miércoles, 22 de abril de 2026

    La responsabilidad del sector privado

    Según Robert Reich, secretario de Trabajo del gobierno de Bill
    Clinton, el sector privado debe asumir un papel más importante
    para ayudar a los estadounidenses a dejar la vieja economía y
    entrar en la nueva. Reich es un incansable propagandista de una
    nueva interpretación del capitalismo, y de una concepción de
    responsabilidad del sector privado que se va abriendo camino. Al
    igual que Lester Thurow -ambos cosechan las mismas críticas de
    los economistas convencionales-, propicia una renegociación del
    pacto social que aliente un crecimiento sostenido, sin sectores
    excluidos y con mayor equidad. Lo que sigue es la condensación
    de sus argumentos aparecidos en forma de artículo periodístico,
    un recurso al que recurre con insistencia.
    Desde finales de los años `70, las disparidades en los salarios
    se incrementaron y los salarios reales se redujeron. A pesar de
    que el gobierno de Clinton devolvió el crecimiento a los puestos
    de trabajo, disminuyó el déficit y los salarios promedio
    dejaron de estar en el olvido, continúa el desafío a largo
    plazo de restaurar el crecimiento salarial. La responsabilidad
    por esta situación se origina en dos grandes cambios en la
    organización de la economía. La primera, la enorme presión a
    la que las nuevas tecnologías y la inversión y el comercio
    globales sometieron al viejo sistema de producción en masa que
    solía proveer buenos trabajos a la clase media. Esto produjo una
    ruptura en el mundo económico que dejó a decenas de millones de
    estadounidenses atrapados en la fracción equivocada
    .Contrariamente a lo que postulan algunos neorreaccionarios, el
    resultado no es una menor cantidad de puestos de trabajo. Hay
    muchos trabajos nuevos, pero los buenos se encuentran en la otra
    fracción. Requieren habilidades técnicas o de resolución de
    problemas y la capacidad de adquirir constantemente nuevas
    habilidades. Los maquinistas están siendo reemplazados por
    operadores de máquinas herramientas controladas por
    computadoras; los mecánicos, por técnicos que saben
    diagnosticar y reparar los dispositivos electrónicos que
    controlan a los autos modernos; los oficinistas, por técnicos
    capacitados en el uso de computadoras.
    En todas las economías avanzadas, la demanda está cambiando con
    rapidez a favor de personas con tales capacidades y en contra de
    quienes no las tienen. Los ingresos de los primeros están en
    alza; los ingresos de los segundos están en baja (o, como en la
    mayor parte de Europa occidental, no tienen trabajo).Quienes
    permanecen atrapados en la vieja economía no saben qué
    capacidades se necesitan, no pueden afrontar los gastos para
    adquirirlas, se sienten demasiado viejos para aprender o no les
    resulta fácil desarraigarse e ir adonde están los buenos
    trabajos nuevos. Como consecuencia, los estadounidenses que
    pierden su trabajo y encuentran otro nuevo nunca vuelven al nivel
    de ingreso anterior. El segundo gran cambio es la desaparición
    del pacto social implícito que unía a las empresas con sus
    trabajadores. Hace treinta años, una compañía con alta
    rentabilidad ofrecía a sus empleados un trabajo seguro con
    salarios y beneficios en aumento, y su comunidad contaba con una
    base impositiva estable. Si la economía empeoraba, los empleados
    podían quedar cesantes durante un tiempo. Pero con la
    reactivación, el trabajo retornaba. El propio término
    "cesantía" sugería una separación temporaria. Los
    sindicatos tuvieron un papel importante en la defensa de los
    derechos de este contrato, pero principalmente lo impusieron las
    expectativas públicas, una norma implícita pero ampliamente
    aceptada por la cual, cuando una compañía actuaba bien, sus
    empleados y su comunidad también lo hacían. No se hubiera
    esperado que una compañía no compartiera los beneficios de su
    éxito. Esos tiempos terminaron, dada la intensificación de la
    competencia por inversiones. La desregulación forzó a las
    líneas aéreas, compañías telefónicas, empresas de servicios
    públicos, redes de distribución y mercados financieros a
    preocuparse por los resultados. La tecnología de la información
    redujo el tiempo de las transacciones entre proveedores y
    clientes. El fácil acceso a los mercados de capital permitió a
    las pequeñas empresas apoderarse de la cuota de mercado de las
    grandes.

