El capitalismo del siglo XIX puede funcionar en el 2013?
Por Lester C. Thurow
Los gobiernos de los países industrializados enfrentan
hoy enormes presiones económicas. La competencia global de los
trabajadores del Segundo y el Tercer Mundo, igualmente calificados
pero peor remunerados, empuja los sueldos hacia abajo. Un cambio
tecnológico que requiere nuevas capacidades está
creando un grupo de ciudadanos del Primer Mundo que no pueden ganar
salarios del Primer Mundo. El gasto público estalla mientras
los gobiernos intentan financiar las jubilaciones y los servicios
médicos para la población de edad avanzada. La renta
fiscal se encuentra seriamente rezagada como resultado del lento
crecimiento que los bancos centrales imponen a la economía
para luchar contra la inflación.
Pero, aunque las presiones económicas son
idénticas, existen marcadas diferencias entre las
instituciones sociales y culturales y también en las actitudes
políticas, lo que genera efectos muy distintos en el rico
mundo industrializado. En Estados Unidos la caída de los
salarios reales afecta a 80% de la fuerza laboral, y los empresarios
han aplicado un downsizing masivo. En el sector público,
tanto el presidente Clinton como el Congreso están proponiendo
recortes importantes en el sistema de seguridad social, con
mínimas discrepancias que se refieren, en realidad, a la
magnitud de los recortes.
Como contrapartida, vale la pena observar lo que
sucedió en Francia en los últimos tiempos. Un gobierno
conservador propuso recortes menores en las jubilaciones y las
prestaciones médicas para los empleados públicos y
reducciones mínimas en algunas áreas del Estado, tales
como los ferrocarriles, para reducir el déficit
presupuestario. Los afectados por estas medidas se lanzaron a la
calle, se declararon en huelga, cortaron el tránsito e
hicieron todo lo que pudieron para desquiciar la economía
francesa. Las encuestas de opinión revelaron que, a pesar de
los grandes inconvenientes padecidos, el público se puso del
lado de los manifestantes. Las presiones fueron tan intensas que el
gobierno finalmente dio marcha atrás.
0
Lo mismo había sucedido uno o dos años antes en
Air France, cuando la empresa propuso un plan de reducción
estructural similar a los aplicados en Estados Unidos. Los
trabajadores manifestaron abiertamente su rebeldía y el
proyecto fue abandonado.
Recordemos, en cambio, lo que sucedió cuando el
presidente Reagan despidió a los controladores de
tráfico aéreo: nada. Empresas grandes y rentables, que
pueden pagar a su personal los actuales salarios y beneficios
sociales, anunciaron un enorme downsizing. ¿Qué
está sucediendo? Nada.
Los franceses muestran solidaridad social y presentan
batalla, mientras los norteamericanos aceptan mansamente sus destinos
individuales.
En Estados Unidos se consuelan pensando que los franceses no
están actuando con racionalidad y que, con el tiempo,
tendrán que enfrentar la dura realidad del crecimiento lento,
la competencia global y las tecnologías que dejan afuera a los
trabajadores no calificados, y tendrán que hacer entonces lo
que los norteamericanos ya han hecho.
Aun cuando esta creencia fuera cierta, cada año ganado
a los recortes es un año más de bienestar para los
trabajadores franceses. Ser los primeros en aceptar la austeridad no
es lo mismo que ser más inteligentes, a menos que esto derive
en algo mejor, y no hay nadie que esté prometiéndoles
algo mejor a los norteamericanos.
Se argumenta que Estados Unidos ha creado muchos más
puestos de trabajo que Europa. Es cierto, pero ocurre que
países como Francia, con un crecimiento demográfico
negativo, no necesitan generar los casi 40 millones de nuevos puestos
de trabajo que Estados Unidos ha creado en los últimos 25
años. El índice oficial de desempleo es más alto
en Europa que en Estados Unidos (casi el doble), pero gran parte de
esa diferencia se debe a la forma en la que Estados Unidos hace los
cálculos. Por ejemplo, los trabajadores de medio tiempo que
quisieran trabajar jornada completa (y que suman unos 4,5 millones)
son considerados empleados.
En Francia y gran parte de Europa el seguro de desempleo es
superior al sueldo mínimo de un trabajador norteamericano. Por
lo tanto, los desocupados franceses disfrutan de un mejor nivel de
vida que muchos de los que consiguen ubicarse en los nuevos puestos
de trabajo creados en Estados Unidos.
¿Por qué los norteamericanos y los franceses
responden de manera tan diferente? La explicación es simple.
