lunes, 22 de junio de 2026

    El Mercosur en la encrucijada

    Desde la transformación del GATT en la Organización
    Mundial de Comercio, viene desarrollándose un complejo debate
    acerca de la razón de ser de los acuerdos comerciales
    regionales: ¿son parte del proceso liberalizador o su principal
    obstáculo?

    La efectiva presencia de bloques regionales (la Unión Europea,
    el Nafta, el área del sudeste asiático, el Mercosur)
    podría complicar en forma decisiva los intentos de
    liberalización comercial, sin contar con el fuerte sentimiento
    proteccionista que parece orientar el accionar de las principales
    potencias industriales.

    Incluso dentro de Estados Unidos, coexisten penosamente las versiones
    antagónicas: los que creen que es obligación de la
    primera potencia económica impulsar el libre comercio sin
    etapas intermedias y los que propician la extensión del Nafta
    (la visión Fortress America) para convertir al continente en
    un solo bloque inspirado y orientado desde Washington.

    Una contradicción evidente es la que proviene de la
    supercláusula 301 de Estados Unidos, capaz de permitir
    sanciones unilaterales al margen de —y a veces en
    contradicción con— los mecanismos previstos en el antiguo
    GATT o en la nueva Organización Mundial del Comercio.

    Para Estados Unidos el objetivo de máxima es evitar un acuerdo
    Mercosur-Unión Europea y negociar, país por
    país, la incorporación de los latinoamericanos al Alca.
    Pero si consigue lo primero, estaría dispuesto —a
    regañadientes— a debatir con el Mercosur como bloque.

    Por su parte los europeos han dado claras señales de su
    interés en acordar con el Mercosur. Durante el primer semestre
    de 1998 habrá una cumbre europeo-latinoamericana cuyo
    resultado debería ser la inmediata formalización de
    convenios de libre comercio, en la que participarían todas las
    naciones de habla española y portuguesa del continente.

     

    La reunión de Belo Horizonte

    A mediados de mayo pasado, durante la reunión de los
    ministros de Comercio del hemisferio en Belo Horizonte, Brasil, las
    posiciones enfrentadas se hicieron explícitas.

    Estados Unidos presionó a favor de una inmediata
    discusión del Area de Libre Comercio de las Americas (Alca),
    entre países y con la meta de una rápida
    reducción de aranceles.

    La representante comercial norteamericana, Charlene Barshefsky,
    acusó a quienes querían discusiones por etapas —es
    decir, la tesis del Mercosur— de violar el espíritu de la
    Cumbre de las Américas de Miami.

    Lo curioso es que, a pesar de toda esta presión, el gobierno
    del Bill Clinton carece de los instrumentos legislativos para avanzar
    en el proceso: de la agenda legislativa de este año se
    eliminó el tratamiento del fast track (la vía
    rápida), el mecanismo que necesita el Poder Ejecutivo para
    agrandar el Nafta.

    En Belo Horizonte la solución fue postergar el tratamiento del
    tema hasta la Segunda Cumbre de las Américas (con los
    presidentes, en Chile, en marzo de 1998), en el entendimiento de que
    tales negociaciones deberán estar concluidas para el
    año 2005.

    Definir la forma y el ritmo de las negociaciones estará a
    cargo del cónclave ministerial previo en San José de
    Costa Rica, en febrero del año entrante.

    En Belo Horizonte los norteamericanos pudieron detectar dos tipos de
    respuestas: tibia y cauta reacción de los países
    latinoamericanos, en especial de la Argentina, y cerrada
    oposición de Brasil, explícita en las declaraciones del
    canciller Luiz Felipe Lampréia: “Lo que es bueno para
    Estados Unidos no es bueno para Brasil”.

    Simultáneamente, el presidente Fernando Henrique Cardoso
    destacó que el proceso de integración depende de la
    voluntad del norte “para abrir realmente sus mercados en los
    sectores que más necesitamos”. Un estudio de Funcex
    (Fundación de Estudios de Comercio Exterior) muestra que
    Estados Unidos es el país que tiene el mayor número de
    barreras (no arancelarias) al ingreso de productos brasileños.

     

    La ofensiva de Washington

    Aun antes de que terminara la reunión de Belo Horizonte, la
    visita a varios países de la región del secretario de
    Comercio de Estados Unidos, William Daley, daba forma a la nueva
    ofensiva destinada a separar a Brasil de sus socios del Mercosur. En
    esa estrategia, la Argentina es el blanco central.

