Carlos Menem ha descubierto y sufrido en carne propia que en este tiempo de globalización, los planteos los hacen
los mercados financieros. O se sigue con la línea impuesta por el ministro de Economía o hay un alzamiento de los
mercados que puede tener el mismo efecto desestabilizador que una sublevación militar.
En la actual crisis política, el Presidente optó por tascar el freno de su impaciencia, reprimir los excesos verbales de su
entorno, aceptar una momentánea derrota y esperar la revancha.
La interpretación de la crisis ha seguido dos líneas de explicación. La primera es la cruda disputa por el poder, por la
sucesión presidencial y por dirimir quién influye decisivamente sobre la sociedad argentina. La segunda es acerca de la
corrupción. Unos la presentan como una lucha entre justos y pecadores; otros, más cínicos, entre dos bandos antagónicos. El
caso es que, cuando de un lado tiran yabranes por la cabeza, del otro le responden con IBM y Banco Nación.
Sin embargo, aunque ambas versiones sean parte de la explicación global, hay un aspecto central que parece haber
escapado al análisis. Lo que hay aquí es un enfrentamiento entre dos concepciones sustancialmente distintas sobre el actual
proceso económico y su efecto sobre el futuro panorama político.
Si Cavallo pudo, en 1991, convencer a Menem (y éste, a su vez, al peronismo) del rumbo a tomar, era porque la
convertibilidad, la privatización y la apertura de la economía traerían estabilidad, prosperidad y al cabo de un tiempo habría
suficiente acumulado como para empezar a repartir. El ajuste, entonces, era aceptado de buena gana por la promesa de lo
que vendría después, la famosa etapa social, tan cara al ideario peronista.
Igual que en el calendario, el peronismo pensó que tras la primavera vendría el verano. Ahora resulta que, con la
convertibilidad, viene el invierno. No hay espacio para repartir, hay que enfrentar una recesión que no se sabe cuándo ni
cómo terminará.
Siempre, en los planes de ajuste, los beneficios se disfrutan al comienzo, y luego llega el momento de pagar. Pero sea
porque se autoengañaron, sea porque fueron inducidos a error, tanto en sectores políticos del gobierno como en el resto del
peronismo, existía la ilusión brutalmente marchitada de que venía la etapa distributiva.
CHOQUE DE TRENES
Dos visiones tan opuestas sobre el desarrollo del programa económico equivalen a un choque frontal entre dos trenes que
vienen, ambos, a gran velocidad. El efecto del impacto es terrible.
El primer gobierno de Menem llegó al poder en 1989 en una situación de emergencia económica. Tras los desaciertos
iniciales y el nuevo brote hiperinflacionario (con marcas mayores que durante el anterior), el Presidente y los militantes de
su partido aceptaron un programa económico que no estaba en sus planes y donde el objetivo central era la estabilidad y no
el crecimiento o la justicia social. Como la opinión pública clamaba por estabilidad, no hubo dificultades en adoptar el
modelo.
Durante tres años, el desarrollo del programa fue exitoso. Bajó la inflación a niveles aceptados
internacionalmente, las reformas estructurales, y muy especialmente el ingreso de capitales excedentes en el mundo,
permitieron también reactivar la economía. La recaudación fiscal aumentó y fue posible expandir el gasto público sin
comprometer el equilibrio fiscal.
Fue una feliz combinación: un programa estabilizador bien diseñado y una extraordinaria circunstancia exterior
favorable. Así, hasta 1993, se recuperó el crédito, hubo bonanza y hasta aumento del empleo. Había problemas, pero la
sociedad percibía que las ventajas eran mayores que los inconvenientes.
Desde la óptica del justicialismo y probablemente desde la del presidente Menem la tarea de Cavallo era el ajuste y
no la expansión económica o la redistribución del ingreso. Esta percepción se hizo más dolorosa cuando comenzó a crecer el
desempleo hasta convertirse en políticamente insoportable.
La gran expectativa era el segundo mandato de Menem. Debía significar un corte. Si el primero había sido el del ajuste,
el segundo debía ser el de la justicia social, de pleno empleo, de crecimiento. Este era el panorama de la dirigencia peronista
en mayo pasado, después de un sexenio en el cual habían tenido que sujetar sus aspiraciones.
