educación para reducir la
    brecha en los ingresos y brindar una red de seguridad social que
    proteja a los que el sector privado excluye: los enfermos, los
    ancianos, los desocupados. Pero las propuestas que hoy se
    están debatiendo en Washington indican que todo esto
    está cambiando. Estados Unidos debe volver a un tipo de
    capitalismo del siglo XIX, cuando un economista llamado Spencer
    formuló el concepto de “la supervivencia de los más
    aptos” (una expresión que Darwin tomaría prestada para
    aplicarla a su teoría de la evolución). Spencer
    creía que era obligación de los económicamente
    fuertes empujar a los económicamente débiles hacia su
    extinción. Ese impulso era la clave de la fuerza del
    capitalismo. Eliminaba a los más débiles.

    Spencer creó el movimiento de la eugenesia para evitar
    que los menos aptos siguieran reproduciéndose, sencillamente
    porque era el método más humano para hacer lo que la
    economía haría de una forma más cruel. Pensaba
    que las medidas sociales correctivas simplemente prolongaban la
    agonía, aumentando el número de quienes con el tiempo
    morirían de hambre.

    En la era moderna, nadie ha ensayado la teoría de la
    “supervivencia de los más aptos” por un tiempo prolongado.
    Para los sociólogos será un caso interesante. Para los
    sujetos de ese experimento será doloroso. Para quienes
    estén interesados en la estabilidad social los riesgos son
    grandes.

     

    Sin crecimiento nada funciona

    Entonces, ¿qué podemos hacer? En la década
    de los ´60 la economía mundial crecía a un ritmo de 5%
    anual. Ese índice ha caído en forma continua desde
    entonces, hasta llegar al actual 2% . Y el presidente del Banco de la
    Reserva Federal, Alan Greenspan, señala que una
    economía está en el buen camino si “crece a un
    índice de menos de 2% anual”.

    Si la productividad aumenta 2% y los costos laborales se
    incrementan a razón de 1% en una economía que apenas
    crece 2%, eso significa que el desempleo continuará
    aumentando, tal como ocurre en Europa, o que los sueldos
    seguirán bajando, como en Estados Unidos.

    En un entorno de crecimiento lento, no puede funcionar una
    estrategia destinada a desarrollar la capacidad de los trabajadores
    para acceder a un salario más alto. En una economía
    esencialmente estancada, un trabajador educado o con una buena
    capacitación no puede encontrar una nueva apertura laboral, y
    en consecuencia deberá resignarse al desempleo o bien a
    reemplazar a alguien con menos calificaciones. El desempleo y la
    caída de los salarios son, entonces, problemas que no
    podrán encararse debidamente a menos que haya un mayor
    crecimiento económico.

    Ahora bien, ¿por qué la economía no crece
    más? La respuesta es que le declaramos la guerra a la
    inflación hace 25 años y venimos luchando sin piedad
    contra ella desde entonces. En cierta forma, tenemos una
    política nacional destinada a reducir los salarios. Esa
    política podría describirse de la siguiente manera:
    ajuste de la política monetaria para reducir el crecimiento,
    para hacer subir el desempleo, para bajar los salarios, para mantener
    los precios constantes.

    ¿Pero dónde está la amenaza de la
    inflación que justifique una política de ese tipo? No
    se puede pensar en la inflación como algo que se genera en
    Estados Unidos, en una “economía nacional” que no existe. Si
    hay alguna relación entre el desempleo y la inflación,
    es sólo a nivel mundial. Y, por supuesto, a nivel mundial la
    mano de obra es más que abundante. Los precios del
    petróleo están bajando. Y acuerdos nuevos y más
    eficaces entre productores y proveedores en todos los sectores de la
    economía están reduciendo -y no aumentando- los precios
    que paga el consumidor.

    Es hora de que proclamemos que la inflación ha sido
    derrotada y no va a volver, porque la estructura de la
    economía ha cambiado. Por otra parte, es falso el argumento de
    que la inflación se propaga hacia toda la economía como
    resultado de los aumentos de salarios, e incluso que es provocada por
    ellos. Un mundo en el que caen los salarios mientras aumenta la
    productividad no es un mundo en el que los salarios sean la causa de
    la inflación.

    Si la inflación no va a volver, la única forma
    de salir de esta situación es un mayor índice de
    crecimiento económico. Entonces, ¿por qué no
    sacamos el pie del freno monetario?

