Es, sin duda, uno de los sectores más dinámicos y
de mayor crecimiento. Pero no mucho más que eso es lo que
está claro acerca del negocio de los supermercados e
hipermercados.
Por lo pronto, hasta sus propios límites tienen
parámetros diferentes. Mientras la diferencia entre un
autoservicio y un supermercado está determinada por la barrera
de los 350 metros cuadrados de superficie, tradicionalmente se
consideró que la distancia que separa al súper del
híper eran los 5.000 artículos en venta. Hoy, ni
siquiera en eso hay acuerdo: para el diputado nacional Federico
Storani (UCR-Provincia de Buenos Aires) y para el concejal platense
Héctor Navarro (UCR), autores de distintos proyectos de
regulación para el sector, se es híper con 1.500 metros
cuadrados; según la oficina local del Programa de la Naciones
Unidas para el Desarrollo (PNUD), se necesitan 2.500 metros; en
tanto, la consultora Claves Información Competitiva considera
que son precisos 5.000 metros cuadrados.
También es difícil determinar su competencia
dentro del comercio minorista. Tradicionalmente dedicados a la venta
de alimentos y productos de limpieza y perfumería, en los
últimos años han abarcado prácticamente todos
los renglones del consumo hogareño: electrodomésticos,
indumentaria, jardinería, muebles, bazar, papelería,
libros, discos, herramientas, pintura y autopartes tienen su espacio
en las góndolas. Ya ni siquiera puede considerárselos
exclusivamente como comercios minoristas: debido al volumen de
mercaderías que manejan y a la evolución de los
sistemas de comercialización, hoy son también empresas
de distribución.
Calcular con precisión su incidencia dentro de la
economía es directamente imposible, ya que no existe
aún una medición suficientemente abarcadora de todo el
sector. Por encargo de la Cámara Argentina de Supermercados
(CAS), la Fundación de Investigaciones Económicas
Latinoamericanas (Fiel) está trabajando para llenar ese
vacío, pero los primeros resultados estarán disponibles
sólo en abril. Mientras tanto, las diferencias
metodológicas ya sea por razones de cobertura
geográfica o de inclusión o exclusión de
categorías de comercios y rubros comercializados entre las
encuestas que se practican hasta ahora son enormes.
Es notorio, sin embargo, el decidido vuelco del comportamiento
de los consumidores hacia la modalidad self-service, de lo cual son
principalísimos beneficiarios los súper e híper,
mucho más que los pequeños autoservicios. Semejante
cambio de hábito que se corresponde con una tendencia similar
en casi todo el mundo alienta una expansión acelerada de las
grandes cadenas.
Pero junto con ese cambio se imponen otros: la
concentración cada vez más creciente de la oferta
minorista, la desaparición masiva de pequeños
comercios, la transformación de la fisonomía y, en
muchos casos, de la calidad de vida de las zonas de influencia de
los hipermercados, la modificación de la relación de
poder entre la industria y el comercio, y una competencia extrema que
por momentos roza los límites de lo aceptable ética y
legalmente.
Que las principales cadenas se han convertido en pesos pesados
de la economía nacional lo prueban, por si hiciera falta, dos
hechos. Uno es que, últimamente, Coto habría recibido
una oferta de compra por parte del Citibank y habría
respondido que por menos de $ 700 millones no se sienta a conversar.
El otro es que los títulos (ADR) que Disco colocó el
año pasado en Nueva York, por US$ 100 millones, aumentaron 42%
en sólo seis meses.
Más allá de lo evidente, que es bastante poco,
generan una curiosidad que está bastante lejos de ser
satisfecha y una cantidad considerable de debates, algunos más
subterráneos que otros, ninguno debidamente saldado:
I. ¿BAJAN LOS PRECIOS?
Desde el punto de vista absoluto, es notorio que sí.
Aunque dentro del universo de las grandes cadenas es frecuente
observar importantes diferencias entre los precios de un mismo
artículo, resulta muy difícil encontrar valores
más bajos fuera del sector, aun cuando la comparación
se haga con el más caro de los supermercados. La
explicación, casi obvia, radica en los grandes
volúmenes de mercadería que las cadenas compran a sus
proveedores, lo que les permite obtener precios mucho más
ventajosos.
La mejor demostración de ello está en la
proporción cada vez mayor de abastecimiento que concentran las
principales cadenas, ya no sólo de alimentos y productos de
limpieza y perfumería, sino también de
electrodomésticos, muebles, indumentaria y artículos de
librería, entre muchos otros rubros que se agregaron
últimamente a la oferta de los híper e, incluso, de
unos cuantos súper. La mayoría de los especialistas
coincide en que el llamado universo self-service, que incluye
hipermercados, supermercados y autoservicios, concentra hoy
más de 60% de las compras minoristas de todo el país, y
tendrá en los próximos años un crecimiento tan
sostenido como acelerado.
Sin embargo, lo que hasta aquí permitiría inferir
una respuesta indudablemente afirmativa al interrogante del
título, se vuelve relativo a la hora de analizar si los
precios bajaron todo lo posible o hay aún más margen.
Alfredo Coto, presidente de la cadena de supermercados que
lleva su nombre, opina que “en general, los precios de los productos
bajaron 30% porque disminuyó la rentabilidad de las cadenas y
hubo un fuerte ajuste en los costos de producción de la
industria y el comercio”.
Federico Storani (UCR-Provincia de Buenos Aires), autor de un
proyecto de ley que postula regular la habilitación de nuevos
supermercados e hipermercados, sostiene que el sector logró
mayor eficiencia sobre la base de “la precarización de las
condiciones laborales, una relación de excesivo poder con sus
proveedores y un sistema tributario que les otorga enormes ventajas
frente al resto del comercio minorista”.
El subsecretario de Comercio Interior, Marcelo Garriga, dijo
meses atrás que los precios deberán continuar bajando
porque los márgenes de rentabilidad que obtienen los
supermercados son muy altos en términos internacionales.
“Aquí trabajan con 6%, mientras en el resto del mundo giran
alrededor de 3%”, argumenta.
Un importante ejecutivo de una de las cinco principales empresas
proveedoras de los supermercados coincide en que aún falta
bastante camino por andar, pero aporta otro enfoque: “La ineficiencia
global del sector, sumando las compañías productoras y
los canales de distribución, está costando alrededor de
$ 2.000 millones al año”. El principal problema, asegura, es
la falta de fluidez en el circuito de abastecimiento. Según su
diagnóstico, las actuales prioridades estratégicas y,
por lo tanto, el grueso de las inversiones de las cadenas pasan por
la expansión geográfica y por los recursos humanos. “En
materia de eficiencia, sobre todo en el área de
logística y distribución, la evolución y el
interés de las principales cadenas son muy desparejos; esto
mismo pudo observarse años atrás con la
incorporación de los lectores de códigos de barras.”
Hay, además, problemas culturales y de organización:
“Cada vez que un proveedor le pide audiencia a un cliente, hay que
hacer horas de antesala; muchas veces, los camiones deben esperar
horas para descargar y los merchandisers se pasan horas en los
depósitos porque la mercadería no está acomodada
como corresponde”, afirma el directivo. Si es así, está
claro que alguien debe estar pagando tantas horas perdidas.
