Contra todo lo que creen los habitantes del interior, los porteños son ciudadanos de segunda categoría. Tienen menos posibilidades de actuar y de manifestarse sobre temas que hacen a su destino que, por ejemplo, los habitantes de Perico en Jujuy.
No eligen al intendente. No tienen voz a la hora de decidir cómo se privatiza la Terminal de Omnibus, como antes tampoco la tuvieron en la transferencia de las empresas eléctricas y de gas al sector privado, a pesar de que son los principales clientes de esas compañías.
Para salir de la ciudad, en cualquier dirección, habrá que pagar peaje. Aunque circulen dentro de la ciudad, los automovilistas porteños pagan impuestos sobre la nafta que consumen, gravámenes que se destinan a construcción de caminos en otras partes del país.
El gobierno nacional entiende que el Gran Buenos Aires es un problema que no es exclusivo del gobierno provincial, y destina 600 millones de pesos anuales para distintos programas en esa área.
Nada similar ocurre con la ciudad de Buenos Aires, a pesar de tener problemas parecidos a los del conurbano.
Esta sensación de marginalidad, de impotencia, que se viene acumulando desde hace años, está conformando un fermento social peligroso que puede estallar en cualquier momento. Bastaría con que Edenor, por ejemplo, practicara su novedoso método de relaciones públicas por el cual corta el suministro a los que pagan y a los que no pagan, indiscriminadamente, para tener en la calle una pueblada como la de La Matanza.
El gobierno ha comprendido lo que se está gestando, ya que observa minuciosamente las encuestas.
A ello se debe en buena medida la propuesta de reforma política en la Capital (al margen de sus méritos o defectos). Pero hay algo más. Este tema de la ciudad de Buenos Aires -y no de la Capital Federal- ser eje del contenido de la campaña política para la renovación parcial de legisladores en octubre próximo.
Los estrategas del gobierno creen que es tiempo de lanzar iniciativas que instalen la agenda electoral sobre la base de la defensa de los derechos de los usuarios, clientes o consumidores. Las empresas privadas que se han hecho cargo de la prestación de servicios públicos tendrán una tarea adicional no prevista en los pliegos de licitación original: atender los reclamos vecinales institucionalizados con nuevos mecanismos formales o informales.
Seguramente no se llegará a imitar al actual gobierno británico, que en marzo de 1991 dio a conocer la Carta del Ciudadano para mejorar el nivel de los servicios públicos. Su más controvertida disposición fue la compensación monetaria al usuario insatisfecho. Si un tren llega tarde, por ejemplo, la empresa debe reintegrar el costo del pasaje pagado por el viajero que sufrió la demora.
Vale la pena conocer esa experiencia.
Las compañías británicas privatizadas -como British Telecom y British Gas- pagan sumas que oscilan entre US$ 15 y 30 si no cumplen las visitas acordadas o si hay una prolongada interrupción del servicio. El año pasado, los ferrocarriles británicos pagaron 3 millones de libras esterlinas (US$ 4,5 millones) en compensaciones a viajeros demorados. Hasta ahora, el esquema significa mayor presión interna para que las compañías desarrollen eficiencia, y los consumidores perciban que hay un intento de reparación.
En nuestro caso, son importantes las inversiones que deben realizarse para modernizar el servicio, tras muchos años de desidia y abandono. Racionalmente, nadie puede esperar resultados espectaculares de las compañías que se acaban de privatizar. Pero hay un área en la que pueden actuar a bajo costo: montar un mecanismo capaz de dar respuesta y satisfacción a las quejas e inquietudes de la gente. Es mucho lo que se puede hacer en este campo – de las relaciones públicas, si se quiere – en favor de la imagen de las empresas y de mantener un buen clima de convivencia.
DEBATE ENTRE LIBRE MERCADO Y PROTECCIONISMO.
La resistencia que generó -aún perdura- el nombramiento de Laura Tyson para presidir el Consejo de Asesores Económicos del Presidente está en la base del debate que separa a los economistas estadounidenses. A pesar de las imputaciones de varios colegas a las credenciales académicas impecables de Tyson, la mayoría de los expertos económicos coincide en que, por formación y antecedentes, la funcionaria está plenamente capacitada para cumplir su tarea.
Lo que se discute, realmente, es en qué consiste la tarea y en cómo la entiende Laura Tyson. Hasta ahora, sus antecesores en el cargo se ocuparon de explicar cómo funcionaba el mercado o qué había que hacer para que funcionara. Muchos intuyen que Tyson se acerca al puesto con más predisposición a la intervención estatal en la economía.
