Existen distintas perspectivas desde donde abordar una definición de crisis financiera (bancaria), según los aspectos que se
enfaticen en cada caso. Se puede hablar de crisis en una situación en la que el público les pide súbitamente el dinero a los
bancos sea éste nominado en moneda local o extranjera, en una en que aquellos que normalmente toman crédito no
pueden hacerlo de ninguna manera, o bien cuando se da una reducción violenta del valor de los activos de los bancos, lo que
resulta en la aparente o real insolvencia de muchas entidades. Este último supuesto es acompañado por la caída de algunas
de ellas y posiblemente corrida de depósitos.
El negocio bancario se caracteriza por dos clases de contratos: de depósitos con los ahorristas y de préstamos. Estos son
distintos en naturaleza, en especial en cuanto al plazo y al riesgo, riesgo respecto de su cobro y de la pérdida de valor si se
intenta hacer efectivo el contrato de crédito antes de su vencimiento.
En ese contexto, la caída de un banco puede desestabilizar al sistema financiero en su conjunto, porque sus dificultades de pago
afectan directamente a otras entidades, y porque afecta la confianza de los depositantes. Al ocurrir esto último se puede producir el
efecto contagio. Es decir que en el negocio bancario existe el riesgo sistémico. ¿Por qué?
Dada la naturaleza misma del negocio, la reducción del valor de los activos no reduce el valor de los pasivos.
Los depósitos son pagados sobre la base del primero que llega.
Bajo costo de retirar un depósito en comparación con el costo de no hacerlo.
Las dificultades en conocer el valor de mercado de una cartera de préstamos (incluso para especialistas).
Aun con información perfecta, puede ser razonable correr sobre un banco solvente. Esta racionalidad tiene dos
justificativos: un banco solvente puede dejar de serlo si tiene que rematar sus activos en un breve período y, por otra parte,
mi racionalidad depende de qué hagan los demás depositantes.
Si bancos solventes tienen el riesgo de corrida, la tasa de interés de los depósitos debería incorporar un premio por riesgo
para reflejar esta realidad, aunque este premio es un costo que disminuye su contribución a la actividad económica. Esto
puede ser resuelto con la creación de una red de seguridad.
El Impacto
Una crisis financiera puede provocar o potenciar la crisis macroeconómica, a través de la acción de distintos factores:
Incertidumbre;
Efecto sobre el mercado cambiario;
Restricción crediticia en términos de racionamiento o aumento de la tasa de interés y desaparición del crédito de
largo plazo;
Expectativas sobre la necesidad de recursos fiscales.
El intento de las autoridades de reducir o evitar la crisis también tiene efectos sobre la estabilidad macro, ya que en muchas
ocasiones los recursos macro que se requieren, dependiendo de la magnitud de la crisis, pueden ser cuantiosos. Las crisis
financieras de comienzos de los 80 implicaron costos cercanos y en algunos casos superiores a 10 puntos del producto bruto
en la Argentina, Chile y Uruguay.
Sin una sólida situación fiscal los recursos necesarios para atender una crisis financiera pueden convertirse en causa
de una excesiva emisión monetaria o de colocación de deuda interna (a veces involuntaria, bajo la forma de encajes).
Sin embargo, éste no puede ser un argumento para no gastar recursos del Estado en presencia de una crisis porque,
además de todos los demás efectos en economías con elevadas tasas de inflación, el mejor sustituto del dinero es la
moneda extranjera.
Es decir, no asistir a un sistema financiero en problemas puede generar una disminución de la demanda de dinero
que igual genera un problema de exceso de oferta en el mercado monetario. Aun así, ésta es una de las críticas que se
suele hacer a los bancos centrales en los países de la región; esto es, además de una excesiva monetización de los
déficit fiscales, los gastos incurridos en caso de los remezones que sacudieron a una gran parte de estos países
durante la década de los 80.
Actitudes Frente a la Crisis
Si la crisis financiera ha llegado al nivel de corrida de depósitos hay una sola manera de pararla: prestando todo lo que haya
que prestar; ello implica los recursos del fondo de garantía y, si eso no es suficiente, del Banco Central en forma directa o
indirecta.
La política de prestar todo lo que sea necesario a tasas superiores a las de mercado se aplica cuando hay problemas de liquidez;
cuando son de solvencia, puede y debe prestarse a tasas inferiores a las de mercado. Asimismo, la emergencia requiere de una
administración única; puede formarse un consejo o ente similar, pero debe haber una sola política y una sola voz.
En la mayoría de los casos se ha optado por el salvataje de los bancos para minimizar el impacto sobre los ahorristas, lo que
ha significado grandes pérdidas para el Banco Central o para las agencias del gobierno en general. Esto no debería
traducirse en ningún caso en el salvataje de los banqueros; ello significa el desapoderamiento de las acciones y, en la
medida de lo posible, sería conveniente que la legislación previera que los directores y principales accionistas deban
responder adicionalmente con algunos de sus bienes personales. Para reducir la posibilidad de crisis existen en
principio tres instrumentos:
Mayor regulación, elemento importante pero cuyo alcance resulta difícil de determinar;
Mayor exposición al riesgo de aquellos que pueden influir en el comportamiento de un banco: accionistas, directivos,
depositantes;
Relación entre el costo del seguro y el riesgo del banco, lo que plantea el problema de cómo evaluar una cartera: si se
puede evaluar bien, también se puede adecuar el capital rápidamente.