Tanto entre las cadenas como entre las compañías
productoras está hablándose cada vez más del
concepto ECR (Efficient Consumer Response). La definición
más precisa y sintética al respecto la brindó
hace poco el presidente de Unilever de Argentina, Luis Mario Castro,
en una entrevista publicada por una revista especializada en canales
de distribución: “Es una visión integradora que
posibilitará la reducción de costos, el mejoramiento de
la competencia y la satisfacción más plena de los
consumidores”, dijo.
Uno de los pilares del ECR es el Electronic Data Interexchange
(EDI), un enlace inteligente de sistemas que, por ejemplo, permite
despachar automáticamente una orden de pedido a un proveedor
cuando se llegó a un piso estadístico de stock,
así como generar pagos. El EDI funciona exitosamente en Chile,
Estados Unidos y Europa, pero en la Argentina se encuentra en fase
experimental en una pocas cadenas y firmas productoras, entre ellas
Unilever y Molinos Río de La Plata.
El ejecutivo consultado advierte que es poco lo que el sector
productor puede aportar para bajar los precios. En su opinión,
la mayoría de las empresas ya realizó los ajustes
necesarios para permanecer en condiciones competitivas, a lo que debe
sumarse el constante recorte de márgenes debido al creciente
poder negociador de los canales de distribución. “Y aquellas
compañías que cumplen puntualmente con las obligaciones
impositivas y sanitarias, directamente no tienen más margen
para bajar costos”, remata.
Precios sospechosamente bajos
Pese a todo, en más de una ocasión los precios
bajan no sólo hasta el mínimo posible, sino más
aún. Esto suele ocurrir cuando alguna cadena decide colocar un
producto en oferta a un valor más bajo que el facturado por el
proveedor. La estrategia es bastante elemental y está
comprobada estadísticamente: atraído por unas pocas
ofertas prácticamente incomparables, el público compra
luego por impulso otros artículos con márgenes
suficientes como para que el saldo sea positivo para el supermercado.
Por eso, años atrás, cuando el debate no había
alcanzado los decibeles que tiene en estos días, los
especialistas en marketing usaban la expresión “una isla de
pérdida en un océano de ganancias”. Hoy, directamente,
se habla de “precios predatorios”, cuando no de dumping interno.
Es el gran tema de debate en el sector, ya que no sólo
afecta la competencia entre las cadenas, sino también la ya de
por sí desventajosa posición de los pequeños
comercios minoristas y la situación de las
compañías productoras, tanto en lo que respecta a su
relación con el resto de los canales de distribución
como a sus propias políticas de imagen de marca. Complica,
incluso, la relación de las cadenas con los consumidores,
aunque no siempre éstos adviertan las maniobras: “La gente no
cree que alguien venda por debajo del costo; cree que el otro gana
más”, reflexiona el presidente de Norte, Alberto Guil.
La práctica no es nueva en el ámbito local. No
llegó, como pretenden algunos análisis ingenuos, de la
mano de Wal-Mart. En lo que sí se diferencia la cadena
norteamericana es en que reconoce abiertamente que apela a ese
recurso: “No importa lo que tengamos que hacer para ser los
únicos minoristas con precios bajos todos los días;
vender por debajo del costo forma parte de la batalla por ser
líder de precios en el mercado”, dijo Bob Martin, CEO de la
División Internacional de la compañía, cuando en
mayo pasado vino a Buenos Aires para asistir a la inauguración
del supercenter de Villa Pueyrredón.
En cambio, todos los ejecutivos de las demás cadenas que
fueron consultados para esta nota se manifestaron contra la venta a
pérdida. Aunque, también es cierto, casi todos
admitieron que “alguna vez, aun contrariando la política de la
compañía, en fin…”. El presidente de Carrefour
Argentina, Bernard Dunand, aclara: “Puede ser que en algún
momento haya un producto debajo del costo; no es permanente ni es
nuestra política; puede responder a una lucha de precios con
la competencia”. Coto también tiene una explicación:
“Nunca salimos primero a vender por debajo del costo; pero si vemos
que un producto está en esa situación una, dos, tres
semanas, consideramos que es su nuevo valor de mercado y lo ponemos a
ese nivel”. Guil cree que la venta a pérdida “no busca
competir, sino destruir a la competencia”, pero advierte que, “en un
mercado libre, el que es dueño de una mercadería puede
venderla al precio que más le guste”.
El director general de Tía, Francisco de Narváez,
coincidió públicamente con el último concepto de
Guil y agregó que “la competencia desleal no pasa por vender
por debajo del costo, sino por no pagar los impuestos y las cargas
sociales”.
La manifestación institucional más directa contra
la política de precios predatorios fue la denuncia del
presidente de la Cámara Argentina de Distribuidores y
Autoservicios Mayoristas (Cadam), Hugo Miguens, quien en diciembre de
1995 acusó a Wal-Mart y a Carrefour de estar vendiendo “una
gran cantidad de productos a precios entre 20% y 30% por debajo de
sus costos”. Cuando alguna empresa industrial, como sucede cada
tanto, publica en los diarios una solicitada aclarando cuál es
el precio al que vende sus productos, es cuestión de recorrer
las góndolas para saber qué cadena está
ofreciéndolos a pérdida.
Miguens quien durante la última gestión de
José Alfredo Martínez de Hoz se desempeñó
como director nacional de Lealtad Comercial sostiene que la venta a
pérdida “no contribuye a eliminar a los ineficientes, sino a
aquellos que tienen menor capacidad financiera”. Admite que la
legislación vigente “es poco efectiva: la Ley 22.262, de
Defensa de la Competencia, fue sancionada en 1980 y refleja la
realidad de los años ´70”. Pero aclara que “tampoco se ha
intentado usarla: no hay denuncias y el Estado no quiere actuar de
oficio”. En realidad, eso resultaría bastante complejo: no
sólo habría que demostrar que se vendió por
debajo del costo, sino, además, que se lo hizo para atacar a
la competencia, que es lo que pena esa ley. No es el caso de aquellos
productos que se ofrecen a pérdida, por ejemplo, debido a
cambios de estación, de moda o de tecnología.
“Vender por debajo del costo puede ser beneficioso hoy para el
cliente, pero el dumping es una herramienta en la búsqueda de
poder monopólico, y nadie busca poder monopólico para
seguir vendiendo después por debajo del costo”, señala
Eduardo Yvorra, prosecretario y coordinador de la Comisión de
Etica de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa
(Acde).
En las últimas Jornadas del Supermercadismo Argentino,
realizadas en septiembre pasado, el entonces presidente de la CAS,
Ovidio Bolo, reclamó ante el presidente Carlos Menem “la
creación de los instrumentos legales correspondientes a fin de
asegurar la libertad sin deslealtad”. Sin embargo, cuando la
discusión avanza sobre otros aspectos, tales como la
relación con el resto del comercio minorista o el impacto
ambiental de los supermercados, prefiere conservar el statu quo. En
una mesa redonda organizada a principios de este año por el
diario La Nación, expresó: “¿Sabe cuál es
mi temor ? Que se vuelva a la regulación. Si la Argentina
ha crecido extraordinariamente en estos seis años ha sido por
no meterse a regular”.