    En Europa hay cierta necesidad de una mayor flexibilidad
    laboral, para poder crear más fuentes de trabajo. Pero, con su
    política monetaria -que es la política del Bundesbank,
    mucho más restrictiva que la de la Reserva Federal-, la
    flexibilidad es un eufemismo que significa caída de salarios.
    Tal como ocurre en Estados Unidos, es poco lo que se puede hacer si
    la economía crece sólo 1,5%.

     

    El fantasma del cajero automático

    por Robert Heilbroner

    Tres acontecimientos de fines del siglo XX han dado origen a
    una sensación de crisis social y económica en los
    países avanzados: la globalización, la
    automatización del trabajo y la longevidad de la
    población.

    La ola de mano de obra barata que ha acompañado a la
    globalización de los mercados tiene fuerte impacto en algunos
    sectores. Si los teclados de computadoras, por ejemplo, pueden
    fabricarse con una mano de obra que cuesta en Malasia la
    décima parte de lo que cuesta en el sur de California, no
    caben dudas acerca de dónde resulta más eficiente
    producirlas. Aunque sólo un segmento relativamente
    pequeño de la industria norteamericana se ve expuesto hoy a
    este tipo de presiones -menos de 20% de la economía-, la
    proporción habrá de crecer a medida que se intensifique
    la competencia global y los trabajadores extranjeros que cobran bajos
    salarios adquieran mayor capacidad. Se extiende cada vez más
    la tendencia a fabricar en el exterior. Y hasta trabajos
    administrativos como los que realizan, por ejemplo, los inspectores
    de las compañías de seguros norteamericanas, se
    están trasladando a países como India o Irlanda.

     

    El lugar de trabajo, sin trabajadores

    Aunque históricamente la tecnología ha sido al
    mismo tiempo un servidor y un enemigo, hoy se ha convertido en el
    principal adversario de la estabilidad laboral, ni qué hablar
    de la escurridiza meta del pleno empleo.

    La automatización del trabajo, por la que empezamos a
    preocuparnos ya en los años ´60, se ha extendido a toda la
    economía, con efectos devastadores. Los avances
    tecnológicos eliminaron fuentes de trabajo en el sector
    fabril, pero todavía quedaban los servicios como último
    bastión para la creación de empleo. ¿Qué
    pasará ahora que se ha automatizado también el sector
    de los servicios? Cada vez que alguien usa un cajero
    automático aparecen los fantasmas de tres personas que antes
    atendían la caja de un banco.

    Para comprender la naturaleza del desafío es
    necesario distinguir entre dos tipos de crecimiento económico:
    el crecimiento normal y el transformador.

    Este último surge cuando se expande significativamente
    la frontera de la producción, como resultado de avances
    tecnológicos que abren nuevas e importantes oportunidades de
    inversión, tal como ocurrió con los ferrocarriles en el
    siglo XIX y con el automóvil en el siglo XX. Si bien estos
    ciclos de auge han generado mucho empleo, su aparición suele
    ser irregular y, aunque pongamos en ello nuestro mayor empeño,
    es imposible planificarlos.

    El crecimiento normal, en cambio, tiene que ver con las fases
    expansivas del capitalismo. En un crecimiento de esta naturaleza no
    hay generalmente nada que se parezca al ansiado pleno empleo.

    El problema actual es que cada nuevo ciclo de
    transformación sustituye más puestos de trabajo que el
    anterior, porque el crecimiento resulta de reemplazar a los
    trabajadores menos productivos por máquinas.

    Mucho antes de la era de la informática, la maquinaria
    fue desplazando sistemáticamente a la mano de obra. En Estados
    Unidos, por ejemplo, el sector agrícola, que era la principal
    fuente de trabajo a principios del siglo XIX, genera ahora menos de
    3% del empleo. A su vez, las proyecciones indican que la actividad
    fabril, principal motor del crecimiento a principios del siglo XX,
    absorberá sólo 12% del empleo no agrícola en el
    año 2000.

    La actual tecnología de la información tiene un
    papel transformador con respecto a cuestiones tales como la
    ubicación y organización de los negocios, pero no
    parece tener consecuencias expansivas para el empleo. Es evidente que
    hablar de un lugar de trabajo sin trabajadores es exagerado, pero no
    puede descartarse la posibilidad de una caída en la demanda de
    mano de obra comparable con la que redujo a la mitad la cantidad de
    puestos de trabajo en el sector fabril durante los últimos 70
    años. Del mismo modo, es probable que la alta
    tecnología termine por tornar innecesarias las tareas de
    supervisión de la gerencia media, así como la baja
    tecnología sustituyó las tareas rutinarias no
    gerenciales.

