Según Robert Reich, secretario de Trabajo del gobierno de Bill
Clinton, el sector privado debe asumir un papel más importante
para ayudar a los estadounidenses a dejar la vieja economía y
entrar en la nueva. Reich es un incansable propagandista de una
nueva interpretación del capitalismo, y de una concepción de
responsabilidad del sector privado que se va abriendo camino. Al
igual que Lester Thurow -ambos cosechan las mismas críticas de
los economistas convencionales-, propicia una renegociación del
pacto social que aliente un crecimiento sostenido, sin sectores
excluidos y con mayor equidad. Lo que sigue es la condensación
de sus argumentos aparecidos en forma de artículo periodístico,
un recurso al que recurre con insistencia.
Desde finales de los años `70, las disparidades en los salarios
se incrementaron y los salarios reales se redujeron. A pesar de
que el gobierno de Clinton devolvió el crecimiento a los puestos
de trabajo, disminuyó el déficit y los salarios promedio
dejaron de estar en el olvido, continúa el desafío a largo
plazo de restaurar el crecimiento salarial. La responsabilidad
por esta situación se origina en dos grandes cambios en la
organización de la economía. La primera, la enorme presión a
la que las nuevas tecnologías y la inversión y el comercio
globales sometieron al viejo sistema de producción en masa que
solía proveer buenos trabajos a la clase media. Esto produjo una
ruptura en el mundo económico que dejó a decenas de millones de
estadounidenses atrapados en la fracción equivocada
.Contrariamente a lo que postulan algunos neorreaccionarios, el
resultado no es una menor cantidad de puestos de trabajo. Hay
muchos trabajos nuevos, pero los buenos se encuentran en la otra
fracción. Requieren habilidades técnicas o de resolución de
problemas y la capacidad de adquirir constantemente nuevas
habilidades. Los maquinistas están siendo reemplazados por
operadores de máquinas herramientas controladas por
computadoras; los mecánicos, por técnicos que saben
diagnosticar y reparar los dispositivos electrónicos que
controlan a los autos modernos; los oficinistas, por técnicos
capacitados en el uso de computadoras.
En todas las economías avanzadas, la demanda está cambiando con
rapidez a favor de personas con tales capacidades y en contra de
quienes no las tienen. Los ingresos de los primeros están en
alza; los ingresos de los segundos están en baja (o, como en la
mayor parte de Europa occidental, no tienen trabajo).Quienes
permanecen atrapados en la vieja economía no saben qué
capacidades se necesitan, no pueden afrontar los gastos para
adquirirlas, se sienten demasiado viejos para aprender o no les
resulta fácil desarraigarse e ir adonde están los buenos
trabajos nuevos. Como consecuencia, los estadounidenses que
pierden su trabajo y encuentran otro nuevo nunca vuelven al nivel
de ingreso anterior. El segundo gran cambio es la desaparición
del pacto social implícito que unía a las empresas con sus
trabajadores. Hace treinta años, una compañía con alta
rentabilidad ofrecía a sus empleados un trabajo seguro con
salarios y beneficios en aumento, y su comunidad contaba con una
base impositiva estable. Si la economía empeoraba, los empleados
podían quedar cesantes durante un tiempo. Pero con la
reactivación, el trabajo retornaba. El propio término
"cesantía" sugería una separación temporaria. Los
sindicatos tuvieron un papel importante en la defensa de los
derechos de este contrato, pero principalmente lo impusieron las
expectativas públicas, una norma implícita pero ampliamente
aceptada por la cual, cuando una compañía actuaba bien, sus
empleados y su comunidad también lo hacían. No se hubiera
esperado que una compañía no compartiera los beneficios de su
éxito. Esos tiempos terminaron, dada la intensificación de la
competencia por inversiones. La desregulación forzó a las
líneas aéreas, compañías telefónicas, empresas de servicios
públicos, redes de distribución y mercados financieros a
preocuparse por los resultados. La tecnología de la información
redujo el tiempo de las transacciones entre proveedores y
clientes. El fácil acceso a los mercados de capital permitió a
las pequeñas empresas apoderarse de la cuota de mercado de las
grandes.
Capitalismo electrónico
Si se suma la facilidad con que ahora vastas sumas de capital
pueden ser transferidas con sólo presionar una tecla de una
computadora personal, el resultado es el capitalismo
electrónico: un sistema mundial para reasignar de inmediato
activos financieros donde obtengan la renta más alta.
Desapareció para siempre el sistema de inversión que una vez
permitió a los directivos poner en equilibrio los intereses de
los accionistas con los de empleados y comunidades. Hoy, los
ejecutivos que no abandonan a sus empleados y comunidades cuando
las consecuencias lo requieren se arriesgan a tener problemas,
mientras que los que sí lo hacen pueden embolsar dividendos y
opciones de compra de acciones multimillonarias. Incluso el
término "cesantía" ya no significa lo mismo que
antes. La mayoría de las cesantías ahora son permanentes. Se
necesita otra palabra para describir el fenómeno, quizá
"despidos". Esta modificación en el contrato social
implícito dificulta la relación con el ambiente empresarial
más competitivo. El único interés de la empresa moderna en
maximizar la renta hace menos factible mitigar la transición de
la fuerza laboral a la nueva economía. En conjunto, las naciones
están en mejor situación cuando los empleadores enseñan a los
trabajadores habilidades básicas o industriales superiores a las
que necesitan para realizar un trabajo eficaz en su puesto
actual. Las economías nacionales en conjunto son más flexibles
y productivas cuando los empleadores capacitan y colocan en
nuevos puestos a los trabajadores que dejaron de ser necesarios.