El sucesor de Bolo desde el 1° de enero pasado, Juan
Mirenna presidente de la cadena Su Supermercado, de fuerte presencia
en el oeste del Gran Buenos Aires advierte que el hábito de
vender a menos del costo “no está en retirada” y postula
contra ello la sanción de una legislación “breve, muy
concisa y muy ejecutiva”. Mirenna cita como ejemplo la ley que
entró en vigencia en España en enero de 1996, “que
significó una reformulación comercial completa y
terminó con la venta a pérdida”.
Fuentes del sector revelaron que en la CAS hay algunos
borradores con iniciativas para elaborar un código de
autorregulación. En esos trabajos participan representantes de
los supermercados y de las compañías proveedoras. “No
es la solución, pero establece un marco”, confía un
gerente de una firma industrial, quien coincide con Coto en elogiar
como modelo a la ley antimonopolio de Estados Unidos.
En los discursos y declaraciones oficiales nadie hace nombres.
Off the record, en cambio, casi todos acusan. Pero si bien la
mayoría señala a Carrefour, Wal-Mart y Coto como los
propulsores lo que no significa que el resto de las cadenas
esté a salvo de sospechas, tampoco en esto hay coincidencias
totales, como no las hay acerca de la situación competitiva
general del sector.
Tiempo atrás, el presidente de la Comisión
Nacional de Defensa de la Competencia, Jorge Bogo, consideró
que se había desatado entre los supermercados una guerra de
precios. “Por primera vez pasa eso en la Argentina y me parece bien;
no es para preocuparse; las guerras de precios no duran para siempre
y pueden generar beneficios para los consumidores, porque fuerzan la
baja de los márgenes de intermediación”, dijo. El
ejecutivo de la firma industrial líder citado anteriormente no
está de acuerdo: “Acá no hubo aún furibundas
guerras de precios; Carrefour todavía no puso toda la carne en
el asador; tal vez lo haga cuando llegue (la cadena francesa de hard
discounts) Día”, opina.
A prueba de sabuesos
Aunque al cierre de esta nota no había ninguna prueba al
respecto, son múltiples las sospechas varias de ellas,
públicas y notorias sobre irregularidades fiscales en que
habrían incurrido algunas cadenas, lo que también, de
ser cierto, les permitiría ofrecer precios más baratos.
Como se sabe, desde hace meses la Dirección General
Impositiva (DGI) investiga si Wal-Mart y Carrefour tuvieron
responsabilidad en la compra de equipos de audio traídos
ilegalmente al país por la firma Audio Import. Dunand explica:
“Un día hicieron un operativo mediático espectacular,
con decenas de inspectores en tres locales; al parecer, detectaron
estampillas que no eran correctas. No podemos hacer el trabajo de la
policía o el de la Aduana; esa operación no nos
llamó la atención porque el precio de compra fue
normal”. Wal-Mart dio en su momento argumentos parecidos.
Dos expertos en comercio internacional coincidieron en que
resulta curioso que las dos cadenas, que están inscriptas como
tradings práctica usual entre las transnacionales del
comercio minorista, porque les permite importar o exportar
rápidamente entre sus filiales cuando razones de precio lo
aconsejan, hayan recurrido a los servicios de una firma que no se
cuenta entre las más prestigiosas del mercado. “Si compro
mercadería de contrabando con los papeles en orden, estoy
dentro de la ley, pero algo anda mal; en ese caso, el problema no es
legal sino ético”, opina Yvorra.
Quizá debido a su vertiginoso crecimiento, desde hace
algunos años es común escuchar la sospecha de que Coto
gozaría de alguna franquicia extraoficial en materia fiscal.
“Acá estuvieron durante siete meses los inspectores de la DGI
y no encontraron ninguna irregularidad”, se defiende el presidente de
la compañía, quien opina: “No creo que se evada en el
nivel de las grandes cadenas”. Guil coincide: “Este es uno de los
pocos sectores de la comercialización en los que el Estado
puede controlar el cumplimiento impositivo, no sólo de los
supermercados, sino también de los proveedores. Si alguna
cadena no está debidamente controlada es porque no se quiere,
no porque no se pueda”.
Un funcionario del gobierno de la provincia de Buenos Aires ata
el vínculo entre los precios predatorios y el presunto
incumplimiento fiscal: según él, la práctica de
vender a pérdida les permitiría a los supermercados
disminuir sus débitos en la cuenta del Impuesto al Valor
Agregado (IVA). A tal punto que, asegura, una de las cadenas que
más facturan tendría saldo favorable.
II. ¿DAN BUEN SERVICIO A LOS CLIENTES?
También en este caso, las estadísticas que
reflejan el sostenido aumento del flujo de consumidores a los
supermercados permitirían inferir una respuesta positiva. Sin
embargo, hay algunos indicios contradictorios.
Uno de ellos es la coexistencia de perfiles comerciales
diferentes entre las cadenas, lo que lleva a concluir que hay
públicos diferentes. Están las que privilegian vender
barato, como Carrefour, Coto y Wal-Mart; otras que se distinguen por
la variedad de la oferta, como Jumbo y Norte, y también
aquellas que se especializan en el abastecimiento de productos
frescos, como Disco.
Otro punto a tener en cuenta es que se trata de una actividad en
permanente evolución y en la que, acaso más que en
ninguna otra, lo que es intrínsecamente un negocio de
comercialización de bienes lo es también, cada vez
más, de oferta de servicios.
Y la tercera cuestión es, precisamente, la diversidad de
opiniones al respecto, tanto entre los especialistas como entre el
público. Mientras Miguens sostiene que “el consumidor necesita
la mayor cantidad posible de opciones, desde un kiosco hasta un
hipermercado”, el director de Relaciones Institucionales de Disco y
presidente de la Asociación Latinoamericana de Supermercados
(Alas), Carlos Paciarotti, entiende que “en poco tiempo más,
todo se comprará en el supermercado”.
Una reciente encuesta, realizada por el estudio Retondaro,
Costaguta y Asociados a pedido de la Subsecretaría de Comercio
Interior, reveló que los principales aspectos que tienen en
cuenta los consumidores del área metropolitana para elegir el
comercio donde abastecerse son: precios convenientes (72,3%), calidad
de los productos (58,3%), limpieza y orden (57,6%) y calidad de la
atención (56,5%).
El estudio determinó que las principales ventajas que
ofrecen los supermercados son los precios (57,2%) y la variedad de la
oferta (53,6%), en tanto la desventaja más significativa es la
pérdida de tiempo (21,1%). En el caso de los pequeños
comercios, las mayores virtudes son la cercanía (66,8%) y la
calidad de los productos (18,7%); pero 30,7% de los encuestados
aseguró que dejó de concurrir a ellos por la mala
atención recibida.