    Si se toma aisladamente la cuestión, no es tan
    difícil diseñar políticas eficaces para reducir
    el desempleo. Es posible, por ejemplo, reducir las dimensiones de la
    futura fuerza laboral prolongando el período de
    educación, adelantando la edad jubilatoria, acortando la
    semana o la jornada laboral, extendiendo las vacaciones,
    introduciendo períodos de capacitación o alentando
    proyectos públicos generadores de empleo.

    También podría recurrirse a políticas
    más innovadoras, tales como una mayor cooperación entre
    los trabajadores y la gerencia para ir introduciendo gradualmente las
    nuevas tecnologías en lugar de aplicar un abrupto
    achicamiento, pero para ello hace falta la voluntad política
    de hacerlo.

    El senador estadounidense Bill Bradley propuso una idea
    interesante que apunta al tema de la distribución de la
    riqueza generada por el aumento de la productividad a partir de la
    alta tecnología. Propone cambios en la legislación que
    rige las donaciones a las instituciones de caridad, o directamente la
    creación de impuestos, para financiar actividades intensivas
    en mano de obra en sectores sin fines de lucro, tales como la
    alfabetización, el cuidado de los niños o la limpieza
    del medio ambiente. Claro que este tipo de políticas debe
    estar acompañado de un cambio de actitud que libere a ciertas
    actividades del prejuicio que las califica como artificiales e
    irrelevantes en el mundo real.

    Pero, lamentablemente, la búsqueda de políticas
    para enfrentar el desempleo no puede considerarse aisladamente. El
    problema está en la capacidad de cualquier país de
    hacer frente al desempleo causado por el progreso tecnológico
    mientras tropieza con las limitaciones que plantea la
    globalización.

    Un programa exitoso contra el desempleo generará
    presiones salariales inflacionarias, porque los mercados laborales se
    fortalecen. Dada la facilidad con la que las empresas pueden llevar
    sus operaciones a otra parte, estas presiones alentarían la
    transferencia de capital hacia países que toleran el desempleo
    y exhiben, en consecuencia, un menor índice de
    inflación.

    ¿Es posible imaginar acuerdos internacionales de
    algún tipo que permitan resolver este dilema? Un acuerdo que
    limite la libertad para transferir capital va en contra del
    imperativo general de un orden mundial capitalista orientado a la
    expansión.

    Sin embargo, al igual que ocurre con la amenaza del efecto
    invernadero, lo que podemos imaginar refleja la urgencia de la
    crisis. Históricamente hemos comprobado ya que las cosas
    empeoran antes de comenzar a mejorar.

     

    La luna de miel ha terminado

    En Estados Unidos, a partir del fin de la Guerra Fría,
    el origen del déficit fiscal se ha transferido de los gastos
    militares a los gastos sociales, principalmente la Seguridad Social y
    el programa Medicare. A medida que aumenta la proporción de
    jubilados, aumenta también la porción del presupuesto
    destinada a ellos.

    Seguramente, esta tendencia alguna vez se va a estabilizar y
    se reducirán las presiones. Por otra parte, el retorno a un
    índice superior de crecimiento normal generará
    más ingresos públicos.

    Pero, mientras tanto, es evidente que hemos alcanzado los
    límites políticos de lo que un contribuyente
    está dispuesto a pagar. Hasta Alemania, cuyos beneficios
    sociales son pródigamente generosos comparados con los del
    sistema norteamericano, tropieza con los límites de lo que sus
    contribuyentes están dispuestos a absorber.

    En este sentido, es probable que el columnista
    económico Robert Samuelson tenga razón: la edad de oro
    de las prestaciones sociales ha terminado. Se puede decir, sin temor
    a equivocarse, que estos derechos adquiridos se han estabilizado y
    que nunca volverán a crecer al ritmo con el que avanzaron
    desde fines de la Segunda Guerra Mundial.

     

    El separatismo de los exitosos

    por Robert Reich

    La economía de Estados Unidos pasó por un
    período de auge entre 1950 y 1978. Pero nadie tuvo que pagar
    ningún precio por ello. La quinta parte más rica de la
    población norteamericana vio duplicarse sus ingresos. Y lo
    mismo sucedió con el 20% más pobre. El país en
    su conjunto se benefició con el crecimiento.

