miércoles, 17 de junio de 2026

    Del otro lado del espejo

    La ciudad de Neuquén tiene algo de cruce de caminos y
    confluencia de culturas y costumbres. Algo así como un oasis
    en el medio del desierto. Fue polo de migración interna en los
    últimos 25 años: se dieron cita en ella hombres y
    mujeres de todo el país, cargados con sus peculiaridades y sus
    acentos, y dispuestos a apostar sus mejores cartas en un juego
    contrario a la tradición.

    Por eso se respira en Neuquén un aire de individualismo
    amistoso, orientado a construir en la Patagonia un espacio de
    bienestar personal y de encuentro. Esa frescura se acentúa por
    lo juvenil de la población: la mitad tiene menos de 20
    años; muchos son primera generación patagónica;
    otros, recién llegados. Aun entre quienes han pasado los 40,
    la abundancia de expectativas es la norma antes que la
    excepción.

    No quieren atenerse a lo hecho: están allí para armar
    algo propio. Y esa importancia de las opciones personales, unida a la
    heterogeneidad de un tejido social sin viejos patriciados, hicieron
    de Neuquén una sociedad políticamente personalista,
    entusiasta, sin pesados moralismos y poco disciplinada, volcada hacia
    el futuro más que al pasado, pero bastante despreocupada y
    poco dada a generar proyectos colectivos trabajosos.

    De esa conjunción de actividad e improvisación, de
    compañerismo e individualismo, de frontera y de centro
    cosmopolita, brotaron la desorientación y la ansiedad que hoy
    embargan a los neuquinos. Ven amenazada una prosperidad que
    parecía inconmovible. Sienten que su futuro no les pertenece
    del todo porque las reglas les fueron cambiadas. Enfrentan la pobreza
    y perciben la necesidad de una transformación para la que
    aún no se sienten preparados, en la dirección y en los
    plazos necesarios.

     

    Cuánto y cómo

    Neuquén es muy joven. Lleva 40 años como capital
    provincial y tenía 20.000 habitantes hace tres décadas.
    Hoy alberga a 270.000 personas, incluidos los 25.000 ciudadanos de
    Plottier y los 30.000 de Centenario, sus municipios vecinos. La
    provincia, en tanto, no llega al medio millón. Entre los
    capitalinos, 63% son autóctonos, 9% extranjeros, 8%
    bonaerenses y porteños, 7% de Río Negro, y los
    demás, del resto del país. Entre los inmigrantes es
    alta la proporción de profesionales y de gente formada, lo que
    hace de Neuquén una plaza de alma progresista, con mucha y
    buena materia gris.

    La inmigración empezó a fin de la década de los
    ’60, con la construcción del complejo
    hidroeléctrico Chocón-Cerros Colorados y la
    expansión de la explotación petrolera en el
    departamento Confluencia, sede de la capital. Para entonces, el PBI
    provincial no llegaba a 70% del promedio de las provincias del
    país, pero durante los 15 años siguientes
    aumentó a razón de 9,3% anual, mientras la
    población lo hacía a 4,1%.

    “Fue entonces cuando se fijó la matriz productiva del
    Neuquén actual”, dice Humberto Zambón, ex decano
    de la Facultad de Economía de la Universidad del Comahue y
    jefe de la bancada de concejales del Frepaso. Y agrega: “La
    construcción representó 26% del PBI, con 76% de
    inversión pública. Esto se debía no sólo
    a la importancia de los emprendimientos hidroeléctricos, sino
    también a la política de asentamiento poblacional que
    ejercía YPF y a los planes de vivienda del gobierno
    provincial”. La agricultura bajo riego creció, pero
    solamente 6,44%, con lo que su participación relativa
    decayó. El comercio llegó a representar 30% del
    producto, pero hoy es mucho menos: el petróleo y el gas lo
    desplazaron.

    En 1983 se instaló en la provincia la industria
    cerámica, cuya producción representa 50% del sector
    manufacturero. Pero sigue siendo un rubro minoritario: hoy no supera
    7,5% del PBI, mientras los servicios comunitarios y personales
    aportan 21,5%; el petróleo y la minería, 38,3%; la
    construcción, el comercio y el agro, 7% cada uno; la
    electricidad, el gas y el agua, 5,2 %; las finanzas, 4,5%, y los
    transportes y las telecomunicaciones, el resto, según cifras
    del Consejo de Planificación para el Desarrollo (Copade) del
    estado provincial.

    El pasado reciente transformó a la ciudad en un centro de
    servicios para la región, y marcó a su población
    con el signo de la dependencia del estado provincial, principal motor
    económico fuera de los hidrocarburos. Además, la
    concentración de la prosperidad en los rubros
    petrolífero e hidroeléctrico hizo de Neuquén una
    economía de enclave. Es decir, una economía que
    sólo por su ubicación geográfica pertenece a la
    región, pero cuyos beneficios se exportan fuera de ella, sin
    reproducir inversión productiva ni generar actividad
    intersectorial a largo plazo.

    Las regalías petroleras (12 % del valor en boca de pozo) son
    del estado provincial y contribuyen a consolidarlo como el principal
    factor local de decisión, reforzando el tradicional papel
    colonizador que el sector público tuvo en la Patagonia desde
    comienzos de siglo, primero con el Ejército y luego con los
    ferrocarriles y las petroleras. “La Patagonia productiva es un
    invento del Estado nacional”, dicen los neuquinos.