    Durante su estadía en Brasil, Daley intentó apaciguar a
    Cardoso ofreciendo el envío de una delegación para
    discutir sobre las mentadas barreras no arancelarias. Para los
    brasileños, el gesto fue “insuficiente”.

    En la Argentina el funcionario advirtió que no hay clima ni en
    el gobierno ni en la oposición para alentar discusiones
    separadas (del Mercosur) sobre el ingreso al Alca.

    En Chile el panorama resulta más confuso. Por un lado, el
    ministro de Hacienda, Eduardo Aninat, respaldó
    públicamente la idea de negociar directamente con Estados
    Unidos para ingresar al Alca, en vez de hacerlo junto al Mercosur
    (con el cual Chile está asociado). Pero el presidente Eduardo
    Frei —en su mensaje al Congreso chileno el 21 de mayo—
    habló en términos elogiosos del Mercosur y se
    mostró muy cauto acerca de la opción fast track en
    Estados Unidos.

    Desde el entorno de Frei se hacen otras reflexiones: “El capital
    chileno lleva invertidos US$ 12.000 millones en el Cono Sur,
    principalmente en los países del Mercosur. La
    integración energética es un hecho; para nosotros el
    Mercosur es una plataforma de desarrollo económico; con el
    Nafta tenemos muy poco que ganar. Ya tenemos un tratado de libre
    comercio con Canadá y con México, y el solo hecho de
    haber establecido una asociación con el Mercosur ha potenciado
    extraordinariamente nuestras relaciones con la Apec y con la
    Unión Europea. Sólo nosotros sabemos cómo ha
    cambiado; ya no somos sólo Chile y tenemos que buscar una
    posición común con el Mercosur para negociar con los
    norteamericanos en marzo próximo, en la Cumbre de los
    Presidentes, que es cuando comienza la discusión del
    Alca”.

    Lo que Daley dejó en claro en todas sus escalas es que un
    acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur es inadmisible
    para Estados Unidos, que hará todo lo que esté a su
    alcance para impedirlo.

     

    Paso a paso

    Hay otros indicios de la decidida posición estadounidense
    sobre este punto y de todos los recursos que está dispuesto a
    desplegar Washington para lograr sus objetivos.

    En oportunidad de su reciente visita, el presidente Zedillo de
    México le planteó a Carlos Menem la posibilidad de un
    “acuerdo especial” entre ambos países, similar al
    que ya tiene con Chile.

    Los funcionarios que lo acompañaron se ocuparon de realzar la
    conveniencia de este paso, destinado —dijeron— a facilitar
    las relaciones de la Argentina con el Nafta.

    Según estas fuentes, “naturalmente, nosotros no les
    podemos ofrecer la cláusula de nación más
    favorecida; no podemos traspasar ventajas que pudimos obtener por
    nuestra situación, pero sí podemos lograr cosas que la
    Argentina de otra manera no lograría y, a la vez, eso
    facilitaría nuestra relación con el Cono Sur, porque
    tenemos dificultades para entendernos con los
    brasileños”.

    Después se produjo la visita del ex presidente James Carter.
    Fue antes del previsto viaje de Clinton (que luego se
    suspendió por el accidente en la rodilla presidencial).

    El ex mandatario sondeó a funcionarios del gobierno y a
    dirigentes de la oposición sobre la posibilidad de que la
    Argentina ingresara al Nafta, o de que se iniciara una
    negociación por el ingreso de Argentina al Nafta,
    separadamente de Brasil. En ambos casos hubo respuestas educadas pero
    negativas, o deliberadamente ambiguas.

     

    La reunión de Atlanta

    A fines de abril se produjo la reunión de Atlanta,
    convocada por Carter y con asistencia de importantes personalidades
    de la región (por la Argentina estuvo el vicepresidente Carlos
    Ruckauf).

    Allí se debatieron dos temas centrales para Estados Unidos:
    uno, control y represión del narcotráfico; el otro, el
    proceso integrador del Alca. El resultado fue sorprendente: creciente
    oposición al “unilateralismo” de Estados Unidos en
    sus tratos con la región.