Tienen convicciones muy distintas con respecto al individuo y la
sociedad. Los norteamericanos creen muy seriamente en el
individualismo. Se consideran personalmente responsables de sus
fracasos. Piensan que no tienen derecho a esperar ninguna ayuda de
los demás. Cualquier cosa que puedan brindarles los otros es
un acto de caridad que, en definitiva, degrada a quienes lo reciben.
Los franceses, por el contrario, creen que el éxito o
el fracaso provienen, en gran medida, de la organización
social. Si algo les sale mal, no necesariamente son ellos los
culpables. La sociedad no hizo lo que debería haber hecho: no
creó las condiciones y estructuras necesarias para que
pudieran triunfar. En definitiva, los franceses no creen en el
laissez faire. Las condiciones económicas no son algo que debe
aceptarse sin discutir, como el clima. Han sido creadas por el hombre
y, en consecuencia, pueden modificarse.
Precisamente porque los norteamericanos colocan la
responsabilidad individual por encima de todo lo demás,
Estados Unidos encabeza hoy la marcha contra el Estado de bienestar
social, aun cuando el sistema avanzó allí mucho menos
que en el resto del mundo. Después de la Gran
Depresión, Estados Unidos y el resto de los países
industrializados llegaron a la conclusión de que el gobierno
debe utilizar los programas de educación para reducir la
brecha en los ingresos y brindar una red de seguridad social que
proteja a los que el sector privado excluye: los enfermos, los
ancianos, los desocupados. Pero las propuestas que hoy se
están debatiendo en Washington indican que todo esto
está cambiando. Estados Unidos debe volver a un tipo de
capitalismo del siglo XIX, cuando un economista llamado Spencer
formuló el concepto de “la supervivencia de los más
aptos” (una expresión que Darwin tomaría prestada para
aplicarla a su teoría de la evolución). Spencer
creía que era obligación de los económicamente
fuertes empujar a los económicamente débiles hacia su
extinción. Ese impulso era la clave de la fuerza del
capitalismo. Eliminaba a los más débiles.
Spencer creó el movimiento de la eugenesia para evitar
que los menos aptos siguieran reproduciéndose, sencillamente
porque era el método más humano para hacer lo que la
economía haría de una forma más cruel. Pensaba
que las medidas sociales correctivas simplemente prolongaban la
agonía, aumentando el número de quienes con el tiempo
morirían de hambre.
En la era moderna, nadie ha ensayado la teoría de la
“supervivencia de los más aptos” por un tiempo prolongado.
Para los sociólogos será un caso interesante. Para los
sujetos de ese experimento será doloroso. Para quienes
estén interesados en la estabilidad social los riesgos son
grandes.
Sin crecimiento nada funciona
Entonces, ¿qué podemos hacer? En la década
de los ´60 la economía mundial crecía a un ritmo de 5%
anual. Ese índice ha caído en forma continua desde
entonces, hasta llegar al actual 2% . Y el presidente del Banco de la
Reserva Federal, Alan Greenspan, señala que una
economía está en el buen camino si “crece a un
índice de menos de 2% anual”.
Si la productividad aumenta 2% y los costos laborales se
incrementan a razón de 1% en una economía que apenas
crece 2%, eso significa que el desempleo continuará
aumentando, tal como ocurre en Europa, o que los sueldos
seguirán bajando, como en Estados Unidos.
En un entorno de crecimiento lento, no puede funcionar una
estrategia destinada a desarrollar la capacidad de los trabajadores
para acceder a un salario más alto. En una economía
esencialmente estancada, un trabajador educado o con una buena
capacitación no puede encontrar una nueva apertura laboral, y
en consecuencia deberá resignarse al desempleo o bien a
reemplazar a alguien con menos calificaciones. El desempleo y la
caída de los salarios son, entonces, problemas que no
podrán encararse debidamente a menos que haya un mayor
crecimiento económico.
Ahora bien, ¿por qué la economía no crece
más? La respuesta es que le declaramos la guerra a la
inflación hace 25 años y venimos luchando sin piedad
contra ella desde entonces. En cierta forma, tenemos una
política nacional destinada a reducir los salarios. Esa
política podría describirse de la siguiente manera:
ajuste de la política monetaria para reducir el crecimiento,
para hacer subir el desempleo, para bajar los salarios, para mantener
los precios constantes.