Este último tema refleja otro contraste: así como
muchos consumidores valoran la libertad que el supermercado les
otorga para mirar y elegir la mercadería y, de paso, librarse
de los comerciantes huraños o insistentes, otros se sienten
incómodos ante la despersonalización que supone el
sistema de self-service y añoran la atención del
vendedor, que muchas veces es fuente de asesoramiento. Para moderar
ese efecto, que los psicólogos llamarían falta de
contención, Wal-Mart contrató a un grupo de personas
la mayoría jubilados que tienen la misión de saludar
a los clientes cuando entran y estar atentos para responder
consultas.
No es el único rasgo de calidez que se les reclama a los
supermercados. Después de escuchar los comentarios de una
periodista local, a la que se invitó a hablar en
representación de los consumidores, el último plenario
del Food Marketing International la organización que todos
los meses de mayo reúne en Chicago a los principales
ejecutivos de toda clase de empresas vinculadas con el negocio del
retail en el mundo entero llegó a la conclusión de que
los supermercados deberían concebirse con una “arquitectura
más humana”, según cuenta Mirenna.
De todos modos, sólo 10,4% de los entrevistados por
Retondaro, Costaguta y Asociados respondió que no
efectúa ningún tipo de compra en supermercados. Del
89,6% que sí lo hace, 28,4% afirmó que concurre por lo
menos a dos cadenas diferentes. La encuesta requirió
también una calificación de los comercios en una escala
de uno a diez puntos, aspecto en el que los supermercados aventajaron
a los almacenes con 8,22 de promedio contra 7,27.
“Los productos son, cada vez más, commodities; la
diferencia está en el valor agregado”, opina Miguens. Ese
valor agregado tiene diversas manifestaciones: variedad,
estacionamiento, plazos y formas de pago, cadetes, entrega a
domicilio. “El servicio tiene un costo que se traslada al precio
final; por eso Norte y Disco son más caros”, sostiene un
analista del sector.
Sin embargo, no todos están de acuerdo con la
teoría de la segmentación. “Lo que más le
interesa a la gente de cualquier poder adquisitivo es el precio;
¿por qué va a pagar más caro lo que puede comprar
más barato?”, razona Dunand. Coto acepta que “cada uno tiene
su propuesta”, pero reconoce que la estrategia de su
compañía “apunta a todo público, y por eso
competimos en calidad, precio, productos frescos y variedad. En la
Argentina todos queremos el público de todos”.
Pero, como la competencia obliga, hace ya algún tiempo
que Carrefour acepta pagos con tarjeta de crédito,
después de haberse resistido durante años. Y una vez
que Wal-Mart instaló una sucursal del Banco Río en su
supercenter de Avellaneda, el Galicia desembarcó
rápidamente en Jumbo y Carrefour, y hay varios interesados en
poner el pie en Coto. Con más imaginación, Norte le dio
una vuelta de tuerca al asunto y creó su propio centro de
servicios financieros, con el soporte logístico del Banco
Liniers Sudamericano, cuyo paquete mayoritario acaba de ser adquirido
por el Bankers Trust de Estados Unidos. Presente por ahora
sólo en algunas sucursales, cobra servicios e impuestos, tiene
cajeros automáticos de la red Link y hasta otorga
créditos personales y prendarios.
Todas las fuentes consultadas coinciden en que el desarrollo de
la actividad, así como la creciente competencia, generaron
algunos beneficios indudables para los clientes. Uno de ellos es el
buen estado de conservación de los productos en las
góndolas, gracias a los modernos sistemas de
distribución creados como respuesta a la necesidad de una
rápida rotación de la mercadería. Otro es el
mejoramiento de la calidad del packaging, producto de la naturaleza
misma del negocio.
También la atención en las cajas, reflejo de la
mayor preocupación de las cadenas por el servicio, y la
disminución de las colas, merced a la universalización
del sistema de códigos de barras. Aunque en este sentido
todavía falta recorrer mucho camino si se considera que en
Estados Unidos el promedio de permanencia de un cliente en un
supermercado es de 21 minutos. En la Argentina, todavía,
muchas veces se emplea ese tiempo, o más, solamente en el
trámite de la caja.
Pero no es sólo una cuestión de ineficiencia:
mientras en París hay un supermercado cada 17.000 habitantes,
en Chicago uno cada 23.000 y en Santiago uno cada 26.000, en la
Argentina habrá a fin de este año uno cada 60.000,
según los datos que brindó el consultor Gualberto
Arrúa en una reciente exposición en la
Asociación Argentina de Marketing. Arrúa
pronosticó que para diciembre próximo habrá en
el país 31 hipermercados y 150 supermercados, y que para
acercarse a promedios como los de las ciudades mencionadas
deberían agregarse unos 20 híper y 100 súper.
“Esto ratifica que no es un mercado saturado: estamos a la mitad del
camino de este desarrollo”, dijo.
Sólo que el futuro no será solamente más
de lo mismo. Habrá nuevos formatos comerciales, como el hard
discount, centros de “por lo menos 10.000 metros cuadrados con cero
servicio”, según los describe un especialista. Esa modalidad
está muy extendida en Europa, donde, en varios países,
llega a concentrar cerca de 25% de las compras de alimentos y otros
productos envasados que se pueden conseguir a precios muy bajos:
hasta 30% inferiores a los del mercado.
La compañía francesa Promodes, propietaria de las
cadenas Continente y Día, es la líder del segmento,
seguida de cerca por los grupos Pryca y Alcampo. “En Francia hay hard
discounts instalados a 300 o 400 metros de los supermercados, en
condiciones de competencia durísimas”, afirma Mirenna. Aunque
ya lleva algún retraso, puesto que se esperaba para fines del
año pasado, se sigue considerando inminente la llegada de
Día a la Argentina. Según fuentes del sector,
estaría gestionando la compra de la cadena cordobesa
Supermercados Americanos.
Lo que aún no se sabe es si el teleshopping será
un nuevo nicho o una nueva competencia. De hecho, la empresa Virtual
Market ya desarrolló en Buenos Aires un supermercado virtual
que permite ordenar la compra vía Internet. Fue
diseñado a fines del año pasado para dos locales de
alcance barrial, con una cobertura inicial de 140 manzanas a la
redonda. Se trata de La Gran Canasta, en Caballito, y Todo, en Barrio
Norte, aunque en este caso ya es pasado: la cadena neuquina que era
propietaria del local acaba de vendérselo a Disco.
Puesto a vislumbrar lo que puede deparar el futuro, un analista
del sector se entusiasma: “En algunos casos, hasta
desaparecerá el cajero”.
Tal vez no sea exagerado suponer que, en poco tiempo
más, los carritos cuenten con un scanner y un dispositivo para
las tarjetas de crédito o de débito automático.
Pero eso parece estar demasiado lejos de la Argentina, donde
todavía algunos supermercados no permiten que los consumidores
saquen una calculadora para ir controlando el monto de su compra,
porque temen que estén tomando información competitiva.
III. ¿SON LA RUINA DE LOS PEQUEÑOS
COMERCIANTES?