    En esas condiciones, y en épocas de proscripción del
    peronismo, nació el Movimiento Popular Neuquino, liderado
    desde entonces por los hermanos Elías y Felipe Sapag. Hoy, 40
    años después, poco menos de la mitad de los afiliados
    provinciales a partidos políticos pertenecen al MPN. Felipe
    Sapag es nuevamente gobernador de Neuquén, y el intendente de
    la ciudad capital, Luis Julián Jalil, es miembro del partido.
    Esta consentida permanencia en el poder de un movimiento centrado en
    una familia completa el retrato de las relaciones sociales y
    productivas que dominaron la ciudad y la provincia de Neuquén.

     

    Final del juego

    Ese modelo de funcionamiento empezó a colapsar a comienzos
    de la presente década, con la privatización de YPF, y
    hoy no puede generar el cambio que todos perciben como urgente. El
    proceso de quiebre tiene dos fuentes principales. Por un lado, la
    racionalización del gasto encarada por las petroleras
    privadas, que cerró miles de puestos de trabajo y
    terminó con las políticas de asentamientos humanos y de
    aprovisionamiento local. Por otro, “a partir de 1990, las
    regalías gasíferas se calculan sobre la base del precio
    de mercado y no sobre el equivalente calórico con el
    petróleo, lo que redujo los montos liquidados al estado
    provincial”, comenta Zambón. “Además, desde
    el ’91 los porcentajes de la coparticipación que reciben
    las provincias también se restringieron: Neuquén tiene
    $ 210 millones menos”, agrega.

    Esa combinación aumentó la importancia del gasto
    corriente, que de representar 50% del presupuesto pasó a
    comprometer 70%, detuvo el crecimiento del Estado como empleador y lo
    obligó a redimensionarse, restringió las inversiones en
    construcción y determinó que el crecimiento explosivo
    del PBI (12 % anual desde el ’90) no implicara un aumento de los
    ingresos.

    Zambón explica el fenómeno: “La ocupación
    disminuyó, con lo cual hay menos sueldos, y el excedente
    económico de los sectores de petróleo, gas y
    electricidad, que son la base de nuestro PBI, emigra y pasa a formar
    parte del ingreso de otras regiones, como la Capital Federal, o
    incluso de otros países. Mientras tanto, la población
    crece dos veces más rápido que en el resto del
    país”. En Neuquén, este diagnóstico es
    compartido por todos, fuera y dentro del gobierno.

    Claro que no todo es petróleo: la producción
    agrícola creció en el último quinquenio, sobre
    todo peras (117% más) y manzanas (30%). Neuquén
    participa con 21% de la producción nacional de manzana y 13%
    de la de pera. También en este sector se concentró la
    actividad de grandes empresas que hicieron importantes inversiones en
    riego, tecnología, empaque y marketing. En cambio, es cada vez
    menor el número de pequeños productores y chacareros.
    En Plottier, por ejemplo, hay más de 5.000 hectáreas
    bajo riego virtualmente abandonadas.

    Las exportaciones a Chile, principal comprador de productos
    neuquinos, han empezado a dinamizar la economía regional. La
    integración con los puertos chilenos con miras a los mercados
    del Pacífico se reconoce como necesaria, pero demanda
    importantes inversiones en infraestructura carretera.

    De cualquier modo, la situación general no cambiará si
    no se afianzan las actividades productivas con alto valor agregado
    local, como el turismo y la agroindustria, o las derivadas de la
    producción primaria, como la silvicultura y la
    frutihorticultura. También la petroquímica
    podría jugar un papel importante, de cara al mercado del
    Pacífico.

    Pero, para que ello sea posible, el estado provincial tiene que
    ordenar la situación mediante planes de reconversión
    concretos y viables. “No se trata sólo de modificaciones
    en la producción, sino también en la cultura del
    neuquino, mayormente ajeno a las labores de producción
    agrícola y manufacturera”, dice Mónica
    Ocaña, de la recientemente creada Ala Blanca del MPN. Y
    agrega: “Este es el principal problema. No tenemos
    tradición industrial, y la agrícola es débil.
    Por el lado de la línea tradicional del partido gobernante,
    además, no hay capacidad para orientar la reconversión
    productiva. El Copade realiza excelentes estudios de
    planificación estratégica, pero no considera los planes
    de implementación para las circunstancias actuales, y en eso
    falla”.

     

    Horizonte regional

    La ciudad de Neuquén es centro de la región del Alto
    Valle del Río Negro, que comprende las ciudades rionegrinas de
    Cipolletti, integrada al conurbano por dos puentes, General Roca y
    Villa Regina. Mantiene también, a lo largo de la cuenca del
    Limay, un eje de conexión con los parques nacionales y con los
    recursos hídricos de la provincia vecina.

    El símbolo de esta unión funcional interprovincial es
    la Universidad del Comahue, con sede en la ciudad de Neuquén y
    cuyo actual rector es un rionegrino que vive en Cipolletti y fue
    candidato a diputado por el Partido Justicialista de Río
    Negro. La región vive como un todo, pese a su doble
    administración.

    Semejante carácter de bisagra entre el norte del país y
    la Patagonia es una ventaja comparativa importante para la ciudad de
    Neuquén, porque la transforma en un centro de
    distribución que une la cuenca del Pacífico y las
    regiones Novena y Décima de Chile, con sus puertos de Valdivia
    y Concepción, por un lado, y, por otro, las ciudades de
    Bahía Blanca y Buenos Aires, al este de la Argentina, y las
    provincias patagónicas al sur. Se abre así para la
    ciudad un mercado sureño ampliado, así como la
    posibilidad de jugar un papel estratégico importante.