¿Pero dónde está la amenaza de la
inflación que justifique una política de ese tipo? No
se puede pensar en la inflación como algo que se genera en
Estados Unidos, en una “economía nacional” que no existe. Si
hay alguna relación entre el desempleo y la inflación,
es sólo a nivel mundial. Y, por supuesto, a nivel mundial la
mano de obra es más que abundante. Los precios del
petróleo están bajando. Y acuerdos nuevos y más
eficaces entre productores y proveedores en todos los sectores de la
economía están reduciendo -y no aumentando- los precios
que paga el consumidor.
Es hora de que proclamemos que la inflación ha sido
derrotada y no va a volver, porque la estructura de la
economía ha cambiado. Por otra parte, es falso el argumento de
que la inflación se propaga hacia toda la economía como
resultado de los aumentos de salarios, e incluso que es provocada por
ellos. Un mundo en el que caen los salarios mientras aumenta la
productividad no es un mundo en el que los salarios sean la causa de
la inflación.
Si la inflación no va a volver, la única forma
de salir de esta situación es un mayor índice de
crecimiento económico. Entonces, ¿por qué no
sacamos el pie del freno monetario?
En Europa hay cierta necesidad de una mayor flexibilidad
laboral, para poder crear más fuentes de trabajo. Pero, con su
política monetaria -que es la política del Bundesbank,
mucho más restrictiva que la de la Reserva Federal-, la
flexibilidad es un eufemismo que significa caída de salarios.
Tal como ocurre en Estados Unidos, es poco lo que se puede hacer si
la economía crece sólo 1,5%.
El fantasma del cajero automático
por Robert Heilbroner
Tres acontecimientos de fines del siglo XX han dado origen a
una sensación de crisis social y económica en los
países avanzados: la globalización, la
automatización del trabajo y la longevidad de la
población.
La ola de mano de obra barata que ha acompañado a la
globalización de los mercados tiene fuerte impacto en algunos
sectores. Si los teclados de computadoras, por ejemplo, pueden
fabricarse con una mano de obra que cuesta en Malasia la
décima parte de lo que cuesta en el sur de California, no
caben dudas acerca de dónde resulta más eficiente
producirlas. Aunque sólo un segmento relativamente
pequeño de la industria norteamericana se ve expuesto hoy a
este tipo de presiones -menos de 20% de la economía-, la
proporción habrá de crecer a medida que se intensifique
la competencia global y los trabajadores extranjeros que cobran bajos
salarios adquieran mayor capacidad. Se extiende cada vez más
la tendencia a fabricar en el exterior. Y hasta trabajos
administrativos como los que realizan, por ejemplo, los inspectores
de las compañías de seguros norteamericanas, se
están trasladando a países como India o Irlanda.
El lugar de trabajo, sin trabajadores
Aunque históricamente la tecnología ha sido al
mismo tiempo un servidor y un enemigo, hoy se ha convertido en el
principal adversario de la estabilidad laboral, ni qué hablar
de la escurridiza meta del pleno empleo.
La automatización del trabajo, por la que empezamos a
preocuparnos ya en los años ´60, se ha extendido a toda la
economía, con efectos devastadores. Los avances
tecnológicos eliminaron fuentes de trabajo en el sector
fabril, pero todavía quedaban los servicios como último
bastión para la creación de empleo. ¿Qué
pasará ahora que se ha automatizado también el sector
de los servicios? Cada vez que alguien usa un cajero
automático aparecen los fantasmas de tres personas que antes
atendían la caja de un banco.
Para comprender la naturaleza del desafío es
necesario distinguir entre dos tipos de crecimiento económico:
el crecimiento normal y el transformador.
Este último surge cuando se expande significativamente
la frontera de la producción, como resultado de avances
tecnológicos que abren nuevas e importantes oportunidades de
inversión, tal como ocurrió con los ferrocarriles en el
siglo XIX y con el automóvil en el siglo XX. Si bien estos
ciclos de auge han generado mucho empleo, su aparición suele
ser irregular y, aunque pongamos en ello nuestro mayor empeño,
es imposible planificarlos.
El crecimiento normal, en cambio, tiene que ver con las fases
expansivas del capitalismo. En un crecimiento de esta naturaleza no
hay generalmente nada que se parezca al ansiado pleno empleo.
El problema actual es que cada nuevo ciclo de
transformación sustituye más puestos de trabajo que el
anterior, porque el crecimiento resulta de reemplazar a los
trabajadores menos productivos por máquinas.