No obstante, debido a que los accionistas no cosechan todos los
beneficios de tales inversiones, incluso los dirigentes más
iluminados son reacios a hacerlo hasta el punto que la sociedad
lo requiere. Lo que puede ser racional para cada empresa
individual es irracional para la sociedad. Casi tres cuartas
partes de la producción nacional está a cargo de personas;
sólo un cuarto lo realizan las máquinas. La calidad de la mano
de obra de una nación es el motor del crecimiento económico; el
capital físico es sólo el vagón de cola. Si una porción
significativa de la fuerza de trabajo carece de las habilidades
para triunfar en la nueva economía, se pone en peligro el
estándar de vida de todos. El aumento de las desigualdades e
inseguridades también contribuye a la delincuencia y las
amenazas a la salud pública. ¿Puede el gobierno resolver el
problema? Sólo en parte. Si bien el gobierno puede ayudar a la
gente a adquirir habilidades de trabajo y ofrecerle apoyo cuando
está desempleada, la acumulación masiva de deuda pública
durante los últimos 15 años impone austeridad. Como dijo el
presidente Clinton en su discurso anual al Congreso, "ya
terminó la era de un gobierno grande".Pero el gobierno
puede utilizar de manera más eficaz los recursos. Por ejemplo,
se tomaron medidas para convertir al sistema de seguro de
desempleo -diseñado para proveer apoyo económico durante
suspensiones temporarias- en un sistema de reempleo diseñado
para ubicar de inmediato a las personas en nuevos puestos de
trabajo. El Presidente quiere efectivizar los programas federales
de capacitación laboral en vales que los trabajadores
desempleados o con bajos salarios puedan usar en colegios
comunitarios o escuelas técnicas para capacitarse. Asimismo,
propuso deducciones tributarias significativas para compensar los
gastos familiares por educación universitaria y capacitación
laboral. Pero de ninguna manera puede el sector público hacer
solo el trabajo. El sector privado debe tomar una mayor
responsabilidad para ayudar a los ciudadanos a saltar la brecha
de la vieja economía a la nueva. Las empresas necesitarán
incentivos para realizar cosas que no necesariamente mejorarán
la renta sino que beneficiarán a la sociedad en su conjunto. Una
posibilidad (lejos de ser una propuesta legislativa formal)
sería reducir o eliminar los impuestos sobre las utilidades a
las compañías que cumplan con ciertos requisitos mínimos, por
ejemplo: que aumenten el nivel general de capacitación de los
empleados, compartan con ellos una porción mayor de las
ganancias y, en casos de suspensión, los reentrenen y ubiquen en
nuevos puestos.
Se trata de una medida modesta. Existen instituciones benéficas
exentas de impuestos a las ganancias; sociedades y patrimonios
también reciben un tratamiento impositivo favorable. Estas
diferencias reflejan opiniones sobre las responsabilidades y
beneficios sociales que surgen de estas formas diferentes de
organización. Esta misma lógica puede aplicarse a la actividad
empresarial: existen ventajas sociales al mejorar la calidad y
flexibilidad de la fuerza de trabajo, y no hacerlo involucra
costos sociales. Quizá ciertas empresas estén en buena
posición para maximizar las ventajas y minimizar los costos, en
mejor posición que otras y, con seguridad, en mejor posición
que el gobierno. La sociedad debería alentarlas y recompensarlas
en consecuencia. Quienes adoran el altar del libre mercado no
deberían temer a la blasfemia. No se exigiría a las compañías
conservar a trabajadores que no contribuyeran con los resultados,
ni permanecer en comunidades si hay lugares más eficaces en los
que producir. Sería un simple quid pro quo (una cosa por otra):
reducir -o no- el impuesto sobre las utilidades por aceptar más
responsabilidades sobre los costos sociales y beneficios del
cambio económico. ¿Dónde recuperar los ingresos perdidos? Una
fuente posible sería terminar con los numerosos subsidios
especiales y exenciones impositivas a determinadas compañías
que no ofrecen beneficios públicos evidentes. Esto suma más de
US$ 100.000 millones al año en Estados Unidos según
estimaciones de especialistas de todo el espectro político.
Otros tendrán ideas diferentes sobre cómo las empresas pueden
responder mejor a las crecientes desigualdades e inseguridades
experimentadas por los trabajadores atrapados en la vieja
economía. Sin embargo, la decisión con respecto al papel
adecuado de la empresa en este momento particular de la historia
no es menos importante que el debate acerca del papel del
gobierno .Si demasiadas personas se sienten excluidas de los
logros de una economía próspera y deben asumir una carga
desproporcionada de riesgos y costos, finalmente apoyarán
políticas que sacrifiquen el crecimiento en pos de la seguridad
económica, tales como la protección del comercio, controles de
capital y normas de empleo inflexibles.