Todo indica que sí. Miguens tiene una explicación
casi filosófica: “Lo que estamos viviendo en la Argentina es
el choque entre la modernidad y la historia”. Con dos agravantes: el
proceso de modernización de los sistemas comerciales se
está cumpliendo mucho más aceleradamente que en otros
países, y el sector minorista tradicional estaba
sobredimensionado. “Hay una fuerte similitud diagnosticó
Arrúa durante su exposición en la Asociación
Argentina de Marketing entre el modelo español y el
argentino; la gran diferencia es que el crecimiento que en
España demoró 20 años, aquí
ocurrió en cinco.”
La consultora Diana Matassa, una de las principales analistas
locales del sector de canales de distribución, opina que “sin
duda, el crecimiento de los supermercados genera el cierre o el
aggiornamiento de los pequeños negocios”. Agrega que
“podrán convivir con los grandes aquellos que logren encontrar
un perfil que los diferencie, en tanto otros no podrán
competir y cerrarán”. De todos modos, advierte que
“está claro que inexorablemente serán menos en la
medida en que los formatos grandes crezcan”.
Miguens recuerda que, según los datos del Censo Nacional
de Población, en 1994 había 530.000 comecios
minoristas, lo que determinaba una tasa de menos de 63 potenciales
clientes por negocio, mientras en Estados Unidos esa relación
es de 1.400/1. “Hubo una explosión del cuentapropismo y el
consumidor no está dispuesto a soportarlo; muchos negocios
cierran porque no son eficientes, porque el país crece a una
tasa baja y porque hay cada vez más hipermercados”, sostiene.
Claro que, según Miguens, los súper no son los
únicos malos de la película: “La incorporación
de tecnología dice también es otro factor de cierre
de fuentes de trabajo. Así como las ART dejaron abogados sin
trabajo, Bimbo causó el cierre de panaderías. Eso no es
culpa de los hipermercados, que son producto de la evolución
natural de los tiempos”.
Osvaldo Cornide, presidente de la Coordinadora de Actividades
Mercantiles Empresarias (Came) una de las varias cámaras que
representan al comercio minorista, tiene una visión
más dramática. En noviembre pasado, al celebrar el
Día Nacional del Comercio, dijo ante el vicepresidente Carlos
Rucakuf que “se han perdido más de 300.000 puestos de trabajo,
50.000 empresas han debido cerrar por la competencia desleal y el
fisco perdió más de $ 3.000 millones en impuestos”.
Días después de ese discurso, la Came
acusó públicamente a la DGI, los bancos y las empresas
emisoras de tarjetas de crédito por discriminación
hacia los pequeños comercios. Según la entidad, la DGI
les cobra alícuotas de 5% adicional de IVA sobre las compras
de mercaderías y de 6% por cada venta con tarjetas de
crédito, que las grandes cadenas no tributan; las emisoras de
tarjetas les cobran comisiones de 8% a 10% contra 2% que les cobran a
los híper, y los bancos les aplican tasas de interés
mensual de 2% a 4,5%, frente a 0,75% que imponen a los grandes.
En su momento, Bolo dijo que “son cuestiones de
negociación entre los supermercados y las tarjetas de
crédito” y Mirenna fue más duro: “El supermercadismo no
tiene por qué reconocer si tiene ventajas. Cada sector debe
encontrar sus soluciones y no esperar que venga otro a solucionarle
los problemas”. El diagnóstico de Dunand no es meno duro: “El
comercio minorista dice busca culpables en los supermercados, pero
no va a arreglar su situación. Debe modernizarse y
transformarse para ser atractivo y competitivo”.
Regulación: ¿mucho, poquito o
nada?
Lo cierto es que semejante panorama inspiró un
puñado de proyectos de regulación. El más
conocido es el que impulsa el ministro de la Producción y el
Empleo de la provincia de Buenos Aires, Carlos Brown, quien pretende
concentrar en su cartera la autoridad para habilitar nuevas
instalaciones de todo establecimiento comercial de más de
1.500 metros cuadrados de superficie. Actualmente, esa facultad es
potestad de los municipios.
Pero es evidente que Brown no cree en la vocación de las
autoridades comunales para aplicar las disposiciones vigentes, ya
que, según afirma, “70% de los supermercados habilitados en el
Gran Buenos Aires han sido consecuencia de excepciones a las mismas
normas que los concejos deliberantes habían sancionado
anteriormente”, y agrega que “esas limitaciones fueron sorteadas por
la fuerza de la práctica y de los lobbies”.
Al cierre de esta edición, el proyecto de Brown iba a
ser girado a la Legislatura provincial para ser tratado en sesiones
extraordinarias. Mientras tanto, el 5 de febrero el gobernador
Eduardo Duhalde decidió prohibir por decreto cualquier
excepción a las normas de planeamiento urbano en todo el
territorio bonaerense. Por otra parte, desde fines del año
pasado tiene media sanción un proyecto del senador provincial
Alberto Balestrini (PJ), que postula suspender por 120 días la
radicación de hipermercados en toda la jurisdicción
bonaerense. Pero fuentes próximas a Duhalde anticiparon a
MERCADO que esa iniciativa no tiene futuro. Por su cuenta, varios
municipios entre ellos los de Berazategui, San Fernando, La Matanza,
General Pueyrredón, Escobar y Quilmes dictaron medidas
restrictivas o directamente prohibitivas para la instalación
de grandes centros comerciales.
“No estamos en contra de los sistemas modernos de
comercialización, pero hay que ser cuidadosos para evitar
efectos traumáticos y falta de igualdad de oportunidades”,
advierte Brown.
Casi idéntico es el argumento de Storani, autor de un
proyecto de ley que tiene muchos puntos de contacto con el de Brown
y que cuenta con el antecedente de un conjunto de proyectos de
resolución del concejal platense Héctor Navarro (UCR),
pero que debió aguardar el reciente comienzo del
período ordinario de sesiones para su presentación. “De
ningún modo hay que ahuyentar inversiones ni posibilidades de
crecimiento, pero hay que seguir la tendencia de los países
centrales, que han tenido que regular la actividad por su propia
experiencia”, explica el diputado nacional. “En la Argentina, el
sector ha crecido al compás de un capitalismo salvaje, sin
niveles mínimos de planificación y con trazos oscuros
en su desarrollo.”
Brown y Storani coinciden en señalar inequidades entre
las cadenas y los pequeños comercios minoristas, y en proponer
diferentes categorías tributarias según el
tamaño de las empresas. Coto no lo ve con buenos ojos: “Los
legisladores atienden demasiado a los pequeños comerciantes,
pero no a la evolución de los sistemas de
comercialización”, afirma. Tampoco cree en todas las
desventajas de los más chicos: “Es mentira dice que el
comerciante chico no tiene capacidad de negociación por
razones de volumen. En Europa, sobre todo en los países
anglosajones, funcionan con éxito cooperativas de compra que
consiguen precios excelentes. Acá mismo funcionó
durante muchos años la Cooperativa de Almaceneros (Codal),
hasta que la fundieron”.
También Dunand tiene argumentos para oponerse.