Mucho antes de la era de la informática, la maquinaria
fue desplazando sistemáticamente a la mano de obra. En Estados
Unidos, por ejemplo, el sector agrícola, que era la principal
fuente de trabajo a principios del siglo XIX, genera ahora menos de
3% del empleo. A su vez, las proyecciones indican que la actividad
fabril, principal motor del crecimiento a principios del siglo XX,
absorberá sólo 12% del empleo no agrícola en el
año 2000.
La actual tecnología de la información tiene un
papel transformador con respecto a cuestiones tales como la
ubicación y organización de los negocios, pero no
parece tener consecuencias expansivas para el empleo. Es evidente que
hablar de un lugar de trabajo sin trabajadores es exagerado, pero no
puede descartarse la posibilidad de una caída en la demanda de
mano de obra comparable con la que redujo a la mitad la cantidad de
puestos de trabajo en el sector fabril durante los últimos 70
años. Del mismo modo, es probable que la alta
tecnología termine por tornar innecesarias las tareas de
supervisión de la gerencia media, así como la baja
tecnología sustituyó las tareas rutinarias no
gerenciales.
Si se toma aisladamente la cuestión, no es tan
difícil diseñar políticas eficaces para reducir
el desempleo. Es posible, por ejemplo, reducir las dimensiones de la
futura fuerza laboral prolongando el período de
educación, adelantando la edad jubilatoria, acortando la
semana o la jornada laboral, extendiendo las vacaciones,
introduciendo períodos de capacitación o alentando
proyectos públicos generadores de empleo.
También podría recurrirse a políticas
más innovadoras, tales como una mayor cooperación entre
los trabajadores y la gerencia para ir introduciendo gradualmente las
nuevas tecnologías en lugar de aplicar un abrupto
achicamiento, pero para ello hace falta la voluntad política
de hacerlo.
El senador estadounidense Bill Bradley propuso una idea
interesante que apunta al tema de la distribución de la
riqueza generada por el aumento de la productividad a partir de la
alta tecnología. Propone cambios en la legislación que
rige las donaciones a las instituciones de caridad, o directamente la
creación de impuestos, para financiar actividades intensivas
en mano de obra en sectores sin fines de lucro, tales como la
alfabetización, el cuidado de los niños o la limpieza
del medio ambiente. Claro que este tipo de políticas debe
estar acompañado de un cambio de actitud que libere a ciertas
actividades del prejuicio que las califica como artificiales e
irrelevantes en el mundo real.
Pero, lamentablemente, la búsqueda de políticas
para enfrentar el desempleo no puede considerarse aisladamente. El
problema está en la capacidad de cualquier país de
hacer frente al desempleo causado por el progreso tecnológico
mientras tropieza con las limitaciones que plantea la
globalización.
Un programa exitoso contra el desempleo generará
presiones salariales inflacionarias, porque los mercados laborales se
fortalecen. Dada la facilidad con la que las empresas pueden llevar
sus operaciones a otra parte, estas presiones alentarían la
transferencia de capital hacia países que toleran el desempleo
y exhiben, en consecuencia, un menor índice de
inflación.
¿Es posible imaginar acuerdos internacionales de
algún tipo que permitan resolver este dilema? Un acuerdo que
limite la libertad para transferir capital va en contra del
imperativo general de un orden mundial capitalista orientado a la
expansión.
Sin embargo, al igual que ocurre con la amenaza del efecto
invernadero, lo que podemos imaginar refleja la urgencia de la
crisis. Históricamente hemos comprobado ya que las cosas
empeoran antes de comenzar a mejorar.
La luna de miel ha terminado
En Estados Unidos, a partir del fin de la Guerra Fría,
el origen del déficit fiscal se ha transferido de los gastos
militares a los gastos sociales, principalmente la Seguridad Social y
el programa Medicare. A medida que aumenta la proporción de
jubilados, aumenta también la porción del presupuesto
destinada a ellos.
Seguramente, esta tendencia alguna vez se va a estabilizar y
se reducirán las presiones. Por otra parte, el retorno a un
índice superior de crecimiento normal generará
más ingresos públicos.
Pero, mientras tanto, es evidente que hemos alcanzado los
límites políticos de lo que un contribuyente
está dispuesto a pagar. Hasta Alemania, cuyos beneficios
sociales son pródigamente generosos comparados con los del
sistema norteamericano, tropieza con los límites de lo que sus
contribuyentes están dispuestos a absorber.
En este sentido, es probable que el columnista
económico Robert Samuelson tenga razón: la edad de oro
de las prestaciones sociales ha terminado. Se puede decir, sin temor
a equivocarse, que estos derechos adquiridos se han estabilizado y
que nunca volverán a crecer al ritmo con el que avanzaron
desde fines de la Segunda Guerra Mundial.