    Con respecto al narcotráfico se cuestionó el sistema de
    certifications. Anualmente Estados Unidos certifica si los
    países donde hay producción o tránsito de drogas
    hacen los esfuerzos requeridos para combatir estas actividades.

    Que Estados Unidos, el gran país consumidor, sea el
    único juez en este campo mereció serios reparos de
    varios de los asistentes.

    Hubo entonces una sorprendentemente progresista posición de
    Newt Gingrich, el speaker republicano de la Cámara de
    Representantes, quien preguntó qué pasaría si
    otra autoridad calificaba a Estados Unidos; qué posibilidades
    tendría de obtener la certificación. El consenso fue
    que lo mejor era un mecanismo multilateral para estos fines.

    Cuando se pasó a discutir cómo se crea el Alca —en
    la Cumbre de Miami se propuso como meta el 2005— todo lo que
    estaba sobre la mesa era el fast track. Si el Congreso estadounidense
    lo iba a aprobar o no. Si el presidente Clinton cuenta con esta
    herramienta podría negociar la incorporación de Chile y
    después de Argentina o de otro país al Nafta, con la
    idea de que éste es el embrión de Alca que va a ir
    desarrollándose por la incorporación sucesiva de
    distintos países.

    La idea que prevaleció entre los asistentes es que se iba a
    entrar en una situación muy parecida a la de la certification
    porque, en definitiva, lo que se estaba proponiendo era un sistema en
    el cual el Nafta, principalmente Estados Unidos, iba a certificar si
    otros países habían hecho o no lo que debían
    para liberalizar el comercio, castigándolos con el no ingreso
    o premiándolos con el ingreso al Nafta en función de
    esa calificación unilateral.

    Se concluyó que era preciso avanzar hacia un sistema
    multilateral equitativo, de la misma manera que se había
    convenido en el caso del narcotráfico, y que lo ideal era
    adoptar un modelo similar al europeo de Maastricht: establecer una
    serie de objetivos en el caso de liberalización comercial, que
    todos los países miembros deberían cumplir dentro de un
    cierto período.

    Obviamente, lo resuelto en Atlanta no es más que una
    recomendación. De ninguna manera configura la política
    oficial de Estados Unidos en el tema, pero es un antecedente a tener
    en cuenta dada la representatividad de los asistentes.

     

    La posición argentina

    Desde la perspectiva estadounidense, un acuerdo entre el Mercosur
    y la Unión Europea crea serias dificultades a las
    posibilidades de integración hemisférica. Si Europa
    levanta sus restricciones para la exportación de commodities
    del Mercosur, se crea un flujo de comercio que desplaza hacia esa
    área un comercio tan importante de Brasil y la Argentina
    sumados, que rompe la posibilidad de llegar al 2005 con un acuerdo
    hemisférico.

    Estados Unidos preferiría que el Mercosur no se constituyera
    en una unidad fuerte, que no negociara con otros sectores y que se
    mantuviera abierta la opción de acuerdos individuales. Por
    ejemplo, primero incorporar a la Argentina y después a Brasil
    al Nafta que se convertiría en Alca.

    Es previsible que la presión siga en aumento porque es
    evidente que el primer objetivo de Washington es separar a la
    Argentina de Brasil. La postergada visita de Clinton se hará
    en octubre —en medio del proceso electoral—, y es claro que
    en su agenda figura el espinoso tema.

    Hasta ahora la Argentina ha mantenido una posición firme, y en
    todas las declaraciones oficiales se sigue sosteniendo que el
    Mercosur es una prioridad. El canciller Guido Di Tella dice que
    “ya pasó la época de las relaciones carnales;
    ahora tenemos que diferenciarnos de Estados Unidos”. Para la
    Argentina esto es prioritario y hay intereses objetivos; un tercio
    del comercio externo está en juego en el Mercosur.

    Por último, vale una reflexión final para abordar esta
    cuestión: ¿qué pasaría con el Mercosur si
    en algún momento Brasil decide devaluar? Lo previsible es una
    batalla entre dos posiciones polarizadas en la Argentina: los que
    dirán que hay que abandonar el Mercosur y los que
    argumentarán que hay que sostener el esfuerzo integrador
    regional. Para nada está claro cuál de las dos
    posiciones puede prevalecer.

     

    La tentación europea

    Según un estudio de la Fundación Getulio Vargas de
    Brasil, un acuerdo del Mercosur con la Unión Europea
    sería más beneficioso que el proyectado Alca.