    Por supuesto que hubo problemas, entre los que cabe destacar
    la situación de injusta desventaja de las mujeres y las
    minorías. Pero, al asumir esos problemas y desarrollar una
    cultura de igualdad de oportunidades, Estados Unidos se
    convirtió en un ejemplo para el resto del mundo.

    Pero el triunfo global del modelo norteamericano agrava la
    situación del Sueño Americano. En lugar de un
    país en el que todos crecen juntos, hoy nos encontramos con un
    país que crece dividido.

    Entre 1979 y 1993 la economía norteamericana
    continuó expandiéndose. Pero casi todo el crecimiento
    se concentró en el 20% más rico del país. La
    quinta parte más pobre vio caer sus ingresos en ese mismo
    período. A fines de la década pasada el 20% más
    rico era dueño de 90% de las acciones, los títulos
    públicos y los restantes activos financieros. Estados Unidos
    se ha convertido en la sociedad más estratificada del mundo
    industrializado.

    ¿Dónde estuvo el error? En el curso de las tres
    últimas décadas la economía norteamericana ha
    sufrido el cambio más profundo de toda su historia. Las
    empresas dejaron de producir grandes cantidades de productos
    idénticos y comenzaron a crear, procesar y distribuir
    información. El microprocesador ha trasladado el centro
    económico de las fábricas de producción masiva a
    las computadoras personales.

    Basta con pulsar una tecla para que una persona pueda enviar
    correo electrónico, dinero y hasta música a cualquier
    rincón del planeta. El comercio y las inversiones globales han
    acelerado el ritmo y multiplicado las consecuencias de este cambio
    fundamental.

    En esta nueva economía, la educación es la
    divisoria de aguas entre los ganadores y los perdedores. Han
    desaparecido para siempre las líneas de montaje que brindaban
    trabajo de por vida -con aumentos de sueldo y de beneficios- a los
    recién salidos de la escuela secundaria; tampoco existe ya la
    empresa que prometía estabilidad laboral vitalicia a sus
    empleados más leales. Se canceló el contrato
    tácito que prometía una vida digna para los
    trabajadores mientras la empresa tuviera sólidas ganancias.

    Las empresas utilizan muchas palabras extravagantes para
    referirse a esta ruptura de contrato: reingeniería,
    downsizing, rightsizing, reestructuración. Pero la realidad se
    define con un término mucho más sencillo: despidos.

    En esta nueva economía globalizada y volátil, los
    ganadores son aquellos que pueden detectar y resolver los problemas,
    manejar y analizar los símbolos, crear y distribuir
    información. Por eso, es probable -aunque no existen
    garantías de que así sea- que los que tienen un
    título terciario terminen viviendo en la orilla más
    próspera de esta gran divisoria de aguas.

    Quienes tengan éxito en esta economía
    simbólica podrán incluso llegar a considerarse
    habitantes de la economía global -conectados por fax y modem a
    otros grandes centros de información del mundo- y no
    ciudadanos de una determinada comunidad. Podrían llegar a
    sentir que es más lo que tienen en común con un colega
    suizo que con un mozo de Oakland o un custodio de Cleveland. Y esta
    capacidad para triunfar en la economía global puede llevarlos
    a separarse de esa parte de Estados Unidos que sigue atrapada en la
    vieja economía, es decir, en la otra orilla.

    Esta secesión no ha sido planificada ni declarada. Pero
    está cobrando ímpetu y pone en riesgo la prosperidad y
    estabilidad de Estados Unidos.

    Los ricos siempre han vivido y trabajado en ciertos barrios de la
    ciudad. Pero, en los últimos años, la
    segregación los ha llevado a fundar sus propias ciudades, con
    políticas tributarias que sirven para solventar sus propias
    escuelas, rutas y centros de esparcimiento. Algunos incluso se han
    mudado a complejos residenciales amurallados, patrullados por
    policías privados. Y trabajan en torres de oficinas con
    servicios de protección y mantenimiento similares.

    La gente se está retirando de lo que era el territorio
    común: no sólo los parques públicos, el
    transporte público, las bibliotecas públicas, las
    escuelas públicas, sino de la idea misma de aspiraciones y
    responsabilidades compartidas. Y a medida que los exitosos se
    separan, preguntan con un tono de voz cada vez más alto por
    qué habrían de preocuparse por los demás.