“Sólo dos países en el mundo asegura tienen
legislación reguladora de la actividad: Francia, que tiene 223
metros cuadrados de supermercados por habitante, y España, con
un índice de 115 metros; en la Argentina hay apenas 21 metros
cuadrados por habitante”. El presidente de Carrefour acepta que
“quizá la modernización del comercio se hizo demasiado
rápido; si las autoridades creen que es así, que
dispongan una impasse de, por ejemplo, un año, pero no una ley
que cree regulaciones; además, en los proyectos de ley que
están en danza no se le pidió su punto de vista al
consumidor”.
La directora de la Liga Acción del Consumidor (Adelco),
Ana María Luro Rivarola quien, como Miguens, integró
el último gabinete de Martínez de Hoz, en su caso al
frente de la Dirección de Prensa del Ministerio de
Economía, tampoco está de acuerdo con el proyecto de
Brown. “Lo que resulte más conveniente para el consumidor
escribió en La Nación del 9 de enero pasado
será lo que tendrá más éxito. Con ese
criterio, no sería aconsejable instalar cuatro farmacias en un
barrio, o cinco zapaterías. Este tipo de regulaciones tiende
hacia abajo y no a ampliar el comercio y las facilidades del
consumidor”.
Los defensores de las regulaciones citan el caso de
Japón, donde los hipermercados no pueden vender productos
frescos, bebidas alcohólicas ni medicamentos, en virtud de una
norma que protege a farmacias, pescaderías, verdulerías
y otros pequeños comercios minoristas.
“Aún hay lugar para el almacén, pero sólo
si se transforma”, advirtió meses atrás Garriga. Coto
coincide: “Si un almacenero, un carnicero o un pescadero dice hacen
su negocio de proximidad con toda la tecnología, van a tener
su mercado, como sucede en España, donde 85% de las compras se
hacen en supermercados y 15% en mercados especializados de sector”.
El coordinador internacional de Relaciones Públicas de
Wal-Mart, Gerardo Ruiz, sostiene que los pequeños comercios
“no deben intentar competir con los supermercados, sino ofrecer
servicios diferenciados”, puesto que “si un negocio tiene una
tradición de excelencia en el servicio y en los productos, va
a perdurar, no importa quién sea su competidor ni cuál
sea su tamaño”.
Miguens cree que el minorista que sobreviva “tendrá la gran
oportunidad de agregar valor por el lado del servicio” y subraya que
“a los maxikioscos, autoservicios y convenience stores de las
estaciones de servicio les va muy bien”.
IV. ¿EXPLOTAN A LOS PROVEEDORES?
La relación entre las cadenas de supermercados e
hipermercados y las empresas proveedoras de mercadería es uno
de los terrenos más espinosos de la actividad. Tanto lo es,
que muy pocos analistas imparciales y ningún directivo del
sector industrial aceptan hablar oficialmente sobre el tema. Para la
elaboración de este informe, MERCADO consultó a muy
altos ejecutivos algunos de ellos con importantes cargos en las
cámaras empresarias de sus respectivos sectores de cinco de
las diez principales compañías proveedoras de los
supermercados; todos ellos aceptaron hablar con la condición
de que se mantuviera reserva sobre sus identidades y las de las
empresas en que trabajan. Algo similar sucedió con dos
importantes analistas del sector.
El punto central de la discordia es el súbito cambio en
la relación de poder entre cadenas y proveedores, lo que
obligó a los últimos a adaptarse a las necesidades de
aquéllas en cuestiones tan críticas como existencias,
logística, márgenes de rentabilidad y procesos de
ajuste. El tema fue incluso motivo de análisis en la
reunión que el Foro Económico Mundial celebró en
junio del año pasado en Buenos Aires. En la ocasión,
top managers de las principales empresas industriales del mundo
coincidieron en la necesidad de diseñar estrategias adecuadas
para enfrentar el desafío. “La palabra explotación no
sería la correcta opina Matassa, pero es indudable que la
relación ha cambiado y que el peso, en la mesa de
negociaciones, se ha inclinado hacia las grandes cadenas.”
Off the record, sin embargo, los proveedores se quejan y
algunas voces imparciales los avalan no sólo de que las
cadenas venden productos por debajo del costo, sino que
periódicamente les envían notas de crédito, los
obligan a aportar mercadería gratis para la apertura de cada
nueva boca, les cobran el alquiler de cada centímetro de
góndola y les hacen financiar viajes, fiestas y exposiciones.
El ejecutivo principal de una gran multinacional de la
alimentación describe su visión del panorama: “Frente a
las compañías chicas, las grandes cadenas tienen una
posición dominante de mercado e imponen condiciones de
abastecimiento y precios arbitrarios. Con todas, grandes y chicas,
manipulan fechas de vencimiento y pagan cuando quieren, con lo que
construyen sus colchones financieros”.
Casi todos los entrevistados dan por cierta la versión
que asegura que Wal-Mart, apenas llegado a la Argentina,
amenazó a Gillette después se sabría que
repitió la operación con un grupo de multinacionales
norteamericanas líderes con que si no le bajaba los precios,
importaría la mercadería de otros países. La
leyenda agrega que cuando los jefes de las filiales argentinas
llamaban a sus casas matrices para informar, desde allí les
ordenaban con desesperación que aceptaran, porque de otro modo
ellas sufrirían la represalia, con volúmenes obviamente
mucho más grandes. Dos de los ejecutivos de la industria
coincidieron en que, con el tiempo, Wal-Mart fue suavizando su
agresividad inicial.
Titanes en el ring
El tema de las ofertas a pérdida generó decenas de
roces entre cadenas y proveedores. Hace años se publicó
que en 1993 varias empresas de primera línea entre ellas
Unilever, Molinos, Nestlé y Quilmes se enfrentaron seriamente
con Carrefour por esa razón. En uno de esos casos, la cadena
dejó las góndolas vacías y colocó
carteles en los que responsabilizaba del desabastecimiento al
productor. Solicitadas, cartas-documento y abogados mediante, el
conflicto se solucionó al cabo de tres semanas, con la promesa
formal del híper de no repetir la maniobra, lo que hasta ahora
se cumplió. Lo que duró bastante más de tres
semanas fueron las explicaciones que la compañía
afectada debió darles a los demás supermercados y a los
distribuidores mayoristas.
Una de las fuentes empresarias aseguró que una importante
multinacional del sector alimentario tuvo problemas con Coto, cuando
la cadena decidió ofrecer uno de sus productos líderes
a menos del costo. Según otro de los informantes, ni el propio
presidente de la Unión Industrial Argentina (UIA), Jorge
Blanco Villegas, se salvó de los precios predatorios: no hace
mucho, una cadena le compró a Philco 1.000 heladeras y las
vendió huelga decir que casi inmediatamente a 20% por debajo
del costo. Otro ejecutivo aseguró que durante el efecto
tequila todas las grandes cadenas difirieron pagos.