El separatismo de los exitosos
por Robert Reich
La economía de Estados Unidos pasó por un
período de auge entre 1950 y 1978. Pero nadie tuvo que pagar
ningún precio por ello. La quinta parte más rica de la
población norteamericana vio duplicarse sus ingresos. Y lo
mismo sucedió con el 20% más pobre. El país en
su conjunto se benefició con el crecimiento.
Por supuesto que hubo problemas, entre los que cabe destacar
la situación de injusta desventaja de las mujeres y las
minorías. Pero, al asumir esos problemas y desarrollar una
cultura de igualdad de oportunidades, Estados Unidos se
convirtió en un ejemplo para el resto del mundo.
Pero el triunfo global del modelo norteamericano agrava la
situación del Sueño Americano. En lugar de un
país en el que todos crecen juntos, hoy nos encontramos con un
país que crece dividido.
Entre 1979 y 1993 la economía norteamericana
continuó expandiéndose. Pero casi todo el crecimiento
se concentró en el 20% más rico del país. La
quinta parte más pobre vio caer sus ingresos en ese mismo
período. A fines de la década pasada el 20% más
rico era dueño de 90% de las acciones, los títulos
públicos y los restantes activos financieros. Estados Unidos
se ha convertido en la sociedad más estratificada del mundo
industrializado.
¿Dónde estuvo el error? En el curso de las tres
últimas décadas la economía norteamericana ha
sufrido el cambio más profundo de toda su historia. Las
empresas dejaron de producir grandes cantidades de productos
idénticos y comenzaron a crear, procesar y distribuir
información. El microprocesador ha trasladado el centro
económico de las fábricas de producción masiva a
las computadoras personales.
Basta con pulsar una tecla para que una persona pueda enviar
correo electrónico, dinero y hasta música a cualquier
rincón del planeta. El comercio y las inversiones globales han
acelerado el ritmo y multiplicado las consecuencias de este cambio
fundamental.
En esta nueva economía, la educación es la
divisoria de aguas entre los ganadores y los perdedores. Han
desaparecido para siempre las líneas de montaje que brindaban
trabajo de por vida -con aumentos de sueldo y de beneficios- a los
recién salidos de la escuela secundaria; tampoco existe ya la
empresa que prometía estabilidad laboral vitalicia a sus
empleados más leales. Se canceló el contrato
tácito que prometía una vida digna para los
trabajadores mientras la empresa tuviera sólidas ganancias.
Las empresas utilizan muchas palabras extravagantes para
referirse a esta ruptura de contrato: reingeniería,
downsizing, rightsizing, reestructuración. Pero la realidad se
define con un término mucho más sencillo: despidos.
En esta nueva economía globalizada y volátil, los
ganadores son aquellos que pueden detectar y resolver los problemas,
manejar y analizar los símbolos, crear y distribuir
información. Por eso, es probable -aunque no existen
garantías de que así sea- que los que tienen un
título terciario terminen viviendo en la orilla más
próspera de esta gran divisoria de aguas.
Quienes tengan éxito en esta economía
simbólica podrán incluso llegar a considerarse
habitantes de la economía global -conectados por fax y modem a
otros grandes centros de información del mundo- y no
ciudadanos de una determinada comunidad. Podrían llegar a
sentir que es más lo que tienen en común con un colega
suizo que con un mozo de Oakland o un custodio de Cleveland. Y esta
capacidad para triunfar en la economía global puede llevarlos
a separarse de esa parte de Estados Unidos que sigue atrapada en la
vieja economía, es decir, en la otra orilla.
Esta secesión no ha sido planificada ni declarada. Pero
está cobrando ímpetu y pone en riesgo la prosperidad y
estabilidad de Estados Unidos.
Los ricos siempre han vivido y trabajado en ciertos barrios de la
ciudad. Pero, en los últimos años, la
segregación los ha llevado a fundar sus propias ciudades, con
políticas tributarias que sirven para solventar sus propias
escuelas, rutas y centros de esparcimiento. Algunos incluso se han
mudado a complejos residenciales amurallados, patrullados por
policías privados. Y trabajan en torres de oficinas con
servicios de protección y mantenimiento similares.
La gente se está retirando de lo que era el territorio
común: no sólo los parques públicos, el
transporte público, las bibliotecas públicas, las
escuelas públicas, sino de la idea misma de aspiraciones y
responsabilidades compartidas. Y a medida que los exitosos se
separan, preguntan con un tono de voz cada vez más alto por
qué habrían de preocuparse por los demás.