Las circunstancias fueron crueles con esta ilusión. A principios de 1995 fue claro que se detenía el ritmo de ingreso de capitales
extranjeros, y luego apareció la recesión, inesperada para la mayoría. El desempleo aumentó, las quiebras comerciales se
multiplicaron, y hasta la propia estabilidad se puso por un momento en duda.
Lo que viene puede ser muy duro. Una larga recesión, un desempleo que todavía puede aumentar, crisis provinciales por
la falta de financiamiento, mucho desencanto social. El gobierno tendrá que reducir el gasto público y aumentar la dosis de
ortodoxia en todos los frentes. Un escenario muy diferente del imaginado por la dirigencia peronista.
En este contexto, ¿es posible imaginar el relevo de Cavallo? No en la actual circunstancia. Para los mercados que
respaldan al ministro nadie ningún otro candidato podría defender con mayor fiereza y convicción el modelo.
La única posibilidad de que los respaldos del ministro se esfumen y reclamen un cambio es que la marcha objetiva del
plan desemboque en tantos problemas y conflictos que un relevo sea considerado positivo. En ese caso, habrá que ver si la
satisfacción de la revancha que tendrá Menem no se eclipsa ante la certidumbre de lo que le espera.
IBM, LA ETICA Y LA GERENCIA DE CRISIS
Gracias a la investigación judicial originada en los contratos entre IBM y el Banco de la Nación por el Proyecto
Centenario, la Argentina y también IBM tuvieron el dudoso privilegio de aparecer en la primera plana del Financial
Times (y de los grandes medios económicos internacionales).
En este caso hay dos cuestiones que surgen nítidamente. De un lado, la prestigiosa transnacional de origen
estadounidense tiene un riguroso código de ética, aplicable en la filial argentina, que aquí fue violado en forma flagrante.
De otra parte, una organización de este porte tiene diseñado un plan de emergencia para crisis, que incluye procedimientos,
el funcionamiento permanente de un comité de crisis, voceros autorizados para hablar en nombre de la empresa, etc. Nada
de esto se percibió o pareció aplicarse en este caso.
Con respecto a la dimensión ética de este enorme traspié, hay dos reflexiones que hacer. La primera: lo que se afecta por
largo plazo es la imagen corporativa de la compañía que siempre declaró orgullosamente su estricta adhesión a principios
éticos. En lo inmediato como lo prueba el descenso de la imagen de calidad percibida por los empresarios (ver nota de
portada de esta edición) también puede sufrir la imagen de los productos. Pero eso es transitorio. Más preocupantes son
los efectos de largo plazo sobre la imagen de la organización.
La segunda reflexión es una percepción de la comunidad empresarial, que está preocupada. Sin que nadie pretenda
excusar de su responsabilidad a IBM, muchos empresarios admiten que en la Argentina son numerosas las empresas
que, para hacer negocios, se han visto envueltas en esquemas similares. La idea dominante es que la revelación del
escándalo derivado del Proyecto Centenario se debió esencialmente a una dura lucha por el poder dentro del
gobierno.
Desde esta perspectiva, el temor es que un recrudecimiento en la disputa política, cada vez más salvaje, termine en que la
munición con que disparen los contendientes sean nuevos escándalos, reales o imaginarios, que afectarían el prestigio de
muchas empresas importantes.
En cuanto a qué hacer en una crisis, la existencia de un comité de crisis con reuniones sistemáticas, cómo establecer una
relación transparente con los medios, es tiempo de que las empresas argentinas dediquen seria atención al tema.
Es indudable que una crisis es siempre enemiga de los negocios y que lo mejor es evitarla. Pero si no se puede evitar,
debe ser controlada; hay que desplegar una estrategia de contención del daño. Muchas veces no es la crisis lo que termina
con una empresa sino la forma en que se la enfrenta. Si se la maneja bien, la crisis más terrible puede convertirse en una
oportunidad para crecer e innovar.