Sin embargo, el mejor sistema es aquel donde la red de seguridad sea amplia:
* Seguro explícito de garantía de depósitos hasta un valor determinado, con el objetivo de mejorar la posición competitiva
de los bancos nacionales y de menor tamaño, y hacer que el sistema financiero pague aunque sea parcialmente el costo
fiscal de la red.
* Perfeccionamiento de las regulaciones y la supervisión y, muy especialmente, exigencia de una mayor capitalización a las
entidades bancarias.
* Existencia de un instituto (posiblemente el mismo fondo de garantía) que tenga la capacidad de entrar a una institución antes de
que el capital de la misma haya desaparecido, o sea la figura de pronta intervención correctiva. Este instituto debe poder comprar
cartera, realizar aporte de capital, desplazar a las autoridades, etc.
* Preservar la capacidad del Banco Central de hacer lo que estime necesario.
* Una situación de crisis en el sistema financiero exige recursos. Si las cuentas fiscales no están en orden, los riesgos
de expectativas desestabilizadoras son muy grandes.
Carta
La Unión de la Industria de la Alimentación (Unida) hizo llegar a MERCADO una carta referida a una información
publicada en la sección Claves de la edición de enero. Estos son sus tramos principales:
Unida nació como una necesidad que distintos grupos de la alimentación, con intereses comunes, tenían de hacer escuchar
su voz en los distintos foros y trabajar, sin discriminaciones, en favor del desarrrollo de la industria. El hecho de haber
cambiado la composición accionaria de algunos de sus principales asociados no ha tenido repercusión alguna, ni en su
funcionamiento, ni en su composición.
Después de México
Por Pablo Gerchunoff *
La primavera del programa de convertibilidad terminó. El primer síntoma emergió durante el último trimestre de 1994,
cuando reapareció el déficit fiscal y la consecuente caída del valor de los títulos públicos puso en serias dificultades a
algunas entidades financieras.
A fines de diciembre, la devaluación mexicana agravó el problema. Los inversores extranjeros comenzaron a fijar su
atención en el desequilibrio de la cuenta corriente del balance de pagos y descubrieron que la economía argentina era el
segundo peor caso de América latina después de México. Comenzaron entonces a retirar parte de sus fondos del país o a
dolarizar sus activos, pensando que las autoridades locales podían seguir los pasos del presidente Zedillo. Así, la
desconfianza cambiaria afectó adicionalmente al sistema financiero.
El gobierno argentino respondió a la crisis con dos instrumentos. Por un lado, dolarizó los encajes en pesos y con ello emitió
una señal clara de que no va a devaluar. El mensaje implícito fue que si la economía argentina necesita un cambio de
precios relativos para mejorar su competitividad, dicho cambio se producirá por la vía de la deflación de precios y salarios y
no por la devaluación. El segundo instrumento consistió después de muchas idas y venidas en la asistencia al sistema
financiero con recursos fiscales. En este caso la señal fue que dado lo delicado de la situaciónlos bancos, salvo casos
aislados y de poca importancia, no van a caer ni por dificultades de liquidez ni por motivos de solvencia.
¿Bastará esto para superar al crisis? Me parece que no, por tres razones. En primer lugar, está claro que la convertibilidad es
incompatible con la emisión para el salvataje de bancos, ya que en la naturaleza de la convertibilidad está la regla de que sólo se
emite si ingresan al país reservas internacionales. Esto significa que si la asistencia al sistema financiero prosigue por algún tiempo
y el volumen de fondos comprometidos en la operación se vuelve significativo, el gobierno deberá recurrir a un ajuste fiscal
importante para preservar la convertibilidad. En el caso de la dolarización total este requerimiento opera por definición, ya que el
gobierno argentino no es emisor de dólares y por lo tanto sólo puede ayudar a los bancos con superávit fiscal.
En segundo lugar, hay que considerar que el ingreso de capitales en la Argentina será sustancialmente menor durante 1995,
lo que implicará un ajuste recesivo de la economía. A partir de ahora y a diferencia de lo que ocurrió entre 1991 y 1994
tendremos que vivir básicamente con lo nuestro.
La secuencia posterior es un clásico en este tipo de modelos: el menor nivel de actividad y los incrementos en las tasas de
interés harán impacto sobre la capacidad de repago de quienes se endeudaron en el sistema financiero, y por lo tanto los
bancos tendrán dificultades para recuperar sus activos a precios que no impliquen pérdidas patrimoniales severas. Por otra
parte, la recesión perjudicará las cuentas fiscales, ya que en la fase contractiva del ciclo económico hay menos impuestos
que declarar, y además mucha gente prefiere evadir impuestos para hacerse de liquidez y cumplir sus obligaciones con los
bancos.
En tercer lugar, si la Argentina tiene en efecto un problema de competitividad y debe corregir los precios relativos, conviene tener
en cuenta que la deflación es un instrumento difícil y costoso. De hecho, la deflación es una flor muy rara en las economías
modernas, pero además puede ser una flor venenosa: en los sectores afectados, las caídas de precios reducen todavía más el
potencial de pago en las deudas fiscales y financieras; a nivel del conjunto de la economía, pueden determinar una contracción de la
demanda agregada de la que depués es difícil salir.
El panorama es entonces complicado y más aún cuando como puede apreciarse los problemas a atacar contienen objetivos en
conflicto: salvar a los bancos puede implicar una violación de la regla de la convertibilidad; avanzar hacia el superávit fiscal quizá
profundice la recesión; conseguir la deflación agrava las dificultades financieras y fiscales. Este sinuoso camino es el que deberá
recorrer la conducción económica durante 1995.
(*) Instituto Torcuato Di Tella