La teoría de la ventaja comparativa comercial, eje de las ideas neoclásicas todavía en boga en Estados Unidos en esta materia, es el credo oficial desde la década de los ´50. Su síntesis es: siempre convendrá a un país mantener abiertos sus mercados y libre de toda interferencia gubernamental, incluso aunque los otros países no adhieran a este concepto. Durante los últimos diez años, Laura Tyson ha marginado estas ideas y tabués, y se concentró en estudiar las realidades del comercio mundial. Esta idea tomada de su último libro (Who´s Bashing Whom?) explica la irritación que provoca: “Exportar naranjas por valor de un dólar puede tener el mismo efecto sobre la balanza
comercial que exportar computadoras por un dólar, pero cada ejemplo tiene efectos radicalmente diferentes sobre el nivel de empleo, de productividad, de salarios, especialización de la mano de obra e inversión en investigación y desarrollo”.
Una descripción del sentimiento predominante en la opinión pública de Estados Unidos facilitaría entender la posición de Laura Tyson. Los industriales locales creen ser víctimas de importaciones sin restricciones alentadas por gobiernos que subsidian esas ventas para hacer dumping en el mercado estadounidense. Los funcionarios del gobierno Clinton sintonizan bien con esa percepción mayoritaria. Un libro que acaba de aparecer (Trading Free: The GATT and US Trade Policy, por Patrick Low) sostiene, en cambio, que el mayor desafío no es lidiar con la inconducta de los competidores comerciales, ni remendar el GATT, sino la política de abstinencia responsable que permita implementar una política que consulte el interés nacional. Lo que teme el autor es que los actuales funcionarios sucumban a la tentación proteccionista y se cometan errores como los de la década de los ´30.
Además de culpar a los extranjeros por prácticas desleales, se tomaron medidas proteccionistas bajo el disfraz de acuerdos de participación de mercados. Se trata de acuerdos voluntarios de restricción de exportaciones, como el logrado con los fabricantes japoneses de automóviles. En suma, para Low, la autodisciplina de quienes formulan las políticas es el único resguardo que queda para preservar el libre comercio.
DESENGANCHAR LA LOCOMOTORA ECONOMICA.
Lo que caracteriza a la economía en esta década, según Lester Thurow (decano de la Sloan School of Management del MIT), es la stagflation. Es decir, inflación con estancamiento. En verdad, lo más notable es lo prolongado y persistente del estancamiento. Para este ensayista es una mera consecuencia del desborde financiero de la década de los ´80. Los valores de la propiedad inmueble están deprimidos y casi causan un colapso en el sistema bancario. Los bancos tuvieron pérdidas que superan su capital, y si no fuera por el sostenido apoyo de los gobiernos, habrían desaparecido.
El promedio de crecimiento de la economía mundial durante los ´60 fue de 4,9% anual (después de la corrección inflacionaria). En los ´70 ese índice descendió a 3,8% anual. En los ´80 bajó a 2,7% anual, y en los primeros tres años de esta década el promedio es de 1% anual. Hay exceso de capacidad productiva instalada para la mayoría de los productos, y el desempleo se acerca a la tasa de 27% en varios países europeos. En Estados Unidos la tasa es de 7,5%, pero si se considera a los empleados de medio tiempo que buscan una ocupación de tiempo completo, y a aquellos tan desanimados que ni siquiera intentan buscar un trabajo, el indicador se duplica a 15%.
Habitualmente se salía de una recesión con el concurso de las industrias más dinámicas y más prontas a reaccionar. Así ocurrió en 1981/´82 con la computación y productos electrónicos de consumo general. Ambos sectores atraviesan hoy por una severa crisis -ver página 16- y no hay otra actividad que aparezca como adecuado reemplazante.
La situación se complica con el aumento de los excedentes comerciales en el sudeste asiático, pero muy especialmente por parte de Japón. El superávit comercial de Japón fue de US$ 110 mil millones en 1992, y este año todo indica que ser de US$ 150 mil millones. Los cálculos más ajustados señalan que cada US$ 45 mil millones de superávit nipón significa la desaparición de un millón de empleados. De modo que este año, con las exportaciones japonesas habrá 3 millones menos de puestos en diversos lugares del planeta.