Demagogos y despojos
Pensemos por un momento en los marginados. Algunos de ellos
están atrapados en islas urbanas de desolación y
violencia. Otros tienen trabajo, pero sus trabajos no los llevan a
ninguna parte. Hay familias que hoy necesitan dos o tres sueldos,
cuando antes les alcanzaba con uno.
Para todas estas personas, el Sueño Americano parece
una mentira cínica. Algunos recurren al delito; otros a los
demagogos que buscan un blanco fácil al que echarle toda la
culpa: los inmigrantes, las madres solteras que reciben beneficios
sociales, la ley de protección a las minorías o incluso
el gobierno mismo.
No hay dónde protegerse de las consecuencias del temor
y la desesperación generalizados. No hay muros lo
suficientemente altos como para contenerlos. Los norteamericanos
exitosos no pueden separarse de una sociedad que se deshace. No
pagar el precio de preparar a todos los ciudadanos para una nueva
economía terminará costándonos mucho más
caro. Creer lo contrario es abrigar una ilusión absurda.
California primero
Como de costumbre, California se estrellará primero con
el futuro. En 1980 el Estado destinaba 2% de su presupuesto a las
cárceles y algo más de 12% a la educación
superior. Ahora, casi 10% va a las cárceles y 9,5% a la
educación superior. Para el año 2002 el sistema
correccional devorará 18% del presupuesto, mientras que las
universidades deberán conformarse con 1%. Las autoridades
estiman que para el año 2027 California tendrá
más personas tras las rejas que Europa occidental,
Canadá, Nueva Zelanda, Australia y Japón juntos.
¿Lograremos con esto que nuestra economía sea más
productiva? ¿Permitirá esto que nuestra democracia sea
más sólida? ¿Hará esto que nuestra
nación sea más americana?
Nuestra única opción viable es preparar a
todos los norteamericanos para tener éxito en esta nueva
economía. Eso no significa distribuir la riqueza
llevándola de las arcas de los ricos a las billeteras de todo
el resto. La economía de Estados Unidos no es un juego de suma
cero en el cual la victoria de uno implica la derrota de otro. Esto
significa invertir en la educación: buenas escuelas y
universidades públicas. Darle a la palabra “público” su
sentido más auténtico: abierto a todos, solventado por
todos. Y significa también abrir nuevos caminos para que los
pobres puedan acceder a un buen trabajo con un salario que les
permita vivir, y darles acceso a la capacitación laboral y a
la atención de sus hijos mientras están trabajando.
El Congreso de Estados Unidos está recorriendo hoy el
camino opuesto: recortes de miles de millones de dólares a los
préstamos para estudiantes, a los programas de estudio y
trabajo, a la capacitación laboral y a los restantes medios
con los cuales la clase trabajadora y la gente humilde todavía
tendrían la oportunidad de salir adelante. No tiene sentido
adoptar esta postura precisamente hoy, cuando más necesitamos
un camino alternativo que nos permita dejar la vieja economía
para avanzar hacia la nueva, de modo tal de ayudar a superar la
creciente brecha en los ingresos que amenaza la prosperidad y
estabilidad futuras de esta nación. Reducir la
inversión en educación y capacitación para
recortar los impuestos de quienes ya han llegado a salvo a la otra
orilla es una decisión grotescamente mal orientada que
sólo acelerará la secesión de los exitosos de la
vida norteamericana.
El gran sistema universitario de Estados Unidos, tan admirado
en todo el mundo, no fue construido por una elite en retirada que
abrigaba la esperanza de escapar de la masa. La Universidad de
California, por ejemplo, fue construida en parte por la Ley Morill,
que concedió tierras y ayudó a fundar instituciones
terciarias en la nueva frontera de Estados Unidos. Medio
millón de estudiantes, ocho Premios Nobel y cientos de
manifestaciones de protesta vinieron después; todo lo
demás es historia. La reconocida prosperidad del Golden State,
el Silicon Valley y la industria de defensa californiana no surgieron
al amparo de un clima benigno. Crecieron y se desarrollaron porque el
sistema de educación pública era de nivel internacional
y de bajo costo.
Al igual que California, todo Estados Unidos es un
experimento. Pero no es un accidente. El progreso del conjunto crea
las condiciones adecuadas. La iniciativa individual hace el resto.
Una cosa sin la otra es la receta para el fracaso, no para el
éxito.