Los empresarios preocupados por este tema harían muy bien en leer el libro de Michael Silva y Terry McGann
Overdrive (editado por John Wiley & Sons Inc. de Estados Unidos, US$ 27,95), donde se explican distintos tipos de
crisis y cómo hacer para desarrollar planes que permitan manejarlas y superarlas.
Cuando estalla una crisis, dicen, la primera tentación es buscar el error humano que la provocó. Tal vez en otros
tiempos de menos competencia y más simple tecnología, el error humano era casi siempre el factor desencadenante.
Pero en el mundo actual las crisis pueden producirse por una serie de motivos diferentes (y no siempre está
involucrada la ética). Algunos de ellos:
Tecnología. Con la complejidad de la tecnología actual un pequeño error es capaz de convertirse irremediablemente en
desgracia para millares de personas. Está el episodio de Three Mile Island, que estuvo tan cerca de convertirse en desastre
nuclear.
El ritmo del cambio tecnológico. La tecnología cambia con tanta rapidez que una empresa bien establecida puede verse
superada, de pronto, por nuevos competidores. Esa es una lección que IBM aprendió de Macintosh.
Cambio en la tendencia. Hoy más que nunca, los productos pasan con facilidad de la columna in a la columna out.
Toda empresa tiene una visión, o sea, una idea de adónde quiere llegar. La crisis es una violación de esa visión.
Ataca la visión de la empresa e intenta impedir que se logre el objetivo de la visión. Las crisis pueden agruparse en
dos grandes categorías: comunes e impensables. Una crisis común significa un desvío temporario en el camino de la
visión. Una crisis impensable va a requerir que se reevalúe esa visión.
CHILE, A LA CABEZA EN COMPETITIVIDAD
Los chilenos no perderán la oportunidad de señalar ante los inversionistas que su país figura muy cerca de Gran Bretaña
y adelante de Malasia y Corea además del resto de América latina en competitividad, según la última edición del
World Competitiveness Report, publicado anualmente por el Foro Económico Mundial, de Ginebra, junto con el Instituto
Suizo para la Gestión del Desarrollo.
La determinación del nivel de competitividad surge del estudio y comparación de cifras y opiniones de empresarios
importantes. Entre los factores que se toman en consideración figuran la política económica y la capacidad de
administración del gobierno, la calidad de gestión de las empresas, la solidez e ´internacionalización´ de la economía, la
calidad de la infraestructura, el desarrollo de la ciencia y la tecnología, la situación financiera y la disponibilidad y calidad
de los recursos humanos.
Siete de las economías más importantes de América latina figuran entre los 48 países considerados en el informe:
Chile (20). Las virtudes principales son la política económica y la capacidad de gestión del gobierno y de las empresas
privadas.
Argentina (29). Su punto más positivo es la claridad de la política económica; entre los factores negativos figuran la
debilidad de la economía, el pobre desarrollo de la ciencia y la tecnología y el mal estado de la infraestructura.
Perú (32). Figura por primera vez en el informe. Entre los puntos positivos se menciona la política fiscal oficial;
entre los negativos, el bajo nivel del PBI, el magro crecimiento de los servicios y la producción industrial. La
desigualdad social es percibida como el mayor obstáculo.
Colombia (36). El gobierno es elogiado por su disciplina fiscal y la reducción del papel del Estado en la economía. En
relación con la fuerza de la economía, el país está cerrando la brecha que lo separa de Chile y Argentina.
Brasil (37). En camino de superar las fluctuaciones de los últimos años y recuperar niveles aceptables de desempeño
económico; los principales obstáculos son la inequidad social y el bajo nivel de internacionalización de la economía.
México (44). El retroceso es notable, ya que el año pasado estuvo en séptimo lugar. Le falta mucho para
recuperar la confianza interna y externa que tuvo anteriormente. La lista de los puntos negativos incluye excesiva
burocracia, falta de consenso público y las perspectivas de recesión y aumento de la inflación. En el plano positivo
están las abundantes reservas petroleras, el elevado nivel de inversiones en ciencia y tecnología, y una ventajosa
estructura fiscal.
Venezuela (47). Escándalos políticos y dificultades financieras son los factores negativos más destacados.