     

    Demagogos y despojos

    Pensemos por un momento en los marginados. Algunos de ellos
    están atrapados en islas urbanas de desolación y
    violencia. Otros tienen trabajo, pero sus trabajos no los llevan a
    ninguna parte. Hay familias que hoy necesitan dos o tres sueldos,
    cuando antes les alcanzaba con uno.

    Para todas estas personas, el Sueño Americano parece
    una mentira cínica. Algunos recurren al delito; otros a los
    demagogos que buscan un blanco fácil al que echarle toda la
    culpa: los inmigrantes, las madres solteras que reciben beneficios
    sociales, la ley de protección a las minorías o incluso
    el gobierno mismo.

    No hay dónde protegerse de las consecuencias del temor
    y la desesperación generalizados. No hay muros lo
    suficientemente altos como para contenerlos. Los norteamericanos
    exitosos no pueden separarse de una sociedad que se deshace. No
    pagar el precio de preparar a todos los ciudadanos para una nueva
    economía terminará costándonos mucho más
    caro. Creer lo contrario es abrigar una ilusión absurda.

     

    California primero

    Como de costumbre, California se estrellará primero con
    el futuro. En 1980 el Estado destinaba 2% de su presupuesto a las
    cárceles y algo más de 12% a la educación
    superior. Ahora, casi 10% va a las cárceles y 9,5% a la
    educación superior. Para el año 2002 el sistema
    correccional devorará 18% del presupuesto, mientras que las
    universidades deberán conformarse con 1%. Las autoridades
    estiman que para el año 2027 California tendrá
    más personas tras las rejas que Europa occidental,
    Canadá, Nueva Zelanda, Australia y Japón juntos.
    ¿Lograremos con esto que nuestra economía sea más
    productiva? ¿Permitirá esto que nuestra democracia sea
    más sólida? ¿Hará esto que nuestra
    nación sea más americana?

    Nuestra única opción viable es preparar a
    todos los norteamericanos para tener éxito en esta nueva
    economía. Eso no significa distribuir la riqueza
    llevándola de las arcas de los ricos a las billeteras de todo
    el resto. La economía de Estados Unidos no es un juego de suma
    cero en el cual la victoria de uno implica la derrota de otro. Esto
    significa invertir en la educación: buenas escuelas y
    universidades públicas. Darle a la palabra “público” su
    sentido más auténtico: abierto a todos, solventado por
    todos. Y significa también abrir nuevos caminos para que los
    pobres puedan acceder a un buen trabajo con un salario que les
    permita vivir, y darles acceso a la capacitación laboral y a
    la atención de sus hijos mientras están trabajando.

    El Congreso de Estados Unidos está recorriendo hoy el
    camino opuesto: recortes de miles de millones de dólares a los
    préstamos para estudiantes, a los programas de estudio y
    trabajo, a la capacitación laboral y a los restantes medios
    con los cuales la clase trabajadora y la gente humilde todavía
    tendrían la oportunidad de salir adelante. No tiene sentido
    adoptar esta postura precisamente hoy, cuando más necesitamos
    un camino alternativo que nos permita dejar la vieja economía
    para avanzar hacia la nueva, de modo tal de ayudar a superar la
    creciente brecha en los ingresos que amenaza la prosperidad y
    estabilidad futuras de esta nación. Reducir la
    inversión en educación y capacitación para
    recortar los impuestos de quienes ya han llegado a salvo a la otra
    orilla es una decisión grotescamente mal orientada que
    sólo acelerará la secesión de los exitosos de la
    vida norteamericana.

    El gran sistema universitario de Estados Unidos, tan admirado
    en todo el mundo, no fue construido por una elite en retirada que
    abrigaba la esperanza de escapar de la masa. La Universidad de
    California, por ejemplo, fue construida en parte por la Ley Morill,
    que concedió tierras y ayudó a fundar instituciones
    terciarias en la nueva frontera de Estados Unidos. Medio
    millón de estudiantes, ocho Premios Nobel y cientos de
    manifestaciones de protesta vinieron después; todo lo
    demás es historia. La reconocida prosperidad del Golden State,
    el Silicon Valley y la industria de defensa californiana no surgieron
    al amparo de un clima benigno. Crecieron y se desarrollaron porque el
    sistema de educación pública era de nivel internacional
    y de bajo costo.

    Al igual que California, todo Estados Unidos es un
    experimento. Pero no es un accidente. El progreso del conjunto crea
    las condiciones adecuadas. La iniciativa individual hace el resto.
    Una cosa sin la otra es la receta para el fracaso, no para el
    éxito.



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