También es frecuente escuchar relatos de casos en los
que empresas que se negaron a venderle a una cadena detectaron luego
que su producto estaba en esas góndolas. Un ejemplo es el de
uno de los más grandes grupos bodegueros locales, que, pese a
que no quiso proveer a Carrefour de su línea de vinos
más finos, un buen día los descubrió en los
anaqueles de una sucursal del híper. Obviamente, el recurso
fue la triangulación a través de algún
distribuidor mayorista.
En una entrevista publicada hace un par de meses por la revista
especializada Autoservicios, Supermercados & Almaceneros, Castro
el presidente de Unilever de Argentina opinó que las guerras
de precios “son un mecanismo anormal dentro de la competencia”.
Agregó que “en muchos casos se deteriora el posicionamiento de
las marcas y la capacidad de innovación de la industria”. Con
respecto de los precios predatorios, opinó que son “medios no
éticos”.
Un colega de Castro ensaya una reflexión más
comprensiva. “Las cadenas dice tienen una expectativa natural de
generar recursos y utilidades para volcarlas a la expansión.
Es parte de las reglas de juego. El sentido de las notas de
crédito que envían unilateralmente es garantizar sus
expectativas de margen. Pero es difícil seguirles el tren:
para la apertura de una nueva boca están pidiendo 2% de la
facturación total del proveedor en toda la cadena.” Guil
critica la práctica de remitir notas de crédito a los
proveedores: “Es incorrecto de parte de quien las envía, pero
más aún de parte de quien las acepta, porque contribuye
a distorsionar la competencia”.
Cuando se le pide su opinión sobre el tema, Dunand es
categórico: “No recibo estas quejas que usted dice responde;
no obligamos a nadie a trabajar con nosotros. Carrefour es muy duro
para negociar, muy exigente con las condiciones, pero cumple con lo
pactado. Tenemos dos objetivos, que son obtener beneficios para
trasladar al consumidor y aprovechar las ventajas de la
distribución moderna. Pero, a largo plazo, nuestras exigencias
benefician al proveedor”.
Coto, por su parte, argumenta que “en la relación entre las
cadenas y la industria debe haber ética. Yo no puedo tomar una
marca que tiene 50 años y romperla poniéndola por
debajo del costo. Nosotros tenemos éxito en la
negociación y jamás la traicionamos. Se discute muy
fuerte pero después se cumple. Alguna vez dejamos de comprar
alguna marca líder. No acostumbramos a enviar notas de
crédito a nuestros proveedores, salvo casos de defectos en el
packaging o en el palletizado”.
“En el comercio se sincera Coto, nadie es lento. Lo de la
mercadería gratis para las inauguraciones de nuevas bocas es
cierto. Es parte de la negociación. Si a la empresa no le
conviniera, ¿por qué me lo da? Y acerca de las
triangulaciones, tampoco seamos ingenuos: para venderle a una cadena,
un distribuidor mayorista necesita un volumen que no maneja
habitualmente; si el productor lo abastece, ya sabe cuál es el
destino de esa mercadería, aunque después finja
inocencia”.
¿Quién tiene el poder?
Paciarotti coincide con Guil y con algunos proveedores en que es
común que las cadenas y las fábricas acuerden ofertas,
pero nunca por debajo del costo. “Hoy, los supermercados concentran
65% de las ventas totales. Eso nos da margen para negociar cosas que
hace cinco o diez años no podíamos. En esa
época, otros canales, como los distribuidores mayoristas,
tenían más poder. Pero ahora el poder no lo tenemos
nosotros, lo tiene el consumidor que nos vota todos los días.”
Mirenna es terminante: “No hay imposición de precios, hay
negociación. Les va mejor a las empresas que se dieron cuenta
de que cambió el poder. Porque, ¿cuántas
industrias facturan hoy más de $ 1.000 millones al año,
como la mayoría de las grandes cadenas?”.
Y allí no terminan los problemas. Un veterano analista,
que se jacta de ser una de las personas mejor informadas sobre el
sector, agrega datos a la lista: “Además de los
márgenes que se les reducen, de los precios predatorios y de
lo que les piden para la inauguración de cada boca, los
proveedores tienen que aportar todos los años a las jornadas
provinciales del supermercadismo, en junio, y a las nacionales, en
septiembre. Tener presencia allí, con un stand y todo lo
necesario, no cuesta menos de $ 50.000. Cada dos años
está la fiesta de la CAS. En la última, La
Serenísima puso $ 100.000 para traer a (el cantante venezolano
José Luis) El Puma Rodríguez. Y están los viajes
al FMI (Food Marketing International), en Chicago, todos los
años”.
Sin embargo, no todo es confrontación. Guil y Paciarotti
destacan que, gracias a la estabilidad de la economía, sus
respectivas cadenas acuerdan pautas anuales de trabajo con sus
proveedores. “Antes recuerda el presidente de Norte había
que hablar todos los días y cada negociación era una
orden de compra distinta.” El director de Disco se enorgullece de que
esa cadena sea la única que todos los años celebra una
convención anual con sus proveedores. “Nos encerramos con
representantes de las 1.200 empresas que nos abastecen para discutir
y analizar errores, planes y proyectos.”
El director ejecutivo de la consultora Claves Información
Competitiva, Nelson Pérez Alonso, coincide con Matassa en
destacar que últimamente han nacido alianzas entre cadenas y
fábricas que superan la negociación por el precio y
alcanzan a criterios de desarrollo conjunto, por ejemplo en lo
relativo a distribución física y desarrollo de marcas
de distribuidores.
Según Pérez Alonso, los productos exclusivos “son de
importancia para el supermercadista porque le permiten mejorar su
imagen, brindar un mejor servicio y obtener mayores márgenes
de rentabilidad”.
Sin embargo, el fenómeno de las marcas propias (lo que
no quiere decir que el nombre sea el mismo de la cadena, como es el
caso de Disco y Bell´s, ni que la elaboración de los productos
esté siempre a cargo de la propia cadena) no ha tenido el
desarrollo que se preveía hace un par de años. Tampoco
hay un modelo para proyectar: según Matassa, en el Reino Unido
las marcas propias representan 40% de las ventas de los súper;
en Francia y Estados Unidos, menos de 20%, y en España e
Italia no llegan a 10%.
¿Los proveedores tienen alternativas para protegerse? Un
analista cita el caso de Chile, donde en octubre del año
pasado se formó la Cámara del Proveedor. “Acá
están nucleados en la UIA y en la Copal, pero tienen miedo”,
sostiene otra fuente. “Supongamos que le vendo 25% de mi
producción a una gran cadena reflexiona un ejecutivo; si
dejo de venderle, tengo dos problemas: no sólo pierdo mi
principal vidriera, sino, ¿quién me va a comprar el
volumen que dejé de vender?”
Quienes tienen más razones para preocuparse son los
productores que no cuentan con marcas líderes. “Saben que si
la tendencia no para, van a convertirse en façonniere de las
cadenas”, sostiene Miguens. “Las marcas son la gran defensa del
productor frente al consumidor y a las cadenas sostiene un
analista; hay una docena de marcas que los súper no pueden
dejar de tener porque están muy arraigadas en la mente del
consumidor. En algún momento llegó a haber en el
mercado 80 marcas distintas de cerveza; hoy hay menos de la tercera
parte. Los grandes perdedores de este negocio serán los que
tienen marcas débiles.” En parte, Guil coincide: “Un producto
lo hace cualquiera; lo que vale es la marca”.