    Capitalismo electrónico

    Si se suma la facilidad con que ahora vastas sumas de capital
    pueden ser transferidas con sólo presionar una tecla de una
    computadora personal, el resultado es el capitalismo
    electrónico: un sistema mundial para reasignar de inmediato
    activos financieros donde obtengan la renta más alta.
    Desapareció para siempre el sistema de inversión que una vez
    permitió a los directivos poner en equilibrio los intereses de
    los accionistas con los de empleados y comunidades. Hoy, los
    ejecutivos que no abandonan a sus empleados y comunidades cuando
    las consecuencias lo requieren se arriesgan a tener problemas,
    mientras que los que sí lo hacen pueden embolsar dividendos y
    opciones de compra de acciones multimillonarias. Incluso el
    término "cesantía" ya no significa lo mismo que
    antes. La mayoría de las cesantías ahora son permanentes. Se
    necesita otra palabra para describir el fenómeno, quizá
    "despidos". Esta modificación en el contrato social
    implícito dificulta la relación con el ambiente empresarial
    más competitivo. El único interés de la empresa moderna en
    maximizar la renta hace menos factible mitigar la transición de
    la fuerza laboral a la nueva economía. En conjunto, las naciones
    están en mejor situación cuando los empleadores enseñan a los
    trabajadores habilidades básicas o industriales superiores a las
    que necesitan para realizar un trabajo eficaz en su puesto
    actual. Las economías nacionales en conjunto son más flexibles
    y productivas cuando los empleadores capacitan y colocan en
    nuevos puestos a los trabajadores que dejaron de ser necesarios.
    No obstante, debido a que los accionistas no cosechan todos los
    beneficios de tales inversiones, incluso los dirigentes más
    iluminados son reacios a hacerlo hasta el punto que la sociedad
    lo requiere. Lo que puede ser racional para cada empresa
    individual es irracional para la sociedad. Casi tres cuartas
    partes de la producción nacional está a cargo de personas;
    sólo un cuarto lo realizan las máquinas. La calidad de la mano
    de obra de una nación es el motor del crecimiento económico; el
    capital físico es sólo el vagón de cola. Si una porción
    significativa de la fuerza de trabajo carece de las habilidades
    para triunfar en la nueva economía, se pone en peligro el
    estándar de vida de todos. El aumento de las desigualdades e
    inseguridades también contribuye a la delincuencia y las
    amenazas a la salud pública. ¿Puede el gobierno resolver el
    problema? Sólo en parte. Si bien el gobierno puede ayudar a la
    gente a adquirir habilidades de trabajo y ofrecerle apoyo cuando
    está desempleada, la acumulación masiva de deuda pública
    durante los últimos 15 años impone austeridad. Como dijo el
    presidente Clinton en su discurso anual al Congreso, "ya
    terminó la era de un gobierno grande".Pero el gobierno
    puede utilizar de manera más eficaz los recursos. Por ejemplo,
    se tomaron medidas para convertir al sistema de seguro de
    desempleo -diseñado para proveer apoyo económico durante
    suspensiones temporarias- en un sistema de reempleo diseñado
    para ubicar de inmediato a las personas en nuevos puestos de
    trabajo. El Presidente quiere efectivizar los programas federales
    de capacitación laboral en vales que los trabajadores
    desempleados o con bajos salarios puedan usar en colegios
    comunitarios o escuelas técnicas para capacitarse. Asimismo,
    propuso deducciones tributarias significativas para compensar los
    gastos familiares por educación universitaria y capacitación
    laboral. Pero de ninguna manera puede el sector público hacer
    solo el trabajo. El sector privado debe tomar una mayor
    responsabilidad para ayudar a los ciudadanos a saltar la brecha
    de la vieja economía a la nueva. Las empresas necesitarán
    incentivos para realizar cosas que no necesariamente mejorarán
    la renta sino que beneficiarán a la sociedad en su conjunto. Una
    posibilidad (lejos de ser una propuesta legislativa formal)
    sería reducir o eliminar los impuestos sobre las utilidades a
    las compañías que cumplan con ciertos requisitos mínimos, por
    ejemplo: que aumenten el nivel general de capacitación de los
    empleados, compartan con ellos una porción mayor de las
    ganancias y, en casos de suspensión, los reentrenen y ubiquen en
    nuevos puestos.
    Se trata de una medida modesta. Existen instituciones benéficas
    exentas de impuestos a las ganancias; sociedades y patrimonios
    también reciben un tratamiento impositivo favorable. Estas
    diferencias reflejan opiniones sobre las responsabilidades y
    beneficios sociales que surgen de estas formas diferentes de
    organización. Esta misma lógica puede aplicarse a la actividad
    empresarial: existen ventajas sociales al mejorar la calidad y
    flexibilidad de la fuerza de trabajo, y no hacerlo involucra
    costos sociales. Quizá ciertas empresas estén en buena
    posición para maximizar las ventajas y minimizar los costos, en
    mejor posición que otras y, con seguridad, en mejor posición
    que el gobierno. La sociedad debería alentarlas y recompensarlas
    en consecuencia. Quienes adoran el altar del libre mercado no
    deberían temer a la blasfemia. No se exigiría a las compañías
    conservar a trabajadores que no contribuyeran con los resultados,
    ni permanecer en comunidades si hay lugares más eficaces en los
    que producir. Sería un simple quid pro quo (una cosa por otra):
    reducir -o no- el impuesto sobre las utilidades por aceptar más
    responsabilidades sobre los costos sociales y beneficios del
    cambio económico. ¿Dónde recuperar los ingresos perdidos? Una
    fuente posible sería terminar con los numerosos subsidios
    especiales y exenciones impositivas a determinadas compañías
    que no ofrecen beneficios públicos evidentes. Esto suma más de
    US$ 100.000 millones al año en Estados Unidos según
    estimaciones de especialistas de todo el espectro político.
    Otros tendrán ideas diferentes sobre cómo las empresas pueden
    responder mejor a las crecientes desigualdades e inseguridades
    experimentadas por los trabajadores atrapados en la vieja
    economía. Sin embargo, la decisión con respecto al papel
    adecuado de la empresa en este momento particular de la historia
    no es menos importante que el debate acerca del papel del
    gobierno .Si demasiadas personas se sienten excluidas de los
    logros de una economía próspera y deben asumir una carga
    desproporcionada de riesgos y costos, finalmente apoyarán
    políticas que sacrifiquen el crecimiento en pos de la seguridad
    económica, tales como la protección del comercio, controles de
    capital y normas de empleo inflexibles.