    La Argentina, señala el informe, sería el país
    que más ganaría en caso de un convenio con los
    europeos: un crecimiento estimado de su PBI de 6,71% en contraste con
    apenas 0,68% si la integración se hace a través del
    Alca.

    Brasil obtendría más ventajas que la Argentina a
    través del Alca: 2,08% de crecimiento. Pero también
    resultaría más beneficiado con el libre comercio con la
    Unión Europea: 5,05%.

    El panorama cambia para México y el resto de América
    latina: a través del Alca habría beneficios de 3,11% y
    3,85% respectivamente, mientras que la integración con la
    Unión Europea implicaría pérdidas de 0,02% y
    0,29%.

    Las ventajas para los países del Mercosur de un acuerdo
    comercial con los europeos provienen del levantamiento de barreras a
    bienes agrícolas y agroindustriales que representan gran parte
    de las ventas del Mercosur a Europa. Precisamente, lo que inquieta a
    Washington es que Estados Unidos es un gran exportador de esos mismos
    productos al Viejo Continente.

     

     

    La próxima crisis

    El Mercosur es, para la economía
    argentina, la alternativa gradual y razonable en su proceso de
    apertura comercial externa. Puede vender sus productos primarios con
    alguna ventaja y su industria tiene más posibilidades de
    sobrevivir en la competencia con las grandes potencias
    económicas. Por otra parte, muchas economías regionales
    tienen una salida rentable que no existirá en una apertura
    unilateral e indiscriminada.

    El Mercosur se ha convertido, en cierto modo, en un mercado
    interno ampliado con aranceles de protección nada
    despreciables. Por eso, las exportaciones argentinas han tenido en lo
    que va de la década de los ’90 una transformación
    profunda. En 1990, Brasil absorbía 12%; seis años
    después, el índice había ascendido a 28%. En el
    mismo período, la gravitación de las exportaciones
    destinadas al conjunto del Mercosur pasó de 15 a 33%. A la
    inversa, la participación de la Unión Europea se redujo
    de 30 a 19% y la del Nafta de 17 a 10%.

    Por otra parte, el Mercosur, pero en particular Brasil,
    absorbió un volumen muy importante de exportaciones
    manufactureras, tanto de origen agrario como industrial. Esto
    salvó a la economía argentina de una excesiva
    primarización de sus ventas externas.

    Otra cuestión que vale la pena examinar es qué tipo de
    empresas exportan al Mercosur. El grupo pionero fue el de las
    compañías internacionales con plantas en Brasil y
    Argentina, que comenzaron a explotar las posibilidades de
    especialización desde un comienzo, tomando al Mercosur como un
    único mercado y definiendo una estrategia global para la
    región. Los casos más significativos se observaron en
    los rubros de automotores, neumáticos, químicos y
    alimentos.

    Pero a partir de 1993, empresas de menor tamaño relativo
    comenzaron a usar al Mercosur como campo de experimentación
    para su inserción en el mundo. Muchas de ellas dependen
    crucialmente de la estabilidad y la expansión
    brasileñas.

    Y éste es justamente el problema que esgrimen quienes no ven
    al Mercosur con buenos ojos. La macroeconomía brasileña
    comienza a mostrar sus aristas peligrosas. Este año, el
    déficit comercial puede llegar a los US$ 15.000 millones, y
    eso obliga al gobierno de Fernando Henrique Cardoso a hacer algo. Las
    decisiones se pueden postergar hasta después de su
    reelección, pero cuando lleguen serán dolorosas para la
    Argentina. La más traumática: una devaluación
    recesiva en Brasil que tendría como consecuencia una
    recesión para la Argentina.

    Así, es probable que el final de 1998 configure una
    encrucijada. La economía argentina está atada
    monetariamente a Estados Unidos y comercialmente a Brasil en
    proporciones crecientes. Hay un conflicto potencial que será
    muy importante superar con éxito. Se escucharán voces
    que pidan salir del Mercosur y mantener el tipo de cambio; otras que
    reclamarán la devaluación y el abandono del Mercosur.
    Si la Argentina puede superar el ajuste brasileño sin
    abandonar la convertibilidad ni el Mercosur ganará en
    credibilidad y en solidez. Pero no será fácil.