V. ¿GENERAN TRABAJO REALMENTE?
Si se considera que se trata de una actividad en expansión,
es obvio que sí. Si se toma en cuenta que la aparición
de nuevas bocas genera el cierre de numerosos pequeños
comercios, también es obvio que destruye fuentes de trabajo.
Lo que es difícil de determinar, porque nadie lo mide
aún ni siquiera el Ministerio de Trabajo, en cuya oficina de
prensa admiten que no hay ningún informe ni relevamiento que
involucre al sector, es si el saldo resulta positivo o negativo. Y
lo que también está en discusión es la calidad
del empleo que producen las cadenas.
“Es fácil determinar cuántos empleos generan en
forma directa y se pueden estimar los indirectos en la etapa de
construcción, pero es difícil calcular cuántos
se destruyen”, opina Matassa, quien sostiene que “lo que está
en juego es la modernización del comercio, que tiene costos
que para algunos pueden ser altos”.
Seguramente, para este análisis no es un dato menor
recordar la diferencia que marcó Arrúa con respecto al
ritmo de desarrollo de la actividad : lo que en España
demandó 20 años, en la Argentina se hizo en cinco. “Si
la economía creciera sostenidamente a un índice anual
de 6% o 7%, la destrucción de empleo que generan las cadenas
no molestaría; pero si la tasa de crecimiento es de 3%, como
ahora, sí se siente”, opina Miguens.
El problema se amplifica exponencialmente: antes, los
supermercados podían afectar básicamente a los
almacenes y a las perfumerías. Ahora compiten con casi todos
los rubros del comercio. “Arredo fue destrozado por Carrefour, y eso
va a pasar en todos los sectores; ahora, que se preparen las
librerías”, advierte un analista. La mención del caso
de Arredo no es arbitraria: los comercios que tienen locales en
shoppings en los que hay instalados hipermercados no están
precisamente felices. Según fuentes de uno de los principales
centros comerciales porteños, el día en que el
hipermercado está cerrado, sus locales facturan el doble que
lo habitual. Por esa razón, agregó la fuente,
difícilmente prospere el hábito de instalar un
híper como tienda ancla de un shopping.
La consultora internacional Dun & Bradstreet calculó
que los supermercados concentran 65% de las ventas de productos
alimenticios pero sólo ocupan a 10% de los empleados del
comercio. Un analista del sector opina que “es indudable que,
técnicamente, los súper y los híper son fuentes
de empleo, pero también es cierto que, básicamente, son
demandantes de mano de obra no calificada”.
“Es cierto que las cadenas traen capitales, pero los traen en
activos fijos y en instalaciones que sólo son galpones con
aire acondicionado; en materia de empleo, el personal tiene una
enorme movilidad; allí sí que hay
flexibilización”, opina Brown, quien sostiene que en la
localidad bonaerense de San Martín, la instalación de
dos híper en los últimos años generó
1.500 empleos pero destruyó 8.000, y que en La Plata la
habilitación de un Carrefour provocó un saldo negativo
de 3.300 a 3.500 fuentes. El ministro asegura que “gran parte” de las
11.000 personas que el mes pasado respondieron al llamado de Wal-Mart
para cubrir 800 vacantes en la capital provincial “dijeron que son ex
propietarios de comercios minoristas quebrados”.
También Storani mencionó “la precarización
de las condiciones laborales” como una de las cuestiones que
inspiraron su proyecto de ley para regular la actividad de los
supermercados. Según el diputado nacional, “hay centenares de
denuncias” de casos que probarían que al menos una cadena
adoptó como práctica habitual la contratación de
empleados sólo por el período legal de prueba, para
luego repetir la maniobra evitando que adquirieran estabilidad.
Preocupado por la destrucción de empleo que,
indirectamente, genera la expansión de los supermercados, en
un contexto de creciente desocupación general, el gobierno
nacional elaboró el Programa Belgrano de Modernización
del Comercio Minorista. Concebida a mediados del año pasado
por la Secretaría de Comercio e Inversiones que encabezaba
Marcelo Regúnaga, en tiempos de Domingo Cavallo, la iniciativa
fue expresamente ratificada por el secretario de Industria, Comercio
y Minería de la gestión de Roque Fernández,
Alieto Guadagni.
El plan, cuyos aspectos instrumentales están a cargo del
subsecretario Garriga, se propone brindar asistencia técnica,
informática e impositiva, así como una red informativa,
a un sector que aún emplea a más de 1.500.000 personas.
Los analistas consultados señalaron que no se vislumbran
todavía resultados importantes. En el marco del programa se ha
editado un volumen que ilustra sobre las alianzas estratégicas
y una nutrida guía de casos nacionales y regionales. Todos
reconocen la formidable recopilación de información
estadística realizada por los responsables del plan, lo que
constituye un marco de referencia casi sin precedentes para el
análisis del sector.
VI. ¿ESTROPEAN LA CALIDAD DE VIDA DE LAS
CIUDADES?
Tampoco en este caso se encuentra una respuesta terminante. Sobre
todo, porque no hay un concepto uniforme de calidad de vida. En este
sentido, los criterios de los urbanistas suelen ser bastante
diferentes de los de las entidades que representan a los
consumidores.
Juan Manuel Borthagaray quien fue decano de la Facultad de
Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de Buenos
Aires entre 1986 y 1994 sostuvo en una reciente entrevista: “El
desarrollo urbano va de la mano de la realidad social y
económica. El actual statu quo ni siquiera logra defender la
lógica de mercado del sistema capitalista. Producimos cosas
mejores y más baratas, pero para eso necesitamos tan poca
gente y a menudo con salarios tan bajos que, finalmente, nadie tiene
dinero en el bolsillo para activar el mercado. Si este proceso
continúa, la ciudad va a seguir deteriorándose: por una
parte habrá más espacios privados y bien cuidados; por
otra, zonas de supervivencia con una falta de servicios y un nivel de
inseguridad mayúsculos”.
Borthagaray agregó: “No está mal sentirse bien. Es
lógico que entre ir de compras a una galería en la que
en pleno verano los negocios tiran el aire caliente al pasillo
común o pasear en una calle donde le pueden dar un
manotón y robarle, la gente elija un centro comercial con
temperatura agradable, calles internas en perfecto estado, seguridad.
Pero el tema es la política pública que habría
que realizar para que ésa no sea la única
opción; si no, vamos a ser prisioneros de los lugares
cerrados”.
Una posición similar defiende el subsecretario de
Planeamiento Urbano de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires,
Carlos Lebrero, quien opina que “el principal impacto ambiental de
los hipermercados, que son espacios privados y controlados para las
compras, es el vacío comercial en las calles”, y advierte que
“la pérdida de actividad urbana, tanto en los barrios como en
los centros, es peligrosa porque puede provocar una
disminución de la seguridad y de la calidad ambiental”.