La respuesta de Thurow a esta situación suena muy clintoniana: lo que hay que hacer es coordinar agresivas políticas fiscales, estimular la economía e invertir fuerte en el campo social, en infraestructura, en investigación y desarrollo, y en educación y entrenamiento. El problema es que Estados Unidos por sus propios medios no alcanza ya para ser la locomotora de la reactivación. Hace falta, como mínimo, el esfuerzo conjunto de Estados Unidos, Japón y Alemania.
Si no se produce tal reactivación, y el sudeste asiático sigue teniendo amplios excedentes, el crecimiento global no pasar de 1 a 2% anual durante esta década. Como Clinton fue electo por la gente que está descontenta con la economía local, la única posibilidad de asegurarse un segundo término obliga a crecer a 4% anual. Si no logra apoyo de Japón y de Alemania, Estados Unidos deber desengancharse del tren de la economía mundial. Eso significar una dura política con los que tienen abultado superávit en la relación bilateral con Estados Unidos.
HAY UN NUEVO APARTHEID: EL ECONOMICO.
Qué clase de capitalismo? Cerca del final del siglo se advierte que el capitalismo tiene distintos matices y modos de manifestarse, y también que la economía global es la que abarca a los países industrializados en todo el planeta, y a algunas privilegiadas extensiones.
Pero el resto del mundo, como si se ejerciera un colosal apartheid en escala gigantesca, queda marginado de la economía global y de las grandes corrientes del comercio internacional.
La esencia del capitalismo es la búsqueda del crecimiento. Pero el crecimiento puede será rápido o lento. Lo normal -el ritmo lento- es que el sistema capitalista permita un aumento de la riqueza generada por encima del incremento de población. Pero, según opina Robert Heilbroner (académico y autor de éxito en el campo de la historia económica), hay un crecimiento rápido que se da en algunas épocas, impulsado por una constelación de cambios tecnológicos que llevan al límite las posibilidades productivas. Así ocurrió con el período de electrificación, de masiva aceptación del automóvil, y más recientemente la promesa -todavía no alcanzada- de la computación y la electrónica. Estos períodos son de grandes saltos hacia adelante y de transformación de la forma en que vive la sociedad.
El último período de este tipo se cumplió en la década de los ´70, y ahora estamos en el período normal, donde se crece poco (y a veces nada). No se ha encontrado un nuevo estímulo capaz de dar otro brinco hacia adelante.
Pero el crecimiento impulsado por la tecnología trae aparejado un proceso cuya evidencia es ya imposible negar. Aumenta el número de desempleados, o en todo caso se produce la desaparición de empleos convencionales y el surgimiento de posiciones donde el conocimiento de complejas materias es condición imprescindible para ocupar un puesto. No es únicamente el efecto de la automatización y la robotización. El extraordinario desarrollo de las comunicaciones y del transporte permite a las empresas desplazar capitales y sistemas de producción y de gestión a cualquier lugar del planeta, siempre que la relación de costos sea atractiva.
En cuanto al resto del mundo, todo lo que queda afuera del sistema del G-7 (los siete mayores países industrializados), de la esfera más amplia de la “CDE (los 24 miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) y de las prósperas clases urbanas de algunos otros países está condenado a la marginación, sin destino ni posibilidad de incorporarse a esta versión del capitalismo avanzado.
Por horrible que pueda parecer, esa inmensa población simplemente no cuenta. Es como si no existiera. Tal vez Rusia y Ucrania despierten la atención de los más prósperos; pero ello ser porque tienen misiles nucleares y, por lo tanto, deben ser tenidos en cuenta. Tal vez, también, algunos países latinoamericanos o asi ticos logren reconocimiento merced a un extraordinario esfuerzo por acercarse al pelotón de vanguardia, pero para la totalidad de Africa, buena parte de Asia, Europa y América latina no hay futuro ni oportunidad a la vista.
Excepto para aquellos -dice Heilbroner- que desarrollen una capacidad terrorista capaz de vulnerar la indiferencia de los prósperos, los demás podrán contar únicamente con la caridad. Antes había un centro y una periferia. Ahora, la periferia es como si no existiera.
Sin embargo, aun si este planeta lumpen no significa una amenaza para el conjunto próspero, ni una contradicción esencial con el capitalismo en razón de la lejanía geográfica, el daño ecológico que puede causar sí importa y puede impulsar el único esfuerzo imaginable por incorporar esas regiones al mercado global.
